I234001a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19970911

Título: “El Senor os ha perdonado, haced vosotros lo mismo”

Original en audio: [12 min. 12 seg.]


En la medida de amor que nos propone Jesucristo rebasa, ampliamente, lo que uno está acostumbrado a pensar, a considerar, a realizar, a aconsejar; ni siquiera pide que seamos justos o que pidamos justicia, y ya es difícil encontrar personas justas; pide que nuestro amor abrace generosamente precisamente a los enemigos, a los que nos injurian, a los que no nos comprenden.

Por mi propia experiencia de pecador, yo creo, que esto es muy difícil para el corazón humano; yo creo que es como imposible, uno no logra esto; y resulta que la Primera Lectura también nos presenta ideales muy altos; nos dice: “Como pueblo elegido de Dios, sea vuestro uniforme la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión” (véase Carta a los Colosenses 3,12).

Palabras, todas muy bellas; palabras, todas que sentimos igualmente difíciles en nuestra vida; y entonces a veces uno se pregunta: ¿Por qué aparecen estas palabras tan difíciles en la Biblia? ¿Será que son simplemente eso, imposibles? ¿O será que son como una especie de ideales? ¿Como las estrellas que dirigen el camino de los barcos, allá en el mar? Pero ningún barco alcanza una estrella.

¿Será que esos ideales de misericordia, de compasión, de oración por los enemigos son como estrellas que nunca alcanzamos, y que apenas sirven para darle el rumbo a la vida, como para que el barco no se pierda por completo? Uno podría decir eso, pero luego resulta que, gracias a Dios, la Santa Iglesia nos presenta con frecuencia estos mismos ideales realizados.

Nuestro padre Santo Domingo de Guzmán, el fundador de nuestra Comunidad, por ejemplo, fue un hombre lleno de entrañas de compasión y de misericordia, que tuvo grandes enemigos; porque como él era predicador de la verdad sagrada, tenía muchas veces que predicar a las personas que tenían otras ideas; tenían, incluso, como otras religiones, o que se habían apartado de la Iglesia Católica.

Y muchas veces, sucedió que este santo sacerdote predicaba con tanto amor y con tanta verdad, que las personas que se habían alejado de la Iglesia para irse a grupos, hoy diríamos sectas, volvían a la Iglesia Católica.

Y desde luego que las personas que dirigían estas sectas no iban a estar muy contentas con eso, y a Santo Domingo lo amenazaron de muerte, lo insultaban públicamente; le tiraban tierra, piedras; lo ofendieron de muchos modos; pero Santo Domingo practicó este evangelio que nosotros hemos escuchado hoy.

Verdaderamente, él amó a sus enemigos, él hizo el bien a los que lo odiaban, él bendecía a los que lo maldecían, y oraba por los que lo injuriaban; y desde luego, que si pensamos en San Martín de Porres, a quien veneramos con tanto cariño en esta iglesia; pues, ¿qué nos encontramos? Que San Martín vivió lo que dice San Pablo; Mire: “Sea vuestro uniforme la misericordia entrañable” (véase Carta a los Colosenses 3,12). Ese es San Martín de Porres; la bondad, ese es San Martín de Porres; la humildad, ese es San Martín de Porres; la dulzura, la comprensión,

Y si repasamos las vidas de muchos otros santos, nos encontramos con que si ha habido personas que han vivido a plenitud este evangelio; entonces, ¿qué hemos dicho hasta aquí? Que las palabras de la Escritura a veces nos parece que son como imposibles; otras veces nos parece que son como estrellas que guían a los barcos en medio de la noche y del mar; pero serían como estrellas inalcanzables; pero luego hemos visto que sí ha habido personas que han alcanzado esas estrellas, por decirlo así.

Y si ha habido personas que han vivido estas palabras, ¿qué decimos entonces nosotros? A veces, "¡muy bueno para ellos!, pero, yo no soy ningún santo"; por ejemplo a San Martín de Porres lo insultaban mucho de niño, por su condición de mulato; y él era hijo de madre soltera, diríamos hoy.

El papá de él no vivía con la mamá; San Martín de Porres era como un hijo natural, y además mulato, tez oscura; y los niños y los jóvenes a veces se burlaban de él, y lo despreciaban insultándolo y diciéndole: “Perro mulato”; y San Martín de Porres resulta que sí vivía esto.

Pero entonces, luego resulta que a uno le van a decir algún insulto, y ¿qué dice uno? "Yo sí no me voy a dejar; si San Martín se dejaba, ¡que bueno, que él tenga todas esas cualidades, pero, yo no soy ningún santo"; a veces uno dice así.

