I265001a
Fecha: 19991001
Título: La gracia del arrepentimiento
Original en audio: [23 min. 37 seg.]
Muy Queridos Hermanos:
Las lecturas que hemos escuchado son fuertes; una es una confesión de pecados, es el reconocimiento humilde de que tenemos una responsabilidad en los acontecimientos, es el reconocimiento de nuestros pecados, la súplica humilde de perdón.
El Santo Evangelio es una invitación al arrepentimiento y a la conversión, en forma de una lamentación; Cristo se duele de las ciudades que han visto muchos milagros. La ciudad que tiene mayor índice de milagros es Cafarnaúm. Durante algún tiempo Jesucristo vivió en Cafarnaúm, y allí realizó espléndidos, maravillosos milagros; sin embargo, lo acabamos de escuchar en el evangelio, esos milagros no dieron el fruto propio, el fruto de conversión.
Estas lecturas que nos hablan de pecado, de arrepentimiento y de conversión, no son lecturas que provoquen en nosotros, al principio por lo menos, ¡alegría¡, son como regaños, son llamados precisamente a cambiar de vida; pero de aquí, mis hermanos, tenemos que sacar nuestra primera enseñanza de este día.
¿Cuál es el piso, cuál es el cimiento que le queremos dar a nuestra alegría? Cuando tú ves que se va ha hacer un edificio grande, también ves que se abren unos profundos cimientos; si se está pensando en un edificio que valga la pena, se piensa también en un cimiento profundo; el cimiento profundo de la alegría es el arrepentimiento, ésa es la primera y extraña enseñanza de este día.
En el arrepentimiento tiene su cimiento la alegría; en la conversión tiene su cimiento la alabanza; Jesucristo lo dijo muy claramente: “Al que poco se le perdona, poco ama” San Lucas 7,47; el que poco se ha arrepentido, el que poco piensa que tiene de qué arrepentirse, ese, el que no cree que tiene que cambiar gran cosa su vida, ese también tiene una alabanza lánguida, perezosa, tibia; porque no siente que tiene que dar gracias de gran cosa, porque no siente que su vida le haya cambiado gran cosa.
Hay una proporción entre el cimiento y el edificio, y si tú quieres alcanzar la altura de una alegría indestructible, tienes que alcanzar la profundidad de un arrepentimiento sincero. ¿Los milagros de Jesús traían o no traían alegría? Claro que la traían, ver milagros es algo que sorprende, es algo que admira, es algo que espanta de admiración, pero esa admiración puede ser como una Alka-Seltzer, sube y baja y se acabó y no quedó.
Cristo hizo muchos milagros en Cafarnaúm, muchísimos; es la ciudad que cuenta mayor número de milagros entre todas las ciudades de la tierra, y en esa ciudad hubo entonces mucha alegría, pero esa alegría se apagó, esa alegría se aplastó.
Primera enseñanza hoy: el tamaño de la conversión es el tamaño de la alabanza; el que ha bajado más profundamente a su propia miseria, ese también sabe subir más ágilmente a la altura de la grandeza divina; el que ha descubierto su bajeza, descubre mejor la altura de Dios; y por eso la labor de la predicación es una labor a veces antipática, porque toca ayudar a las personas a que hagan el hueco, a que caven, a que descubran sus propias raíces, a que escarben en su vida.
Mis amigos, esto es como la limosna, la limosna que tú des en esta iglesia o en la iglesia que sea; Cristo dio una pista para tu limosna, se lama limosna; vale como limosna cuando duele, sino duele, sino te hace falta no es limosna; apenas estás haciendo un acto de justicia, poniendo ese poquito de dinero donde tenía que estar.
Lo mismo vale aquí para el arrepentimiento, ¿cuál es el arrepentimiento que transforma la vida? El arrepentimiento que llega finalmente a las fibras de tu vida, gracias a Dios tenemos un texto como el que hemos escuchado hoy, es el capítulo primero del libro del profeta Baruc, tú puedes buscar en tu casa este capítulo primero, porque conducido por estas palabras, conducido por estas oraciones también tú puedes encontrar un camino para arrepentirte.
Hay una oración que nosotros decimos en la Liturgia de las Horas, nosotros religiosos, sacerdotes y muchos laicos, hay una oración muy extraña que dice: “Señor, ayúdanos a llorar nuestros pecados”, la oración más rara del mundo, pero la oración más sabia del mundo.
