I306001a
Fecha: 19991030
Título: Dios siempre permanece fiel a sus promesas
Original en audio: [15 min. 35 seg.]
Queridos Hermanos:
Acabamos de escuchar la Palabra de Dios, la Palabra que es el alimento de nuestras almas; la Palabra de Dios es alimento, es luz, es medicina, es camino, es vida para nosotros, y por eso las palabras que dice el predicador después de que se ha oído la Palabra de Dios, no son para reemplazar a la Palabra de Dios, sino para ayudar a que las riquezas de esa Palabra puedan ser recibidas.
Es lo mismo que hace una mamá, por ejemplo, con su hijo pequeñito; muchas veces, las mamás, para que el niño se pueda alimentar mejor, le parten la carne en trocitos pequeñitos, y hacen los bocados que llevan a la boca del niño, que es pequeño.
Así, también la Iglesia, que es como una mamá, a través del ministerio de los sacerdotes, en primer lugar de los señores obispos, de los sacerdotes, y de los diáconos; la Iglesia que es como una mamá, toma la Palabra de Dios y la vuelve bocaditos pequeños, para que nosotros podamos recibirlos y podamos alimentarnos.
Por eso, con la ayuda del Espíritu Santo, lo que yo quiero compartir con ustedes no es otra cosa sino la misma Palabra de Dios que se nos ha entregado; quiero, con la ayuda del Señor, y pensando en tantos niños que hoy nos acompañan, que sea una Palabra que se vuelva bocaditos pequeñitos.
De manera que nadie se vaya a ir sin su alimento, que todo el mundo pueda recibir su alimento, así como hace una mamá; si una mamá tiene dos hijos, tres hijos, o cuatro hijos, -mi mamá tuvo cuatro hijos, yo soy el tercero-. Si una mamá tiene tres hijos o cuatro hijos, no piensa en alimentar solamente a los grandesitos, sino piensa en que la comida esté para todos, muchas veces empezando por los más pequeños.
Las lecturas que hoy nos ofrece nuestra Madre, que es la Iglesia, son lecturas que nos cuentan de la historia del pueblo judío, que rechazó en buena parte a Israel, y nos hablan también de la humildad y de la presunción.
Vamos a ver cómo, con la ayuda del Espíritu Santo, volvemos bocaditos pequeñitos esta Palabra de Dios, para que todo el mundo se pueda alimentar de ella, y nadie se vaya a ir sin el alimento de la Palabra para sus casas.
La Primera Lectura está tomada de una Carta del Apóstol San Pablo a los Romanos; San Pablo hace una reflexión, se pone a pensar sobre el desenlace del pueblo judío.
Resulta que los judíos habían recibido las promesas de Dios, y Dios desplegó poderosamente su brazo para librar al pueblo judío, por ejemplo, cuando lo sacó de Egipto, o cuando los recuperó del destierro en Babilonia, pero resulta que ese pueblo judío como que no le respondió a Dios.
Y Pablo, que es judío de nacimiento, se pone a pensar en el destino, en el desenlace de ese pueblo, que es su pueblo, y siente dolor y se pregunta qué va a ser de ellos. El fruto de esos pensamientos de San Pablo es lo que hemos escuchado en la Primera Lectura.
Pablo es realista, Pablo es sincero, y se da cuenta de que, efectivamente, la incredulidad de los de su raza, de los judíos, es como un obstáculo es una caída, una caída dolorosa, una caída terrible.
Y por eso, Pablo se pregunta: “¿Han caído para no levantarse? Y responde: ¡Por su puesto que no!” Carta a los Romanos 11,11. La caída de ellos ha significado salvación para los no Judíos, es decir, para todos nosotros, que no venimos por la sangre del pueblo de Abraham.
La caída de los judíos, es decir, la salvación para nosotros, que es la promesa de Dios, y los dones de Dios son irrevocables; y eso es lo que hemos dicho en el salmo: “El Señor no rechaza a su pueblo” Salmo 93,14. La promesa de Dios es más grande que el incumplimiento de los seres humanos.
Es la misma idea que dice el Apóstol San Pablo, en otra carta "Aunque nosotros fuéramos infieles, Dios permanece fiel" 2 Timoteo 2,13; aunque nosotros falláramos, Dios nunca va a fallar; aunque nosotros no cumplimos a veces nuestra parte del compromiso con Dios, Dios siempre cumplirá la parte de su compromiso.
Dios una vez que se compromete contigo, una vez que hace alianza contigo, Dios jamás dejará de cumplir su parte; y así entendemos que esa Primera Lectura va mucho más allá del problema con el pueblo Judío.
Porque ese enunciado, esa frase que nos dice San Pablo sirve no sólo para los judíos, sino sirve para todos nosotros en todos los tiempos; mira: “El Señor no rechaza a su pueblo" Carta a los Romanos 11,2; "los dones y las llamadas de Dios son irrevocables” Carta a los Romanos 11,29, "Dios permanece fiel" 2 Timoteo 2,13.
De todas esas frases que repiten más o menos, el mismo pensamiento, yo quiero destacar sobre todo una, que me parece hermosísima: “Dios permanece fiel” 2 Timoteo 2,13.
¿Cuántas veces al alejarnos de Dios, porque el pecado es eso, lejanía con Dios; cuántas veces hemos pensado: "Y yo me olvidé de Dios, Dios se olvidó de mí"; no, señor, usted se olvidó de Dios, pero Dios no se olvidó de usted
Otras veces uno piensa: “Si yo me alejé de Dios, Dios se alejó de mí”; no, señor; Él dice por boca de uno de sus profetas: “Es que yo soy Dios, y no hombre" Oseas 11,9; "es que yo tengo entrañas de misericordia; aunque tú te hayas ido, yo no me voy; aunque tu te hayas caído, yo no caigo; si tu no has hecho tu parte, yo sí hago la mía”.
