I273001a
Fecha: 19971008
Título: Para el absurdo del pecado, el absurdo de la misericordia
Original en audio: [6 min. 33 seg.]
Dice Santo Tomás de Aquino que el pecado es, en primer lugar, una ofensa de Dios; pero en segundo lugar, es también una manera irracional de obrar. Esto se ve, por ejemplo, con el “no matar” que nos manda Dios.
Si se contraviene este mandamiento, pues en primer lugar, hay una ofensa al Creador y dueño de la vida; pero en segundo lugar, hay una inconsecuencia, una inconsecuencia de la razón humana, hay una contradicción que trae, pues obviamente, sus frutos de muerte para las personas.
Lo mismo pasa con el mentir, por ejemplo. Si una persona miente no sólo ofende a Dios sino que obra irracionalmente, obra en contra de su propia razón.
Pecar es absurdo, pecar es contradecir lo que uno está llamado a ser, pecar es negarse a ser; y esto es un absurdo porque el ser humano, en la naturaleza visible, es el único de los seres que pretende no ser.
Una flor es todo lo flor que puede ser, una montaña es todo lo montaña que puede ser, un viento, una tormenta, una nube, es plenamente lo que es, sólo el ser humano puede atreverse a no ser plenamente lo que es y este es el pecado. Es como una negación de lo que uno estaba llamado a ser; por eso el pecado entraña frustración y por eso el pecado es absurdo.
Pero lo hermoso que nos traen las lecturas de hoy, sobre todo la primera, es ver como ese absurdo nuestro, el absurdo de pecar, Dios quiso traerle otro absurdo; el absurdo de pecar, el absurdo de la misericordia, el absurdo de la compasión
Jonás el profeta es un hombre muy racional, muy lógico, tal vez muy cobarde. Pero es un hombre racional, es un hombre pensante, pero él había llegado a la conclusión de que si predicaba la conversión, seguramente Nínive se iba a convertir y Dios entonces no iba a traer el castigo sobre Nínive y el mismo Jonás iba a quedar, pues, como desacreditado en sus palabras y también iba a quedar como el que había perdido su tiempo.
Por eso Jonás sufre de lo que sufren muchas personas inteligentes, muchas personas racionales, que es la impaciencia de ver que el mundo no funciona como ellos quisieran; así obra Jonás, con esa impaciencia.
Y Dios le hace ver a este hombre tan lógico y tan racional, que si existe el absurdo del pecado, existe otro absurdo que es el absurdo de la misericordia; le hace ver que hay una lógica superior a la lógica de nuestra razón, que es la lógica de sacar adelante nuestra conversión y esto es lo que Dios ha hecho perdonándonos, especialmente en la Sangre bendita de Nuestro Salvador Jesucristo.
Nosotros, si fuéramos examinados con lupa, si alguien nos pidiera exacta cuenta de nuestro pasado y de nuestros actos, muchas veces tendríamos que quedarnos callados y avergonzados.
"¿Usted por qué, si sabía que eso estaba mal hecho, por qué lo hizo?" Finalmente uno tendría que decir: "Porque soy débil, porque me dejé engañar". Esto aparece desde nuestros primeros padres.
Dios le pregunta a Adán: "¿Por qué?" "Ah, que me engañó la mujer", y le pregunta a la mujer: "¿Por qué?" Porque me engaño la serpiente. El ser humano se ve corto ante Dios y no pude dar razón de su existencia, porque realmente tiene que llegar a un absurdo, "yo no sé por qué hice el mal".
Eso lo expresa abiertamente San Pablo en el capítulo séptimo de la Carta a los Romanos, cuando dice: "Yo no entiendo mi propio proceder, porque hago lo que no quiero y dejo de hacer lo que sí quiero" Carta a los Romanos 7,16.
Ahí está patente el absurdo nuestro, y ese absurdo hace que uno se cubra de confusión, de vergüenza, incluso de tristeza; y uno empieza a pensar que la vida de uno no tendrá ese desenlace feliz que uno mismo quisiera porque uno empieza a entender que el peso de los propios pecados, haya como echado a perder el desenlace.
Pero ahora que tenemos a nuestro favor la Sangre de Cristo, ahora no tenemos que detenernos en la confusión.
Si Dios me pide estricta cuenta de mi vida, llegará un momento en el que tendré que decirle: "Señor, obré así porque soy un pecador, pero tú obraste de manera que me perdonaste, tú eres mi propia razón ante ti, tú eres mi propio abogado ante ti; Señor, tú eres el único argumento que yo puedo presentar a mi favor".
Eso fue lo que hizo Dios en la locura de la Cruz, nos ofreció un argumento, nos dio una ofrenda para que nosotros presentemos ese argumento, para que nosotros celebremos esa ofrenda ante el mismo Dios.
A Dios nadie le puede vencer, pero Él se hizo vencido en la Cruz, se hizo vencible en la Cruz, no por el poder del pecado ni por el poder de la muerte sino por el poder de su propio amor, por el poder de su propia misericordia.
Hermosamente recuerda esto algunas de las oraciones de la Iglesia cuando dice: '"Al ofrecerte lo que tú nos diste, nos haces semejantes a ti".
¿Nosotros qué le podemos presentar a Dios? Lo que Él mismo nos ha dado, y lo que Él mismo nos ha dado es su Santísimo Hijo Jesucristo, a quien celebramos y comulgamos en esta Eucaristía y en cada Eucaristía.