I194002a

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Fecha: 20030814

Título: Si nos congregamos en el Nombre de Dios, El no nos dejara naufragar sobre las aguas

Original en audio: [38 min. 07 seg.]


Queridos Hermanos:

La primera lectura nos presenta la fuerza de la Alianza con Dios. Los israelitas habían hecho un largo camino; saliendo de Egipto, guiados por la mano de Moisés, habían atravesado un largo desierto y ahora tenían que entrar en la Tierra Prometida.

Quedaba un último obstáculo: las aguas del río Jordán. Y llegaron hasta la orilla del río Jordán, esta vez los guiaba Josué, y a las orillas del río Jordán, Josué recibe una inspiración que viene a renovar el milagro que sucedió a la salida de Egipto.

A la salida de Egipto, como recordamos, el Faraón salió a perseguir a los hebreos y entonces Moisés, golpeando con el bastón las aguas, las dividió de manera que los israelitas pudieron pasar.

Cuando llegaron los carros del Faraón, carros de ruedas pesadas, desde luego, se enfangaron, se atascaron en el fondo del río; los israelitas eran livianos y pudieron pasar por el barro, mientras que los egipcios se atascaron porque llevaban unos carros pesados, porque estaban persiguiendo a los israelitas, y así recordamos que murió el Faraón y que murieron los enemigos de Israel. Pero esto fue al principio del recorrido. Ahora estamos en el final del recorrido.

Después de un largo peregrinar por el desierto, en el que han venido sucediendo tantas cosas, según hemos venido oyendo en la Santa Misa.

Después de ese largo peregrinar, en donde el pueblo se ha conocido a sí mismo, porque esa fue una de las grandes misericordias que Dios tuvo, llevándolos por el desierto, los llevó a que conocieran su propio corazón, a que se dieran cuenta de cómo eran indignos de la Tierra que les llegaba como regalo y a que se dieran cuenta de cómo eran de débiles.

Estas dos palabras las vamos a necesitar mas adelante: indignos, débiles. Porque eran indignos y porque eran débiles, podían tener los ojos bien abiertos y el corazón bien amplio, para recibir como un regalo la Tierra que Dios les iba dar, y así llegaron hasta las orillas del Jordán.

El mar que atravesaron los israelitas al salir de Egipto es un mar o es un agua de curso muy irregular, porque esa tierra tan desértica del norte de Egipto depende mucho de las temporadas de lluvia, y por eso hay algunos que piensan que no hubo tal milagro del Mar Rojo, sino que simplemente lo que sucedió es que el agua está tan bajita, que como quien dice, saltando charcos, ahí pudieron pasar los israelitas.

Como si la Biblia quisiera responder a esos que poco creen en milagros, mira lo que nos ha dicho la primera lectura de día de hoy, tomada del libro de Josué.

Dice aquí que las aguas del río Jordán, esa agua se mantiene hasta las orillas durante todo el tiempo de la siega, de modo que cuando ellos llegaron era tiempo para que el agua estuviera hasta el borde y, sin embargo, sucede un nuevo milagro, tenía una profunda enseñanza para los israelitas.

Es que Dios no nos enseña solamente con palabras, Dios nos enseña en primer lugar, con obras, con hechos; y los israelitas tenían que entender, ante semejante milagro de las aguas que se detienen, que el mismo Dios que los sacaba de Egipto, deteniendo las aguas del Mar Rojo, era el Dios que ahora les entregaba esa Tierra, deteniendo las aguas del Jordán.

Además, esto de detener las aguas es algo que les impactaba, algo que les impresionaba de modo inmenso a estos hebreos, porque para los israelitas el agua era como la imagen del caos, de la catástrofe.

Los israelitas tuvieron un pueblo vecino, los fenicios, y los fenicios fueron grandes navegantes, como seguramente sabemos, pero los israelitas no eran navegantes, esos le tenían miedo al agua, y el agua siempre era un problema para ellos, o por escasa o por demasiado abundante.

Ya se trate de sequía o de inundación el agua era motivo de miedo para los israelitas; el agua que es implacable; el agua, que es devastadora; el agua, que es inexorable, que no se somete a nadie, y sin embargo, Dios detiene el agua.

