I223001a

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Fecha: 19970903

Título: La semillas de las virtudes teologales que Dios esta sembrando en cada uno de nosotros

Original en audio: [15 min. 23 seg.]


De una manera muy hermosa, el Apóstol San Pablo nos presenta la obra del Evangelio en la comunidad de Colosas, una obra que se puede resumir en tres palabras: fe, esperanza y amor.

El que hemos escuchado hoy es uno de los pasajes en los que aparecen estas tres, que nosotros llamamos virtudes teologales.

Aquí, por ejemplo, se nos habla de cómo ellos han tenido fe en Cristo Jesús, amor a todo el pueblo santo, animados por la esperanza de lo que Dios les tiene reservado en los Cielos.

Estas virtudes las llamamos virtudes teologales, como indicando así, que tienen su fuente y que tienen su realización, su culminación solamente en Dios. No es solamente teológico, hay una pequeña diferencia entre teológico y teologal.

Teológico sería aquello que se puede integrrr dentro de la teología, que hace alguna referencia a Dios, y en este sentido todo o casi todo puede ser visto, estudiado o predicado en relación a Dios; en este sentido, cada cosa es teológica.

Reservamos, en cambio, el adjetivo teologal para indicar aquello que no sólo tiene una referencia a Dios, sino que sólo puede darse por la comunicación que Dios hizo a través de Nuestro Señor Jesucristo, es decir, lo que depende de la efusión de la gracia y del don del Espíritu Santo.

Podemos decir que lo teológico, en cierto sentido, es todo aquello que ha salido del poder de Dios o que el poder de Dios ha producido; pero Dios ha salido dos veces de sí mismo: una primera salida es la creación, donde a través de su poder, con sabiduría y amor, constituye en el ser a aquello que no existía.

Esta salida de sí mismo produce, crea el universo, pero Dios no se comunica, se comunica su poder, se comunica su sabiduría. Hay huella de su amor y de sus demás atributos en la obra de la creación.

La segunda salida, en cambio, es aquella que se produce en la plenitud de los tiempos, cuando Dios Padre envía a su Hijo y envía al Espíritu Santo.

La Palabra del Hijo y el don del Espíritu Santo ya no son solamente algo de Dios que se ofrece, sino Dios mismo donándose. Esta es la segunda y definitiva salida de Dios, y en esta salida ya no queda nada más que desear, ya no hay más que desear por que es Él mismo ofreciéndose.

Pues bien, aquellas virtudes, aquellas realidades que dependen enteramente de esta segunda salida, de este perfecto ofrecimiento, eso es lo que nosotros llamamos “teologal”, y nosotros llamamos teologales a la fe, a la esperanza y al amor, indicando así que sin este don de Dios no podrían existir; indicando también que donde hay fe, donde hay esperanza, donde hay amor, ahí no sólo hay algo de Dios, ahí esta Dios.

Dios no sólo permite, no sólo ordena, no sólo hace posible que se realice el acto de la fe, sino que en cierto modo es Él mismo el que lo realiza, y lo mismo sucede con la esperanza y con el amor.

En lo teologal, puede decirse que el verdadero y real sujeto, el que realiza en realidad la obra es precisamente Dios. Aquello que depende de la primera salida, es decir, de la creación es teológico, como he dicho, porque tiene su referencia a Dios; pero ahí el sujeto es más la criatura.

Por ejemplo, nosotros tenemos inteligencia, tenemos memoria, tenemos voluntad en cuanto somos criaturas de Dios.

Pero los actos de memoria o de inteligencia, en cuanto tales, aunque serían imposibles si no hubiera Dios, de hecho, si no hubiera Dios, pues nada sería posible; aunque en este sentido hacen una referencia a Dios, son actos más propiamente de la criatura.

En cambio, creer en Él esperar y confiarle a Él el sentido de mi vida, amar como Él quiere que yo ame, esto no es posible sin aquello que tradicionalmente llamamos la “inhabitación”.

Es preciso que sea Dios mismo, por así decirlo, el que realice estos actos, y allí donde hay fe, allí donde existe la fe, no sólo hay alguien que cumple con un mandato de Dios o alguien que obra porque Dios le hace posible que obre. Es Dios mismo, por la gracia de su Espíritu, el que está obrando.

Esto indica que estas tres virtudes suponen una transformación de la persona; de hecho, "la fe es una perfección última de la inteligencia", nos dice Santo Tomás.

En contra de todo racionalismo moderno que ve una oposición, una incompatibilidad entre la razón y la fe, Santo Tomás, con mirada profunda, de Dios iluminada, descubre que la fe es una perfección última de la inteligencia, pero es una perfección última porque ya no es sólo un pensamiento brillante, no es sólo una buena idea, sino supone un conocimiento que la inteligencia, con sus propias fuerzas y en sus propios límites, no alcanzaría.

La fe supone como aprehender un objeto que supera las capacidades de la propia inteligencia, y por eso, la fe es de la inteligencia pero pone en movimiento a la inteligencia; es de la inteligencia porque supone afirmaciones, afirmaciones como decir: “Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre”.

