I212005a

De Wiki de FrayNelson
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El Evangelio de hoy está tomado del capítulo 23 de San Mateo. Hay que reconocer que el final del Evangelio contiene una gran cantidad de discusiones, reyertas verbales, y finalmente esa tensión va a conducir hacia la Pasión de Cristo.

Les invito por un momento a que examinemos lo que es el ministerio público de Cristo; Él recibe el bautismo de Juan, señal del arrepentimiento del pueblo de Dios, que busca rehacer alianza con su Señor; después va al desierto, y después vuelve del desierto.

Lo primero que caracteriza el ministerio de Cristo, es la alegría, es el entusiasmo de las multitudes, por una multitud también de milagros, de prodigios, de exorcismos que van a acompañar el ministerio de Cristo. Pero ese entusiasmo es engañoso, esos aplausos en realidad están vacíos, y si hay que decir algo de Cristo, es que Él desde el principio, muestra una gran desconfianza hacia ese tipo de reconocimientos, hacia ese entusiasmo y ese fervor, que en el fondo no tiene alma, no tiene constancia.

Si seguimos el recorrido de la misión de Cristo, van surgiendo cada vez más los oponentes, los adversarios, la figura de los fariseos, los escribas, los herodianos, los saduceos; esas figuras oscuras, figuras de aquellos que sentían que tenían una gran preponderancia, un gran lugar dentro del pueblo, y que se sienten desplazados y amenazados por la sencilla y pura santidad de Cristo. Estos se convierten en adversarios muy visibles, adversarios que de una o de otra forma quieren desacreditarlo, le tienden trampas, le hacen preguntas capciosas, intentan de muchos modos que Cristo caiga.

Esa tensión va creciendo a lo largo de los Evangelios, y nos damos cuenta que hacia el final, lo que hay en realidad, es una gran batalla, una batalla espiritual. Esa batalla tiene su culminación en la Cruz, porque al final caen todas las máscaras, y al final se ve con claridad que detrás de todos esos títeres, es el demonio mismo, es satanás en persona, quien intenta frenar la obra de Cristo, quien intenta desconectarlo de la voluntad del Padre.

Entonces, el combate final es la Cruz; y en la Cruz el Señor se muestra absolutamente fiel a la voluntad del Padre, unido completamente al Padre en oración; y fiel también en su misericordia, en su compasión hacia nosotros. El combate de la Cruz, parece dejar a Cristo como perdedor, pero la entrega de su vida, con tanta generosidad, por cumplir la voluntad del Padre y por darnos redención a nosotros, es una victoria, de hecho es la “gran” victoria.

De modo que mayor que todos los milagros, es el milagro de la Cruz; mayor que todos los exorcismos, es el exorcismo de la Cruz; según aquello que dijo el Señor, momentos antes de padecer: “Ahora va a ser juzgado el príncipe de este mundo” (Jn 12, 31). La Cruz es el gran exorcismo, la gran liberación, el gran prodigio, y también el gran discurso. Por algo nos encontramos, que casi una tercera parte del evangelio según San Juan, está dedicada únicamente a la última cena y a la pasión, es decir, que ahí está el centro del mensaje, porque esa es la gran batalla.

Yo creo que la disputa que aparece en el evangelio de hoy, entre los fariseos y Cristo, hay que situarla dentro de todo este arco que hemos descrito; cómo Cristo empieza manifestando la bondad de Dios con gran sencillez, con palabras llenas de elocuencia y de sapiencia; viene el entusiasmo de las multitudes, pero ya lo dijimos, un entusiasmo vano; y después de eso van surgiendo estos distintos opositores, y detrás de esos opositores finalmente tiene que mostrarse el enemigo malo; viene el gran combate que es la Cruz, pero también en la Cruz viene la gran victoria; y esa gran victoria es la que queda perfectamente clara en el momento de la resurrección, y en el testimonio de los apóstoles.

¡Qué bueno recordar este esquema!, ¡qué bueno recordar el camino que hizo Nuestro Señor, para que llegáramos a ser su pueblo y ovejas de su rebaño!