Recordamos cómo, cuando salieron de Egipto, Dios detuvo el agua por la palabra de Moisés y por el gesto del bastón aquel; ahora, las aguas se detienen ante una nueva señal, es esa señal es el Arca de la Alianza. Fíjate el milagro tan espectacular que hace Dios.

El pueblo llegó hasta el Jordán pero ya no podía avanzar más, entonces dice Dios: "Esperen, no se me pongan nerviosos, traigan a los sacerdotes y que los sacerdotes traigan el Arca; entonces la gente fue abriéndole paso al Arca y llegaron los sacerdotes con el Arca.

Cuando los pies de los sacerdotes tocaron las aguas, las aguas se fueron retirando y formaron un embalse a lo lejos, y la gente estaba mirando cómo el agua se acumulaba, pero dejaba un camino.

Claro, el agua que seguía corriendo hacia el Mar Muerto, se fue, siguió su curso normal hacia el mar Muerto, pero el agua que venía de arriba se detuvo ante los pies de los sacerdotes y ante el Arca de la Alianza; ahí se detuvo el agua.

Entonces los sacerdotes empezaron a caminar con el Arca de la Alianza y el agua frenada. Eso tenía que impresionar, ver el agua ahí detenida, no por mano humana, como si fuera un embalse, un embalse contenido por la fuerza de la majestad de Dios; es Dios mismo frenando las aguas, poniendo orden en las aguas.

Les voy a contar un detalle para que disfrutemos más este texto. Resulta que los israelitas, ¿cómo se imaginaban el mundo? Ellos no tenían grandes conocimientos científicos, ellos se imaginaban al mundo entero como si fuera una burbuja dentro de las aguas.

Ellos pensaban que el cielo que nosotros vemos, el firmamento, era como si fuera una gran cúpula de cristal y que todo eso azul o negro, que es el cielo de día o de noche, de ahí para allá es agua, agua, agua para arriba.

Y sentían que la tierra en la que nosotros estamos, tenía como unos pilotes profundísimos, y que la tierra era como una especie de islote, que estaba sostenido como por unos cimientos profundos, los que Job llamaba los cimientos de la tierra, y que eso se hundía infinitamente y que ese islote quedaba sostenido sobre el agua.

De manera que ellos sentían que la tierra era como una especie de sandwich entre dos aguas, agua por abajo, agua alrededor, agua por encima, y que nosotros estábamos como en una burbuja dentro del agua, así se imaginaban ellos el mundo.

Por eso el diluvio no fue simplemente que se puso a llover, y llover, y llover, y qué llovedera. No. El diluvio no fue una llovedera. El diluvio, según lo describe la Biblia, no fue solamente agua que caía.

Lea bien la Biblia y verá que ahí dice que salía agua de las fuentes; es decir, el diluvio fue que esa burbujita, bueno, burbujota porque ahí cabe mucha gente; si cabemos todos nosotros, ¿no? Que esa burbujota, se iba a acabar; que Dios iba a dejar que las aguas ¡glup!, se comieran la tierra.

"Él asentó sobre las aguas la tierra" Salmo 104,3, dice, por ejemplo, el salmo que proclamamos hoy. De manera que para los israelitas la creación ¿en qué consistió? Que hay un caos, y para ellos el caos es el mar, es el agua, el agua no la domina nadie, o así sentían ellos, porque ellos ni siquiera eran navegantes.

Había un caos, como un agua sin luz y sin nombre, y en medio de ese caos, la palabra poderosa de Dios había abierto un espacio, y en ese espacio había consolidado la tierra firme, y en esa tierra había administrado el agua, para que pudiera dar solamente vida y no muerte.

Porque cuando el agua se administra produce vida, en cambio, el agua cuando se deja simplemente correr a su aire, produce muerte; eso es lo que significa el agua para ellos.

Entonces estos sacerdotes van pasando y el agua se detiene en ese inmenso embalse, y entonces los sacerdotes se quedan ahí en la mitad del curso del Jordán; ahí se paran ellos, y entonces ahí sí empieza a pasar el pueblo, empieza a pasar y van atravesando, y las aguas así detenidas y la gente así como con miedito mirando todo ese poco de agua ahí acumulada.

