I236001a
Fecha: 19970913
Título: La profundidad del amor es el vinculo entre la seriedad y la alegria Original en audio: [5 min. 54 seg.]
Queridos Hermanos:
Dice en algún lugar el Nuevo Testamento: "Trabajad por vuestra salvación con respeto y seriedad" Carta a los Filipenses 2,12. Y en otro lugar dice: "Orad y consolidad cada vez más la vocación que habéis recibido" 2 Pedro 1,10.
En otra parte manifiesta: "Creced en la gracia y en el conocimiento del Señor" 2 Pedro 3,18. Y todavía en otro sitio dice: "Llegad a la plenitud en el conocimiento de la voluntad de Dios" Carta a los Colosenses 1,9.
Son estas palabras invitaciones a tomar en serio nuestro proceder en la vida. ¿Y en qué consiste esa seriedad? ¿Cuál es esa seriedad y cómo es compatible con la alegría a la que también estamos llamados?
Estamos llamados a ser alegres; alegres pero serios. En el mundo, en la lógica del mundo, la alegría y la seriedad son incompatibles. Porque, para alegrarse, hay que ser superficial, fatuo, vano. Y para ser serio, hay que ser amargado, dominante, imponente.
Un santo es un alegre serio y es un serio alegre. Un santo ha descubierto lo que es la seriedad de la alegría y lo que es la alegría de la seriedad.
¿En dónde se encuentran la seriedad y la alegría? El mundo no las sabe unir, porque le falta el vínculo entre esas dos, y ese vínculo es la profundidad del amor; no simplemente el amor: la profundidad del amor.
El que ahonda en el amor hasta encontrar su cimiento, hasta hallar la profundidad del amor, tiene al mismo tiempo la seriedad y la alegría.
¿Cómo no va a haber alegría en las palabras que nos ha predicado el Apóstol hoy? "Podéis fiaros y aceptar sin reserva lo que os digo: que Jesús vino a salvar a los pecadores" 1 Timoteo 1,15.
¿Qué puede haber más consolador para nosotros, que nos sabemos y reconocemos pecadores? ¿Qué puede haber más esperanzador que esto? "¡Vino precisamente por mí!"
Hay veces que uno quita a Jesús y pone un ídolo. Uno se imagina que ese ídolo le va a exigir a uno cosas para poder acercarse a él. "¿Cómo me voy a acercar a Jesús, si yo soy un inicuo, si yo soy un pecador? Tal vez Jesús tiene otra gente, que es la que sí le gusta a Él".
Esta es una blasfemia que añadimos a nuestros anteriores pecados. Decir que Jesús tiene otra gente que es la que sí le gusta a Él, decir que Jesús pide de nosotros que seamos buenos, o ricos, o bellos, o sabios, o santos, para acercarnos a Él, decir eso es una herejía. Exactamente éso es lo que no se necesita para acercarse a Jesús.
Para acercarse a Jesús no se necesita eso, ya que Él se acercó a nosotros, no porque nos encontrara, ni sabios, ni bellos, ni santos, ni ricos, sino porque nos encontró carentes de toda santidad, de toda belleza, de toda sabiduría. ¡Por eso se acercó a nosotros!
Negar entonces que eso es lo que Cristo quiso en nuestras vidas, es negar la Palabra de Dios. Pero, quien acepta esa Palabra, encuentra alegría. Encuentra el gozo de saber que puede repetir gozosamente las palabras del Credo Nicenoconstantinopolitano: "Por nosotros y por nuestra salvación".
Algún día, antes de morir, hay que hacer un retiro espiritual, en el que uno dedique todo su tiempo, toda una mañana o todo un día de desierto, a repetir estas palabras: "Por nosotros; por nosotros y por nuestra salvación. ¡Por nosotros!"
Y de vez en cuando decirlo en singular, como aquí lo afirma San Pablo: "Por mí; por mí y por mi salvación" 1 Timoteo 1,15-16.
Este ejercicio hace que el corazón se llene de un gozo indestructible; pero al mismo tiempo, que el alma descubra la seriedad de lo que Dios ha hecho por nosotros.
En este profundo amor, encontramos también la clave para llevar una vida sosegada, misericordiosa, firme, gozosa, y al mismo tiempo, seria, consecuente y coherente.
¡Nada de alegrías superficiales, estériles! ¡Nada de eso! Tenemos demasiado muy fecundo de qué alegrarnos. Tampoco, por favor, esa seriedad postiza, acartonada, apergaminada, que aleja a las otras personas; esa seriedad que hace que otros sientan: "¡Uy! ¡Cómo será de difícil ser cristiano! ¡Uy! ¡Qué difícil lo que pide la Virgen! ¡Uh! ¡Qué difícil!"
¡No! Que nuestro rostro, que nuestro comportamiento sea siempre una invitación a que otros saboreen la misericordia de Dios, y en la profundidad del amor, encuentren la seriedad de la alegría.
Demos gracias al Señor por esta misericordia, y vayámosle buscando fecha a ese retiro, en el cual estaremos una mañana o un día meditando: "¡Por mí! ¡Por mí! ¡Fue por mí y por mi salvación!"
¡Por mí, por nosotros y por nuestra salvación!