I251002a
Fecha: 19990920
Título: El Templo devastado y el Templo reconstruido
Original en audio: [16 min. 11 seg.]
El acontecimiento del destierro es el hecho más triste que encontramos en el Antiguo Testamento. El destierro tuvo dos fases: una fase en el año 721, cuando el reino del norte, Israel, fue desterrado por los asirios, y se acabó con el pueblo. Quedaron sólo dos tribus, las que se mencionaron hoy al comienzo del libro de Esdras; es decir, "Judá y Benjamín" Esdras 1,5.
Y ese reino del sur, llamado comúnmente reino de Judá, resistió hasta el año 587, en que fueron desterrados los judíos por el rey Nabucodonosor. Este destierro duró cerca de setenta años, y terminó, providencialmente, cuando Persia venció a Babilonia, y un rey de Persia, Ciro, sirvió de instrumento de Dios, así lo ve la Biblia, para que los judíos pudieran volver a su tierra.
Este decreto del rey Ciro iba a constituirse como en una voz de resurrección para el pueblo. Podemos decir que el pueblo de Israel vivió la muerte; el pueblo de Judá, el reino de Judá vivió la muerte. "¡Cómo cantar un cántico de Sión en tierra extranjera!" Salmo 137,4, dice ese salmo, lleno de tristeza.
Y en el mismo tono están las lamentaciones junto al libro de Jeremías. Ese libro de las Lamentaciones es el sabor de la muerte. Uno puede saber a qué sabe la muerte. Cuál es el sabor de la muerte lo puede saber uno, leyendo y meditando lo que fue el destierro para estos judíos.
Por eso, en la desolación de Jerusalén y en la muerte del destierro, tenemos una imagen de lo que significa morir para el ser humano, y tenemos como una anticipación de lo que significa la muerte de Cristo.
La verdad es que, aunque los judíos pudieran volver a Jerusalén a reconstruir el Templo, según el decreto que se nos recuerda hoy en el libro de Esdras, nunca recuperaron la independencia como nación. La verdad es que "no volvieron a tener signos, ni hay profeta; y nadie entre nosotros sabe hasta cuándo" Salmo 74,9, según como dice un salmo.
La verdad es que lo que recuperaron fue mucho menor que lo que habían tenido, y que fueron pasando de mano en mano, como una moneda que servía de pago o de botín de guerra.
Y por eso van ellos de una potestad a otra, de un imperio a otro. Estaban en manos de los romanos cuando nació Nuestro Señor Jesucristo, y de esas manos salieron para las manos de la muerte, nuevamente, cuando Pompeya, en el año setenta y pico, arrasa Jerusalén, y se acaba otra vez este pueblo.
Volverán a recobrar su independencia, volverán a tenerla, sólo en el siglo veinte, con motivo de la segunda guerra mundial, al final de ella. En el año de 1948 surge el estado de Israel. O sea que la recuperación que vino con este retorno a Jerusalén, fue una recuperación relativa.
Y sin embargo, encontramos en libros como este de Esdras, o en el llamado libro de la Consolación en Isaías, los capítulos cuarenta y siguientes, cuarenta hasta el cincuenta y cinco, expresiones llenas de júbilo, llenas de alegría por la restauración. Todo esto es como repasar historia para nosotros.
"Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar" Salmo 126,1, dice este salmo, que es como una respuesta de Dios al salmo de las cítaras tristes. "La boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares, el Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres" Salmo 126,2-3.
Pero no podemos quedarnos recordando solamente la historia. La historia se vuelve palabra, la historia se vuelve mensaje. La primera Carta a los Corintios dice: "Y todo esto sucedía en figura" 1 Corintios 10,11, en figura para nosotros; es una enseñanza que está ahí para nosotros.
Y son muchas las aplicaciones que se han hecho. Por ejemplo, se puede comparar al Templo de Dios con la presencia de la gracia santificante en el alma. Podemos decir que el pecado mortal, que destruye la vida de la gracia en nosotros, es algo así como el destierro a Babilonia.
Y ese Salmo 74, que cuenta la devastación del Templo, cómo arrancaron el entramado, las esculturas, cómo profanaron la morada de Dios, ese es el salmo que también nos cuenta qué pasa en el corazón humano cuando Satanás se apodera de los tesoros de Dios y profana, con su suciedad, y con su odio, con su alarido de guerra, lo que había sido morada de Jesucristo.
Podemos decir lo mismo del encarnizamiento de los enemigos de la fe contra los mártires. También ahí, en los cuerpos despedazados de los mártires, encontramos la realidad que estaba figurada por la destrucción del Templo de Jerusalén. Esa sevicia, ese odio sin medida contra los mártires, todo género de refinados tormentos se ha alzado contra los testigos de Jesucristo. Esos cuerpos, que son templo del Espíritu, han sido arrasados.
O también podemos pensar en la Iglesia misma, que es la Casa de Dios. Cuando desaparece la santidad en la Iglesia, entonces es como cuando llegaron los esbirros de Nabucodonosor a Jerusalén: se alzan la corrupción, el escándalo, el daño, el sacrilegio por todas partes.
Ha habido tiempos muy oscuros en la Iglesia, tiempos en que incluso la fe del Príncipe de los Apóstoles, la fe de Pedro, ha sido manchada con la violencia, y con todo género de crímenes.
