I254001a
Fecha: 19970925
Título: Una nueva generosidad
Original en audio: [10 min. 06 seg.]
El pasaje que hemos escuchado en la Primera Lectura, del profeta Ageo, podemos relacionarlo con otros pasajes de la Divina Escritura. Por ejemplo, cuando Elías estaba muerto de hambre, va y se encuentra con aquella viuda de Sarepta.
La situación de la viuda era desesperada. Partamos de la base de que en aquella cultura, la mujer viuda quedaba desamparada porque había pedido su familia de origen al unirse al hombre, y una vez que este fallecía quedaba entonces sin apoyo de su familia donde había nacido y sin apoyo de la familia que había querido construir.
Viuda significa completamente desamparada, y desde luego, los que quedan al lado de la viuda, los huérfanos, son también imagen de este desamparo. Pues he aquí que el profeta Elías se encuentra con una viuda, con una desamparada que tiene un hijo, tiene un huérfano.
La situación de sequía es pavorosa, el hambre amenaza en todo el país y esta pobre mujer ha llegado a su límite, lo único que le queda es un poquito de harina y la respuesta que ella le da al profeta Elías es dramática.
"Voy a prepara un panecillo para mi hijo y para mí, lo comeremos, y luego moriremos" 1 Reyes 17,12. En semejante situación extrema, Elías lanza una palabra que parece por lo menos inhumana: "No" 1 Reyes 17,13, dice el profeta, llevándola más allá de su propio límite.
No, dame primero alimento a mí, luego prepararás para ti y para tú hijo, porque así dice el Señor..." 1 Reyes 17,13-14, y le anuncia que el alimento no se va a acabar hasta que vuelva la lluvia sobre la tierra. Esta viuda, creyéndole a Elías, estaba apostando su última comida porque era todo lo que le quedaba para vivir.
Sí, esa es la misma frase que utiliza Jesucristo en el Evangelio para otra viuda, que también estaba en situación desesperada. En la pobreza en que podía verse una mujer desamparada, en un Imperio que de ninguna manera le iba a dar empleo a la mujer, esta viuda, esta otra viuda del Evangelio echa en la limosna del templo todo lo que tenía para vivir.
Esos gestos, que son al mismo tiempo de fe y de amor, como la viuda aquella que atendió a Elías o como la otra viuda del Evangelio que echó de limosna lo que tenía para vivir, nos dicen gestos supremos de generosidad y de amor; atan a Dios, sellan una alianza con Dios, arrancan del cielo milagros.
Y Cristo que fue siempre tan sobrio en sus palabras, Cristo que parecía no admirar a nadie, sólo recuerdo yo que haya manifestado admiración por la fe de aquél centurión y dijo no encontrar una fe tan grande en todo Israel, y por la generosidad de esta viuda, la cual Él puso como ejemplo para sus mismos discípulos.
Algo parecido sucede en el caso que nos describe el profeta Ageo: es verdad que el Libro de Esdras ha presentado el retorno a Jerusalén como un desfile victorioso después del destierro, un poco más modesta tiene que ser nuestra apreciación.
Cuando los israelitas volvieron a Jerusalén, lo que encontraron fue lo que habían dejado y menos. Lo que habían dejado era una ciudad devastada, incendiada, extrema y cruelmente arruinada por el capricho fanfarrón del rey impío; Nabucodonosor.
De manera que cuando vuelven estos israelitas a los "peladeros" de Jerusalén, lo que se encuentran es un desierto calcinado, y en esas situaciones de emergencia, cada uno mira en primer lugar por sus interese, como cuando el barco se hunde, cuando el barco se hunde cada uno mira a qué tablón me voy a agarrar para no ahogarme.
Así también, en esta situación extrema y desesperada, ya no de una viuda, ya no de una mujer sino de todo el pueblo, cada uno tira por su lado, cada uno corre tras de sus intereses.
Dice San pablo: "Todos buscan sus intereses y no los de Cristo Jesús" Carta a los Filpenses 2,21. Pero es la voz del profeta, como profeta había sido Elías, como profeta supremo es Jesucristo y como profeta es esta Ageo. Es la voz del profeta, y en definitiva la voz de Dios, la que reclama una nueva generosidad.
Así como a aquella viuda se le pide: “Mira, aunque pongas en peligro tu vida y lo que puede serte todavía más apreciable, la vida de tu hijo, aunque eso esté en juego, créele a la Palabra del Señor.”
Y algo semejante mueve al corazón de la viuda del Evangelio y algo semejante es lo que hace él, le pide ya no a una viuda ni a una sola persona, sino a todo el pueblo, por que todo el pueblo era una viuda.
Por que Dios, según nos enseñó el profeta Oseas, amó a su pueblo con amor de esposo, y por lo tanto, ese pueblo, que somos nosotros, pues somos la esposa, y nuestros pecados alejan de nosotros a nuestro esposo.
Ciertamente no podemos destruirlo, pero la condición de una viuda hay que considerarla feliz al lado de la condición del que ha pedido a Dios. Este último ha perdido muchísimo más, incomparablemente.
Pues este pueblo que ha perdido a Dios, que ha vivido la experiencia del destierro, es esa inmensa viuda. Algunas veces, como en primavera, se puede comparar a la Iglesia con una doncella, con una virgen; otras veces, como cuando la Iglesia hace penitencia, es necesario cambiar la comparación y hablar mejor de una viuda.
Pues este pueblo, que es todo él como una viuda, tiene que aprender a volverse a Dios, a poner en primer lugar los intereses de Dios.
Porque si volvemos a la mujer aquella de Sarepta, ¿qué tal que ella no le hubiera hecho caso a la Palabra de Dios? Pues hubiera preparado su panecillo más grande y le hubiera alcanzado más, ¿más?, ¿para cuánto tiempo, un día, dos días, una semana?
Sí, ella hubiera podido seguir su solución, ella hubiera podido no creerle a Dios y seguir con su intuición, con su plan, hubiera podido hacerlo pero a precio de realmente perderlo todo.
Lo que hay aquí, en el fondo es lo mismo que Cristo diría expresamente en el Evangelio: "El que quiera salvar su vida, la perderá, y el que la pierde -como esta viuda de Sarepta, el que la pierde, como la viuda del evangelio, el que la pierde, como los israelitas, que muertos de hambre reúnen piedras para edificar un templo-, el que pierde la vida, seguramente ante la carcajada de los demonios y ante la burla del mundo, el que pierde así la vida, ese realmente la encuentra" San Lucas 9,24.
Parecía más sensato a los israelitas, dedicarse a cultivar sus cosas, dedicarse a conseguir vestidos, sí, eso parecía más sensato, pero Ageo les hace ver que esa solución es falsa.
"Mira, te has vestido, pero no te has abrigado; has comido, pero no te has alimentado, bebiste y no saciaste tú sed; date cuenta de que por ahí no es, date cuenta de que tú solución no sirve, date cuenta de que sólo en ese acto de obediencia a la Palabra de Dios y poniendo en primer lugar los intereses del Señor, sólo así tienes verdadera vida. Lo otro es un espejismo, y lo otro, en realidad, te mata."
"Reedificad la Casa, y yo la aceparé gustoso" Ageo 1,7, levantad el Templo del Señor, poned en primer lugar el amor de Dios, aunque a veces parezca una locura, aunque parezca insensato, primero el amor de Dios y sobre esa base, también lo que nosotros queríamos y muchísimo más, el ciento por uno se alcanza, florece y da fruto de vida eterna.