I221001a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19970901

Título: “Cristo viene a rescatarnos de la muerte”

Original en audio: [15 min. 33 seg.]


Hemos escuchado las palabras del profeta Isaías, que Nuestro Señor Jesucristo toma como propias “El Espíritu del Señor está sobre mí, me ha ungido para dar la buena noticia a los pobres” San Lucas 4,18. Este anuncio de gracia, de salvación; esta buena noticia para los pobres, alcanza más allá de las fronteras de la muerte.

Meditando alguna vez en la devoción que siempre tuvo nuestro Padre Santo Domingo, de interceder y de orar por los difuntos, pensaba que tal vez ellos son los más pobres de todos; desde nuestra fe, no cabe duda de que también ellos están vivos, pues como respondió Cristo alguna vez a los saduceos: “Para Dios todos están vivos” San Mateo 22,32.

Pero se trata de una existencia en condiciones de máxima indigencia, de completa pobreza; tanto, que aquellos tesalonicenses se afligían, tal vez como hombres sin esperanza; y por eso San Pablo, en el capítulo IV, de esta Primera Carta a los Tesalonicenses les habla sobre el destino de los difuntos.

Me gusta pensar que una opción por los pobres supone una opción por los difuntos; me gusta pensar que en ellos está como esa imagen viva, habría que decir; siendo ellos difuntos, esa imagen viva de lo que significa no poder nada por sí mismo.

Ellos están en el seno de la tierra, en las manos de Cristo y en las oraciones de la Iglesia con una completa dependencia, porque no hay acto voluntario alguno que pueda cambiar la condición de los difuntos, después de que ha terminado el tiempo de esta vida.

Porque precisamente explica Santo Tomás: “Tener vida para nosotros, los seres humanos, es lo mismo que tener tiempo, y por eso mientras hay vida, es posible reformar la existencia. De aquí podemos sacar tres enseñanzas para nosotros.

Primera, que ya he tenido ocasión de mencionar otras veces: si alguno de los difuntos por los que nosotros oramos, muchas veces hermanos o hermanas de la comunidad; si alguno de ellos pudiera retornar a la vida durante una hora, por ejemplo, estoy seguro de que aprovecharía estos sesenta minutos para actos de profundo arrepentimiento, de intensa oración, de muchísimo amor a Dios.

¿Cuánto se puede hacer en una hora? ¿Cuántos exámenes? Pero sobre todo ¿cuántos actos de confianza en la Sangre Divina de Cristo? ¿Cuántos actos de rendición de nuestra voluntad? ¿Cómo cambiarían las cosas?

Vamos a pensar, por ejemplo, en una monja que durante toda la vida tuvo dificultades, problemas en la vida comunitaria; tuvo tensiones, por ejemplo, con alguna otra religiosa.

Si Dios le concediera una hora a esa monja difunta; ella, en esa única hora que le queda, ¿gastaría siquiera un minuto pensando en sus problemas con la otra monja, sabiendo que le queda tan poquito tiempo? ¿Perdería el tiempo, ese poquito tiempo, discutiendo o aclarando cosas? Porque muchas veces uno cree que uno está es aclarando cosas.

Hay cosas que no hay que aclararlas; hay cosas que hay que dejarlas, y dejarlas pronto; esta religiosa, que vuelve por una hora a la vida, ¿tomaría esa hora para ir a buscar a la otra, e ir allá a aclarar fue que..., que fue..., que es que..., fue que..., que es que usted..., que es que yo? ¿Tendría eso sentido? ¿Haría eso ella sabiendo que después le espera una eternidad, y que esa es su única oportunidad?

Yo estoy seguro de que no haría eso; y por eso, la primera enseñanza, al contemplar la indigencia de los difuntos, es una conciencia viva de lo que significa aprovechar nuestro tiempo.

Si ellos pudieran tener actos de deseo, porque no vamos hablar aquí de santa envidia; si ellos pudieran tener actos de deseo, pues ellos mirarían con ese acto de deseo, o con esa santa envidia, que a veces decimos, mirarían nuestra posibilidad.

Y si alguno de ellos pudiera hablarnos, seguramente nos dirían: “Dichoso tú, que tienes todo un día para arrepentirte; todo un día para reflexionar, para meditar; feliz tú que tienes un día entero para adorar, para agradecer; tú tienes un día para dedicarte hacer actos de fe, actos de esperanza, actos de generosidad, de penitencia, de oblación".

Y esa es la primera enseñanza: ¿cuánto vale nuestro tiempo sobre esta tierra? Cuán valiosa es la vida que Dios nos ha dado, sabiendo que es apenas una rendija entre dos eternidades.

La segunda reflexión que nos hacemos proviene de otro comentario que también hice alguna vez; estando en clase, nos preguntaba el profesor, un sacerdote jesuita, aquí de la universidad, nos preguntaba: "¿Usted cuántos años tiene?" Cada uno respondía haciendo la cuenta a partir de la fecha de nacimiento.

Por ejemplo, el que nació en el 55, entonces sumaba, restaba y decía: “Tengo 35 tengo, tengo 40 años”; y el padre, este jesuita, con una sonrisa decía: “Esos no son los años que tú tienes, o por lo menos tú no los sabes; todos nos extrañábamos, ¿cómo así?"