¿Qué podemos decir de esos tiempos? ¿Qué podemos decir de los escándalos dolorosos que vive la Iglesia, sino que son como la destrucción del Templo?
Y también podemos pensar que la corrupción del cuerpo humano, especialmente el cuerpo del creyente, la corrupción de ese cuerpo en el sepulcro, ese último deshacerse de nuestro cuerpo en esta tierra, es otra imagen de la destrucción del Templo de Jerusalén.
Pues bien, si eso podemos decir de la destrucción del templo, pensemos cuántas aplicaciones se puede dar a la reconstrucción del templo.
Si el templo es la vida de la gracia en el alma, la reconstrucción del templo es el arrepentimiento, la confesión, el propósito sincero, esa alegría que se siente de emprender una vez más el camino, de levantarse y decir: "Hoy vamos a hacer la morada de Dios en este corazón". Ahí se está cumpliendo la Primera Lectura de hoy.
Y si es el cuerpo de los mártires, o el cuerpo que se corrompe en el sepulcro, ¿qué diremos, sino que ese cuerpo despedazado de esos testigos, sirvió para construir el Cuerpo de Cristo, según la famosa expresión, "la sangre de mártires es semilla de nuevos cristianos"?
Sí, es verdad que se destruye el templo de esos cuerpos, pero también es verdad que destruyendo ese cuerpo, los enemigos construyen el cuerpo de la Iglesia.
Y con respecto a la Iglesia misma, y a sus épocas de corrupción, de mediocridad, de dejadez, ¿qué diremos, sino que cuando el Espíritu suscita profetas, reformadores, santos, fundadores eximios, llenos de unción de la palabra apropiada, de la gracia necesaria, entonces sentimos que el júbilo de este Salmo vuelve a ser actual?: "El Señor ha cambiado la suerte de Sión, y nos parece soñar" Salmo 126,1.
Parecía un sueño cuando se multiplicaban los monasterios del Císter en Europa, y por todas partes, con una alegría inusitada, hombres llenos de juventud, de vigor y de ciencia, se precipitaban a las puertas de los monasterios a vida de penitencia, a vida de rigor, a vida de contemplación, buscando con avidez los caminos de la Cruz, cosa que no se veía en esta tierra, donde lo que se busca con codicia, es el placer, es el poder. Nos parecía soñar cuando aparecieron esos monasterios; nos parecía soñar escuchando al Profeta, a San Bernardo.
Nos parecía soñar, cuando al final de sus días, Jordán de Sajonia podía dar parte de victoria: mil vocaciones para la Orden Dominicana. De todo el orbe conocido, se multiplican las provincias, surgen misioneros, teólogos, contemplativos, doctores, vírgenes.
Por todas partes, la obra de la santidad crece, y se va sembrando toda esa ribera del río Rin de santos monasterios, en donde el susurro y cántico de los salmos, nos aproxima a las alabanzas celestiales.
Nos parecía soñar, cuando vimos tantas casas de oración, y tantos hombres y mujeres felices en el servicio de Jesucristo; ahí también nos parecía soñar.
Nos parece soñar en nuestro tiempo, cuando vemos que, aunque sea con alguna timidez, surgen iniciativas que van llamando a las personas, que van llamando a todos a volverse hacia Jesús.
Que si hay cosas que están decayendo en la Iglesia, también hay cosas que están surgiendo. Unos hermanos nuestros, una comunidad religiosa, "Regnum Christi", de fundación mexicana por el padre Marcial Maciel, una fundación de sacerdotes, "Los legionarios de Cristo", no ha parado de crecer en todos estos años: cientos y cientos de vocaciones.
Cada uno de esos sacerdotes, hasta donde los conocemos, llenos de amor y fervor por su ministerio, están dispuestos a hacerse matar por Jesucristo, y quieren propagar el Reino de Cristo por todas partes. Son ya muchos centenares los que han entrado en esas filas.
Y así, el Espíritu Santo suscitará obras de comunidades, estilos laicales, cosas nuevas, tal vez. Y nosotros podremos decir lo mismo que dijo el Salmo: "Nos parece soñar" Salmo 126,1.
Es que Dios nunca ha dejado de soñar; es que Dios tiene más fuerza para renovar una y otra vez su Iglesia. Y la pregunta no es si Dios va a hacerlo. ¡Claro que Dios va a hacerlo! Dios va a renovar su pueblo una y mil veces.
Dios tiene poder, es el poder que manifestó la Resurrección de Jesucristo. Dios tiene poder para levantar la Iglesia hasta del más hondo sepulcro. Esa no es la pregunta.
La pregunta es si nosotros estaremos ahí. La pregunta es si nosotros vamos a ser parte de la historia del Templo devastado, o parte de la historia del Templo reconstruido y levantado.
La pregunta es si queremos ser nosotros como Bernardo, Domingo, Francisco, y tantos otros; si queremos ser nosotros parte de la primavera, o queremos ser parte de un invierno gris y triste.
Pidamos a Dios Nuestro Padre, que la gracia, que el poder del Espíritu Santo, obre en nosotros.
Pidamos que también en nuestro tiempo, y si es su voluntad, en nuestras comunidades, se suscite una oleada de amor por Jesús, por su Sangre, por su Cruz, y por su Pascua.
Amén..