I212002a
Fecha: 20090825
Título: Un buen plan de vida para un cristiano es ser bueno por dentro, es decir, cuando nadie lo note
Original en audio: [23 min. 20 seg.]
Estos días tenemos a Jesús regañando a los fariseos, a los letrados, y la pregunta que nos hacemos es qué podemos aprender nosotros de esos regaños.
A veces los único que uno ve en un regaño es que la persona que está hablando está disgustada, está brava, pero en el caso de Jesús ese disgusto trae para nosotros no solamente dolor sino sobre todo amor. Es decir, sólo cuando descubrimos el amor que produce estas palabras, percibimos plenamente su significado.
Es algo parecido a lo que sucede en aquella escena del Génesis, cuando Dios también aparece disgustado y regaña fuertemente a nuestros primeros padres y los expulsa del paraíso. Uno puede quedarse solamente con el disgusto, y decir: "¡Uuy, se puso bravo Dios!" Pero eso sería quedarse con poco.
Cuando aparece en la Primera Carta de Juan que "Dios es amor" 1 Juan 3,8, eso significa entre otras cosas que Dios no sabe actuar sino con amor, y eso significa que sólo conocemos el actuar de Dios cuando reconocemos el amor que está detrás de cada cosa que sucede.
Por ejemplo, en nuestra propia vida, cuando sucede un accidente, o cuando un amigo nos traiciona, o cuando las cosas salen al contrario de lo que esperábamos, uno presiente que está la mano de Dios ahí, pero uno sólo puede conocer que ahí está Dios cuando encuentra el paso de su amor.
¿Cuál es el amor que está detrás de este accidente? ¿Cuál es el amor que está detrás de este regaño? ¿Cuál es el amor que está detrás de esta contradicción? Sólo cuando encontramos ese amor que sirvió de fuente a lo que sucedió o a lo que escuchamos, solamente ahí hemos reconocido el paso de Dios.
Así que aquí tenemos que preguntarnos, no principalmente: "¿Qué fue lo que le disgustó a Cristo? ¡Se puso bravo! ¡Estaba fúrico!" No, no sirve. Como enseñanza es muy pobre saber qué es lo que le disgustó.
Además no es difícil saber qué es lo que le disgustó, pues le disgustó la falsedad, le disgustó la hipocresía de esta gente. Pero ¿cuál es el amor que está ahí? Jesús está amando cuando está regañando, así nos dice la Carta a los Hebreos: Dios solamente corrige a los que ama" Carta a los Hebreos 12,6.
Y si uno no llega hasta ese nivel de cuál es el amor que está implicado en el regaño, entonces uno queda gobernado por el temor. Eso también nos lo explica la Primera Carta de San Juan: uno vive en el temor y sólo sale del temor cuando llega el amor. "El amor echa fuera el temor" San Juan 4,18, nos dice la Primera Carta de Juan.
Entonces, la persona que no ha descubierto el amor que está detrás del regaño, o el amor que está detrás del accidente, o la traición, o el problema, o la contradicción, esa persona está condenada a vivir en el temor.
Pensemos en el caso de un novicio, de una novicia. Es una tentación muy frecuente en novicios, y novicias vivir en el temor, es decir, vivir con los ojos así esperando a ver qué cara hace la maestra: "¡uy, se disgustó", "¡ay, me equivoqué otra vez!"
Pero claro, al estar todo el tiempo pendiente de que "no se disguste", no sabe qué hacer. Aprende qué no hacer, pero no aprende qué hacer. Entonces, vive como esclavae Esclava ¿de qué? Del miedo, ¿miedo a qué? A disgustar. Así no se forma una religiosa.
Entonces ¿cómo se forma? Por supuesto que tiene que darse cuenta de que hay cosas de ella que pueden disgustar, pero tiene que ir más allá del disgusto, tiene que descubrir: "Bueno, ¿y cuál es el amor que inspira esta clase de vida?" Porque la gente, se supone que no empezó a hacer monasterios o a reunirse en comunidad simplemente por miedo.
Así que el primer punto el día de hoy es: hay que descubrir el amor. El amor detrás del disgusto, el amor detrás de la rabia, la desaprobación o el regaño.
Jesús mismo nos da una pista: Descuidáis lo más grave de la Ley: el derecho, la compasión y la sinceridad" San Mateo 23,23. Jesús quiere para estos fariseos, y seguramente, también para nosotros, que estas tres lámparas estén siempre encendidas.