Iban pasando, pasando, pasando, hasta que pasó el último. Cuando ya pasaron los últimos, siguieron los sacerdotes, hasta que llegaron a la otra orilla. Y cuando los sacerdotes salieron de la otra orilla, las aguas volvieron a su curso y siguió el río. ¡Qué milagro tan lindo, es una cosa tan bonita!

Bueno, ese milagro es bonito, por ejemplo, para verlo en una película. Los estudios de Hollywood tienen unas escenas espectaculares de cómo se detienen las aguas.

Yo me acuerdo que siendo niño mi papá nos llevó a ver esa película, que algunos o muchos habrán visto: "Los Diez Mandamientos", donde se presenta cómo se hacen las murallas de agua a derecha e izquierda, y van caminando los israelitas, y yo me acuerdo de niño mirando esa agua cómo se sostenía, ¿cómo se podía sostener esa agua? Nunca me expliqué.

Este año me invitaron a un congreso de evangelización ahí cerquita de Hollywood, pero no tuve tiempo de que me explicaran cómo era que se sostenía esa agua.

El hecho es que los israelitas pasaron y pudieron ver ese milagro portentoso. Bueno, ¿y nosotros qué aprendemos de ese milagro? Porque para ver cosas raras, ahora también se pueden ver naves espaciales y se pueden ver robots y cosas fantásticas. ¿Qué nos quiere enseñar la Biblia con esto? La Biblia en esto nos da una cantidad de enseñanzas muy lindas.

Vamos a pensar, por ejemplo, en lo que es un sacerdote. Un sacerdote, un verdadero sacerdote, ¿qué es? Es el que primero asume el riesgo, es el que detiene el peligro y es el último que sale del peligro. Es el que primero enfrenta el peligro, es el que detiene el poder del mal y es el último que se salva. Eso es un sacerdote, ¡qué bonito es esto!

De manera que el sacerdote tiene que llegar a asumir, tiene que ponerle el pecho al problema; nadie va a ser tan atacado como un sacerdote, a nadie odia tanto el demonio como a los sacerdotes.

Las fuerzas del caos, que para los israelitas eran representadas con el agua, en primer lugar tratan de derribar a los sacerdotes, pero los sacerdotes estaban como unidos entre sí y sosteniendo la Alianza.

Esa es una enseñanza para nosotros los sacerdotes y para que ustedes, por favor, oren por nosotros. Si los sacerdotes permanecemos en espíritu de fe, si nosotros mantenemos la Alianza, si obedecemos a la Palabra de Dios, si somos compactos entre nosotros, nosotros entraremos con pie firme, nosotros, sacerdotes, somos ejército de Dios para hacer retroceder las fuerzas del mal.

Y claro, ahí estaba ese inmenso embalse, ahí estaba ese inmenso peligro. Y uno mira toda esa agua y se asusta, pero mientras este firme la Alianza, mientras este firme la fe, mientras esté firme la Palabra y mientras estén firmes los sacerdotes, el pueblo de Dios no recibirá daño.

El primero que tiene que enfrentar el peligro es el sacerdote, y por eso dice el libro del profeta Ezequiel: "A ti te puse como un centinela, como una atalaya; a ti te puse como atalaya, para que seas el primero en ver el peligro" Ezequiel 3,16.

Un sacerdote es el primero que tiene que ver el peligro, y de alguna manera, tiene que enfrentarse con él y tiene que mantenerse a pie firme, abriendo espacio para que el pueblo de Dios entero pueda pasar sin recibir daño; y es el ultimo que se sale.

La semana pasada tuvimos un caso heroico de un sacerdote en Italia. Habían salido con un grupo de niños a un paseo de verano tan frecuente en esta época, desde luego, del año. Lamentablemente, una de las barcas en las que estaban en el Mediterráneo naufragó; y muchos niños no sabían nadar.

Un sacerdote, sin pensar en sí mismo y sin pensar en que tenía una sotana, se tiró al agua y empezó a salvar niños. Alcanzó a rescatar siete niños que hubieran muerto, pero él mismo, agotado por el esfuerzo y por las condiciones en que estaba, pereció; entregó su vida por esos niños.

Y así también recordamos a otro santo sacerdote que hizo lo mismo que dice la primera lectura de hoy. Ese hombre se llamaba Maximiliano María Kolbe, y así se llamará para siempre en los cielos.

