I305001a

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Fecha: 19971031

Título: La fe en Jesucristo

Original en audio: [18 min. 51 seg.]


Los capítulos noveno, décimo y undécimo de la Carta a los Romanos, están dedicados a la cuestión sobre pueblo judío. Este tema lo aborda San Pablo de una manera tan sistemática, y hasta cierto punto tan independiente, que algunos estudiosos han llegado a decir que se trata de un documento distinto, que en algún momento se vino a juntar con lo que había, hasta constituir nuestra Carta a los Romanos.

Sin embargo, son cada vez más los exégetas que piensan que no hay que imaginar este origen distinto de los capítulos del nueve al once, porque efectivamente, el gran tema de la Carta a los Romanos evidentemente es la salvación por la gracia, por la comunicación del Espíritu Santo para todos los pueblos.

Y es entonces muy natural la pregunta: ¿Y en cuanto al pueblo judío qué? ¿Hay alguna prerrogativa en ser judío? Y sobre todo, ante el hecho incontestable de la progresiva negativa resistencia del pueblo judío para aceptar a Jesús como el Mesías, ¿qué puede decir el Espíritu de Dios? ¿Qué misterio se esconde ahí?

Si el tema es la gracia, que nos llega por Jesucristo, y Cristo es judío, entonces ¿qué podemos decir sobre la obra de la gracia en el pueblo de Jesús según la carne, si ese pueblo no ha aceptado esa gracia? Por lo menos en lo que ya se iba viendo en el tiempo de San Pablo.

Por otra parte, esto no disminuye ni el puesto del pueblo judío en la historia de la salvación, ni tampoco opaca el hecho de que el mismo Jesús y la Santísima Virgen y San Pablo y los demás apóstoles eran todos de raza judía.

O sea que aquello que le dijo Jesús a la samaritana realmente es así, la salvación viene de los judíos, y la resistencia primero de sus dirigentes y luego de la mayoría de los judíos, no debe llevarnos a un desprecio de esta raza ni mucho menos a una actitud adversa, beligerante ni cosa parecida.

De todos modos, desde el punto de vista de la teología, la pregunta es válida y es válido también que esta pregunta tiene su lugar muy natural dentro del desarrollo de la Carta a los Romanos.

San Pablo aborda esta cuestión, y nosotros podemos preguntarnos qué nos dicen esas palabras de Pablo para nuestro tiempo; nosotros somos de un origen distinto, nosotros somos herederos de los paganos, y es evidente que la Iglesia de Jesucristo ha recibido sus miembros principalmente del paganismo.

Si hoy fuéramos a hacer cuentas del porcentaje de cristianos venidos del judaísmo, creo que sería realmente mínimo.

Entonces, vuelve la pregunta: ¿qué nos pueden decir a nosotros estas reflexiones de San Pablo sobre su propia raza? Estas reflexiones sobre el judaísmo, ¿a qué vienen? Siendo así que nosotros ya estamos en una situación distinta, por una parte; y además, venimos no de este pueblo sino de otros pueblos, por otra parte, nosotros hemos experimentado cuán bueno es el Señor.

Pero nosotros, pues, ni somos judíos ni venimos de judíos, ni parece que nos vayamos a volver judíos. Entonces, ¿qué hacen estos capítulos en la vida de un cristiano nacido en el paganismo? Bueno, pues algo tienen que hacer, porque la Carta que el Apóstol le dirige a los romanos no estaba dirigido solamente a los convertidos del judaísmo.

Y además, los judíos eran minoría en la ciudad de Roma y probablemente no eran la mayoría entre los cristianos a los que Pablo les escribe esta Carta en la ciudad del emperador, del emperador pagano por excelencia.

Por algo Pablo esta Carta la escribe a una comunidad que tenía que tener un porcentaje quizá alto de convertidos del paganismo, porque el mismo argumento se podía aplicar en la época de San Pablo, ¿por qué Pablo les escribe a estos señores y señoras, muchos de los cuales venían del paganismo, por qué les escribe a contarles cosas sobre el judaísmo?

