I301001a

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Fecha: 20011009

Título: Cristo nos devuelve los derechos de Cielo

Original en audio: [22 min. 37 seg.]


Jesús se puso de parte de la enferma, de parte de la enfermita. Eso es muy tierno, muy bello, y le da a uno mucha esperanza. Jesús tuvo que defender a esta mujer, y la defendió. El enemigo malo, Satanás, la oprimía, pero Jesús la defendió.

Los poderosos de la sinagoga salían con unas historias extrañas de que sí sábado, de que no sábado, y Jesús defendió a la mujer. Por encima del poder del diablo, y por encima de las intrigas y las trampas de los hombres, Jesús defendió a la mujer. La defendió, la curó, salió por ella, se puso delante.

Esto nos da a nosotros mucha esperanza. Porque nosotros creemos, que si Jesús salió a defender a esa mujer, a defenderla del demonio, a defenderla de la enfermedad, y a defenderla de la gente, fue porque Jesús amó a esa mujer con un amor de compasión, con un amor afectivo, y con un amor efectivo.

El amor de Cristo es afectivo, porque se compadece, pero es efectivo, porque libera. Y esas son las dos caras del amor que nosotros necesitamos.

Nosotros necesitamos amor afectivo, necesitamos ser comprendidos muchas veces en nuestra debilidad, en nuestros fracasos, en nuestras enfermedades. Necesitamos amor afectivo, pero también necesitamos amor efectivo: alguien que tenga poder para defendernos de nuestros enemigos. Y eso es precisamente lo que ha mostrado Cristo aquí, que tiene amor efectivo, capaz de liberar, lo que nos da muchísima esperanza a nosotros.

Estaba Jesús enseñando en una sinagoga; había ahí una mujer. La mujer encorvada podía oír, y seguramente no podía ver, por lo menos cómodamente a Jesús. Pero Jesús sí podía verla a ella. Ella podía oír a Jesús. El evangelio no nos dice de ninguna súplica de ella: fue la mirada de Jesús, el poder de la mirada de Jesús; todo está en los ojos de Jesús.

Estaba encorvada, y no podía enderezarse. Al verla, el poder está en eso, en los ojos de Jesús. Esto es muy grande para nosotros, y esto nos da muchísimo consuelo, y muchísima esperanza a nosotros, porque el poder está en los ojos de Jesús.

Esta mujer seguramente no podía ni siquiera ver a Jesús, y el texto no habla de ninguna oración o súplica que ella hubiera hecho. Simplemente estaba ahí, con el peso de su enfermedad, con el peso de la opresión de Satanás, y con el peso de las intrigas de la gente.

Ahí estaba ella encorvada; y estaba encorvada, porque tenía encima un peso terrible: el peso de la acción de Satanás,el peso de la enfermedad, y el peso de la gente. Porque a veces se cumple aquello que dice el refrán, "al caído caerle".

Ella estaba encorvada, porque tenía mucho peso encima. Ella no vio a Jesús, tal vez, no sabemos. Pero lo importante es que Jesús sí la vio a ella.

Y eso es lo fundamental: todo está en la mirada de Jesús, todo está en los ojos de Jesús. Ahí, donde Jesús fija su mirada, ahí fija su Corazón. Y ahí, donde Jesús fija su Corazón, fija su compasión. Y donde Jesús fija su compasión, trae libertad, trae sanación, trae transformación, trae nueva creación.

Todo está en los ojos de Jesús. La mujer no hizo nada. Al verla, Jesús la llamó. No aparece ni una sóla palabra de ella en este texto. Jesús la llamó, ella fue, le dijo: "Mujer, quedas libre de tu enfermedad" San Lucas 13,12. Démonos cuenta del derroche de valor de Cristo, valor que nace del tamaño amor que tiene por nosotros.

Permítanme, hermanos, que les recuerde, que en las sinagogas, los hombres y las mujeres tienen, por lo menos tenían en esa época, lugares separados. La sinagoga era propiamente para los hombres; eran los hombres los que tenían espacio en la sinagoga, y había una especie de balcón, que en algunos sitios parecía un gallinerito, y ese era el lugar donde se apiñaban las mujeres si querían oír. Pero no podían intervenir, ni leer la Palabra, ni mucho menos predicar.