Ese es Dios, y por eso, la primera aplicación que podemos sacar de esta lectura, de estas lecturas de hoy, es esta “Dios no se ha ido, Dios está en el mismo lugar donde yo lo dejé, y por eso proclamo con fuerza, y proclamo con alegría, que esta es la hora de volver a Dios, porque Dios no se ha ido; Dios está donde tu lo dejaste”.
Es hermoso ver que esa palabra se cumple. En una ocasión, por ejemplo, estaba yo confesando, cumpliendo ese hermoso ministerio que la Iglesia nos da a los sacerdotes, atendiendo la confesión.
Y se acercó un hombre a confesarse, un señor que tenía más de setenta años de vida; y yo le pregunté, como pregunta muchas veces el sacerdote: "-¿Usted tiene mucho tiempo sin confesarse?" ¿Sabe lo que me responde?: “-Padre, por lo menos, cincuenta años, pero hoy vengo arrepentido, padre; hoy vengo arrepentido de mis pecados."
Y, ahí estaba Dios esperándolo, ahí estaba Dios; Dios no se había ido; este pobre hombre había cometido terribles crímenes en su juventud, se había vuelto un fugitivo de la justicia, y había creído que tenía que volverse también un fugitivo de Dios; pero Dios no se había ido, Dios estaba ahí.
Los dones de Dios, y la promesa de Dios son irrevocables; Dios siempre está, Dios no se va, y por eso, a todos los que me escuchan en esta Plaza de Banderas, y a todos los que siguen esta transmisión por nuestra emisora, quiero decirles, especialmente a los que sienten que sus pecados son terribles y que los han apartado para siempre de Dios, a todos por pecadores que sean, a todos les digo: Dios no se ha ido, Dios está ahí, Dios siempre estará ahí, Dios es fiel.
Tú incumpliste, tú fallaste; Dios no falla, Dios se queda, y si tú vuelves al lugar donde lo dejaste, si tú vuelves al lugar de donde te fuiste, ahí encontrarás el abrazo extendido, el corazón amoroso, la sonrisa de Dios.
Eso es lo que Dios está haciendo con el pueblo judío; Dios tiene sus brazos extendidos, Dios tiene sus manos abiertas, tiene el corazón dispuesto y el regazo listo para recibir a todo el pueblo judío.
Eso es lo que nos dice San Pablo: Dios está listo para recibir a todo este pueblo; está dispuesto acogerlo” Y nosotros que tenemos fe en Jesucristo, tenemos, también el deber de rogarle a Dios para que esos brazos de Papá Dios, que están abiertos para recibir a tantos, no se queden vacíos.
Estos brazos extendidos de Dios, esos brazos extendidos, no pueden quedarse vacíos; están esperando a sus hijos, están esperando a sus niños; Dios está esperando a sus niños, no dejemos a Dios con los brazos extendidos.
Esta es la primera enseñanza “Dios nuestro Señor, Dios permanece fiel; Dios no se va”; pero ahora viene la segunda parte, ¿y quiénes encuentran a Dios, y cómo hace uno para encontrar a Dios?
Jesús en el evangelio nos da la respuesta: no es por el camino de la vanidad, no es por el camino de la ostentación, no es poniendo nuestras fuerzas en nosotros mismos y confiando con presunción, con soberbia en nuestra inteligencia, en nuestra voluntad, en nuestra salud, y en nuestro dinero.
Es por otro camino, es por el camino del reconocimiento de nosotros mismos, es por el camino de la humildad, es por el camino de hundirnos en su misericordia; por eso nos dice Jesucristo en el evangelio “Todo el que se enaltece, será humillado” San Lucas 14,11.
El que se pone a confiar sólo en sus fuerzas, el que cree que lo puede todo, la vida le humillará; pero ese otro que tiene conciencia de sus fallas, ese otro que es como el hijo pródigo, y que sabe que hay unos brazos que lo están esperando; el otro, el que se humilla, dice Jesucristo: “Será enaltecido” San Lucas 14,11; enaltecido ¿por quién? Por la mano amorosa de Dios, o por el amor poderoso de Dios.
Esa no es una ley de la naturaleza, esa es la ley nueva que decía Santo Tomas de Aquino, es la ley del Espíritu Santo, es el poder de Dios que te enaltece, que te rescata, y tú reconoces qué eres en verdad; la palabra humildad viene del latín “humus”, significa “tierra”.
Si tú reconoces la tierra que eres, la tierra de donde has salido, el polvo del que has sido formado; si tú reconoces tu propia tierra, Dios hace contigo como hizo a Adán, y cómo hizo con Adán, te levanta del polvo, te enaltece, te llama a su compañía, y te abraza como una madre.
Hermanos míos, estas son las preciosas enseñanzas de este día; la primera: “Dios permanece fiel, Dios no se ha ido”; y la segunda: para encontrarme con Dios, el camino no es la altanería, ni la soberbia, ni la vanidad, ni la presunción; el camino es el humilde conocimiento de lo que yo soy en su presencia, de la tierra que es mi vida.
Para que Dios con esa tierra forme verdaderamente a ese nuevo Adán, que es Nuestro Señor y Salvador Jesucristo; a quien sea la gloria por los siglos de los siglos.
Un aplauso a la gloria de Dios, por favor.