I176002a
Fecha: 19990731
Título: Fundamento biblico del Jubileo
Original en audio: [8 min. 04 seg.]
La lectura del libro Levítico nos invita a reflexionar en el Jubileo.
El Papa convoca a toda la Iglesia al Jubileo con motivo de los 2000 años del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, teniendo en cuenta que más que la celebración de un número, la celebración de una fecha, es una ocasión para que toda la Iglesia agradezca con mayor intensidad y reflexiones con mayor profundidad en este misterio admirable que partió en dos la historia de la humanidad: la llegada del Hijo de Dios a nuestra tierra.
Y el texto clásico para conocer qué es un año jubilar, es precisamente el texto que hemos escuchado en la Primera Lectura de hoy, y por eso, mientras nos vamos acercando a este año 2000, que mejor que tomar este texto y recoger algunos elementos de lo que significa y de lo que enseña este año jubilar.
Por lo pronto, año de Jubileo, es año de júbilo, año de alegría, año de gratitud. Un año para volver la mirada a Dios, reconocer en Él la fuente de todos nuestros bienes y de alguna manera, según propone el Levítico, volver a la justicia original, volver a la condición original. Se trata de una alegría sagrada, una alegría en Dios.
Lo primero que hay que anotar es su periodicidad. Es un año cada cincuenta años, pero en la época en que esto se escribió no había muchas personas que pudieran superar la edad de cuarenta o cuarenta y cinco años. De manera que el periodo de un Jubileo era precisamente el periodo de la vida humana, y una primera reflexión que uno puede hacerse es que el jubileo hace, o era la intención que hiciera que cada generación recibiera la tierra como nueva.
Hoy, que crece la conciencia ecológica por todas partes, hay un proverbio muy diciente de los antiguos habitantes de Kenia en África, y dice este refrán de Kenia: “La tierra no nos la han dado nuestros padres, nos la han dado en préstamo, nos la han prestado nuestros hijos".
Tenemos la tierra pero no para acabarla nosotros, la tenemos de algún modo en préstamo para las próximas generaciones. Es como una señal de nuestro tiempo la conciencia ecológica, la conciencia de que esta nave cósmica que es la tierra, es por ahora lo único que tenemos en todo el universo para que sobreviva la raza humana.
Pues esa conciencia ecológica y cósmica como que ya estaba en el Levítico cuando se quería que cada generación pudiera recibir la tierra como nueva, saneada de deudas, saneada del pasado, descansada, lista para dar fruto, para dar flor, para dar belleza y para dar vida.
Qué hermoso pensamiento, y por eso qué afortunada propuesta la de nuestro Papa Juan Pablo II, cuando quiere, cuando pide que como una señal concreta de reconciliación entre los pueblos, la deuda externa, una cifra descomunal e impagable que perpetúa la justicia de algún modo y la desigualdad entre los pueblos, esa deuda externa sea suprimida.
Desafortunadamente, tenemos que decir que por lo menos en lo que alcanzan a ver nuestros ojos, es difícil que esta petición sea acogida, pero lo que sí podemos afirmar es que sí tiene profundas raíces bíblicas.
Por otra parte, si esta legislación que pronto olvidaron los israelitas mismos, hay que decirlo, esa legislación sobre una venta bajo el precio del número de cosechas que falten hasta el año jubilar, en realidad lo que está diciendo es que en la mentalidad israelita no debería haber habido ventas, esa no es una venta, es un arriendo.
Lo que se está indicando ahí es que la tierra tiene como último posesor, poseedor al mismo Dios y que cada uno de nosotros es una administrador durante el tiempo de su vida.
La tierra era el bien máximo para estos tiempos y para esta cultura y se les está diciendo: la tierra, que es tu bien máximo, la recibes durante unos años, la recibes en préstamo para el resto de tu vida.
Es un pensamiento que también es muy provechoso para nosotros. Recibir todas las cosas como prestadas, recibirlas como en arriendo.
La casa que habitamos, la habitación que tenemos, la tenemos durante un tiempo, no se va a destruir cuando nosotros nos vayamos, la tenemos prestada, la estamos usando porque nuestra indigencia necesita de esa acogida, pero lo nuestro, lo propiamente nuestro no está en aquello que Dios nos das, lo nuestro es el mismo Dios que nos da todas las cosas.
Por eso el año jubilar no sólo es año de descanso para la tierra, sino es año de alegría y de descanso para el corazón humano que encuentra su verdadera raíz y su verdadero lugar de vivienda en la amistad con Dios, una amistad que es sin arriendo, una amistad, una gracia, decimos nosotros los cristianos, que trasciende cualquier etapa de cincuenta años, que traspasa los límites de esta vida.
"Nadie perjudicará a uno de su pueblo, teme a tu Dios" Levítico 25,17. El año jubilar es un año para reconciliar el amor con Dios y el amor con el prójimo, año para volver a la justicia y a la paz, año para recordar los límites de nuestra vida presente y para gozarnos en la amistad de una vida que trasciende a la misma muerte.
Pidamos a Dios después de esta reflexión, pidamos a Dios que muchos, muchos cristianos encuentren el verdadero sentido del jubileo y puedan experimentar el amor de Dios y la alegría de ser su pueblo.