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El Evangelio de hoy está tomado del capítulo octavo de San Lucas. Cristo está predicando y su predicación engendra vida, es semilla y es eficaz. Acuérdate, Cristo es soltero, es célibe, pero no es estéril: la fecundidad de la Palabra de Cristo, va haciendo una familia en el Espíritu.
Cristo con su predicación está haciendo la familia nueva de Dios, y en esas circunstancias, llega la Santísima Virgen con algunos parientes, y seguramente amigos, (La Biblia habla de los hermanos de Jesús, pero en la Biblia, la palabra “hermano” significa muchas veces “pariente”, y es tan amplia, que incluso Abraham le dice “hermano” a Lot, que era su sobrino), ahí donde Cristo, y le dicen: “Tu madre y tus hermanos” (cf. Lc 8, 19-21). Fíjate cómo ese vínculo, el vínculo que se hace visible con esa expresión, es el vínculo de la carne y la sangre, pero Cristo está creando un vínculo nuevo: el vínculo nuevo de la Palabra y el Espíritu.
Hay un vínculo antiguo, que es el de la carne y la sangre; hay un vínculo nuevo, que es el de la Palabra y el Espíritu; y cuando a Cristo, que está precisamente engendrando esa familia nueva, le dicen: “Tu madre y tus hermanos están ahí y quieren hablar contigo” (Lc 8, 20), le están hablando del vínculo antiguo, el de la carne y la sangre, y Cristo dice, no, el vínculo nuevo es el que prevalece.
Por supuesto, ese vínculo nuevo no excluye, sino que incluye en primerísimo lugar a María; la que acogió con fe la palabra del ángel, la que fue santificada por la presencia del Espíritu. La primera que está incluida en ese vínculo nuevo es María Santísima, pero Cristo quiere poner las cosas en su sitio: lo que vale es el vínculo nuevo. Y esto es muy importante porque el vínculo antiguo, el de la carne y la sangre, crea una distancia que va creciendo con la geografía y la historia. Seguramente, la mayor parte de nosotros, no pertenecemos a la raza judía, o sea que estamos lejísimos de Cristo en ese sentido, pero en ese vínculo del Espíritu, estamos cercanísimos, ahí estamos muy próximos.
De modo que en la familia nueva, la que nace del corazón, la Palabra y el Espíritu de Cristo, nadie está distante; en esa familia nueva todos cabemos, todos participamos de la misma herencia como diría San Pablo. Y el llamado es ese: intégrate, llega a esa familia nueva, déjate enamorar, déjate invadir por el poder de esa Palabra y por el poder del Espíritu.