I191001a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 19970811

Título: La ley de Dios Original en audio: [14 min. 38 seg.]


Amados Hermanos:

Estas lecturas que nos regala la Iglesia para la Eucaristía de hoy, nos invitan a reflexionar sobre el sentido de la Ley de Dios y sobre el sentido de la ley humana.

La Primera Lectura está tomada del libro del Deuteronomio. La palabra Deuteronomio significa “la segunda ley”, y en verdad este libro del Deuteronomio recibe su nombre del hecho de que la mayor parte de su contenido son disposiciones legales como las que hemos escuchado hoy y por eso invita continuamente a la obediencia a la Ley de Dios.

Ese lenguaje suena un poco antipático quizá. Por ahora dejemos ahí. La Primera Lectura Deuteronomio, Ley de Dios.

Mientras tanto el evangelio ha sido tomado del texto según San Mateo en el capítulo 17. Ahora se trata de una ley humana, del apego de los impuestos. Interpelan al apóstol Pedro, "bueno, ¿Jesús í paga impuestos? Pedro responde que sí. Cuando llega a casa, Jesús se adelanta y se da el pequeño diálogo que hemos escuchado.

Los impuestos son una imagen, o una representación, o una muestra de las leyes humanas, y el Deuteronomio, especialmente con aquello que dice: "Que temas al Señor, tu Dios, que sigas sus caminos y le ames, que sirvas al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda el alma" (véase Deuteronomio 10,12), esa es como una muestra de lo que significa la Ley de Dios.

Sobre esta base, hermanos, hagamos una comparación entre estas dos leyes, por que de pronto estas dos leyes están como cambiadas en nuestro tiempo.

Hay muchas leyes de Dios que parece que no importaran. Hay un ejemplo desgraciadamente difundido: el aborto. Dios dice: "No matarás" (véase Deuteronomio 5,17), pero el parlamento de Francia o de Inglaterra o de algunos estados de Estados Unidos dice: "Pues sí se puede matar".

Entonces resulta que a la Ley de Dios se le pueden encontrar disculpas y se puede pasar por encima de la ley de Dios, pero con respecto a ala ley humana en esos mismos países como Estados Unidos, como Francia, como Inglaterra; si una persona contraviene determinada ley humana, entonces debe recibir su justicia, su castigo porque contravino la ley de los hombres.

El cristiano es una persona que tiene las antenas bien puestas, que sabe aquello que dicen los hechos de los Apóstoles, hay que obedecer primero a Dios que a los hombres, pero miremos en qué consiste la diferencia de estas dos leyes, por que ambas se expresan con palabras, ambas son promulgadas en momentos concretos para pueblos concretos.

Por qué decimos que la Ley que proviene de Dios es más importante, ¿en dónde radicará esa importancia? A mí me parece que la explicación nos la ofrece el texto del Deuteronomio que hemos escuchado.

Cuando Moisés promulga la Ley, cuando le dice al pueblo que obedezca, lo primero que hace es recordarle todo lo que Dios ha hecho por él, por eso dice, por ejemplo: Del Señor son los cielos, hasta el último cielo, tierra y todo cuanto la habita, con todo. Sólo de vuestros padres se enamoró el Señor, los amó y de su descendencia os escogió a vosotros como sucede hoy" (véase Deuteronomio 10,14).

Y sigue diciendo: “circuncidad vuestro corazón, no endurezcáis austera cerviz” (véase Deuteronomio 10,16), ¿o sea que cuál es el orden en la Ley de Dios? Primero es el anuncio del amor, y precisamente porque Dios está a favor mío, porque me conoce y porque me ama, por que Él sabe qué es lo mejor para mí, por eso su palabra no es una palabra exterior sino una palabra interior.

¿Qué quiere decir una palabra exterior? La simple expresión de la voluntad de otra persona. Si yo, por ejemplo, le digo a usted: "Párese, cambie, de silla, hágase para acá", esas son palabras exteriores, expresan una voluntad, la mía, que seguramente es distinta de la suya. Usted prefiere quedares sentado ahí.

