I213001a

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Fecha: 19990825

Título: La Palabra de Dios tiene su eficacia si escruta los corazones

Original en audio: [28 min. 13 seg.]


El apóstol San Pablo, nos presenta en este breve texto de la Carta a los Corintios, nos presenta dos maneras de escuchar la predicación, una es escucharla como palabra de hombre y otra es escucharla como palabra de Dios.

Dice al final de este pasaje de la primera Carta a los Tesalonicenses "no cesamos de dar gracias a Dios porque al recibir la palabra de Dios que os predicamos la acogisteis no como palabra de hombre sino cual es en verdad como palabra de Dios que permanece operante en nosotros los creyentes" (1 Tesalonicenses 2, 13).

Y nosotros que tenemos por bondad del Señor la oportunidad de asomarnos a la Sagrada Escritura con tanta frecuencia, preguntémonos hoy sobre cual es la diferencia entre esa palabra de hombre y la palabra de Dios; y preguntémonos también en cual es la diferencia de escuchar la predicación como palabra de hombre o como palabra de Dios.

Porque fíjate una cosa, existe la palabra del hombre y existe la palabra de Dios, pero a veces escuchamos la palabra de hombre como si fuera palabra de Dios y a veces escuchamos la palabra de Dios como si fuera palabra de hombre.

Escuchamos la palabra del hombre como si fuera palabra de Dios cuando encomendamos el rumbo ultimo de nuestra vida, de nuestro destino, cuando nos entregamos a una persona y hacemos de esa persona nuestra razón de ser, es decir, cuando convertimos a una persona en un ídolo para nosotros, en nuestra puerta, en nuestra única felicidad, en nuestro único desenlace, en nuestra única realización.

Estos días precisamente, por ese ministerio de consejería y atender a distintas personas, estos días si que me he preguntado yo, por qué parce tan esquiva la felicidad en esta tierra y me he dado cuenta de que muchas personas, que carecen de muchas cosas, son mas felices que otras personas que no tienen esas carencias.

Me he dado cuenta de que la felicidad es una historia como de no acabar en la vida de las personas. El que tiene salud no es feliz porque le falta trabajo, el que tiene trabajo no es feliz porque quisiera tener mas dinero, el que tiene dinero no es feliz porque le falta un amor, un afecto, el que tiene amor no es feliz porque un recuerdo le persigue.

Y así he visto que la felicidad parece ser escurridiza, esquiva, huidiza, muchas veces durante un mismo día me he encontrado con personas que tienen la una lo que la otra quisiera.

Personas que por ejemplo solteras que quisieran estar casadas; pero después de atender a esa persona soltera que sufre y clama por la pareja llega una casada que no haya como deshacerse de la pareja, no haya como salir de su pareja.

Unos que sufren porque no quieren tener hijos y otros que sufren por los hijos que tienen. Es muy difícil encontrar personas felices, es muy difícil. Llevamos muchas cuenta de lo que perdimos y de lo que nos hace falta y eso lo escribimos en piedra, en bronce, en mármol.

En cambio, lo que tenemos y lo que no se nos debía y lo que le hace falta a otras personas, eso está escrito en el agua, en la arena y en el aire, eso se nos olvida pronto y ponemos nuestra felicidad en personas humanas y en esa medida escuchamos la palabra del hombre como palabra de Dios, sobre todo en el terreno de los afectos, si que es verdad esto.

Es increíble la contradicción, la humillación que soportan las personas con tal de sentir un poquito de amor, contradicción con sus principios, humillación de su autoestima. Para mi tengo que la persona que siente en su corazón lo que decía una vez un empleado que tenía en este convento- padre yo me caso, me caso porque me caso así me muera yo de eso -.

Yo he visto que la persona que habla así ya está idolatrando al ser humano, no conoce todavía a esa señora que será todo dulzura claro, pero ya la tiene idolatrada, porque ya tiene puesta en ella toda su felicidad y toda su vida.

