I302002a
Fecha: 20071030
Título: La meta para los cristianos es siempre trabajar para el Reino de Dios
Original en audio: [13 min. 33 seg.]
Hermanos Queridos:
A veces es un buen ejercicio buscar una palabra o una idea que nos ayude a enlazar las lecturas que escuchamos en la Santa Misa; hoy, por ejemplo, yo escogería la palabra "proceso".
San Pablo nos presenta la creación entera como un proceso, un proceso que incluye dolor, pero que produce vida. “La creación entera, -nos dice él-, está como dando a luz” Carta a los Romanos 8,22.
Es un largo parto, es un continuo estado de nacimiento, no hemos terminado de nacer, el universo no ha terminado de salir de las manos de Dios, algo maravilloso, que todavía no existe, llegará a existir. Proceso.
En el salmo de respuesta, esta idea se une al concepto de cosecha, es un proceso que también tiene dolor: “Al sembrar van llorando, al cosechar van cantando” Salmo 126,6. Así como el parto implica dolor pero produce alegría, así también la siembra y la cosecha replican ese proceso, porque también hay lágrimas, y sólo al final, canciones.
Con el Reino de Dios, Jesús nos presenta nuevamente esta idea de proceso, un proceso que empieza en lo humilde, como el grano de mostaza, incluso invisible, como la levadura cuando recién se mezcla con la masa.
Y sin embargo, de eso humilde, de eso que parece no existir, brota la maravilla, la visible maravilla del pan que fermenta y que multiplica su espacio, y que también así, llena de gozo, no sólo al panadero, sino a quienes reciben el alimento.
La palabra "proceso" nos sirve entonces para visitar estos tres momentos: la creación, la cosecha y la transformación de nosotros mismos y del mundo entero.
Aprender a mirarse uno mismo como proceso, es reconocer que lo mejor de uno no ha aparecido todavía; mirarse uno como proceso, es sentir que ninguna etapa es definitiva.
A veces. cuando estamos haciendo nuestros estudios en filosofía o en teología, nos fijamos una meta, como decir la ordenación sacerdotal, o la profesión solemne, eso está bien en la medida que nos recuerda que vamos caminando; pero sería un grave error creer uno, que porque ha hecho una consagración perpetua, unos votos solemnes o ha recibido una ordenación sacerdotal, ahí termina el proceso.
Muy al contrario, nuestra Santa Iglesia tiene el testimonio de hombres maravillosos, mujeres admirables que se sintieron siempre en camino, a esos hombres y mujeres los llamamos los santos.
Nuestro Padre Santo Domingo era caminante no sólo por ser un itinerante, predicador de muchos lugares, sino sobre todo porque era itinerante del Espíritu, porque su corazón no se sentía satisfecho.
Recordemos que cuando ya empezaba a faltarle la salud en el cuerpo, cuando los ayunos, vigilias y el cansancio de tanto esfuerzo, hacían mella en su humanidad, él seguía soñando: "Vamos a dejar arreglado esto de la Orden y nos vamos a los cumanos", esa es una mentalidad, esa es un alma en proceso, alguien que jamás se considera acabado.
Siglos antes de Domingo, tenemos a San Ignacio de Loyola, que cuando llega al final de su vida en esta tierra, dice: “Ahora empiezo a ser discípulo”.
La primera palabra, la palabra que iría incluso antes del bautismo, antes de ser catecúmeno, él, ya sacerdote, ya obispo, listo para el martirio, se mira a sí mismo, y descubre que sólo ahí empieza a ser discípulo, sólo ahí está a punto de nacer. Y ese lema, esa frase, “morir es nacer” es común cuando se habla del martirio cristiano, porque sólo entrando en el cielo terminamos de nacer.
Hay una cantidad de tentaciones, hay una cantidad de tentáculos que intentan decirnos que ya estamos, que ya llegamos, y lo peor que le puede suceder al caminante es sentir que ya llegó; lo peor que le puede suceder a un religioso es creer, que porque domina la mecánica de la Liturgia de las Horas, porque ya le conoce el estilo al maestro de estudiantes, porque ya sabe cómo pasar las materias, ya es de Cristo, ya está siguiendo a Cristo.
Todo eso tiene su importancia; pero el verdadero fraile, el verdadero discípulo sabe que todo eso es sólo un momento en el camino; las cuentas de mi vida no son las cuentas que yo presento frente al maestro, o el prior, o mi profesor; las cuentas de mi vida son las que presento ante el gran interrogante, el tremendo interrogante del amor de Cristo en la Cruz.
Es frente a esa interrogante, que ahí está bien claro y grande en esta iglesia, es frente esa interrogante que me siento cuestionado, y me siento convocado, y me siento llamado; si esa Cruz, si esas Llagas no te ponen en movimiento, algo ya se murió en ti, algo ya se murió en tu proceso.