A uno no le sale llanto por el pecado, no le sale; la mayor parte de las veces cuando uno llora por uno, por los problemas de uno, por los intereses de uno; este no es el llanto del arrepentimiento, darse uno cuenta que uno es una miseria y llorar por eso, es llorar por uno.
El llanto del arrepentimiento es el llanto por Aquel que me ha amado, es el llanto por Él, por los intereses de Él, por el amor desperdiciado de Él, porque no le recibí el amor a Él; un llanto así no le sale a uno; de hecho, hay personas que son duras para llorar; hay que pedirle a Dios la gracia del arrepentimiento, y hay que pedirle a Dios la gracia de las lágrimas a Él, esas son las lágrimas que cambian la vida.
A veces uno se va a confesar y se siente dolido, y derrama lágrimas, a veces pasa, no todas las veces eso cambia la vida, porque hay veces que uno está llorando por uno, uno está llorando por lo que le ha pasado a uno, por el daño que se ha hecho uno, eso no cambia la vida.
Por eso está muy buena esa oración, de la Liturgia de las Horas: “Señor, ayúdanos a llorar nuestros pecados”; "dame, Señor, verdadero arrepentimiento, y así me darás verdadera conversión, y así tendré verdadera alabanza, y así tendré verdadera alegría".
¿Y qué pasa si uno no hace caso a nada de esto? ¿Qué pasa si uno dice: "-¡ah, yo no me meto en tantas complicaciones, la vida tiene que ser más sencilla, cometí una falta, la corrijo y ya no la cometo más y punto; qué tantos dolores, arrepentimiento y sentimiento de culpa, para qué tanto eso?"
Resulta, mis amigos, que la persona que entra en ese pozo del arrepentimiento, la persona que entra en ese dolor del pecado, la persona que le ruega la Señor: ¡Ayúdame a llorar mi pecado¡", y que recibe lágrimas de arrepentimiento por su pecado, esta persona conoce el poder del amor de Dios, la persona que dice: “Me equivoqué, si, listo, pues me equivoqué y ya; acabe su sermón, acabe la cantaleta, no lo vuelvo ha hacer.”
La persona que toma esa actitud se hace un propósito: “No volveré a cometer la falta que cometí, no la vuelvo a embarrar, entre otras cosas, para que no me eche más sermones de esos”. Aparentemente todo muy bien, pero esta segunda persona, este otro caso, es el caso de la persona que no ha conocido, que no ha reconocido la potencia de Dios; conoce su resolución, conoce que no puede embarrarla, pues es muy molesto que le den regaños; conoce que no quiere equivocarse, conoce que tiene que corregirse, pero no conoce la potencia del Amor Divino.
Por esto, sale ganando la persona que se arrepintió, así hubiera pecado más, que la persona que simplemente dice: yo voy a corregirme", así haya pecado menos; la persona que dice: "Yo me corrijo, no me digan más, simplemente me voy a corregir", esa persona lo único que conoce de Dios es una ley.
Conoce a Dios de ojos, como un legislador, como una condición externa, antipática, como un límite, como una señal de tránsito, como un código; el que simplemente dice: "¡Está bien, voy a corregirme¡", no conoce a Dios, solamente conoce que a Dios dizque no le gustan algunas cosas, ese Señor como que tiene por allá unas leyes raras.
El que solamente dice: “Voy a corregirme”, no conoce a Dios, conoce el código; el otro, el que se arrepintió, el que le dijo a Dios: “Ayúdame a llorar mis pecados”, ése otro conoció a Dios, conoció su amor. Ahora vamos a ver lo que sucede: estas dos personas salen a la vida, ambos han cometido faltas; uno con el arrepentimiento ha podido palpar las Llagas de Cristo y descubrir misericordia, el otro lo único que sabe es que tiene que no volverla a embarrar.
Los dos van caminando por la vida, los dos están de nuevo en los caminos de la vida; vamos a examinar qué les va a pasar a estas dos personas, para no confundirnos vamos a darle nombres a estas dos personas: vamos llamar Pedro al que hizo el propósito de corregirse, pero no entró en historias de arrepentimientos y de lagrimeos; y vamos a llamar, por ejemplo, Juan al otro, al que descubrió la misericordia, vamos a ver cómo van a vivir Pedro y Juan.
Supongamos que Pedro va por la calle, se atraviesa un carro que casi lo coge, eso le puede pasar a Pedro, le puede pasar a Juan; ¿cuál es la actitud de ese Pedro? Él siente que él está haciendo todo lo posible para que este mundo sea justo, recto, sano, limpio, bello, y se deshace en insultos hacia esa persona; Pedro todo el tiempo estará mirando hacia sus intereses, y a sus esfuerzos.