Esto nos sugiere que el papel del pueblo judío no es solamente histórico ni solamente pasado, no es algo que se quedó atrás; de alguna manera, es una cuestión pendiente; y de alguna manera, hay una enseñanza continua en la evolución, en la aceptación o en la negativa del pueblo judío, algo que quizá nosotros hemos ignorado, algo que hemos creído que se puede ignorar.

Por otra parte, el evangelio que hemos escuchado, nos muestra el talante de la negativa judía, esta vez en la actitud de los fariseos y escribas.

Cristo es un invitado, pero es también un invitado espiado, es un invitado vigilado, no es un invitado acogido, sino un invitado espiado, se le invita para poderle espiar mejor, es una actitud contradictoria.

Allí donde el ambiente debería ser más acogedor, puesto que un banquete es siempre imagen de eso, de acogida, de fraternidad, de amor, allí donde el ambiente debería ser más acogedor, debería ser más cálido y más sincero, lo que recibe Cristo de estos hermanos suyos judíos, del grupo de los fariseos, del grupo de los escribas, lo que recibe Cristo no es ese corazón abierto, esa acogida franca, sincera, cálida, sino lo que recibe son miradas de recelo, suspicacias, pensamientos que intentan juzgarlo, avidez por cazarlo en sus propias palabras.

Y aunque no tienen una respuesta a las preguntas que hace Cristo: “¿Es licito curar los sábados o no?” San Lucas 14,3, “si a uno de vosotros se le cae al pozo el burro o el buey, ¿no lo saca en seguida, aunque sea sábado?” San Lucas 14,5.

Aunque no tienen respuesta a las preguntas de Cristo, tampoco tienen la respuesta de la fe al amor de Cristo. Pueden ver sus milagros, pueden oír sus palabras, sin abrirle su corazón; si el ambiente del banquete no es acogedor, es porque tampoco hay acogida en el corazón, es porque tampoco tienen un corazón que pueda recibirlo.

Y aquí viene el punto, ¿por qué ellos no tienen manera de reconocer al Mesías? ¿por qué no tienen para Él una actitud distinta? ¿Se trata acaso de gente viciosa, que se vea denunciada en sus pecados por la presencia o la palabra de Cristo? No, no eran viciosos, podemos asegurar que estos hombres que invitan a Cristo al banquete eran gente correcta, moralmente hablando, correcta.

Bueno, su corazón, dice Cristo en varios lugares, resuma hipocresía, vanidad, envidia, intriga, eso es cierto, su corazón no está limpio, pero no se trata de pecadores, en el sentido en que uno suele utilizar la palabra, gente con obras de iniquidad.

Todo el drama del fariseo se encuentra en su corazón; y este drama, que en el fondo es el drama del pueblo judío, es el drama que no acabó en el siglo I, es el drama que puede atravesar los siglos, es el drama que puede alcanzarnos también en nuestros días, es el drama que puede endurecer nuestro corazón para que, desgraciada y lamentablemente, nosotros no tengamos un corazón capaz de acoger.

Con esto quiero decir que lo que estaba mal en el judaísmo no era Judá, lo que estaba mal en el judaísmo no era Israel, lo que estaba mal en el judaísmo no era Moisés, y me atrevo a decir, ni siquiera era la Ley, eso no era lo que estaba mal.

La enfermedad que impidió a aquellos judíos a aceptar a Cristo, es una enfermedad que no se acabó en el siglo I, es una enfermedad que sigue regándose en la humanidad, es un mal que también puede habernos alcanzado a nosotros, y que también puede infectar nuestra alma y hacerla impermeable a la gracia divina.

Estos hombres no tenían muchos vicios, en el sentido usual de la palabra, estos hombres se sentían seguros dentro de su religión.

He aquí un nuevo tipo de ídolo entonces, la religión. Quién creyera, que una palabra tan vecina de Dios, pudiera alejarnos a veces tanto de Dios; quién creyera, que la palabra que indica ligarse a Dios, religarse a Dios, como lo han hecho notar tantas personas, la palabra que indica unión con Dios, puede ser precisamente el ídolo que nos distancie de Dios.