La ley de Dios no es una palabra exterior, no es una expresión simplemente de la voluntad afuera de nosotros, sino es la expresión del camino que cada uno de nosotros está llamado a recorrer para ser plenamente lo que Dios quiso que fuera. Por eso la Ley de Dios lleva como predecesor, lleva por delante el anuncio de la salvación y por la misma razón, para inculcar la obediencia a la Ley de Dios, lo primero es descubrir el amor.

La persona que no se sienta amada por Dios, le parecerá difícil todo lo que tenga que ver con Dios, cualquier mandamiento va a ser muy pesado: "¿Por qué voy a dejar de decir mentiras? ¿por qué voy a dejar de robar si todo el mundo roba? ¿Por qué voy a dejar de fornicar? ¿por qué voy a dejar de odiar? ¿Por qué no envidiar? ¿Por qué no codiciar? No hay una razón"

Si yo quiero lograr mis propósitos, y yo siento que para lograr mis propósitos tengo que pasar por encima del cráneo de algunos cuantos, ¿por qué no hacerlo?

Pues yo descubro que mi conveniencia y que mi interés no son la última palabra sobre mi vida, porque la última palabra sobre mi vida, la puede decir el que conoce mi vida, pero sobre todo el que ama mi vida, y por eso en el Deuteronomio, libro maravilloso que hay que leer con frecuencia, en el Deuteronomio va siempre primero la proclamación del amor.

Porque Dios te conoce y porque Dios te ama, te dice: “Por aquí sí y por aquí no”, no es por amargarte la vida. Cuando Dios dice que no mates o que no forniques, cuando Dios te dice que no mientas o que honres a tu padre y a tu madre, o en fin, cuando Dios dice tantas cosas como dice en nuestra conciencia, no las dice para dañarnos la vida, sino para arreglárnosla.

¡Esto cómo se comprueba y de cuántas maneras? Aquí bastaría con recordar, por ejemplo, ese cuento que todos sabemos del pastorcillo mentiroso. Él creía muy divertido decir mentiras, pero el desenlace de la historia nos cuenta, que cuando llegó la verdadera necesidad y pidió ayuda, no la encontró y le resultó un mal negocio haber mentido.

Cuando Dios nos dice: “Por aquí”, no es por amargarnos la vida sino por conducirla, por arreglarla. Qué palabras tan tiernas tiene el Deuteronomio: "Se enamoró de vuestros padres" (véase Deuteronomio 10,15).

Yo salgo de esta Eucaristía con una duda de escritura, yo quiero ver cual es la palabra griega o hebrea que se dice ahí “se enamoró”, ese verbo, enamorarse, aplicado a Dios, se utiliza poquísimas veces en la Biblia, poquitísimas y esta es una de ellas.

"Dios se enamoró de vuestros padres" (véase Deuteronomio 10,15), Dios os a amado muchísimo y por eso cuando Él dice: “Es por aquí”, es por amor, a veces uno no entiende, a veces eso contradice los apetitos más inmediatos de uno, pero ese es el objetivo de Dios y eso es lo que le da la autoridad a la Ley de Dios.

Esa Ley de Dios ¿en qué se expresa? En la Palabra Divina, en la voz de nuestra conciencia, en la voz de la Iglesia, especialmente en la de sus legítimos pastores, empezando, desde luego, por el Papa. Esto es lo que significa la Ley de Dios.

Por esta razón uno no puede contradecir la Ley de Dios sin echar a perder la propia vida, y en este sentido es muy distinta la Ley de Dios de la ley humana porque la ley humana a veces coincide con el querer de Dios; por ejemplo, la Constitución colombiana dice que toda persona, que todo ciudadano está obligado a guardar la honra, la fama de los otros ciudadanos y esto está de acuerdo con lo que Dios quiere.

Pero si a la ley de Colombia, o a los señores de la Corte Constitucional, o a quien se le dé la regalada gana, viene aquí a decir que sí se puede practicar la eutanasia, esa ley no obliga a un cristiano. Puede decirlo el Congreso de la república, puede decirlo la Corte Constitucional o el rey "pepinito", esa ley no obliga.