Este santo sacerdote, como algunos de ustedes conocerán, hizo lo que cuenta aquí la primera lectura. Resulta que en un campo de concentración de Auschwitz, así se llama ese campo de concentración, un lugar de prisión y de tortura, se encontraba este santo sacerdote.

Sucedió alguna cosa, algún delito y no se sabía quién lo había hecho. Entonces los soldados, cruelísimos, los militares crudelísimos de los Nazis, dijeron: "Bueno, como no aparece quién es el culpable de este daño que hemos recibido, vamos a hacer justicia nosotros."

Y escogieron a diez personas, hicieron formar a todos los prisioneros y escogieron a diez personas y dijeron: "Vamos a escoger a diez personas a la suerte, y esas diez personas van a morir, porque si ustedes no quieren decir quién hizo esto, entonces esos diez van a morir en nombre de todos".

Y comenzaron a sacar los nombres de esas diez personas, o no sé si serían más o menos, doce, quince, las que fueran. Vamos a sacar los nombres de esas diez personas, y cuando sacan esos nombres de personas que tenían que morir y cómo tenían que morir, ojalá hubiera sido en la horca, ojalá hubiera sido cortándoles la cabeza o con un disparo.

¿Sabes en qué consistía la horrenda muerte? Consistía en que tenían que ser encerrados en un calabozo bajo tierra, sin luz, sin agua, sin alimento, hasta que se murieran de hambre y de sed. Esa era la tortura.

Desde luego, las aguas enfurecidas del demonio parecían desatarse sobre esos desventurados. ¿Qué podían hacer esos prisioneros ahí? Uno de los que fue seleccionado empezó a llorar con una amargura infinita, porque ese pobre hombre tenía la esperanza de que la guerra terminara, y tenía la esperanza de volverse a reunir con su esposa, y poder abrazar a sus hijos.

Y ahora le dicen, solamente por un delito que se cometió y que él no había hecho, ahora le dicen que tiene que morir y que además tiene que morir de esa manera tan espantosa. Este hombre comienza a llorar con un dolor infinito, pero tiene la fortuna de que a su lado hay otro hombre, ese hombre es un sacerdote de Dios, Maximiliano María.

Rompiendo todas las reglas de la disciplina y exponiéndose a que lo asesinaran ahí mismo, se sale de la fila, y ustedes saben cómo era la disciplina en esos campos de concentración. Se sale de la fila y le dice al capitán que había decretado la muerte de esos pobres hombres: "Yo tengo algo que decir."

Lo insultan por haber roto la disciplina y por haberse salido de la fila, pero lo escuchan. Y dice Maximiliano María, poniéndole el pecho al peligro, asumiendo el mal que el otro no podía asumir, dice Maximiliano María: "Pido permiso para morir por ese pobre hombre".

"Yo soy un sacerdote católico, yo no tengo esposa, yo no tengo hijos, a mí nadie me espera; pido permiso para morir por ese hombre".

Y lo que es más increíble, no sólo no castigan en ese momento, sino que creyendo que se trataba de una burla o que Maximiliano no cumpliría su palabra, entonces le admiten, y dejan al otro; entonces empieza a llorar, pero de alegría; lo dejan para que siga cumpliendo su triste condena, pero condena con alguna esperanza y encierran a Maximiliano María.

¿Qué fue lo que hizo este sacerdote? Vio las aguas desatadas del demonio que querían destruir toda esperanza en esos prisioneros, vio el peligro en que se encontraban esos desgraciados, y movido por una compasión que nacía de Jesucristo, tomó el lugar de un condenado, no solamente para morir por él, sino porque él entendía que ese hueco espantoso en el que los iban a meter, allí Satanás se iba a solazar produciendo sentimientos de desesperación y de venganza.

Y Maximiliano María entendía que si había un lugar en la tierra donde se necesitaba luz, era en ese calabozo en tinieblas. Y por eso bajó a ese calabozo, no solamente a morirse él, sino a llevar la única lámpara que no puede ser vencida ni por el odio de los Nazis, la lámpara de la Palabra de Dios, la lámpara de la esperanza en Jesucristo.

Y fue tanto el poder del Espíritu en este santo sacerdote, que él iba evangelizando a los otros que estaban muriendo con él. A cada uno de los que moría, les iba predicando, para que murieran no en los altares del odio, para que entregaran su sangre no como una libación de venganza, sino para que entregaran su sangre en remisión de sus pecados y en amor a Dios.

