I225001a

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Fecha: 19970905

Título: Cuando El esta, todo es distinto.

Original en audio: [22 min. 57 seg.]


Queridos Amigos:

Las palabras de Jesucristo son una invitación a darnos cuenta de la novedad que trae su presencia, a darnos cuenta qué clase de invitado, qué clase de novio, qué clase de amigo, qué clase de Señor nos visita cuando nos visita Jesucristo, qué llega a nuestra vida cuando llega Jesucristo.

En tiempos de Jesús había mucha gente que tenía discípulos, por lo visto; los fariseos tenían discípulos, Juan El Bautista tenía discípulos, Jesús tenía discípulos; pero resulta que los discípulos de los fariseos y de los escribas, querían aplicar aquello de que, “la Ley es para todos”.

“¡Si aquí todo el mundo ayuna, los discípulos de Cristo, también tienen que ayunar!”. Querían ponerle leyes a Cristo, querían que Cristo se portara como los otros maestros, o como las otras autoridades; no se habían dado cuenta de qué pasa cuando está Cristo; ¡cuando está Cristo todo es distinto! Cuando una persona está enamorada, las personas que se hayan enamorado entienden lo que dicen mis palabras, es que todo es distinto; “cuando él está, todo es distinto”. Si uno se toma un vasito de agua, es un agua como tan rica, tan sabrosa, tan especial; y cuando sale el sol es como si el sol sonriera; y el viento, como si me acariciara; y los pájaros cantan para mí"; porque estás enamorado, por eso sientes todas esas cosas, porque estás enamorada, es que todo es distinto.

Jesús se compara aquí con un novio: “¿Queréis que ayunen cuando el novio está con ellos?” San Lucas 5,34; qué discreción y sencillez de palabras, para un mensaje que era muy rudo; ¡no se han dado cuenta del amor que les está visitando, no han abierto los ojos a la maravilla que está sucediendo! Y ustedes quieren simplemente que la gente repita sus costumbres; no comprenden lo que ha pasado, no ven lo que está sucediendo ante sus ojos.

Cristo se compara con el novio; ¿qué diferencia hay entre un hombre y un novio? Pues eso es muy sencillo, la diferencia no está en él, está en el corazón de quien le ama. Voy a tratar de explicarme de esta manera, y verá usted lo hermoso de las palabras del Señor.

Vamos a suponer que Antonio es el novio de Cleotilde, para todos los demás, Antonio es un señor, un tipo, es un empleado, es un ciudadano, es un profesor, o cualquier otra profesión que tenga; ¿para quién es el novio? Para aquella que lo mira como novio, para aquella que se sabe novia de él, para ella, él es el novio, y sólo para ella.

Algo parecido sucede con Cristo, si uno no ha entrado en la enamorada, si uno no ha entrado en el swinn, si uno no ha entrado en la honda, uno no ve nada; y por eso la gente que habla con Cleotilde le dice: "¡Ay!, ¿pero usted qué le ve a ese tipo?” Y ella sonríe y dice: "-¡Todo!"

"-Cleotilde, ¿usted qué le ve a ese señor? ¿Usted qué le encontró?" "-¡Todo, en él encontré el universo, no hay nada qué hacer, mi vida le pertenece"; entonces, ¡eso es lo que se necesita para hallar a Jesucristo!

El que no entra, el que no enchufa dentro de ese lenguaje, dentro de ese amor, no encuentra nada en Cristo. ¿Usted qué le ve a ese Cristo? Es como pasa algunas veces en las Eucaristías, donde entran los alegres cantos carismáticos, y todo aquello, ¿pero usted qué? ¿Por qué hace esto? Yo me imagino, que cuando la gente se burla, o no comprende ciertas muestras de entusiasmo, pues está en todo su derecho.