Claro que esto puede ponerse complicado de aquí a unos años si las cosas siguen así, no se pondrá tan complicado como se le puso a los primeros cristianos. Cuando uno de esos cristianos le hacían una estatua gigantesca del Emperador y le decían: “Ahora usted derrame incienso y quémelo delante de esa estatua, porque ese es el Dios del Imperio", y esa era una ley y una ley humana, y el cristiano decía: "Pues no", y decían: "pues sí", y entonces le decían: "Pues lo matamos" y entonces él decía: "Pues mátenme, pues mátenme".

Hasta ahí, hasta ese extremo a veces hay que llegar en la fe, si eso es lo que van a hacer pues mátenme, acaben conmigo, que podrán acabar conmigo, pero no podrán acabar con Dios.

Recuerdo ese testimonio del los jóvenes mártires en el libro de los Macabeos, a un pobre muchachito lo estaban torturando para obligarlo a renegar de la Ley judía y ya le cortaban las manos y la lengua, mejor dicho, lo tenían mutilado, destruido.

Poco antes de ser martirizado este muchacho le dice al rey impío; a ese rey le dice en su propia cara: "Tú hoy me martirizas, pero tú no puedes escapar del juicio de Dios" (véase 2 Macabeos 7,16).

Eso hay que decir cuando nosotros tengamos que desobedecer a las leyes de Colombia o de Bogotá o de quien se le de la gana. No estoy invitando a la desobediencia civil, estoy invitando a que esté siempre en primer lugar el parecer de Dios y que cuando las leyes de la república o del municipio no vayan con la Ley de Dios, pues se friega el municipio y se friega la república, porque en primer lugar está aquel Dios que es mi Creador y mi Salvador, y hay que decirle eso a los señores congresistas y al parlamento europeo.

Si no lo ha hecho todavía, pronto lo va a hacer, el parlamento europeo aprobará que matrimonios homosexuales adopten niños, pues hay que decirles: "Ustedes pueden hacer leyes y podrán meter gente a la cárcel, pero ustedes entrarán en juicio con Dios". La Ley divina no se puede quebrantar impunemente.

Le voy a dar un ejemplo un poco más amable que estas últimas palabras. Suponga que usted tiene, por ejemplo, un auto y le dicen que su auto, su carro, tiene ciertas restricciones, por ejemplo, le dicen. "Usted no pude llevar su carro en segunda, en el segundo cambio, a una velocidad mayor de cincuenta y cinco kilómetros por hora porque las revoluciones del motor se dañan".

Supongamos que usted coge su auto, mete primera, pasa a segunda y usted va llegando al límite de los cincuenta y cinco kilómetros por hora. Como es una carro supermoderno se enciende una luz que le dice: “Cuidado, usted va a dañar su carro”, pero usted dice: “No, yo sé más que todos los mecánicos” y sigue acelerando, y usted va a sesenta kilómetros en segunda, está tirándose su carro, se enciende otra luz, se prende un parlante y sale un muñequito que le dice: “Oiga, no haga eso” y usted sigue acelerando, setenta kilómetros por hora, cuando iba a setenta y cinco kilómetros por hora, el carro se fundió y estalló en llamas.

Lo de los cincuenta kilómetros, o cuarenta y cinco, o los que fueran, lo de los kilómetros por hora era para que usted no dañara su carro; cuando Dios Dice: “No peque", es para que no dañe su único carro, usted tiene un único carro, como nosotros no creemos en las bobadas de la reencarnación, sabemos que hay una sola vida, un único carro, no se lo tire.

Usted sólo tiene una vida, no la dañe, no la acabe. Su vida, su única vida tiene un Manual de Instrucciones y ese Manual de Instrucciones es la Ley maravillosa, bendita de Dios, que fue promulgada para que usted no dañara su vida, sino para que llegar derechito al corazón de Dios y fuera feliz por los siglos.

Amén.