Y así evangelizó a esos que agonizaban, mientras él mismo no tenía ni una gota de agua para refrescar su boca, que predicaba el Evangelio. Y fueron muriendo todos sus compañeros, hasta que murió el último y sólo quedó Maximiliano.

Este es otro milagro, siete, ocho, yo no se cuantos días resistió. Se supone que médicamente una persona no puede resistir tanto tiempo sin agua, porque no les daban nada de líquidos.

Postrado en tierra, después de que murió el último de sus compañeros, ya quedaba él solo en ese calabozo, convertido en piel y huesos, dedica su tiempo a orar, a pedirle perdón a Dios por los pecados del mundo y a suplicar el triunfo del Inmaculado Corazón de María. Ese es el corazón de un verdadero sacerdote.

¿No te parece que es lo mismo que hemos leído en la primera lectura? Él afrontó el peligro de primero, él detuvo las fuerzas de Satanás con su oración y su Palabra, y dejó que pasaran todos hasta que se salvara el último, y él se quedó de último así tuviera que morir.

Finalmente, el odio irracional de la Gestapo viendo que este hombre no se moría y que pasaban horas y no se moría, mandaron a un hombre que le inyectara un veneno en las venas. Así murió un 14 de agosto Maximiliano María Kolbe. Yo voy a pedir ahora un aplauso para ese sacerdote, porque hay sacerdotes santos.

Esto nos lo enseña la primera lectura de hoy, los sacerdotes que llevaban el Arca de la Alianza del Señor estaban quietos en el cauce seco, firmes en medio del Jordán mientras Israel iba pasando.

Así hizo Maximiliano, se quedó quieto, soportando lo mismo que tenían que soportar los otros y más, pero se quedó quieto porque estaba sostenido por la oración de la Iglesia y porque estaba sostenido por el Arca de la Alianza. Porque, aunque es el sacerdote el que lleva el Arca de la Alianza, es el Arca de la Alianza quien lo sostiene a él.

Bueno, ¿y qué más podemos aprender de esta lectura tan bella? ¿Que más nos muestra esta lectura? Hermanos, aquí aparece la fuerza de la fe. Muchas amenazas llegan sobre el mundo, y muchos peligros que pretenden destruir y arrasar.

Así como el agua cuando desata su fuerza, acaba con las viviendas, acaba con las vidas y no respeta ni a niños de pecho ni a ancianos venerables; así como el agua pasa destruyendo todo, así también sobre el mundo se desatan vientos espantosos de pecado, de calumnia, de corrupción.

Hambres, injusticias, violencia, desempleo, falta de oportunidades, son como catástrofes que parecen arrasar con nuestra juventud, que parecen quitarle toda luz, toda gracia, toda esperanza especialmente a nuestros jóvenes.

Yo quiero decirle a todos, pero especialmente a los niños y a los jóvenes que hoy nos acompañan: hermanos, si nosotros creemos en el Señor, si nosotros mantenemos firme la Alianza del Señor, veremos con nuestros ojos los peligros que pretenden envolvernos, arrasarnos, destruirnos; veremos con nuestros ojos esos peligros.

Veremos las aguas del odio, veremos las aguas de la corrupción, veremos las aguas de la violencia, las veremos, pero no podrán contra nosotros.

Si nosotros construimos una vida en Alianza, si nosotros aprendemos lo que significa la Alianza de Dios, entonces yo les digo lo que dice la Primera Carta de San Juan: "El que está en ustedes es más fuerte que el que está en el mundo" 1 San Juan 4,4.

Y es verdad que sabemos que existe la enemistad del demonio y sabemos que existen miles de formas de pecado y sabemos que los medios de comunicación quieren acabar con toda semilla de alegría, de pureza, de solidaridad en los corazones de los jóvenes.

Si es verdad que sabemos que esto existe, también sabemos cuál es la Alianza en la que estamos fundados, también sabemos cuál es la fe que nos ha dado la vida, también sabemos cuáles son los principios que nos pueden rescatar. Este es el momento, hermanos, no para darle espacio a la desilusión.