Y a la gente a la que no le llega la pareja renuncian a ser felices, no se dan permiso de ser felices, porque mientras quede todavía algún vagón del tren todavía no se ha perdido la esperanza y se sigue apostando a esa carta y se sigue esperando eso y como quien dice, si no llega eso no hay felicidad.

Yo he visto entonces que cuando nosotros hacemos depender nuestra felicidad, nuestra realización, el sentido de la vida de que llegue tal o cual persona, a veces con nombre propio, ahí estamos tomando el amor de esa persona y la palabra de esa persona como si fuera el amor de Dios y como si fuera la palabra de Dios.

Por eso, para que se cumpla en nosotros lo que hemos oído hoy de la Carta a los Tesalonicenses, es necesario escuchar la palabra de Dios como lo que es, como palabra de Dios y no otorgarle a ninguna criatura potestad sobre nosotros como la que tiene Dios.

Por eso, primera enseñanza en esta reflexión que nos hacemos ¿Qué puedo hacer yo para escuchar la palabra de Dios como palabra de Dios? Respuesta, lo primero que hay que hacer es saber que ninguna palabra humana, que ninguna circunstancia humana, que ninguna opinión humana, puede ser la determinante de mi vida, mi vida tiene dueño y el dueño de mi vida es Dios.

Este es el único comienzo para la paz, este es el único comienzo para la serenidad, para la alegría, para empezar a amar, porque la persona que está esperando que le llegue el amor de su vida o esperando que se le resuelvan sus problemas laborales o esperando, que un chancecito que compre la semana pasada, que yo cada vez me acerco mas, dicen los viciosos del juego.

La persona que tiene su felicidad endosada, encadenada, enganchada a la opinión, al querer, a las circunstancias de esta tierra, esa persona no puede tener felicidad, no puede tener paz y no puede dar amor ¿Por qué? Porque siente que la vida está en deuda con ella.

Es gracioso, pero doloroso hablar con una persona de estas, usted le dice bueno - y usted podría por ejemplo que se yo ayudar, hay tantos enfermos...- ¡enfermo yo que no llega el amor de mi alma! - hay tantos pobres - ¿as pobre que yo que no tengo nadie que me quiera?- hay unos ancianos... - la vida me ha envejecido porque nadie me ama - los niños desprotegidos... - como yo que soy como un niño desvalido que no hay nadie que me proteja -.

De manera que estas personas no tienen mas amor sino para sí mismas, porque como sienten que son los que sufren y como sienten que la vida les debe todo, porque la vida no les ha dado lo que están pidiendo, como la vida no les ha dado eso, entonces la vida está en deuda con ellos.

Una persona así no puede oír la palabra de Dios o va a mirar la palabra de Dios como palabra de hombre o la va a mirar como una palabra que entra en competencia, entra a competir con los intereses de el y esta es la persona que no escucha la palabra de Dios para ser juzgado por la palabra de Dios, sino que escucha la palabra de Dios para juzgarla, esa es la petulancia del mundo contemporáneo.

Dice Dios, que por ejemplo en el matrimonio "que lo que ha unido Dios que no lo separe el hombre" (San Mateo 19 6) la persona que tiene su corazón atado, amarrado, encadenado a que yo tengo que ser feliz a como sea y yo se que mi lugar es este y yo se que mi camino es este y yo se que esto será así, la persona que tiene esas ideas en la cabeza, cuando le llega eso que el matrimonio es para toda la vida, que esa es una de las contradicciones del mundo contemporáneo, se quiere un amor eterno, pero que no sea para toda la vida ¿Qué tal un amor eterno; pero que no sea para toda la vida?

Entonces una persona que esté obsesionada con su estilo de felicidad, llega Dios y le dice "mire, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre" No, no, eso es imposible, eso es anticuado, eso quedó atrasado, eso no se puede, la persona no oye la palabra de Dios, la juzga, y el que juzga la palabra de Dios no recibe la eficacia de la palabra de Dios, porque es ella la que tiene que escrutar nuestros corazones no nosotros juzgar a la Palabra.