Y tal parece que fue el caso con estos fariseos, con estos escribas y con muchos otros judíos; fue precisamente la religión convertida en ídolo, lo que les impidió reconocer al Autor del camino nuevo, de la vía franca para encontrar a Dios, o mejor, para dejarnos encontrar por Él.

Hay personas que tienen una religión tan buena, tan buena, que no necesitan de Dios; hay personas que están tan bien, tan bien, pero tan bien en sus prácticas religiosas, y de ellas reciben suficiente abrigo para su deshilachado corazón; está tan bien abrigadito su corazón pobre y mezquino en unas cuantas prácticas religiosas, está tan bien protegido, está tan bien, pero tan bien protegido, que está protegido hasta de Dios, y Dios mismo ya no entra, ya no puede entrar ahí.

La persona pierde la dimensión de la gracia, pierde la dimensión del regalo, porque está tan ocupado llevando escrupulosamente las cuentas de todo lo que ha hecho y de todas las minucias que le hace falta conseguir, está tan atento a sus propios esfuerzos y al desarrollo de sus planes, que cuando llega el plan de Dios, estorba.

El hielo y la indiferencia de estos que invitaron a Cristo no murieron cuando murieron ellos, ese hielo que se vuelve indiferente ante el milagro de la Eucaristía, ese hielo que se vuelve impenetrable ante la belleza de las oraciones y ante la gracia el Espíritu Santo, ese hielo era más grande que ellos, era más grande que el judaísmo, es algo que también puede perseguirnos a nosotros y que también puede llegar a nosotros.

Así como Cristo hacía preguntas que aquellos hombres no podían responder, quizá tal vez nosotros podamos hacer otras preguntas, como por ejemplo: "¿Por qué no somos santos? ¿Por qué no ardemos en amor? ¿Por qué hay ciertos vicios de corazón y de pensamiento, ciertos pequeños egoísmos, ciertos resentimientos soterrados que permanecen ahí burlándose un día y otro día y otro día de la gracia de Jesucristo?"

"¿Por qué hay tantas personas aparentemente piadosas, llenas de rezos, que están así en la puerta del amor de Dios, que están y permanecen asomados en las ventanas del Corazón de Cristo sin nunca mirar adentro, sin nunca pasar el umbral?

Estos fariseos querían tener cerca a Jesús, ¿para aceptarlo? No, para examinarlo, y hay personas así, y tal vez tú o yo hemos sido personas así, queremos tener cerca a Jesús para mirarlo, para ver qué me conviene de Él, para ver qué es lo que Él me propone, para ver si entra dentro de mis planes, y pregunto yo: Bueno, ¿Y el arranque generoso, la docilidad que no lleva cuentas, el impulso infinito para que Él sea mi Señor, para que Él cumpla su voluntad en mí, en dónde quedó?

De pronto, el judaísmo, en su forma resistente a Cristo del siglo I, quizá ese judaísmo ha disminuido o se ha extinto; pero hay un cierto espíritu contra Jesús, una especie de soberbia religiosa, una especie de indiferencia a la gracia, una especie de silencio, un corazón con un silencio muerto.

Hay a veces ese silencio muerto en el corazón de tantos cristianos, un silencio que se parece mucho a este silencio de los fariseos y de los escribas en el evangelio de hoy, se quedaron sin respuesta, se quedaron callados, pero no creyeron. Se quedaron sin respuesta, no podían argumentar nada, pero tampoco creyeron.

Sí, esto le amenaza a uno, y esa enfermedad atraviesa las rejas, se mete en los conventos, se mete en los seminarios, se pasea por las curias, muerde corazones y come corazones de obispos, de curas, de monjas y de gente que lleva mucho tiempo rezando y que es amiga de todos los piadosos, es una enfermedad espantosa, que vuelve seca la vida y que vuelve estéril la fe.