El camino nuestro es el camino que está descrito en esas Llagas, en esas heridas y en esa Sangre, eso fue lo que miraron los mártires, eso miraron los misioneros, eso mismo es lo que nosotros mismos estamos llamados a vivir.
Y es una tarea valiente, no sólo porque implica luchar contra nuestras propias debilidades o vencer nuestros pecados, sino sobre todo, es es una tarea valiente porque es la liberación del Universo entero.
Cuando San Pablo nos dice que la creación está frustrada, nos está llamada a liberar el cosmos; el plomo que se utiliza en una bala para matar a un ser humano, el acero que se utiliza en la moto sierra que va a triturar y a torturar a un inocente, ese acero está siendo frustrado, porque no fue creado para eso, ese plomo está siendo frustrado; la naturaleza está frustrada cuando el egoísmo, unido a la inteligencia humana, produce muerte, muerte a gran escala.
El computador que se utiliza para transmitir pornografía, es una frustración del sílice, y del hierro, y del níquel, y es una frustración de la inteligencia humana; el talento que se utiliza para enviar droga y envenenar la mente y el cuerpo y el cerebro de tantos, es una frustración, porque la inteligencia no es para eso.
El papel que se utiliza para negar la existencia de Dios, que es lo que más se vede hoy en Irlanda, no es sino para ofender a Dios, negar su existencia, insultar a Cristo, blasfemar del amor para volverse rico, ese papel, esa tinta están frustrados, no pueden gritar.
El papel ese, la tinta esa, ese plomo y ese acero, ellos no pueden gritar, ellos requieren de nuestra voz de predicadores, ellos requieren de nuestra acción de cristianos todos, para encontrar su verdadero sentido.
El papel que alaba a Dios, la tinta que canta las misericordias de Jesús, la guitarra que se utiliza para crear fraternidad y cantar alabanzas, esos sí están más cerca del plan para el que fueron creados.
Nuestro proceso entonces no es un proceso intimista, no es solamente buscar una satisfacción interior y quedarnos satisfechos diciendo: "¡Cómo soy de bueno, cómo soy de fiel y santo! ¡Qué porquería de mundo este!"
Nuestra espiritualidad, guiada por la Encarnación de Cristo, requiere la liberación de todos, mientras haya algún pequeño, un enfermo o un pobre que esté siendo perturbado en sus derechos, hay algo de la creación de Dios que está siendo ofendido, hay algo del Nombre de Dios que está siendo sometido a sacrilegio.
Por eso, nuestra tarea es inmensa, y por eso nosotros no somos sacerdotes únicamente del altar, nosotros somos sacerdotes de la historia, somos sacerdotes del universo mismo, como nos recordaba el Papa Benedicto en su meditación del Corpus Christi este año.
Y si algo quiero yo infundir en ustedes, si yo lo pudiera hacer, es esa certeza de la belleza y de la grandeza de nuestra vocación.
Yo creo que si el Espíritu Santo le revela a uno un poco de lo que significa trabajar en esta empresa gigantesca, de devolver el universo a Dios por las manos de Cristo, ese día uno mira su propia historia vocacional, uno mira sus propias palabras y uno mira su propio corazón de un modo muy distinto.
Yo le pido al Señor en este momento, al despedirme de esta comunidad y despedirme por un tiempo, a menos que Dios disponga otra cosa de mi país, le pido al Señor que bendiga, con la intercesión de María Santísima, con la intercesión de sus Santos Ángeles, bendiga esta comunidad de formación.
Que cada uno de ustedes, no por la voz externa de un predicador, maestro, prior, o provincial, sino por la voz interna del Espíritu, esa de la que nos habló San Pablo en su Carta; que cada uno de ustedes por esa voz interna del Espíritu, esa que nos habló San Pablo en su Carta; y cada uno de ustedes, por esa voz interna, pueda sentir la alegría, la gratitud o la humildad de haber sido llamado.
Hace muchos años, y con esto termino, cuando asistí a la ordenación sacerdotal de algunos de estos hermanos que hoy son sacerdotes en la provincia, creo que fue el Espíritu Santo el que me inspiró la siguiente idea: que lo que yo tenía que orar, lo que yo tenía que pedir cuando pensara en las futuras generaciones, como son ustedes, es muy sencillo, que ustedes, mis hermanos, sean mejores en Cristo, mucho mejores en Cristo que nosotros, ¡hay tantos errores, hay tantas incoherencias!
Que el Espíritu los seduzca a ustedes de tal manera, que ustedes tengan por meta mirar hacia ese Jesús, y que ese Jesús los haga mejores que nosotros.
Amén..