Así llegamos a la conclusión de que la primera condición para oír la palabra de Dios como lo que es, como palabra de Dios, es hacerse interiormente esta reflexión: a mi todo me puede fallar la salud me puede fallar, los amigos me pueden fallar, los afectos humanos me pueden fallar, los sacerdotes me pueden decepcionar, la Iglesia me puede herir.

Todos me pueden traicionar, mi felicidad, la fuente de mi felicidad, la fuente de mi alegría la tengo puesta en ti Señor, ese si va a escuchar la palabra de Dios, ese si va a oír verdaderamente la palabra de Dios, porque está reconociendo a Dios como su Señor.

La lectura de hoy, además nos ayuda a encontrar otro criterio que además es importante, dice: "acogisteis nuestra palabra que predicamos no como palabra de hombre sino cual es en verdad como palabra de Dios que permanece operante en vosotros los creyentes" ( 1 Tesalonisenses 2, 13).

Esta es una característica que tiene la palabra de Dios, "que permanece operante en vosotros los creyentes" esto me hace recordar un mensaje que le daba el Señor Dios a Santa Catalina de Siena, refiriéndose a la eucaristía, le decía: "una vez que el sacramento es recibido, una vez que se consume la especie eucarística, no desaparece su eficacia" y decía: "es lo mismo que un sello que se pone sobre cera caliente, aunque se levante el sello, la imagen queda ahí impresa".

Cristo, después de que comulgamos, Cristo está vivo en nosotros y ejerce su acción en nosotros, algo parecido es la escucha de la palabra de Dios. Escuchar la palabra de Dios es como comulgar, así como dice san Pablo: "la Palabra permanece operante entre vosotros"(1Tesalonicenses 2,13).

Así nosotros decimos, escuchar la Palabra es semejante a comulgar, y por consiguiente, podemos educarnos en la escucha de la palabra de Dios tomando las actitudes propias del que comulga, esta es una idea muy hermosa que San Agustín desarrolló en su momento, y de aquí vamos a sacar otras enseñanzas para nosotros.

Nosotros cuando comulgamos, en general, en el pueblo católico, somos delicados, somos respetuosos con la eucaristía, ¿Como nos preparamos? Normalmente, si la persona tiene conciencia de pecado grave no comulga, esto sucede en nuestro pueblo, hay otros países y otros lugares en donde toda la Iglesia comulga, adúlteros y todo el mundo comulga, ofensa eucarística desde luego, en muchos casos profanación eucarística, pero normalmente en nuestro pueblo no sucede así sino que mas bien, si tenemos conciencia de pecado, procuramos confesarnos antes de comulgar.

Cuando vayas a escuchar la palabra de Dios es necesario que hagas arrepentimiento de tus pecados, ese acto de arrepentimiento del pecado, cuando leemos la Biblia por ejemplo, o cuando escuchamos una predicación bíblica, ese acto de arrepentimiento y a veces incluso la misma confesión, hace que el corazón tenga la humildad y la receptividad, un corazón altanero le va a pasar lo que dijimos hace unos minutos, va a entrar a juzgar la palabra de Dios.

-Ah pero eso que dice... - la persona que está replicando a todo lo que se le está diciendo, se parece a lo que cuentan los Hechos de los Apóstoles de algunos judíos, cuando Pablo, tal vez de los mas grandes predicadores de todos los tiempos, les iba a argüir sobre que Jesús era el mesías prometido en las escrituras, respondían, dice, a nuestras palabras con insultos, desde luego una persona así no puede escuchar la Palabra.

Es necesario un corazón arrepentido, es necesario un corazón humilde, si quieres recibir la palabra de Dios como palabra de Dios necesitas un corazón humilde y arrepentido.

¿Qué más hacemos nosotros cuando vamos a comulgar? Pues tenemos una conciencia muy clara y es, que nosotros no podemos darnos a nosotros mismos la eucaristía, en primer lugar esto significa que no basta con coger el pan y decir - bueno esto es cuerpo de Cristo y entonces ya me lo como y comulgué -.