Y yo creo que uno por estar mirando la cara de bravo, "se puso bravo", no oye lo suficiente. Resulta que estas tres lámparas son importantísimas. El derecho, la compasión y la sinceridad son una guía poderosa para la vida.
El derecho se refiere a: qué es lo que es justo; la compasión se refiere a: qué voy hacer cuando no se alcanza la medida de lo justo; y la sinceridad se refiere a: ¿cómo voy a reconocer la diferencia entre una cosa y la otra.
Es decir que en este regaño Jesús nos está invitando a asumir todo un plan de vida. Un plan que consiste en lo siguiente: reconocer qué es lo justo, reconocer qué hacer cuando no se da lo justo y reconocer la diferencia, es decir, tener esa claridad para la propia vida y para la vida de los otros para no engañarse.
Porque uno se puede engañar en cuanto a lo justo, y uno se puede engañar en cuanto a lo compasivo, por eso se necesita de estas tres lámparas, la más importante será la sinceridad, que brille la verdad, para que uno no se engañe en cuanto a lo justo, y para que uno no se engañe en cuanto a lo compasivo.
A ver si puedo explicarme, con la ayuda de Dios. ¿Qué es engañarse en cuanto a lo justo? Es cambiar la medida para que se acomode al gusto de uno. Y resulta que no, lo justo es lo que debe ser.
Cuando éramos novicios el Padre maestro nos decía con alguna frecuencia: "El que no vive como piensa, luego piensa como vive", eso es cambiar la medida de lo justo. Uno primero intenta vivir como piensa, es decir, alcanzar un ideal; pero pasan los años, uno descubre que el ideal está muy difícil, entonces ya uno cambia, y ya empieza es a cambiar el ideal para acomodarlo a la mediocridad de uno.
Eso es cambiar lo justo, y eso es perder la sinceridad. El ideal es el ideal, y la santidad es la santidad, y la perfección es la perfección. Y el hecho de que uno sea un mediocre de siete suelas, o de ocho suelas, o las suelas que sean, no quita que uno ha fallado. Entonces se necesita una sinceridad, se necesita una claridad para reconocer lo que es justo y para no cambiarlo; sobre todo, no cambiarlo dentro de uno mismo, pero tampoco cambiarlo en comunidad.
Pero uno también se puede equivocar en cuanto a lo compasivo, y en esto hay muchos modos de equivocación. Por ejemplo, uno es muy compasivo con las personas que le caen bien, y en cambio a las demás sí le aplica la ley; a los otros, a los que no son del círculo de las propias simpatías, ahí si les cae uno con todo el peso.
Ese es un modo de equivocarse en la compasión porque la compasión, porque la compasión, que por supuesto, es hija de la misericordia divina, no atiende en primer lugar ni al propio provecho, ni a la propia complacencia, ni a la propia simpatía. Porque una compasión que mira a cómo me cae la gente a mí, no es verdadera compasión sobre la otra persona, sino en el fondo es un acto de amor a mí mismo, es un homenaje a mi propia complacencia.
Lo grandioso de la misericordia es que es un derroche indebido, un derroche inmerecido. Es un amor que acontece donde no tendría razón para suceder. Entonces, si nosotros vamos a practicar la compasión, pero sólo tenemos compasión con unos; en realidad no estamos viviendo la compasión.
La verdadera compasión brilla más donde se espera menos que suceda. Donde estaría menos merecida, donde habría menos razones para amar, ahí, es donde mayor amor aparece con la misericordia.
Por eso Jesús en tres palabras nos da un plan de vida: el derecho, la compasión y la sinceridad. Y esa podría ser una segunda enseñanza de hoy. La primera es: no se quede mirando la mala cara que hizo Jesús: "¡Se disgustó! ¡Uuy!" Hay que ir más allá: cuál es el amor que le mueve.
Segunda enseñanza el plan de vida este. Y tomemos una última enseñanza, la tercera de la última frase: "fariseo ciego, limpia primero la copa por dentro, y así quedará limpia también por fuera" San Mateo 23,26. Eso no funciona mucho en la cocina, pero en la vida sí que funciona.
"Limpia primero por dentro, y verás que queda limpio también por fuera" San Mateo 23,26. Esa frase es como una flecha, una flecha que indica un modo de actuar, evidentemente, de adentro hacia afuera.