Jesús rompe con esas reglas, obra con una libertad soberana, está por encima de todo eso, y la fuerza de su amor provoca esta situación. La llama: "Mujer, quedas libre de tu enfermedad" San Lucas 13,12.

Hubiera podido liberarla solamente con la voz, pero quiso acercarla. Eso era un escándalo, por lo menos una cosa demasiado extraña en una sinagoga, donde hombres y mujeres siempre estaban separados. Jesús le impone las manos a ella, Jesús rompe toda barrera, Jesús trasciende, Jesús vence las fronteras, Jesús vence las dificultades.

Miremos cuántas cosas podían separar a Jesús de esta mujer: La mujer endemoniada, Jesús Santo; la mujer enferma, Jesús sano. Pero Jesús toca a la mujer. Recordemos cuántas veces en la Torá, en el Pentateuco, se advierte de no tocar a los enfermos; pero Jesús va más allá de la enfermedad. Las costumbres de la época dicen: "Mujeres a un lado, hombres a otro". Jesús le impone las manos, va más allá de las costumbres humanas, de las tradiciones humanas.

¡Cuántas cosas los separaban! El hecho mismo de tocarla: En esta cultura, hombres y mujeres jamás se tocan en público, jamás. Puede parecernos a nosotros extremista eso, pero tal vez nosotros estamos en el otro extremo: aquí la gente se toca demasiado. Allá nada, y aquí de pronto demasiado. Allá no se toca la gente en público prácticamente.

Pues Jesús está más allá de las costumbres sociales, de las tradiciones humanas, de la enfermedad, más allá de todo. Jesús toca a la mujer. Es tan bonito pensar que esta mujer estaba encorvada; es decir, era como la imagen de alguien que está sobrecargado, y Cristo pone su mano ahí, pero no para cargarla más, sino para quitarle la carga.

Y esto tiene un significado alegórico y místico, que quiero compartir con ustedes. Cuando nosotros nos acercamos a Jesús, Jesús nos dice cuáles son las reglas del juego, y nosotros sentimos que esa es otra carga más. Pero la carga de Jesús es como las manos de Jesús con esta mujer. La mujer está encorvada, y Jesús le pone la mano encima; pero no le pone la mano encima para cargarla más, sino para liberarla.

Cuando nosotros estamos viviendo mal, y nos acercamos a Jesús, sentimos que Jesús nos va a poner la mano encima, nos va a recargar. Y Jesús nos pone la mano encima, pero no para recargarnos, sino para liberarnos.

Esto se entiende con un ejemplo. Vamos a suponer el caso de una persona que está viviendo en adulterio. Ya la persona está viviendo hace mucho rato con una mujer que no es su esposa, y sabe, porque la Iglesia es clara, sabe muy bien, que así no es.

Pero, ¿qué siente esa persona? "Para mí, separarme de esta mujer, así esté viviendo en pecado, es imposible. Yo no puedo soportar eso; esa es una carga muy dura. La carga que me ofrece la Iglesia", y no es la Iglesia, sino Cristo, "la carga que me presenta la Iglesia es muy pesada. Si ese es el precio para que yo esté en paz con Dios, entonces no estaré en paz con Dios."

Hay gente que piensa así: "Si ese es el precio, si tengo entonces que separarme de mi adulterio, si tengo que dejar mi vicio, si tengo que dejar mi trampa, mi mentira, mi lo que sea, entonces no lo dejo." Porque nos parece que Cristo nos está poniendo una carga muy pesada: "Es que Cristo quiere que yo viva honesto, sincero, puro, orante. ¡No! Esas son muchas cargas."

La mano de Cristo no pesa; eso es lo que nos está diciendo este pasaje. Es lo mismo que dijo el Señor Jesús en otra ocasión: "Mi yugo es leve" San Mateo 11,30. La mano de Jesús no pesa.

