I296001a
Fecha: 19971025
Título: Cuando no nos apoyamos en Dios
Original en audio: [10 min. 01 seg.]
El Apóstol San Pablo comienza su capítulo octavo de la Carta a los Romanos haciendo una especie de comparación o de contraste entre dos series, podríamos decir. Una es la serie que tiene las palabras carne, ley y condenación o muerte; y otra es la serie que tiene las palabras Espíritu, Cristo y resurrección o salvación.
Si nosotros logramos, con la bondad de Dios, relacionar estas palabras entre sí, y relacionarlas con nuestra propia vida, es mucho lo que alcanzamos, y es mucho lo que logramos en la comprensión del misterio de nuestra salvación.
Empecemos por ver cómo se relacionan las palabras carne y Ley. Ya hemos dicho muchas veces, que carne no se refiere simplemente a cuerpo, ni mucho menos se reduce a sexo. La palabra carne muestra al ser humano en su debilidad y en su fragilidad, y al mismo tiempo, en su necesidad de ser apoyado, y a la vez, en su posibilidad de comunicarse con los demás.
Es carne todo aquello que indica, por una parte, fragilidad, pero por otra parte, comunicación, comunicabilidad. Gracias a nuestra realidad carnal, nosotros nos diferenciamos unos de otros, y gracias también a ella, nosotros nos comunicamos unos con los otros.
Pero esta carne es también la fe en nuestra debilidad; es decir, aquello que nos recuerda, que nos muestra, que nos revela todo lo débiles que somos.
Por eso, por carne intentamos agarrarnos, adherirnos a las otras personas; por carne, intentamos formar partidos, grupos, sectas; por carne, queremos sentirnos seguros y dentro del grupo de los salvados. Todas estas son obras de la carne.
Por carne, también queremos estar protegidos de cualquier peligro, de cualquier amenaza, de cualquier violencia; por carne, queremos estar cómodos y recibir placer. Y por eso la carne abarca un conjunto muy amplio de manifestaciones o de fenómenos.
Entonces por carne, nosotros nos volvemos sectarios, pero también por carne, se cometen pecados de concupiscencia, de deseo, etcétera.
¿Cómo se relaciona la carne con la Ley? ¿Qué entiende Pablo por ley? Pues ley es, en primer lugar, la Ley de Moisés. Ley es aquella obra de la conciencia iluminada por Dios, cuando descubre dónde está lo bueno y dónde está lo malo.
Pero lo grave está en que la Ley de Moisés, y lo que se le asemeje a ella, es muy parecido a la carne, por una razón muy sencilla: porque el grupo de todos los que pensamos qué es lo bueno, es el grupo carnal. El grupo de todos los que tenemos conciencia de qué es lo malo, fácilmente puede ser un grupo carnal.
Y esta fue la alianza que se formó en el judaísmo. El judaísmo se apegó a la Ley; es decir, a su conciencia sobre lo bueno y lo malo en materia de religión, de moral, de culto, de lo que fuera.
Y ellos sentían que eran fuertes, porque todos tenían un mismo pensamiento; creían que eran fuertes, porque todos tenían la misma conciencia sobre lo bueno y sobre lo malo. Hicieron de la Ley su criterio del bien, su criterio de fortaleza; en otras palabras, se revistieron de fortaleza a través de su pensamiento en la Ley. No se apoyaron en Dios, sino se apoyaron en que tenían un mismo pensamiento.
Por eso la Ley es engañosa. La Ley en sí misma, tener conciencia de lo bueno y de lo malo, es una cosa buena, desde luego. Tener esa conciencia es bueno, pero apoyarse uno en su propia conciencia, y creer que porque uno tiene conciencia de lo bueno y de lo malo, ya uno es bueno, eso es el gran error.
Y este es el error que se comete cuando uno empieza a asociarse con otras personas. En este sentido, la tentación de la ley carnal afecta siempre a las personas, a todas las personas, y desde luego también a los cristianos.
Nosotros cristianos, fácilmente caemos en esa tentación carnal cuando queremos unirnos al grupo de los que consideramos que sí son buenos: "Aquí todos pensamos lo mismo"; "aquí todos sentimos lo mismo", "nosotros somos el grupo de los que sí aceptamos las enseñanzas del Papa", "nosotros somos los que sí tenemos la moral recta", "nosotros sí celebramos bien los sacramentos", "nosotros sí estamos bien, y el resto del mundo está mal".