Los invito, muchachos y niñas, los invito jóvenes, a que hagamos la revolución de la alegría, la revolución de la esperanza, la revolución del compartir y la revolución de la oración, la revolución de la fidelidad y la revolución de la confianza en Dios.

Hagamos la prueba. ¿No dice Dios en algún lugar de la Escritura, que Él está dispuesto a someterse a prueba, no fue lo que le dijo Isaías al rey Ajaz: "Pide, en lo alto del cielo o en lo profundo del abismo, pide una señal, pon a prueba y verás cómo Dios permanece?" Isaías 7,11.

Pon a prueba y verás como un hogar fundado en Él se sostiene. Es muy cómodo decir: "No, eso ya el matrimonio se acabó; eso ya todas las familias se disuelven; eso ya todo es corrupción, es que ya todo es plata".

Que cómodo decir esas frases, para nosotros también taparnos con la cobija asquerosa de esos pecados y para también nosotros justificar nuestras mentiras, nuestras prevaricaciones, para justificar nosotros cómo robamos lo que es de todos. ¡Que fácil taparse con esas cobijas y dejar simplemente a los demás a su propia suerte!

Pues te invito, invito a todos, pero especialmente a los jóvenes: no te tapes con esas cobijas que hieden; recúbrete, revístete, mejor, de la Palabra; carga también tú, si te sientes llamado, carga también tu el Arca de la Alianza; permanece también firme tú y verás cómo la furia desatada del infierno llega hasta rozar tus pies, pero no es capaz de vencerte.

Hermanos, el que está en nosotros es más fuerte que el que esta en el mundo. Y nosotros vamos a ver la gloria de Él. Recordemos esa frase que le decía Jesús a Santa Marta allá en Betania: ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios? San Juan 11,40.

Algunos de ustedes han fundado o piensan fundar hogares. Y parece que es una ilusión y parece que es imposible fundar un hogar porque no hay manera cómo sostener, y qué vamos a hacer, y en dónde vamos a vivir, y hoy la infidelidad, y no se cuántas historias más.

"¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?" San Juan 11,40. Funda un hogar, no según lo que dicen las telenovelas; funda un hogar, no según lo que dicen las revistas; funda un hogar, no según lo que dice Internet.

Funda un hogar según lo que dice Dios y verás cómo tu hogar se sostiene; tú verás los peligros, tú verás las amenazas, tú verás el rostro del enemigo, pero lo verás impotente, incapaz de herirte, incapaz de dañarte.

La primera vez que yo experimenté esto, fue en una ocasión en que vino a predicar nuestro querido amigo y hermano, el Padre Darío Betancourt. Estaba este hombre de Dios haciendo una misión maravillosa en el Coliseo El Campín, aquí en Bogotá, y yo por mi parte estaba entregado al sacramento de la confesión.

Y entre las personas que hacían fila para confesarse había una desventurada jovencita, una muchachita, que estando en la flor de la edad, había perdido prácticamente toda sombra de la gracia de Dios en su alma. Estaba entregada a la drogadicción, entregada a las drogas y al satanismo.

Les puedo asegurar, hermanos, que con los años que tengo de vida y de sacerdocio, nunca me he encontrado con una persona que me mire con tanto desprecio y con tanto odio como me miraba esa muchacha entregada a los cultos satánicos.

Estábamos sentados uno frente al otro, y llegó el momento en que le pregunté abiertamente, y le dije: "Oye, tú me acabas de conocer, pero, ¿tú sientes odio por mi?" Y ella me dijo: "Sí, sí, Padre, lo odio, lo odio con todo mi corazón".

Pero estaba sentada ahí, ahí. Y yo sentí que se cumplía en mi vida lo que acaba de decir la primera lectura del libro de Josué: Tú verás las aguas que te amenazan, verás el embalse que se te viene encima, la inundación que te quiere devastar, Josué" ; ahí estaba ella mirándome con ese infinito odio: "¡Lo odio, lo odio, lo odio porque usted es sacerdote, lo odio!"

Me odiaba y me aborrecía pero no me podía hacer nada. ¡Qué impresión tan grande, sentir que el que estaba en mí era más fuerte que el que estaba en ella y no podía hacerme nada!