Cuando la mano de Jesús viene sobre nosotros, y se acerca, uno dice: "¡Ah! ¡Más peso para mi pobre vida! ¡Más peso para mi espalda!" Y Jesús pone su mano, y su mano quita el peso; la mano de Jesús no pesa.

Jesús impuso su mano, pero su mano no pesa, alivia del peso, y alivia del pesar. Esto nos trae a nosotros muchísima esperanza; esto nos trae una gran alegría.

De pronto alguno de ustedes esté pensando, y con toda razón: "Si Jesús lo hizo aquella vez, ¿no podría repetirlo hoy? ¿No será que Jesús puede repetir hoy esto conmigo? Tal vez yo estoy recargado, tal vez yo estoy encorvado".

Otro predicador hacía esta reflexión: El demonio había obrado encorvando a esta mujer. La persona que está encorvada, es una persona que sólo mira las cosas de la tierra, ha perdido la capacidad de mirar el Cielo. Esa es la obra del enemigo, esa es la obra de Satanás, sea directamente, o indirectamente. Indirectamente, a través de tantas tentaciones que se nos presentan. En el fondo, las tentaciones son: "quédese mirando sólo a esta tierra".

Hay un canto, que se cantaba mucho cuando yo era niño, un canto que tiene una música muy sentida, un poquito lastimera, que dice: "Somos los peregrinos". Y por allá dice una de las estrofas: "Nuestra patria es el Cielo". El demonio le tenía prohibido ver a esta mujer la Patria, la tenía obligada, la tenía encadenada: "Usted mire sólo tierra, tierra, y tierra".

¡Cuánta gente vive así! Vive mirando sólo las cosas de esta tierra: "La plata que me entra, el placer que saco, el beneficio propio, el orgullo, el poder, las influencias"; todo es esta tierra. Oiga, ¿y ni un poquito de tiempo, y ni un poquito de corazón para el Cielo?

Llega Jesús donde ella, y le devuelve el derecho del Cielo. Eso es muy lindo: le devuelve la capacidad de mirar el Cielo. Y eso que Jesús hizo en el caso de esa mujer, también lo quiere repetir con nosotros.

"La persona que sólo mira tierra, -eso lo dice mi amiga predicadora Santa Catalina de Siena-, se vuelve como un topo". Y desde luego, las cosas de esta tierra no nos pueden saciar. Por eso vamos de cueva en cueva, de túnel en túnel, de tumbo en tumbo, y de fracaso en fracaso, por eso, porque sólo tierra y más tierra.

Póngase a darle a su estómago sólo tierra y tierra, y a ver cómo se va a enfermar. Tierra y más tierra no puede ser. Cristo le devuelve los derechos de Cielo a esta mujer. ¡Qué cosa tan hermosa! Le devuelve su derecho de Cielo, y eso es lo que nos ha dicho la primera lectura: "No han recibido ustedes espíritu de esclavos que los haga temer de nuevo" Carta a los Romanos 8,15.

El que está encorvado, el que está agachado, está, o se parece al que está asustado. Ustedes no tienen espíritu de asustados, ustedes tienen derecho de Cielo, es lo que nos dice San Pablo en su Lectura: "Ustedes no tienen espíritu de esclavos; ustedes tienen Espíritu de hijos, y pueden llamar Padre a Dios" Carta a los Romanos 8,15.

¡Qué cosa tan grande! Ese es el derecho del Cielo; eso es lo que hizo Jesús con esta mujer. La trató con la ternura de Papá Dios, para que ella se pudiera sentir hija, con derechos de hija, no con cadenas de esclava, no con la carga con la que estaba encorvada.

"Ustedes han recibido Espíritu de hijos" Carta a los Romanos 8,15; "y si somos hijos, somos también herederos de Dios" Carta a los Romanos 8,17.

¡Cómo cambia la vida cuando uno oye estas palabras! "Espérate, ¿qué es lo que me dices? ¿Que yo, que hasta ahora he vivido encorvado, tratando de mendigarle felicidad a esta tierra, y buscando a ver quién me quiere, y qué provecho saco, y cómo gano más, y cómo me impongo, y yo, que he vivido esclavo de eso, entonces yo puedo cambiar?"