Porque es lo mismo que si yo llego al estadio y acaba de pasar el gol, pero yo no lo vi, y todo el mundo se levanta y grita: "¡bravo!, ¡bravo!", Pero yo no sé por qué gritan, porque para mí no hubo gol, porque yo no supe qué fue lo que pasó; todo el mundo está contento, pero yo no entiendo por qué, yo no descubro por qué.

¿Esto qué quiere decir? Que hay que estar en la jugada, hay que ver el gol; cuando uno ha visto, "¡uuy! avanza Cristo por la izquierda, se lanza por la derecha, encuentra despejado para gol; cuando uno ve el golazo, uno dice: "¡uuy!, lo hizo!" Porque uno sabía que era dificilísimo que lo hiciera, y lo hizo, y entonces ahí uno entiende, y uno dice: "¡Jesús, eres mi héroe!"; uno siente que Jesús vale la pena, que Jesús todo lo llena; uno ha entrado en la honda, pero hay que ver el golazo.

Todavía le voy a dar otro ejemplo: de pronto, la mamá entra al cuarto de su pequeña hija, su pequeña y tierna hija se llama Petra; bueno, entra al cuarto de su pequeña hija, se encuentra a Petra con un papel entre las manos, grandes lagrimones cuelgan de sus mejillas, pero una sonrisa extasiada adorna su rostro.

La mamá no va a ponerse a llorar por eso, ni va a ponerse a sonreír por eso; la mamá no sabe qué está pasando; cuando la hija le cuenta lo que sucede, es que su respectivo amado Clodoveo, le ha escrito un soneto malo; eso, ahí no rima nada con nada, pero le escribió un soneto; entonces ella ¿por qué llora? En primer lugar, porque el soneto no rima, ¡no mentiras!, ella llora de emoción, ¿ve? ¡Ella llora de emoción!

El que no le ha llegado el soneto, ¿de qué va a llorar? ¿De qué va a reír? No encuentran nada, y por eso le quiere aplicar la ley a todo el mundo: "-Que ayunen los discípulos de Cristo", "-oiga, Pero llegó la salvación"; "-entonces que ayune la salvación también"; hay gente así.

"-Es que vino Cristo, vino Cristo con la gracia de Dios"; "-que la señora gracia y la señora salvación que ayunen también", porque no entienden qué es lo que está sucediendo. Y por eso dice Jesús que, "el que ha probado el vino añejo, ya no quiere el vino nuevo" San Lucas 5,37; eso es lo que vamos a tratar de explicar, con la ayuda del Señor.

El vino en la tradición bíblica es el que alegra el corazón del hombre, de manera que el vino antiguo es la manera como las personas se las arreglan para vivir, como diría el filósofo Fernando Savater: “desaburridas, para no aburrirse” Ese es el vino, lo que uno se ha inventado para llevar una vida bien, una vida compuesta, una vida sosegada y en paz consigo mismo. Eso es el vino.

Por ejemplo, ¿para qué sirven los viernes por la noche? Si uno es un caso perdido, sirven para venir a orar aquí, a la iglesia, al convento de Santo Domingo; pero si uno no se siente un caso perdido, ¿uno a qué va a ir? ¡No, señor!, hay muchas cosas buenas para hacer.

Imagínense, un viernes: ¿-A usted cada cuánto le llegan los viernes? "-Señor, a mí apenas cada semana"; "-¿a usted cada cuánto le llegan los viernes? Entonces la persona dice: “Llegó viernes”, y tiene su modo de alegrarse, y tiene su modo de vivir, y tiene su modo de sobrevivir; y ese modo le convence, y ese modo le satisface, y ese modo le llena; él encontró una solución, ¡tiene una solución! Ese, es el vino añejo.

Entonces llega alguien, y dice: "-¡Encontré la alegría!, y es más, yo tengo un gozo en mi alma, yo tengo un gozo en mi alma, y le puse música, ¡yo tengo un gozo en mí...", ¿ve? La persona llega con que tiene un gozo en su alma.