Además, el sacerdote que es el encargado por el espíritu y por la Iglesia de confeccionar este sacramento, el sacerdote tampoco lo hace por su poder, no hay nada en mí que tenga el mérito ni la fuerza ni la sabiduría para realizar el sacramento, el primero que recibe el sacramento por regalo soy yo mismo.

Recibimos la eucaristía como un regalo, como algo que nosotros no podemos hacer, así también nosotros necesitamos acoger la Palabra divina, también así.

Esta es la palabra, hemos de pensar, esta es la Palabra que yo no me puedo dar, esta es la palabra que yo no puedo crear, esta es la palabra que el Señor me ha querido regalar.

Recibir la eucaristía es recibir un regalo, recibir la palabra de Dios es recibir un regalo y los regalos se reciben con gratitud, se reciben con agradecimiento y por eso, siguiente actitud, siguiente característica para acoger la Palabra es, agradecer.

Cuantos de nosotros tenemos ese corazón para agradecer, se acaba de proclamar la Palabra, en cuantos de nosotros surge gratitud por ese regalo.

Jesús alguna vez corrigió a sus Apóstoles y les dijo: "dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen cuantos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis y oír lo que vosotros oís y no lo vieron, no lo oyeron" ( San Mateo 13,16 ).

Si uno conserva esas palabras de Jesucristo en el alma, uno recibe la predicación y recibe la Palabra con agradecimiento, es un regalo.

Cuantos profetas quisieron escuchar esta noticia del evangelio, cuantos reyes y profetas quisieron y nunca pudieron ver, tener tan cerca a nuestro Señor, como El se ofrece, particularmente en el sacrificio eucarístico.

Ellos lo anhelaron y no lo tuvieron, nosotros lo tuvimos sin anhelarlo y por eso no lo agradecemos y un corazón desagradecido es un corazón que no aprecia.

Si a uno le dan un regalo y uno ni lo voltea a mirar y no lo aprecia, es probable que lo bote que lo tire, que lo mal venda, precisamente por eso, porque no sabe el precio que tiene.

Agradecer es la manera de abrir los ojos del corazón para reconocer el precio de lo que se nos está dando.

Mira entonces lo que llevamos, primero, para acoger la palabra de Dios es necesario saber que todo puede fallarnos, todo, pero Dios es el dueño de nuestra vida, El es el Señor de nuestra existencia.

Luego, la palabra de Dios permanece viva y operante entre nosotros, como la eucaristía y por eso, así como nos arrepentimos de nuestros pecados para recibir la eucaristía, así también nos humillamos antes de escuchar la Palabra.

Así como agradecemos la eucaristía y entendemos que es un regalo que no merecemos, así también agradecemos la Palabra, precisamente para que nuestro corazón aprenda a apreciarla.

Pero todavía hay otro aspecto que podemos mencionar, resulta que cuando nosotros vamos a comulgar somos muy cuidadosos, cuando recibimos la eucaristía somos muy cuidadosos con las partículas.

Procuramos que ninguna partecita de la hostia consagrada vaya a caer por tierra. Decía san Agustín, así también debíamos obrar con la Palabra divina.

Vamos a pensar que la Palabra que se nos ofrece es como la hostia y vamos a pensar que aquella parte de la Palabra que nosotros realmente comulgamos, es la parte a la que le prestamos atención. La parte que meditamos, la parte que interiorizamos, la parte que queremos aplicar en nuestra vida esa es la parte con la que verdaderamente comulgamos.

Que pasaría si nos fueran a dar la eucaristía, la hostia consagrada, y nosotros dijéramos: - esta muy grande esta hostia yo solo quiero este pedacito, lo demás quédese con eso padre - creemos que eso rayaría en el sacrilegio, en la profanación, se te da la hostia entera ahí está todo Cristo, su carne, su Sangre, su alma, su divinidad.

Si uno aplicara verdaderamente esto a la Palabra divina, pues uno recorrería con el pensamiento, cada una de las lecturas, que es lo que se me dice, por qué se me dice, que puedo aplicar en mi vida, de esta hostia inmensa que es la Palabra que se nos predica, que se nos ofrece, a veces comulgamos demasiado pocos y dejamos que lo demás caiga al piso.

