I244004a

De Wiki de FrayNelson
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El Evangelio de hoy está tomado del final del capítulo séptimo de San Lucas. Encontramos a Jesús cenando en casa de un fariseo, una escena completamente extraña porque el mismo Lucas ha destacado varias veces la oposición y distancia de los fariseos frente a Cristo.

Este fariseo se llama Simón, y ha invitado a Cristo a cenar. Parece que las cosas van de un modo más o menos natural y normal, hasta que se presenta la escena que hemos presenciado en el pasaje de hoy; una mujer reconocida pecadora pública del lugar, se acerca y empieza toda una demostración de cariño, de ternura, de sentimiento, de amor, de un modo que definitivamente incomoda al anfitrión, el cual a su vez, saca una conclusión: este Jesús no puede ser un profeta, porque un profeta no se dejaría acariciar así de una mujer pecadora (cf. Lc 7, 36-50). Es decir, la lógica de Simón el fariseo, es que para resguardarse del pecado hay que resguardarse de los pecadores; cuanto mayor sea mi distancia de los pecadores, más distante estaré del pecado.

De entrada nos damos cuenta que esa manera de razonar es falsa y tramposa, porque el problema del pecado, como lo explica Cristo en varias de sus predicaciones, no viene de fuera. El problema del pecado no llega a mi corazón desde fuera, sino que más bien brota del mismo corazón. En algún momento lo dice Cristo con estas palabras: “No es lo que viene de fuera lo que hace impuro al hombre, sino lo que viene de dentro, lo que sale de dentro, eso es lo que hace impuro al hombre” (Mc 7,15), así, que ya hay un error en ese razonamiento, en esa manera de pensar de este fariseo.

Pero luego hay otra cosa más grave, y es la insensibilidad frente al bien del perdón. Hacia el final (versículo 47), está la frase clave, Jesús dice: “Aquel a quien le han perdonado poco, muestra poco amor”; por supuesto, todos somos pecadores, todos necesitamos del perdón y de la ternura de Dios, todos necesitamos de su Gracia. O sea, que cuando Cristo dice: “Al que le han perdonado poco”, no está diciendo: “Gente que necesita poco del perdón”, sino más bien, gente (como con toda seguridad era el caso de aquel fariseo) que cree que necesita poco del perdón, que no encuentra de qué arrepentirse, que no se sabe entonces perdonado; y que por consiguiente, como no se sabe perdonado, como no se reconoce perdonado, pues entonces tampoco muestra gratitud, ni muestra alabanza, ni muestra entusiasmo por compartir la buena noticia con otros (porque todo esto va junto).

Arrepentirse, confiar, recibir perdón, expresar gratitud, abrirse a la alabanza, querer compartir la fe; esto que acabo de describir es la secuencia propia de la vida cristiana. Todo empieza cuando la persona tiene de qué arrepentirse, y luego se abre con confianza al amor de Dios.

Pero, ¿qué pasa si la persona no entra por ese camino? Pues, no encontrando de qué arrepentirse, siente que el perdón que Dios le da, es apenas como una especie de formalismo externo; no hay entusiasmo, no hay fuego en el corazón, no hay gratitud, no hay alabanza, no hay deseo de compartir; queda el corazón de hielo, queda el corazón de hierro, queda el corazón implacable para juzgar de los otros, para criticar a los otros, para hundir a los otros. Pidamos al Señor, que nosotros podamos hacer el itinerario cristiano: descubrir la realidad del pecado en mi vida, abrirme con confianza al amor perdonador de Dios. Él nos ha mostrado ese camino, por ejemplo, a través del sacramento de la confesión; recibir ese perdón, entrar en gratitud, vivir la experiencia de la alabanza jubilosa, y luego, compartir con los hermanos, la maravilla del amor que hemos recibido.