Y el otro, le dice: "-Tú quédate con tu gozo en tu alma; yo, por mi parte, tengo otras alegrías". En primer lugar, una rumbita, que me salió esta noche, que no la voy a perder así tan fácil; de manera, que si tú quieres irte ya a tus rezos, si eso te satisface, eso te llena, ve, ve, en paz; yo me voy para mi rumbita". La persona que tiene solucionada la vida, es la persona que tiene el vino añejo, y uno se queda con soluciones antiguas. ¡He ahí el problema!

Le doy otro ejemplo, porque el ejemplo de la rumbita puede ser antipedagógico, en estas circunstancias. Muchas personas, ante una situación triste, encontraron un recurso psicológico, autocompadecerse: "¿Quién sufre lo que yo sufro? Nadie, nadie nunca ha sufrido lo que yo sufro".

Y sienten que pueden compadecerse, se compadecen, y eso les hace sentir relativamente bien; se encierran en un pequeño mundo de sentimientos, donde ellos son las víctimas sufridas, y todos los demás, villanos del bosque, que intentan asaltar a la pobre doncella, que soy yo.

"Yo soy el bueno, y por eso todos me atacan; son duros, injustos conmigo, pero yo resisto, porque soy noble". Ese tipo de pensamientos, aquí evidentemente caricaturizados, son el vino viejo, el vino añejo; entonces llega Dios a esa vida, y le dice: “¿Sabes una cosa? Te tengo una gran noticia, que va a ser como un golazo; te tengo una noticia espectacular que va a ser como una carta de amor; ¡vengo a ayudarte a solucionar tu vida!"

Autocompadecerse es como tener un osito, de esos de peluche, que llaman un Teddy; por ejemplo, autocompadecerse es como tener un osito; entonces llega Cristo a la vida de la persona, la persona, aunque parece un adulto grandote, es un niño chiquito aferrado a su osito.

Este es el osito, y la persona está aferrada a su osito, chupando dedo, con su osito. ¡Su osito es su autocompasión! Se acostumbró a auto compadecerse, se acostumbró a eso; en eso llega Cristo: "¡Noticia!, ¡noticia!, ¡te voy ayudar en tu vida!; tengo un plan maravillo de amor para ti en camino; pongámonos en camino", "-¿y mi osito?" "-¡Ya no vas a necesitar osito!".

"-Es que ya no tienes que estarte compadeciendo, ya no tienes que andarte justificando; porque yo te voy a justificar; ya no vas a tener que repetirte mantras, ni método Silva, para repetirte: ¡Soy bueno, soy muy bueno, soy tan bueno, es más, soy tan espectacular, logro tantas cosas, soy tan especial, soy increíble, soy"..., se le acabó la pila a la grabadora.

Entonces Cristo dice: "Ya no tendrás que poner más cassettes que te repitan: "Soy increíble, me puedo levantar, nada de giba, nada de barriga"; ya no vas a tener que oír más cosas de esas, ya no vas a tener que justificarte".

Uno se la pasa justificándose, ¿no? justificándose: "¡ah!, pero, también...., ¡no!, eso todo el mundo tiene derecho, yo también tengo derecho, ¿cómo así? Si, que quieren que uno explote por todas partes; ¿no yo tengo derecho a echarme mis canitas al aire?"; "-No, señor! No todo el mundo puede echarse canitas al aire, ¿los calvos? De manera que aquí hay personas que pueden echarse muy poquitas canitas al aire, porque es que tienen todo el cabello negro, por eso.

De manera que la persona tiene su osito, ese es el vino viejo, el vino añejo, su solución, la suya; y Cristo llega con otra solución, pero la persona no quiere soltar su Teddy, no quiere soltar su ositio; "¿voy a tener que desprenderme de mi hermoso osito?"

"Pero es que a ese osito yo le preguntaba: -Osito, cierto que yo soy una víctima, y mi esposo es un desgraciado?" Y el osito decía: "-Sí, ¡mua!", y me daba un besito; "si ahora voy a dejar el osito, entonces ahora yo no sé si el desgraciado es mi esposoo soy yo; ¿qué tal que resulte yo la desgraciada? Entonces yo no quiero dejar mi osito". Eso era lo que le pasaba a los fariseos.

