I245005a

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El Evangelio de hoy está tomado del comienzo del capítulo octavo de san Lucas; ya hemos destacado en otras oportunidades, que una característica de este evangelista, es que le da un lugar de preponderancia a aquellos sectores de la sociedad que usualmente son descartados; el nombre que el Papa Francisco ha dado con frecuencia a esos sectores de la población es “periferias”; la gente que no cuenta, por ejemplo los niños eran visto como un gasto permanente y como un estorbo, las mujeres eran vistas solamente desde los defectos que a veces tienen, que son débiles, chismosas, que no se puede creer en ellas; los romanos, los extranjeros eran vistos únicamente como paganos; los samaritanos como herejes; es decir el mundo donde Cristo desarrolla su misión evangelizadora es un mundo lleno de prejuicios.

Una de las dimensiones hermosas del Evangelio según san Lucas es mostrarnos como Cristo tiene la capacidad de ir destruyendo uno a uno esos prejuicios. Los datos, gracias a Dios, han quedado consignados en el Nuevo Testamento, y muy particularmente en la obra de san Lucas, es decir, no solamente en el Evangelio, que vamos escuchando en esta parte del año en la Santa Misa, sino también en el libro de los Hechos de los Apóstoles, litúrgicamente el tiempo en el que escuchamos de modo más continuo este libro es el tiempo pascual, entre la Solemnidad de la Pascua y la Solemnidad de Pentecostés, la primera lectura, casi siempre, está tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles. Te invito a que durante ese tiempo pascual aproveches ese libro, o si tienes más apetito en tu corazón te aproximes a esa obra y descubras cómo Lucas una y otra vez nos muestra que el poder de la Palabra de Dios puede destruir los prejuicios, puede derribar las barreras para que lleguemos a ser uno en Cristo Jesús.

Es interesante en el texto de hoy, aunque es tan breve, donde se habla de las mujeres, no dice simplemente que estaban ahí, sino que eran verdaderas colaboradoras de la misión de Cristo, ayudaban con sus bienes, son mujeres que tienen nombre, son personas reales y concretas, que con su presencia, con sus bienes y con su caminar, están apoyando la difusión del Evangelio, detrás de ellas y siguiendo en primer lugar del ejemplo de María Santísima, la Iglesia ha conocido multitud de mujeres que han sido capaces de transmitir la alegría y la cercanía del Evangelio en las más diversas circunstancias. Ya que he mencionado antes al Papa Francisco, que bueno subrayar aquí él mismo ha dicho varias veces cuánto bien trajo a su corazón una mujer, su abuelita, esa mujer, esa abuela a través de sus consejos, ejemplo y oraciones llegó a consolidar bases muy profundas de piedad y de certeza de Dios en toda aquella familia, que a ejemplo de al abuelita del Papa y de tantas otras mujeres nosotros aprendamos a recibir la alegría del Evangelio, a derribar barreras y a extender la Buena Noticia.