I275001a
Fecha: 19991008
Título: Lo que puede realizar el sacerdote que se ha unido a Dios
Original en audio: [4 min. 59 seg.]
Mis Hermanos:
Quiero compartir con ustedes una reflexión, sobre todo a partir de la primera lectura. Se habla de una realidad terrible, oscura, de nube y nubarrón que se cierne sobre el pueblo; pero esa profecía llama en primer lugar a los sacerdotes para que proclamen el ayuno, para que congreguen a la asamblea, para que hagan oración, para que lloren.
Dice, por ejemplo el profeta Joel, en un texto que es famoso para la Cuaresma: "Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes" Joel 2,17.
Esta realidad del sacerdote es la que quiero que nos detengamos a mirar por un momento. El sacerdote toma para sí mismo los intereses de Dios ante el pueblo, y toma los intereses del pueblo ante Dios.
Es propio del sacerdote sentir dolor cuando los intereses de Dios son lastimados, y es propio del sacerdote sentir dolor cuando la vida del pueblo, cuando la fe del pueblo, cuando la alegría del pueblo se ve lastimada.
Por eso la vida del sacerdote tiene una especie de inmolación, supone un sacrificio, aunque en el Antiguo Testamento no estaba tan clara la unión entre el sacerdote y la víctima, como luego quedaría clara con la muerte de Jesucristo, que es las dos cosas; ya en el Antiguo Testamento, fijémonos de cómo aparece esa relación en que el sacrificio que se presenta, por ejemplo, de víctima y el mismo sacerdote que ofrece esos sacrificios.
Vean ese Antiguo Testamento, y es evidente que su oficio no era simplemente el de un matarife, que acaba con la vida de unos animales; era su propio corazón el que tenía que ser un poco sacrificado con cada una de esas ofrendas, ¿por qué? Porque esas ofrendas son súplicas que se le presentan a Dios y son impetraciones de su misericordia por el pueblo.
El sacrifico no siquiera en el Antiguo Testamento es exterior al sacerdote, sino que él da de sí mismo, da de su dolor expresado poéticamente en estos textos a través de las lágrimas, da de su propio dolor para rogar por el pueblo, para pedir la conversión del pueblo.
Nosotros que estamos llamados a este ministerio, estamos llamados al sacrifico, estamos llamados al dolor.
Un sacerdote director espiritual, hombre muy sabio y probado en estos caminos, le escuchaba a una señora que decía lo de Santa Teresa del Niño Jesús: "Yo quiero amar", decía esta señora; "quiero amar verdaderamente, quiero amar como ama Jesucristo; siento que mi camino está en el amor cristiano", decía esta piadosa mujer.
Y el sacerdote muy sabiamente le dice: "Si usted quiere resolverse a amar, tiene que resolverse también a sufrir".
Es lo que encontramos en Jesucristo y es lo que espera a nuestra vocación. No el sufrimiento estéril idolatrado, sino ese sufrimiento fecundo que tiene su propia alegría y que es el que vemos en nuestro Señor Jesucristo; incluso haciendo el bien, como aparece en el texto del Evangelio, estará siempre la contradicción, estará la calumnia, estará la incomprensión.
Muchas veces el sacerdote tendrá que defender al ser humano de sí mismo y muchas veces su bien quedará sólo ante los ojos de Dios. Es una vocación hermosa, pero imposible para las fuerzas humanas dejadas a su propio arbitrio.
Sólo unidos a Nuestro Señor Jesucristo, a su ofrenda en la Cruz, a su paciencia inagotable, a su amor sin fronteras; sólo unidos así podemos hacer de la ofrenda del altar, que es nuestro mismo Señor, nuestra propia ofrenda; y así fortalecidos, verdaderamente tomar los interese de Dios ante el pueblo y tomar los intereses del pueblo ante Dios.