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Hay un libro que nunca es recomendado y que jamás recomendaré, se llama: “Un curso de milagros”. Nunca he recomendado esa obra y de ningún modo recomiendo que se compre ni que se lea. Conozco del contenido de esa obra, como sacerdote debo enterarme de muchas de estas cosas y no cabe duda de que el título resulta demasiado atractivo para muchas personas. Realmente lo que se pretende es enseñarle a la gente como llevar una vida extraordinaria, o como, abrirse a lo extraordinario en su vida, como encontrar una fuerza suplementaria, que les va a ayudar a conseguir sus metas, quizás a sanarse de muchas cosas, la verdad es que nosotros Cristianos Católicos, no tenemos ningún curso de milagros, no tenemos ninguna receta para lograr lo que nuestra voluntad quiere, de hecho la oración central del Cristiano, no es que Dios hago lo que yo quiero, lo que nosotros decimos en el Padre Nuestro es, que se haga tu voluntad Señor. De modo que la plenitud de la vida Cristiana, es que se haga la voluntad de Dios, no que yo encuentre recetas estrategias o cursos, para lograr que Dios haga lo que yo quiero.
No existe una receta para obligar a Dios y de hecho ese pretender obligar a las fuerzas de la divinidad a que operen según mi voluntad, eso es lo que pretende una cosa muy oscura, pegajosa y venenosa que se llama magia. La pretensión de la magia, es precisamente obligar a las fuerzas de la sobre naturaleza a que vengan a cumplir lo que yo deseo, esa es la magia.
La Fe es exactamente lo opuesto, es poner mi ser, mi querer, mi entender y mi vivir, ponerlo en el querer de Dios, por eso la oración propia de la fe es el Padre Nuestro, que se haga su voluntad eso es lo que nosotros queremos en el Padre Nuestro. La Magia es que se haga mi voluntad, el Padre Nuestro es que se haga la voluntad del Padre Celestial.
Esto es bueno recordarlo porque se nos olvida que nosotros somos llamados precisamente a vivir en obediencia a Dios y sobre todo se nos olvida que en esa obediencia, en esa fe está nuestra propia y verdadera felicidad. No existe entonces un curso de milagros, solo el milagro lamentable de estafar a mucha gente.
Lo que sí existe es una manera de cerrarse e impermeabilizarse frente a la voluntad de Dios, y eso es lo que nos presentó el evangelio de hoy. Los que despreciaron a Jesús y lo despreciaron fundamentalmente porque creían que ya lo entendían, que ya lo conocían. Los que despreciaron a Jesús se quedaron sin las obras de Jesús, sin los milagros de Jesús, sin las maravillas de Jesús. Entonces no existe un curso para obligarle a Dios que haga sus milagros, pero sí que existe un método y un método lamentable y es el que aparece en el evangelio de hoy, un método lamentable para quedarse uno sin los milagros, sin los prodigios, sin los portentos, sin las maravillas que Dios quiere hacer en nuestra existencia, la receta tristemente es muy breve, es creer uno que ya conoce, que ya entiende a Cristo. Los que pretenden reducir a Cristo a las dimensiones de un buena persona o de un revoltoso social, o quizás de un filósofo, o quizás de un predicado más a la misma altura de un Buda o de un Mahoma, los que pretenden reducir a Cristo a esas proporciones ya están aplicando la receta exacta para quedarse sin Cristo.
Así que las lecciones de hoy son dos: primero, no existe un curso de milagros y segundo si existe una triste receta para perderse a Cristo, y esa triste receta es creer que uno ya lo conoce y creer que uno ya lo entiende completamente.