Para recordarlo en fechas de hoy: si yo nací en el 65, y estamos en el 97, pues tengo 32 años; y él seguía sosteniéndose: "Tú no sabes si esos son los años que tienes". Cuando ya todos estábamos dudando, de si era que se nos había olvidado restar, entonces él dijo el siguiente ejemplo: "Si usted tiene cien mil pesos, y si usted ha gastado setenta mil pesos, entonces, ¿cuántos son los pesos que tiene? Pues treinta mil".

¿Entonces cuáles son los años que uno tiene? Pues los años que uno tiene son los años que puede vivir, los otros ya están vividos, los otros ya están gastados. ¿Cuántos años tiene usted? Esa pregunta es nuestra segunda enseñanza: ¿Cuántos años tiene usted?

Muchos tendríamos que responder con honestidad: "no sé". Tal vez las personas que conocen mejor su edad son los enfermos terminales, a los cuales la ciencia médica les dice: “Usted tiene unos ocho meses”, eso es lo que usted tiene; lo demás, ya se quemó; lo demás, usted ya lo vivió; lo que usted tiene son ocho meses de vida"; y esta pregunta nos hace mirar de otra manera la enfermedad, la vejez.

Y nos hace mirar de otra manera lo que ya hemos vivido. ¿Cuántos son los años que usted tiene? Lo sabe sólo la misericordia de Dios; pero esa conciencia de que sólo tengo el futuro, y que ese futuro en buena parte es incierto, esa conciencia le da humildad y le da responsabilidad al corazón.

Finalmente, pensemos en la caridad; en primer lugar, la caridad de Jesucristo; ese acto maravilloso que San Pablo describe en la Carta a los Tesalonicenses, ese acto por el cual Cristo volverá por los suyos, incluso los ya difuntos; ese acto maravilloso de Cristo, antes de todo, es un acto de amor, un acto de caridad.

La muerte no está sólo al final del camino; esta es otra reflexión que hemos dicho varias veces.

Describámoslo de esta manera; antes de ingresar al convento, una mujer hubiera podido ser, por ejemplo, o monja, lo que escogió, o digamos, una mujer casada; tenía como esos dos caminos, cuando ella escogió ser monja, mató a la casada, ya la casada no va a existir, la mató.

Decía un filosofo que la vida está rodeada por una cantidad de muertos, cada escogencia que uno hace, cierra cientos o miles de posibilidades que no escogió, y que ya no van ser; desde luego, que si esta mujer hubiera escogido casarse, hubiera matado a la monja, yo creo que es un poco más grave matar a una monja.

Pero el hecho es que, con ese lenguaje, decimos que cada cosa que uno elige supone una pequeña o una gran muerte. La muerte no está sólo al final; nosotros a medida que pasa el tiempo, vamos dejando una estela de muertos, una cantidad de posibilidades que no hemos escogido.

¿Qué es lo importante? Que en esa estela, en esa secuencia de muertos, no vaya a quedar el santo que Dios quería; porque Dios quería para mí, Dios me pensó para santo, eso puede causarle risa a alguien, pero no, eso es así, Dios me pensó a mí para santo, y te pensó a ti para santo, para santa, y eso a todos nos pensó así, ¿y qué tal que uno en esas escogencias pequeñas y grandes de cada día, deje por ahí tirado un día a un santo, un santo que hubiera podido ser?

La muerte va acompañando nuestra vida; y Cristo lo sabe, y Cristo viene a rescatarnos de la muerte; no sólo de la muerte de la del final para resucitarnos y llevarnos gloriosos a su reino; no solo de la muerte final.

Dios nos rescata por Jesucristo, su Hijo, de las muertes de cada día; es decir, Dios va realizando su Pascua en cada instante; es decir, Dios va viviendo con nosotros su misterio, para que esa selecciones, esas escogencias que vamos haciendo en cada momento, sean precisamente las que van hacia el sendero de la eternidad, y de la vida, y no las que van hacia las tinieblas y el abismo.

Y este acto por el que Cristo nos rescata de la muerte última, y por el que Cristo nos redime de las muertes del camino, este acto es fundamentalmente un acto de la piedad amorosa de Cristo, por el cual Él se abaja con nosotros, se hace peregrino con nosotros, y nos va rescatando.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, y me ha ungido para dar la buena noticia a los pobres” San Lucas 4,18; la condición humana, dentro de las criaturas racionales, es tal vez la más pobre de todas.

Nosotros sólo tenemos un instante de vida; un instante que se va moviendo; nosotros sólo tenemos un punto de luz, un punto que va atravesando eso que llamamos tiempo; y a nosotros, que tenemos sólo ese punto peregrino, sólo esa rendija móvil de luz, a nosotros nos acompaña la gracia de Cristo con amor.

Esa fue la vida que quiso compartir el Verbo de Dios encarnándose en nuestra historia, por las entrañas de María; y ese acto maravilloso de su amor, unge la pobreza de nuestra vida y la miseria de nuestra muerte, y la levanta hasta el umbral de la gloria. Sólo ese Amor grande podría realizar tal obra, y lo realizó para honor de su misericordia y para salvación nuestra.