I264001a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20071004

Título: La Iglesia necesita la acción conjunta, valiente y armoniosa del clero y de los laicos

Original en audio: [12 min. 45 seg.]


Queridos Hermanos:

Quiero dirigir mi atención y la de ustedes hacia la Primera Lectura del día de hoy, tal vez porque su sentido y su aplicación a nuestra vida son un poco menos evidentes que el mensaje que nos trae el evangelio.

El evangelio nos habla del tiempo de la misión, nos habla del envío de Cristo, y es relativamente directo en su sentido; mientras que el pasaje que hemos escuchado del libro de Nehemías, tal vez pueda parecernos anacrónico o solamente como una anécdota en la historia del pueblo de Dios.

Y yo creo que no es solamente una coyuntura o una anécdota. En primer lugar, qué interesante la relación, la colaboración y los resultados que obtuvieron esos dos grandes hombres que mencionan ahí, Esdras y Nehemías. Observémos que Esdras es un sacerdote, Esdras es un estudioso, lo que en esa época llamaban un escriba, y el nombre viene, pues, evidentemente de una época en la que hay muy poca gente que sabía leer y escribir. Ese es Esdras, un hombre ilustrado, un hombre estudioso y un sacerdote.

Mintras tanto, ¿quién es Nehemías? Nehemías es el gobernador, Nehemías es lo que podríamos llamar un líder comunitario, un hombre con una tremenda responsabilidad para los problemas, las angustias de su gente, pero también con un gran sensibilidad para eso que la Biblia llama la gloria de Dios y que consiste en hacerse esta pregunta: "Bueno, ¿y cómo queda Dios en esta situación? ¿Cómo queda Dios en estas circunstancias?"

Un modo de hablar de Esdras y de Nehemías es decir que Esdras representa al clero y Nehemías representa a los laicos; el clero y los laicos o el laicado. Y se puede aplicar, creo que sin abusar de los textos, esa Primera Lectura para decir que el pueblo de Dios, la Iglesia, necesita de la acción valiente, conjunta, armoniosa del clero y de los laicos.

Nehemías fue un gran hombre, un gran creyente, un gran líder, famoso por su fortaleza, por su arrojo, pero él entendía que necesitaba también del servicio de los sacerdotes. Esdras era un hombre orante, un hombre estudioso, también un líder a su manera, un hombre muy espiritual, pero él entendió que necesitaba de Nehemías.

Lo mismo sucede en nuestra Iglesia, lo mismo en nuestro tiempo; tenemos que comprender que ambos son necesarios. Necesitamos sacerdotes, que por su doctrina y por su espíritu de oración, tengan un liderazgo; pero el liderazgo de ellos no puede reemplazar ni opacar esos otros líderes laicos que también necesitamos; esas otras personas, que estando en medio del mundo, son capaces de atraer las fuerzas vivas, atraer la atención y sobre todo el corazón del pueblo de Dios, para ponerse "manos a la obra".

Yo recomiendo los libros de Esdras y de Nehemías para descubrir esta relación tan hermosa y tan necesaria, y sobre todo porque estos dos líderes, que yo los llamo ejemplo del laicado y del clero, tuvieron que trabajar en un momento difícil, se trataba ni más ni menos que la reconstrucción.

Sabemos que a comienzos del siglo sexto antes de Cristo, los caldeos enviaron al destierro al remanente del pueblo de Dios, básicamente la tribu de Judá, que era lo que quedaba. Los judíos fueron desterrados, fueron llevados a Babilonia, es el tiempo del exilio, por cerca de setenta años estuvieron allá.

Pero cuando cayó el Imperio Caldeo, por la acción de los persas, pues estos persas tomaron una actitud diferente y a a través de su rey, Ciro, pues deshicieron lo que habían hecho los caldeos y eso nos benefició mucho a nosotros, porque entonces permitieron a los judíos volver a su tierra.

Pero podemos imaginar lo que ellos encontraron después de setenta años en que estaba prácticamente dejada a su suerte Jerusalén; era apenas una sombra, una triste sombra de lo que había sido. Y Nehemías, con esa sensibilidad grande que tiene para la gloria de Dios, busca qué se puede hacer ahí, y el trabajo conjunto de ambos logra mucho no sólo en el orden material, sino sobre todo en el orden espiritual y en el ánimo de la gente.

