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De Wiki de FrayNelson
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El Evangelio del día de hoy está tomado del capítulo sexto de San Lucas. Encontramos un episodio más en la larga serie de controversias entre Nuestro Señor Jesucristo y los fariseos (cf. Mc 6,6-11).

Este pasaje que nos presenta la Iglesia, puede servirnos para descubrir cuál es la raíz de esa tensión, de esa discusión entre los fariseos y Cristo. Este grupo (el de los fariseos) tenía una consigna: es necesario cumplir de manera estricta la Ley de Moisés, porque si nosotros cumplimos nuestra parte de la Alianza, entonces Dios también hará su parte de la Alianza.

En el libro del Deuteronomio, por ejemplo, encontramos que hay promesas muy bellas, promesas de bendición de Dios para su pueblo, pero en el tiempo de Cristo, el pueblo de Dios no experimenta esas bendiciones, es decir, no están sintiendo, no están descubriendo su vida como un manantial de bendición, sino más bien, como un largo cautiverio; se sienten humillados, se sienten marginados; sienten que el paganismo, los infieles y los incrédulos van ganando la partida; y entonces, se preguntan: ¿por qué no llegan las bendiciones de Dios?, ¿qué tiene atrapadas esas bendiciones?, ¿por qué no llegan a nuestra vida?.

Esa es la pregunta de los fariseos, y la respuesta a la que llegan es: “porque nosotros no estamos cumpliendo nuestra parte del contrato, nuestra parte de la alianza con Dios; como nosotros no cumplimos la alianza con Dios, entonces, Dios tampoco cumple su parte del contrato”. Por eso, para los fariseos solamente había un camino, y era la obediencia estricta a todos los elementos de la ley; si nosotros hacemos exactamente lo que tenemos que hacer, entonces Dios también hará su parte.

El problema con esa manera de ver las cosas, es que supone una especie de igualdad horizontal entre Dios y el hombre, como pretendiendo que nosotros, podemos obrar a la altura de Dios, o como si la alianza fuera un pacto entre iguales, cosa que por supuesto, no sucede así, porque nosotros no nos dimos la existencia a nosotros mismos; el pueblo no pudo liberarse a sí mismo de Egipto, fue Dios quien lo liberó.

Entonces esa desigualdad fundamental entre Dios y el hombre, esa asimetría que está indicando que nuestra única esperanza proviene de la confianza en Él, y proviene del amor hacia Él y de la gratitud hacia Él; esos elementos no existen en la religión de los fariseos, esos elementos no aparecen por ninguna parte.

Ellos no creen en un Dios que sea así de generoso y bondadoso, y por eso cuando se encuentran con Cristo, que es exactamente la expresión de ese Dios generoso y bondadoso; de ese Dios que es consciente de nuestra pequeñez, pero que tiende su mano compasiva, sienten que eso está arruinando su plan y su manera de ver las cosas, que está dañando su propuesta y por eso ven en Cristo una especie como de competidor, alguien que está destruyendo lo que era el planteamiento de ellos, lo que era la búsqueda de ellos.

Ellos no pueden amar a Cristo, ni alegrarse de las obras de Cristo, porque sienten que esto está dañando su plan, sienten que Cristo está compitiendo con ellos, y que la gente se está yendo con Él.

Enseñanza para nuestro tiempo: el error básico de los fariseos fue creer que las solas fuerzas humanas podían lograr lo que en realidad no puede el ser humano, por eso, la verdadera respuesta es el camino que nos marca Jesús, el reconocimiento de nuestra necesidad, y luego la confianza en la infinita misericordia del Padre.