Usted puede cambiar, usted tiene derechos en el Cielo, usted puede, en el Nombre de Jesús, y con el poder y la unción del Espíritu, llamar a Dios, Padre suyo. Usted tiene derechos de hijo, tiene ciudadanía en el Cielo.

¿No le han entregado su cédula todavía? Usted tiene ciudadanía en el Cielo, usted tiene una herencia de Cielo, usted es heredero de Dios, usted tiene parte en la misma herencia de Cristo. Queda uno con los ojos abiertos: "¿Ese soy yo? ¿Verdad? ¿Yo?" Tú tienes herencia de Cielo; ese es tu verdadero rostro, ese es tu verdadero corazón.

Una última anotación: San Pablo, en el pasaje de hoy termina diciendo, como quien no quiere la cosa: "Puesto que sufrimos con Él, para ser glorificados con Él" Carta a los Romanos 8,17.

Algunos predicadores, sobre todo protestantes, me da pena decirlo, pero hay que decirlo expresamente, presentan estos temas como diciendo: "Usted tiene herencia de Cielo, usted es hijo del Dueño del universo, a usted no le puede ir mal."

Eso no es lo que dice la Biblia. La Biblia dice que yo tengo herencia de Cielo, la Biblia dice que yo tengo derechos en la Patria Celestial, y que puedo llamar a Dios mi Padre, como Cristo llama a Dios Padre suyo, y que yo puedo heredar con Cristo. Pero la herencia de Cristo no son sólo rosas y pasteles. Por eso dice San Pablo: "Sufrimos con Él para ser glorificados con Él" Carta a los Romanos 8,17. De manera que hay una cuota también.

Por favor, no nos pasemos al modelo protestante; no son todos los protestantes, pero sí muchos; no nos pasemos al modelo protestante de que ahora, que ya creo en Cristo, y que ahora, que ya soy de Cristo, me tiene que ir bien en todo. ¡No! La Biblia nunca ha dicho eso. Eso es un engaño.

La Biblia lo que dice es: "Tengo herencia de Cielo, heredo con Cristo, soy hijo de Dios, el Espíritu ora en mí". Y eso significa que entonces tengo parte en lo que Cristo tiene parte. Y ya sabemos que Cristo tiene parte en unos dolores, y en una gloria. Por eso dice Pablo: "Sufrimos con Él y somos glorificados con Él" Carta a los Romanos 8,17.

Por eso un hijo de Dios no es una persona a la que todo le sale bien, como quien dice: "Ese sí encontró el amuleto de los amuletos; ese sí encontró la verdadera pata de conejo; ese sí tiene el fetiche; ese sí no le puede salir nada mal". La fe no es un amuleto. Nuestra unión con Cristo no es un fetiche.

Nuestra unión con Cristo es una participación en el destino de Cristo, lo cual significa que tenemos parte en el dolor de Cristo, que es dolor de amor; y tenemos parte en la gloria de Cristo, que es gloria de amor.

Vamos a seguir nuestra celebración. Ustedes saben que en la Santa Misa recibimos el Cuerpo y la Sangre Santísimos del Señor. Alguna vez, en una Misa, predicando de otros temas, quizá parecidos a estos, decía yo a aquellos amigos: "Cuando usted vaya a comulgar, puede decir en su corazón: "Que me pase a mí lo mismo". Porque usted va a participar de la vida de Cristo, el Cuerpo de Cristo: "Que me suceda a mí lo mismo, lo mismo que a Cristo".

Comulgar con Cristo es participar de la herencia de Cristo, es amar a Dios Padre, y es participar de sufrimientos, y de gloria.

Si vamos a comulgar hoy aquí, de este altar, por favor, seamos conscientes de eso; seamos conscientes, mis hermanos, que es participar de lo duro, y de lo amable; con una ventaja: siempre con Él. Solos no podremos, pero con Él, lo duro es tan bello, y lo amable es tan dulce, y tan fecundo.

Sigamos esta celebración, y que Dios permita con la fuerza de su Espíritu, que a nosotros nos pase lo mismo.

Amén.