Pedro que no conoce la misericordia, tampoco puede practicar la misericordia, mira a los demás como intrusos, como enemigos, como gente torpe que no sabe que está haciendo en este planeta; mire, eso es así, la gente que pasa meses y meses y años y años, sin confesarse o sin confesarse bien, la gente que pasa meses y años así, es gente que vive siempre de mal genio, que tiene un insulto, la agresividad y el desprecio para todo el que se les mete en el carril por donde quieren avanzar.
No conocen la misericordia, no pueden practicar la misericordia; ¿que sienten ellos de la vida? Las personas como ese Pedro, ¿qué sienten de la vida? Sienten que es muy difícil vivir, y sobre todo que en esta tierra hay demasiados cretinos, demasiados torpes y demasiados idiotas; son gente llena de malas palabras, llenas de odio en la mirada, llenas de antipatía y llenas de mal genio.
En el fondo, sienten que el mundo estaría muy bien si le aliviáramos el sesenta y cinco por ciento de la población, "debíamos dejar un poquito de gente, la gente sensata, la gente inteligente, la gente como yo, ¿ves?" Quiere acabar con el resto de la humanidad, ¿por qué le pasa eso? Porque él tiene delante de él su esfuerzo y en la espalda tiene sus pecados, sus problemas.
Es gracioso hablar con una persona de estas, es gracioso pero es trágico; la persona sólo habla de lo que ella hace: "Es que yo hago", "es que yo pienso", "lo que pasa es que en este mundo de cretinos, de estúpidos, donde nadie entiende nada", "todos son unos torpes, donde nadie sabe"; "no me ha podido funcionar mi vida, ¿ve?" "Yo iba a tener una vida buena, me la dañaron; esta manada de torpes no me dejaron andar derecho por donde yo quería". Ese camino lleva a la amargura, al orgullo, a la soledad, al desprecio, al insulto y a todo lo que nazca de allí.
¿Cuál va a ser la actitud de Juan? El que ha conocido misericordia, Juan, tiene también afanes; Juan también tiene trancones del tráfico, Juan también sufre disgusto, claro que lo siente, pero Juan tiene memoria, él no ha hecho lo de Pedro, echar en un saco y echarse luego a la espalda sus faltas, Juan no ha hecho eso, él lleva delante sus faltas, y se ha dado cuenta que le ha hecho daño a mucha gente, que él también se le ha atravesado a mucha gente y sobre todo sabe que ha dejado de hacer mucho bien.
Juan sabe que ha dejado de hacer mucho bien, Juan sabe que la cuenta de sus pecados está mucho más alta de lo que él quisiera; la cuenta de sus buenas obras está muy pobre, por eso Juan, cuando le sucede una cosa de estas, tiene ocasión para entender, para comprender, para ayudar.
Su vida, su alegría, su paz, no son tan frágiles, como las de Pedro; cuanto más orgullosa es una persona, más frágil es: llévese esa idea, la persona más orgullosa es la persona más frágil, la persona más orgullosa es la persona que más fácilmente pierde la paz, la que tiene que disparar insultos y juicios a todo el mundo; disparándole a todos, defendiéndose de todos, es la persona más frágil, es la más ridícula, porque mientras juzga a todo el mundo, no es capaz de mirar lo que está haciendo.
Una persona así es amarga, y amarga; una persona así es insoportable, en primer lugar, para ella misma; y como no se aguanta él solo, siempre busca la causa de sus males en los demás.
Hermanos, el camino de la alegría verdadera es el camino del arrepentimiento, el camino del conocimiento de nosotros mismos; el que se conoce a sí mismo, si llegas al conocimiento de ti mismo con la linterna de Jesucristo, no te desesperas, encuentras amor, encuentras misericordia, lleva tus culpas y empieza un camino nuevo.
Créeme, por favor antes de que tú seas una amargada, antes de que tú seas un amargado, antes de que tú seas un “Olafo”, o mejor, para que dejes de ser un amargado o una amargada, ¡escúchame¡, detrás de ese mal genio tuyo hay impaciencia, y detrás de la impaciencia está que todo el tiempo estás mirando lo que tú haces, tus esfuerzos, pero no miras lo que has hecho, el mal que has hecho y el bien que has dejado de hacer; no has descubierto el amor de Cristo, no has descubierto su misericordia.
Muy difícil así. Sin la misericordia de Cristo, esta vida no se puede vivir.