Y entonces uno, pues, procura cobrárselas con la propia mano. ¿Será, que eso es lo único que podemos hacer? ¿ O será que hay algún camino para que también estas palabras se hagan vida en nuestra vida, para que no queden sólo como palabras bonitas, que se dicen en la iglesia, sino para que también nosotros entremos resueltamente en el camino de Nuestro Señor Jesucristo, en el camino de la misericordia, la bondad, la dulzura, la comprensión?

En realidad, el camino nos lo ha mostrado el Apóstol San Pablo, y desde luego que antes de él, Nuestro Santísimo Salvador Jesucristo; a mi me parece que la frase más importante de las lecturas de hoy, siendo todas tan importantes, la que de pronto nos puede servir más, es esa que dijo San Pablo en la Primera Lectura “El Señor os ha perdonado, haced vosotros lo mismo” (véase Carta a los Colosenses 3,13).

Unió las dos cosas: lo que Dios ha hecho por mí, y lo que Dios quiere de mí; si yo me quedó sólo con la segunda cosa, lo que Dios quiere de mí, yo siento que eso es un imposible; es como si a mi me dijeran, estando aquí en el piso, "salte hasta esa ventana"; yo digo, "“no, yo no puedo, eso supera mis fuerzas”

Pero, fíjate, San Pablo unió lo que Dios hizo por mí, y lo que Dios quiere de mí; si yo me quedo mirando sólo lo que Dios quiere de mí, toda la vida estaré diciendo, “eso es imposible”; porque yo tengo un enemigo que me ha maltratado, que me ha insultado, que me ha robado, que me ha violado, que me ha injuriado; y yo no puedo amar a esa persona, si yo me quedo mirando en lo que Dios hizo, lo que Dios quiere de mi, yo no voy a poder; pero si yo miro las dos cosas, si yo miro lo que Dios ha hecho por mí, de ahí me va a salir la fuerza para alcanzar lo que Dios quiere de mi; así sí voy a tener fuerzas.

Por ejemplo, si uno tiene conciencia de sus propios pecados, uno sabe, que uno es un pecador; y se acerca al confesionario con un espíritu realmente arrepentido y sincero; le ruega a Dios; verdadera contrición, hace una buena hace confesión, escucha con atención lo que le dice el sacerdote, y uno saborea la misericordia de Dios, y uno degusta la piedad de Dios; y uno de pronto, hasta con lágrimas en los ojos, le dice a Dios: “¡Gracias, porque me has perdonado, yo no merecía que tu me perdonaras!”

Yo estoy seguro, de que si uno ha tenido esa experiencia, cuando uno piensa en sus enemigos, ya los mira de otra manera; porque uno dice: “Si Dios tuvo misericordia de mí, de pronto Dios quiere también, mejor dicho, yo sé que Dios quiere tener también misericordia de esa persona".

Y entonces, ya uno no intenta desquitarse con la propia mano, sino más bien, ¿qué hace? Encomendarlo a Dios, y decirle a Dios: “Señor, tú me tuviste mucha paciencia a mí, tú puedes tener mucha paciencia también a mi enemigo”; ¿sabe qué es eso? Una oración, ahí uno está cumpliendo lo que dice el evangelio: “Orad por los que os injurian” (véase San Lucas 6,28).

Y, seguro, que si uno empieza por ahí, y uno empieza a rogarle a Dios, no a clamarle venganza, sino rogarle a Dios que a todos les dé compasión, que a todos nos dé conversión, porque todos somos unos pobres pecadores, si uno le ruega a Dios así, yo le aseguro que a uno le va cambiando el corazón.

Esto fue lo que hicieron los santos; se saciaron de misericordia, bebieron a raudales la compasión de Dios, se extasiaron en las Llagas de Cristo, que son manantiales de su amor; y esas llagas, y ese amor les cambiaron el corazón; y por eso ellos pudieron realizar las cosas que nos cuentan las vidas de los santos.


Nosotros, que somos pobres pecadores, podemos acercarnos a este altar, y alimentarnos de Cristo; de Cristo mismo, ¿Quién de nosotros tiene la boca, el corazón, la vida tan limpia, como para recibir al Rey de reyes? ¿Quién de nosotros es digno, de alimentarse del pan de los ángeles? ¿Quién de nosotros ha agradecido suficientemente, todo lo que Dios ha hecho por nosotros en la cruz, y que renueva en el altar? Nadie, todos nosotros, lo que podemos hacer, es admirarnos y agradecer ese don, y pedirle a ese Cristo bendito, que nos vaya cambiando el corazón, para que estas palabras de la escritura se realicen en nuestra vida.


Así lo conceda, Él que es todo amor.


Amén.