Yo pienso que muchas veces sentimos nuestras esperanzas en el suelo; muchas veces tenemos esa sensación que también tuvo San Francisco de Asís, la sensación de que la Iglesia está en ruinas. Recordamos que en la Iglesia de San Damián el Señor le habló a San Francisco y le dijo: "Reconstruye mi Iglesia"; San Francisco al principio creyó que se trataba de mejorar el estado de esa capillita de San Damián allá en Asís, pero claro que era mucho más profundo lo que había que hacer.

Es decir que San Francisco en el siglo trece, vino a recibir un mensaje muy parecido a lo que Nehemías recibió a fines del siglo sexto antes de Cristo. Están separados Nehemías y San Francisco de Asís por cerca de dos mil años, y es el mismo Dios diciéndole a ambos: "Ayúdame a Reconstruir mi pueblo, ayúdame a reconstruir esperanza, ayúdame a reconstruir mi Iglesia".

Yo estoy seguro que ese mismo Dios que hace ochocientos años le dijo eso a San Francisco, sigue enviando su mensaje y sigue llamando a nuevos "Esdras" y a nuevos "Nehemías", para que se dejen fascinar por su Palabra, para que se dejen enamorar de sus promesas, para que seamos obedientes a esa inspiración; y sin que Esdras quiera suplantar a Nehemías, y sin que Nehemías quiera suplantar a Esdras, podamos trabajar juntos en hacer la voluntad de Dios.

Hay algo muy hermoso que quiero destacar por último en esta Primera Lectura. ¿Cómo se renueva el pueblo? A través de la predicación, a través de la Palabra.

Nehemías prepara una especie de estrado, una especie de púlpito; Esdras hace la lectura, y los demás sacerdotes como de segundo rango, que eran los levitas, ayudan a la gente a que entienda el sentido de las palabras.

Es decir, la renovación requiere siempre de la Palabra, es la Palabra la que nos construye. El libro del Génesis utiliza esa expresión: "Dios lo dijo y existió" Génesis 1,3-5); "dijo Dios: haya firmamento, y hubo firmamento" Génesis 1,6; "dijo Dios: Haya, peces, haya aves, y los hizo" Génesis 1,20-21. La palabra crea, y por eso Nehemías prepara todo para que resuene esa Palabra del señor y para que sea capaz de crear.

El primer impacto en las personas que oyen este mensaje, es un impacto de dolor, de tristeza; la gente llora mucho, ¿por qué llora? Porque lo primero que hace la Palabra es iluminar la realidad de uno, y cuando Dios le muestra lo que uno es, uno llora, uno llora de pesar; porque muchos de nosotros somos ruinas, y muchos de nosotros somos una caricatura de lo que estábamos llamados a ser el día en que Dios nos creó, y sobre todo el día en que Dios nos bautizó.

Cuando Cristo recibió el bautismo, Papá Dios le dijo: "Este es mi hijo amado" San Mateo 3,17; cuando cada uno de nosotros ha recibido el bautismo, Dios nos ha dicho lo mismo: "Esta es mi hija amada", "este es mi hijo amado"; y Dios tenía y tiene un plan hermoso para nosotros; seguramente nos hemos apartado de ese plan, seguramente nos hemos olvidado de ese plan y por eso somos, en parte, una ruina, en parte por lo menos, una sombra, una caricatura de lo que íbamos a ser.

Lo que Dios querrá de mí, lo que Dios quiere de mí siempre es santo, bello y perfecto. ¿Entonces qué tengo que hacer? Pues recibo ese baño de luz de la Palabra de Dios, y al principio hay llanto porque descubro, con una claridad que yo antes no tenía, esa miseria; pero es importante la voz del levita diciéndome: "No te detengas en el llanto, no te detengas en la depresión, que si Dios te habla no es para hundirte, sino para levantarte"; entonces alégrate, alégrate porque el mismo Dios que te denuncia tus faltas, te anuncia su abundancia, la abundancia de su amor, la abundancia de su poder, de su ternura, de su misericordia.

Recibamos hoy, hermanos, esa abundancia; dejémonos golpear primero por la Palabra, para arrepentirnos de lo que hemos hecho mal; pero dejémonos visitar por esa abundancia de la Palabra, por esa alegría del amor que Dios derrama en nuestros corazones, para que Él en nosotros y a través de nosotros, pueda restaurar su pueblo, pueda restaurar su templo y pueda manifestar su gloria.

Amén.)