La Palabra que se predica aquí y que no se la lleva nuestros corazones ¿Para quién fue? Para las sillas, para las paredes, para el techo, para el piso, pero el piso no sabe comulgar, así como el piso tampoco tiene como recibir esta palabra.

Las sillas y las paredes no tienen el don de recibir la hostia ni tienen en donde recibir el sentido de la Palabra, así también nosotros hemos de pensar, cuando queremos recibir la palabra de Dios como lo que es, como palabra de Dios, hemos de pensar que ni una partecita se pierda.

Desde luego, las lecturas son extensas a veces, son lejanas a veces, son difíciles a veces, eso es verdad, pero así como a uno, aunque comulgare todos los días tiene siempre el llamado a comulgar cada vez mejor, así también uno, comulgando con la Palabra todos los días, ha de tener hambre, apetito, anhelo de comulgar cada vez mejor.

Obviamente si yo comulgo y después mi vida no corresponde a lo que he comulgado, en cierto modo desprecié el sacramento no lo dejé vivir en mi. Dice San Pablo "la palabra de Dios es operante" no la dejé operar, no la dejé vivir en mi.

En ese sentido, desprecié a la eucaristía, aunque no haya dejado caer ni una partícula de la hostia, desprecié a la eucaristía si no la dejé vivir, si no la dejé reinar en mi vida. Pero ese desprecio, fruto de la fragilidad humana, fruto de que somos tentados, fruto de tantas cosas, no es un sacrilegio sino es el camino en el que está el pueblo cristiano, precisamente que cae pero se levanta.

Lo mismo debemos pensar nosotros con respecto a la Palabra, el ideal es comerse toda la Palabra, el ideal es que no se pierda nada, ni el detalle de ninguna de las lecturas, ese es el ideal.

Sabemos que ese ideal supera nuestras capacidades completamente, así como supera nuestra capacidad, ser perfectos comulgantes de la hostia, porque el que fuera perfecto comulgante de la hostia, de ahí en adelante no debería de cometer el más mínimo pecado, imagínate, teniendo a Cristo reinando en su alma.

Pero así como no podemos ser perfectos comulgantes de la hostia y sin embargo procuramos cada vez comulgar mejor, así también, aunque no podamos agotar el sentido de las lecturas, tenemos que movernos a nosotros mismos y tenemos que animarnos a nosotros mismos a escuchar cada vez con mas atención, a recibir cada vez con mejor entendimiento a aplicar cada vez con mayor voluntad todo lo que el Señor nos regala, todo lo que El nos ofrece con su Palabra, de esta manera, verdaderamente estaremos acogiendo la palabra de Dios como lo que es, como palabra de Dios.

Su eficacia, la eficacia de esta Palabra es máxima cuando nosotros realizamos, cuando nosotros celebramos los sacramentos. Nunca es tan eficaz la palabra de Dios como cuando celebramos la eucaristía.

Notemos que las palabras que dice el sacerdote cuando se consagra el pan y el vino son palabras tomadas precisamente de la Escritura, tomamos una palabra de la Escritura que dice, "tomad y comed que este es mi cuerpo" (San Mateo 26, 26-29) y lo decimos y se realiza, se hace, sucede.

Esto nos está indicando que en la Iglesia, la máxima eficacia de la Palabra está en la celebración del sacramento, es en el sacramento y sobre todo en el sacramento de la eucaristía donde la Palabra alcanza su plenitud, sobre todo ahí en la eucaristía, lo mismo debemos pensar entonces de nosotros que escuchamos la Palabra.

Así como esta Palabra transforma el pan en el cuerpo de Cristo por virtud del Espíritu y de la unción sacerdotal en la Iglesia, así también hemos de pensar que nuestra escucha de la Palabra nos haga cada vez semejantes a aquello que celebramos en la eucaristía, es decir, escuchamos la Palabra para ser cada vez mas hostias que son consagradas por esa Palabra y que se transforman también en ellas en Cuerpo y en Sangre de nuestro Señor.