Y no sólo no pudo hacerme nada, sino que a través de la fuerza que tiene la Palabra de Dios y la oración, porque es la fuerza de Dios no es mérito mío, esa persona ese día empezó a desprenderse de esos grupos, hasta dejar esos espantosos caminos del Satanismo. El que esta en nosotros es más fuerte que el que está en el mundo.

Aprendamos lo que significa creer en Dios. "¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?" San Juan 11,40. Si tú vives según Dios, Dios está de tu parte y Dios no te dejará en cualquier parte, no te dejará en la mitad del Jordán, ¿no te diste cuenta de ese detalle? Dios no dejó a ninguno en la mitad del Jordán.

Si estas con Él, si estamos con Él, si estamos en su Alianza, entonces, hermanos, Él no nos va a dejar en la mitad del río Jordán, Él no nos va a dejar que las aguas nos coman vivos.

Y tú experimentarás, de muchas maneras, experimentarás dificultades económicas, experimentarás sensaciones terribles con una fuerza muy grande, experimentarás la fuerza de la ira, experimentarás las ganas de venganza.

Pero experimentarás que todos esos sentimientos, aunque alcancen a mojar las plantas de tus pies, no te derriban, porque Dios está contigo, porque Dios es tu fortaleza y porque tú sostienes la Alianza, o mejor, la Alianza te sostiene a ti.

El evangelio de hoy nos destaca un aspecto de esa Alianza. Hay veces que parece imposible el perdón, y que el único camino que parece quedar es la venganza, el desquite, la crueldad.

Es lo que a veces estamos tentados de sentir cuando, por ejemplo, acontecen estos atentados terroristas o cuando experimentamos la maldad en nuestra propia familia por un robo, por una violación, por un secuestro.

En esos momentos parece imposible la palabra perdón, y parece que las aguas caudalosas de la venganza entran a nuestro corazón, arrasan todo sentimiento de piedad y únicamente nos dejan el eco macabro de, muerte, muerte, muerte.

Pero también en esos casos Dios viene a nosotros, y Dios es capaz de sanarnos. Y se los digo, hermanos, porque estos ojos que ustedes están viendo, y estos oídos que pueden mirar, han visto y han escuchado personas que han padecido estas tribulaciones de las que he hablado, y han sentido en sí mismas la fuerza de Dios.

Me acuerdo tanto del testimonio de una persona que decía: "Yo no puedo perdonar eso, pero Dios en mí sí puede". Eso es lo que tenemos que decir.

No permitas que las aguas de la venganza arrasen tu corazón y destruyan la buena semilla de fe que en ti existe; no permitas que las aguas del odio se apoderen de tu vida, y naufragues y te ahogues en un mar de confusiones o en una sed de sangre.

No permitamos que nuestro país se hunda en una catástrofe moral de esa naturaleza. Al contrario, sostenidos en la Palabra, sostenidos en la Alianza, vamos encontrando caminos de reconciliación, vamos a traer una revolución de perdón, de conversión.

Yo no digo aquí el perdón del tonto, el perdón del que dice que no le importa, del que dice que no le duele, ¡claro que nos importa, claro que nos duele! Todo nos duele, nos duele ver al país como lo vemos, nos duele ver a la juventud como la vemos, nos duelen nuestros niños, claro que nos duelen!

Pero precisamente porque nos duelen, entendemos que el camino se llama Jesucristo, entendemos que el camino es volver a Dios, creer y obedecer sus santos mandamientos, practicar los caminos de gracia y de misericordia que Él nos ha entregado.

Si nosotros, hermanos, aprendemos a hacerle caso así a Dios, veremos las aguas del odio como yo vi los ojos de esa mujer que me odiaba: “Lo odio, lo odio”. Lo vi, yo lo vi, pero no me pudo hacer nada, y aquí estoy.

Hermanos, Dios vence, si nosotros nos unimos, si nosotros nos congregamos en su Nombre, junto con nuestros sacerdotes, sosteniendo la Alianza, Dios no nos dejará naufragar sobre las aguas; veremos los peligros, "caerán mil a tu derecha, y diez mil a tu izquierda; -dice algún salmo-; pero a ti no te alcanzarán" Salmo 91,7.

Hermanos, vamos a permanecer en el Señor, vamos a cruzar las aguas, vamos a vencer con el poder de la Palabra, y vamos a entrar en la tierra que el Señor nos prometió.

Amén.