I296006a

De Wiki de FrayNelson
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El texto del Evangelio de hoy corresponde al comienzo del capítulo trece del Evangelio según San Lucas. Me gusta tanto este pasaje como nos lo ofrece nuestra madre la Iglesia, porque tiene una combinación muy bella entre dos cosas que parecen imposibles: la severidad y la ternura (cf. Lc 13,1-9). Realmente Nuestro Señor Jesucristo, manantial de sabiduría y de amor, es tan perfecto y tan completo, que es bello contemplarlo, precisamente, porque es muy completo.

Por otra parte, existe el riesgo de querer quedarnos con un pedazo de Cristo. Hay épocas de la Iglesia, hay predicadores que en su enseñanza, hay gente que cuando mira a Cristo se queda solo con una faceta, por así decirlo. Entonces, hay personas que se quedan con la faceta, podríamos llamarla, del Cristo severo. Así, por ejemplo, Martín Lutero era una persona que vivía obsesionada con el tema de la severidad de Nuestro Señor Jesucristo. Él mismo, dice que hubo épocas en su vida, en que él no podía oír el nombre de Jesús sin ponerse a temblar, porque lo único que él veía en Cristo era un juez implacable que un día va a separar las ovejas de las cabras, y un día va a decir: “Las ovejas a mi derecha, las cabras a mi izquierda” (Mt 25, 33). Y ya Lutero se sentía a la izquierda, y ya le parecía estar escuchando esa voz terrible, solemne de Cristo: “Id malditos al fuego eterno” (Mt 25, 41); ya él sentía que esa palabra caía sobre él, ya él sentía que estaba derrotado para siempre. Él se quedaba solo con la severidad.

Quizá hoy estamos en el otro extremo; quizá hoy estamos en el extremo del Cristo Light, estamos en el extremo del Cristo de la super ternura, del Cristo super amigo; del Cristo que únicamente sonríe, da palmaditas, y tiene así, una expresión facial muy próxima a la de cualquier hippie semidopado, que dice: ¡no hay problema!, ¡nada ha pasado!, ¡nada de nervios!, ¡aquí no ha sucedido nada!

Entonces, hay gente que quiere volver a Cristo un hippie sonriente que no le ve problema a nada, y que solo tiene ternura y abracitos para todos; otros, en cambio, pareciera que quieren quedarse solo con el Cristo implacable, que no parece Hijo del Padre Celestial, sino hijo de Zeus, aquel de la mitología griega, un dios que solo manda truenos. Así, por ejemplo, Juan y Santiago, en un pasaje del Evangelio de Lucas, estaban severamente disgustados con unos pobladores de Samaría que no les dieron hospedaje, y entonces le dicen a Cristo: “¿Quieres que mandemos bajar fuego del cielo?”, y Cristo les dice: “No sabéis de que espíritu sois” (9,54-55), lo cual está indicando que estas personas estaban completamente perdidas. Pero, eso nos puede pasar también a nosotros; también a nosotros, nos puede suceder que queremos quedarnos solo con la severidad, o solo con la ternura de Cristo.

Y en el Evangelio de hoy aparecen ambas cosas:

Por una parte, aparece este Cristo que dice: “Si no os convertís, pereceréis todos de la misma manera” (Lc 13, 5). Eso es severo; si no hay conversión, lo que te espera es muerte eterna. Ningún autor en la Biblia habla tanto del infierno como Nuestro Señor Jesucristo; ¡No te confundas!, Cristo es claro sobre la existencia del infierno; ¡No te confundas!, ¡No te dejes confundir por ningún predicador o sacerdote que quiera eliminar la realidad del infierno! Pero, por otro lado, este es el mismo Cristo, que en el mismo pasaje de hoy, nos está diciendo que Dios quiere darnos nuevas oportunidades, y lo expresa en el caso de esa higuera que era estéril, y que ya no daban sino ganas de talarla, cortarla, deshacerse de ella, y sin embargo, el dueño dice: “esperemos, demos otra oportunidad” (cf. Lc 13,6-9). Ahí aparece la misericordia, la paciencia, la ternura, la dulzura. Ese es nuestro Dios.

Y, por favor, que toda esa dulzura, que es real, no te haga olvidar la severidad, que también es real; y que toda esa severidad, que es perfectamente cierta, no te haga olvidar la infinita misericordia, que también es perfectamente cierta.