Los fariseos no eran que ayunarán por amor de Dios; los ayunos y una cantidad de prácticas rigurosísimas que tenían era para sentir que eran buenos, que ellos eran los buenos de la película, que ellos sí cumplían, que ellos sí tenían derechos ante Dios: "Y yo no sé si Dios tenga plata suficiente para pagarme, todo lo que me debe".

Esos eran los fariseos. Entonces para una persona así no hay Evangelio, para una persona así no hay buena noticia; para la persona que está contenta con el vino viejo, no le sirve el vino nuevo, no le sirve. Está feliz con sus soluciones. Por eso Cristo, a veces, tiene que forcejear un poco con la persona,

Entonces, seguimos nuestra representación; el fulano tiene su osito, su Teddy; llega Cristo: “-Hombre, suelta ese osito”; “hombre, que sueltes el osito” ya; “deje el osito ese, hombre”; a ver, “el oso”; a ver, ¡qué hubo!; “suelte el oso”; ¡ah! ¡ah!, “suelte el oso”; ¡ah! ¡Ah!... “suelte el oso”.

Y la persona nada que suelta el oso; entonces, hay veces que Cristo tiene que quitarle el oso a la persona, porque mientras siga dándose su solución, es como el que se droga, es como el que se emborracha; mientras usted siga dándose su solución, ¡se pierde la solución de Dios!

Y, este era el problema de los fariseos. “Llegará un momento en el que les quiten al novio” San Lucas 5,35; hay veces, que uno tiene que perder hasta lo que creía tener, y cuando ya pierde eso, uno recapacita y dice: "¡ay!, sí; ¡ay, sí, tenía razón!". Sí, pero uno tarda en entender, uno se demora en entender, y por eso Cristo a veces tiene que quitarle a uno “ositos”.

¿Qué hace uno? Pues desde luego, uno comprende, como uno es maduro, ¡ja, ojalá! fuera uno maduro y comprendiera, uno chilla, patalea, rezonga, maldice, blasfema: “Dios no me quiere”, ¡ah! ¿No ve? Para eso yo me metí en este cuento, para eso; estaba mi vecina, o mi tía, la que fuera, "¡ay, que vaya al grupo!; fui al grupo, y preciso, ahí me cayó; yo estaba bien"; ¿ve? El vino añejo, el vino viejo: yo estaba bien, yo estaba pasándola bien.

"Pero ahora vienen todas estas complicaciones: que uno no puede matar, no puede decir mentiras, tiene que adorar a Dios; preciso, me quedé sin oso y sin nada; ahí, estoy yo vaciado, sin nada, sin osito."

Lo chistoso es que las personas que hablan así, son personas respetables, gente muy elegante, corbata y todo; señoras muy pintadas, y muy pinchadas, con sus sastres, y todo. Peleando por sus ositos, el uno con su corbata muy elegante: “-Señor Jesús, ¿no te parece que sería muy razonable que me devolvieras mi osito? Devuelve mi osito, Señor"; y Cristo le toca hacer como una mamá, como un papá: "-Tú ya no estás para osito; yo tengo un vino nuevo".

Normalmente uno alega, rezonga, patalea, se queja; decía Humberto de Romanis, un gran predicador de nuestra Comunidad: “Cuando las ruedas de la carreta no tienen aceite, emite chirridos"; y cuando las personas no tienen la unción, el aceite del Espíritu Santo, emiten chirridos, y van por la vida chirriando; los pasan por acá, y chirrean; los pasan por allá, y chirrean, quejumbrosos para todas partes, les falta el aceite.

En cambio, cuando llega el Espíritu Santo, entonces se compone el caminado de la persona; se le acaba la quejadera, se compone la persona, se organiza; ha llegado el vino nuevo, ha entendido, ha comprendido lo que Cristo quería.