Este pensamiento difícilmente se libra de ser carnal; este pensamiento, aunque la inspiración sea buena, se convierte fácilmente en pura carne. Esta es la relación que San Pablo ve entre la Ley y la carne.
Y de ahí, ¿qué sigue? La condenación, porque la persona que se apoya en algo distinto de Dios, así sea la Ley de Dios, así sea la Ley de Moisés, no se salva, ya que en el fondo rechazará el ser justificado, pues estará demasiado ocupado justificándose.
El que se siente fuerte, porque tiene clara la enseñanza de la Iglesia, porque no conoce tal o cual pecado, porque está asociado a un grupo que le parece muy bueno, porque celebra con frecuencia los sacramentos; el que se cree bueno por cualquiera de esas cosas, ya se justifica a sí mismo, ya siente: "Soy justo, soy bueno". Y desde el momento en el que la persona siente eso, cierra la llave de la gracia para su vida.
Entonces alguien dirá: "Ah, pues entonces quiere decir que toca vivir en el pecado,-esta objeción se la hicieron a San Pablo-, para que cuando ya esté en el pecado, sí me sienta bien malo, bien desgraciado, y ahí sí pueda sentir que me falta Dios".
No, no se trata de que busques el pecado, se trata, como diría Santa Catalina de Siena, de que "permanezcas en el santo conocimiento de ti mismo"; se trata de que, hasta el fondo de tu ser, la luz de Dios ilumine lo que hay.
Pero, "¿qué pecado puede haber en mí, si yo ya dejé mis pecados?" Esos los dejaste, pero ¿has dejado todo pecado? ¿Y qué es dejar todo pecado? Dejar todo pecado es adherirse completamente a la voluntad de Dios. Porque todo aquello que frena en mí la voluntad de Dios, de alguna manera es pecado por acción o por omisión.
¿Se ha realizado ya la voluntad de Dios en tu vida? Yo creo que no todas las personas que dicen: "No tengo pecado", dirían igualmente: "Yo cumplo toda la voluntad de Dios".
¿Le has dado a Dios el amor, el tiempo, la adoración, la alabanza? ¿Vivencias su presencia? Y luego, ¿haces por Dios, y en amor de Dios, tu vida con caridad, con misericordia, con eficacia en el Evangelio por las demás personas?
Si tu respuesta es: "Sí, estoy haciendo todo bien", te traigo la Primera Carta de Juan, que dice: "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos" 1 Juan 1,8.
Porque en el momento en el que uno dijera: "Hice todo, y todo está perfecto", uno estaría negando la Primera Carta de Juan que dice: "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos" 1 Juan 1,8.
Y si uno dice que ya llegó, está negando a San Pablo, que en la Carta a los Filipenses dice: "Sea cual sea el punto al que hayamos llegado, avancemos, avancemos" Carta a los Filipenses 3,12-14.
De manera que el que piense que ya ha llegado, porque ya tiene su grupo, porque ya se siente bien, porque ya está justificado, porque ya venció al pecado, se justifica a sí mismo, y se pierde de la gracia de Dios. Y perderse de la gracia de Dios, es exponerse a la condenación.
Entonces, ¿cómo es con el Espíritu Santo? Pues la acción del Espíritu Santo es una obra, que al mismo tiempo ilumina nuestro ser, y le da gracia, fuerza y belleza a nuestra voluntad.
A través de esa acción bendita del Espíritu Santo, nosotros nos vamos conociendo a nosotros mismos, permanecemos en el conocimiento de nosotros mismos, y avanzamos en la certeza de lo que dijo Pablo: "Ya no soy yo el que vive, es Cristo el que vive en mí" Carta a los Gálatas 2,20.
Y también aquello otro que dijo el mismo Apóstol: "He obrado más que todos, pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo" 1 Corintios 15,10.
Que Dios Nuestro Señor infunda gracia de su Espíritu Santo en nosotros, que ilumine nuestra conciencia a fondo, y que nosotros con humildad y profunda alegría, sigamos el camino de la Santísima Virgen María, que no quiso para sí otro título que el de Esclava del Señor.