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El Evangelio de hoy nos presenta una visita de Nuestro Señor Jesucristo a la ciudad de Cafarnaúm, la cual fue muy importante en el ministerio público de Cristo, de hecho en torno a Cafarnaúm nuestro Señor desarrolló la mayor parte de ese ministerio de sanación que encontramos en los Evangelios; así que es una ciudad muy significativa en la historia de Jesús. Esta ciudad queda a orillas del lago de Galilea, también conocido como el lago de Genesaret. En la sinagoga de Cafarnaúm se sitúa el Evangelio que hemos leído hoy, capítulo cuarto de San Lucas, un demonio habla a través de un poseso y las expresiones de este demonio traen una enseñanza para nosotros, porque finalmente todo el que comparece ante Cristo, se ve obligado a mostrar su verdad por la intensidad de la luz que viene de Él, es decir no es que el demonio nos vaya a hacer ningún bien, sino que la luz de Cristo revela algo sobre el actuar del espíritu de las tinieblas, y esa verdad que nos trae Cristo es la que nos interesa en este caso.
El demonio le dice a Jesús: “¿qué quieres de nosotros Jesús Nazareno?, se bien quien eres, el Santo de Dios”; Nuestro Señor Jesucristo interrumpe esas palabras del demonio y le ordena que salga de ese poseso, efectivamente el demonio tiene que retirarse y la gente que estaba en la sinagoga queda asombrada, acaban de presenciar un exorcismo. Podemos aprender de esta escena que es tan fácil de describir, pero que tiene profundidad en su contenido; observemos que el demonio dice: “ se bien quien eres, el Santo de Dios”; por supuesto que si tomamos solamente esas palabras: “eres el Santo de Dios”, las cuales son totalmente ciertas y si aprendemos a decirlas con verdadera fe y gratitud, son palabras hermosísimas, de verdad Jesús es el Santo, el Santo entre nosotros, quien nos santifica. Entonces la pregunta sería: ¿por qué si el demonio estaba diciendo algo que era cierto, Cristo le dice cállate y sal de ahí?; la razón principal es porque el demonio está en una condición que impide su propia conversión.
Entendamos que los demonios son ángeles caídos, los ángeles no tienen la condición temporal nuestra, los seres humanos cuando conocemos necesitamos el tiempo, el transcurrir del tiempo, como bien enseña Santo Tomás de Aquino, nuestro conocimiento es un discurso, un camino, un recorrido; por eso la forma que tiene la inteligencia en nosotros los seres humanos es la racionalidad, nosotros hacemos deducciones, avanzamos paso a paso; los ángeles por el contrario, son seres inmateriales, no están sujetos al transcurrir del tiempo y como ellos no tienen esa condición temporal, su conocimiento no paso a paso; eso quiere decir que cuando un ser humano rechaza a Dios, que es el pecado, en nosotros hay posibilidad de un nuevo conocimiento, de una nueva verdad, de una nueva palabra que nos lleve en algún momento a la conversión, eso es posible en nosotros; en los ángeles esto no es posible porque los ángeles sean buenos o malos conoce todo lo que puede llegar a conocer, lo sabe de una manera intuitiva y como instantánea, por eso también cuando el ángel rechaza a Dios, que esa es la tragedia de los demonios, ya no tienen posibilidad de conversión porque no hay ningún conocimiento nuevo, no hay ninguna palabra nueva, porque no hay ningún llamado que pueda constituir en ellos una nueva etapa, un cambio en su existencia. Así que si no puede darse conversión en los demonios, entendemos que esa palabra, la proclamación de la santidad de Dios, o es una burla o es un llamado a la vanagloria, y en cualquiera de los dos casos por supuesto no tiene sentido el discurso o el lenguaje de ese demonio a través del poseso.
Esto nos enseña a cuidar nuestro camino de conversión y sobre todo que respondamos pronto a Dios, que no demos largas en la respuesta a Dios, porque nosotros sí podemos convertirnos; los demonios congelados en su decisión de rebeldía no tienen posibilidad de cambio, no tienen sentido sus palabras, porque se dan únicamente por su burla o por vanagloria; en nosotros en cambio, si es posible la conversión y decirle un sí resuelto Jesús, para decirle: “yo te acojo, te recibo, tu eres el Señor de mi alma, en ti pongo toda mi esperanza”.