La misma idea nos la dice Cristo en otras ocasiones, por ejemplo: cuando habla de que "no es lo que viene de fuera lo que hace impuro al hombre, sino lo que sale de su corazón" San Marcos 7,14. Entonces, podemos interpretar esta frase, a la luz de esa otra enseñanza, como una invitación a tener un corazón puro, sencillo, bueno.
Ser bueno por dentro. Ese es otro ideal. Ser bueno por dentro es todo un plan de vida también. Es asombrosa la sabiduría de Cristo, en cuatro frases nos describe cómo vivir. Uno podría, y debería, salir de esta celebración Eucarística con un plan tan sencillo como ese: voy a ser bueno por dentro. Por dentro es en el corazón. Por dentro es cuando nadie me mira. Voy a ser bueno ahí.
Y esto parece que tiene relación con aquello del temor y el amor, porque la persona que vive en el temor vive afuera: "¡La cara! ¡Se puso brava!", está allá afuera. Vive en la cara de la maestra, de la priora, vive allá en la cara, vive afuera.
En cambio, en esta purificación interior, Jesús nos llama a algo distinto, ¿y qué pasa cuando no hay nada afuera?: "Voy a ser bueno; voy a ser bueno cuando me miran, cuando no me miran; voy a ser bueno en lo escondido, así lo describe el Sermón de la Montaña. De nuevo la misma idea: Jesús nos dice que obremos el bien en lo escondido, "y tu Padre que ve en lo escondido te lo pagará" San Mateo 6,4
"Voy a ser un bien que nadie note". Esa es una revolución santa en un monasterio. "Voy a empezar hacer bienes que nadie note, bienes que nadie agradezca, bienes que nadie aplauda. Voy hacer un bien que sólo Dios lo sepa". Eso es algo bellísimo; y ése, a mi parecer, es el verdadero sentido de la clausura: "Voy hacer un bien que nadie note".
Claro, Uno ve que en la clausura, pues las monjitas quedan escondidas de la mirada del mundo, del aplauso del mundo, del reconocimiento del mundo; pero eso todavía es muy externo y es muy material.
Debe haber algo más profundo aquí. Se trata no solamente de levantar una muralla y decir: "Allá queda el mundo y aquí quedamos nosotras"; se trata de una espiritualidad que se basa en esto: limpiar la copa por dentro, purificar el corazón, vivir en la presencia de Dios, hacer un bien que nadie note.
Cuando uno logra hacer un bien sin que nadie lo note, y luego duerme tranquilo, es decir, sin estallarse por contárselo a alguien, yo creo que ahí ha habido un avance. Hacer un bien que sólo Dios sepa, y de esos bienes hay muchos.
Nos dice Santa Catalina de Siena, a la que hay que procurar citar con frecuencia, que la primera obra de caridad es la intercesión. Mucho antes de tratar de ser simpático para la otra persona, de caerle bien, o de hablarle; mucho antes de que incluso esa persona nos mire, hay un primer acto de amor que es desearle el bien en el nombre de Cristo y orar por ella. Sin que nadie lo note, sin que nadie lo sepa, sin que nadie lo agradezca.
Cuando uno va aprendiendo hacer algunos de estos actos, la bondad va encontrando una casa dentro de uno; porque la bondad es una señorita muy tímida, y se ruboriza fácilmente cuando hay tanto aplauso, cuando hay tanto reconocimiento se va, y entran entonces una serie de farsantes, todas ellas con el mismo vestido, el vestido de la hipocresía.
Voy a ser bueno por dentro. Voy a ser bueno cuando nadie lo nota, cuando a nadie le interesa. Me acuerdo de una monjita que me dice: Padre, yo tendría que decirle tantas cosas, pero Dios me manda que calle". Yo me quedé al fin sin saberlo. Hay mérito, no hay mérito en eso, difícil saberlo, porque claro, a mí me quedó la impresión de que ella necesitaba que se supiera, que ella trataba de que no se supiera.
Observa esa frase: ella necesitaba que se supiera, que estaba tratando que no se supiera, ¿ve? La mente humana se retuerce, en cambio la bondad es simple, es sencilla.
Decían de Santo Domingo: "Sin doblez en su intención". Ser bueno, y ya. Ser bueno en el corazón, en la intención, en lo escondido. Ser bueno ante Dios. Ser bueno a solas. Ser bueno en la clausura.
Eso quiere Jesús de nosotros, y a eso nos invita hoy.
Amén.