Y estas afirmaciones las tiene nuestra inteligencia con firmeza, como si pudiera ser demostrado, como si estuviera completamente demostrado, y en este sentido, la fe se parece al conocimiento cierto o a lo que Santo Tomás llamaba "la ciencia", porque la fe permite aprehender el objeto con certeza.

Yo no dudo de que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre, eso no lo dudo; pero por otra parte, yo no tengo la demostración ni el experimento completo que me lleve a eso. Desde luego que la razón tampoco puede negar lo que me afirma la fe, de ninguna manera lo niega, pero no lo logra demostrar.

Yo no creo que Cristo es verdadero Dios y hombre por un razonamiento geométrico, filosófico o de otro género. Entonces, cuando yo afirmo algo como que Cristo es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, ahí mi inteligencia goza de certeza, pero no goza del camino hacia esa certeza.

Más bien, esa certeza me pone en camino, ese camino que recorre mi inteligencia hacia el objeto que le ha sido como donado por Dios, ese camino es precisamente el camino de la teología, a la cual, magistralmente llamó San Anselmo, “la fe que quiere entender”, "fides quaerens intellectum", "la fe que quiere entender".

Entonces se ve bien cómo, en la esperanza, el objeto que yo asumo como propio no lo tengo por mis propias fuerzas, lo tengo como un don que me pone en camino hacia una comprensión más perfecta. La fe es un don, un don del Espíritu.

Si yo puedo seguirme sosteniendo en mi objeto, no es por mis fuerzas, ahí está Dios obrando en mí. Puedo casi percibir, puedo casi tocar a Dios obrando en mi alma para que yo pueda creer.

Algo semejante sucede con la esperanza. Si pensamos en lo que significa radicalmente la esperanza, esta confianza puesta en Dios, más allá de lo que ofrece esta tierra y más allá del umbral de la muerte, comprendo que la esperanza es locura a los ojos del mundo; así como la fe sería una elección caprichosa, "usted quiso creer en eso, déjenme a mí creer en otra cosa", así también la esperanza parece locura.

¿Por qué conservar, por ejemplo la fortaleza, la alegría, por qué seguir sembrando gozo y generosidad cuando tantas veces en la vida todo parece gritarnos que no vale la pena, que no vale la pena intentarlo?

Hay como una especie de evidencia de la vida, una triste evidencia de la vida que nos repite en muchos tonos que es inútil tratar de ser bueno, que el esfuerzo no llegará a ninguna parte, que nunca lo podremos conseguir, que nosotros mismos no vamos a cambiar, ni el mundo tampoco va a cambiar, que las cosas siempre serán lo mismo.

No en vano las filosofías paganas o las religiones no cristianas, las religiones que se han apartado del Dios único, son religiones de la repetición, del retorno, de la reencarnación, o de cosas semejantes.

El filósofo, lo único que puede constatar, dentro de sus propios límites, es que hay como una especie de repetición de actos humanos, y que esos actos se repiten y se repiten. ¿Por qué creer que se pueden mejorar las cosas? ¿por qué creer, por qué aceptar, por que confiar?

Esta esperanza tiene su objeto propio en un bien, que ante las evidencias de la vida y de la historia es desmentida, pero yo conservo la esperanza. Como dice la Carta a los Hebreos, haciendo elogio de algunos de estos antiguos: "Esperaron contra toda esperanza como Abraham" Categoría:Hebreos 11, ; y llega a decir la Carta a los Hebreos: "Y el mundo no era digno de ellos" Carta a los Hebreos 11,38.

Desde luego, lo mismo sucede con la caridad. Amar por conveniencia, mejor dicho, hacer negociaciones con el afecto, es comprensible; pero dar, regalar amor, especialmente al enemigo, al que no le interesa, al que no se da cuenta, al que no lo recibe, seguir amando a ése, ocuparse de ése, eso no tiene sentido; y sin embargo, mi corazón no sólo se siente llamado a amar, sino que no puede dejar de amar a estas personas.

El que está en Dios no es sólo que tenga un mandato de amar a los enemigos, por ejemplo; no es sólo que tenga una orden, no es sólo que esté mandado, -este era el régimen de Moisés-, sino que siente que no puede estar dentro del Corazón de Cristo crucificado, no puede situarse ante este Sol de amor y dejar de amar incluso a los que rechazan, incluso a los que no comprenden nuestro amor.

Muchas otras palabras o ejemplos podríamos decir, pero por ahora, que se centre en alabanza nuestro corazón ante la verdad, ante la plenitud de lo teologal en nuestras vidas.

Cada uno tiene dentro de sí la huella de una obra que Dios está construyendo: tienes fe teologal, fe divina y católica; tienes esperanza, esperanza firme, robusta, generosa; tienes caridad, caridad abundante, generosa, universal.

Si encuentras, aunque parezcan sólo las semillas de estas virtudes en ti, Dios está obrando, Dios está haciendo su obra. Sin Él, sin su presencia real y actual en este momento en tu vida, no podrías responder: " Sí, Yo creo, yo espero y yo amo".

Estas son las maravillas que nos abre la predicación de los Apóstoles, estas son las maravillas que concede la efusión del Espíritu en la historia de los hombres.