I175002a
Fecha: 19990730
Titulo: Cristo no desprecia nuestros pequenos esfuerzos, Cristo los toma para encontrarnos con El.
Original en audio: [16 min. 28 seg.]
Cristo mira con buenos ojos al que hace esfuerzos por llegar hasta Él.
Otra vez un hombre bajito llamado Zaqueo cobrador de impuestos que se subió a un árbol para ver a Jesús y Jesús lo vio y le parecía bien. Jesús mira con amor, Jesús actúa con benevolencia los impulsos que la gente hace para llegar hasta Él.
Otra vez Nuestro Señor Jesucristo estaba cansado, agotado acabando de atravesar el lago y Jesús que había llevado a sus discípulos para “un momento de retiro y de descanso a un lugar tranquilo y apartado, porque la gente no los dejaba ni comer” San Marcos 6,31.
Buscando un lugar tranquilo y apartado ya la gente había llegado allá y había una cantidad de posesos y de enfermos, es decir, esa mezcla de miserias y tristezas que acompañó toda la vida de Cristo, ¿que nos dice el evangelio? Que, "Jesucristo los sanó y se puso a enseñarles con paciencia, porque se compadecía de ellos ya que eran como ovejas sin pastor” San Marcos 6,33-34.
De todo este pasaje sacamos una primera conclusión para nosotros en este día: Cristo mira con amor los pequeños esfuerzos que uno hace, lo poquito que uno alcanza a hacer, a veces contaminado de superstición, contaminado de incredulidad.
Pero Cristo sabe que nosotros estamos enfermos, Cristo sabe que estamos cojos, Cristo sabe que estamos desnutridos, Cristo sabe que somos retrasados mentales, que muchas veces no alcanzamos a hacer una oración coherente, pero Cristo no está para aplacar nuestras crisis de oraciones sino para tomar eso poquito de las meditaciones y mejorarlo.
Por eso dice el profeta Isaías, refiriéndose a Cristo que, "este Cristo no iba a apagar el pábilo el camino vacilante, ni iba a quebrar la caña cascada" Isaías 42,3.
Muchas veces nuestra vida es eso, una mujer iba herida, tronchada, nuestra vida se ha tronchado, ¿quién de nosotros puede decir que tiene una oración digna dirigida al Altísimo? Creo que ninguno de nosotros.
Nuestras oraciones son interesadas, muchas veces absurdas, llenas de mentiras, nuestra oraciones estás contaminadas de superstición, contaminadas de egoísmo, hay gente que reza para que no le vaya mal, hay gente que reza como fariseo: “Gracias, Señor, porque no me parezco a nadie, no soy como los demás” Lucas 18,11.
Dios tiene paciencia con nosotros, Dios apuesta de buena gana y con misericordia nuestros pequeños esfuerzos, por eso hay que tener un poco de misericordia también con uno mismo en ese sentido, porque no vamos a hacer una oración perfecta tal vez nunca en la vida, no lo sé.
Nuestras oraciones son imperfectas, son inconstantes, son interesadas, cuando los problemas me aprietan, "¡ay, Dios, Dios!", y bajo mi oración. Dios sabe de qué barro estamos hechos y Dios recibe nuestros pequeños esfuerzos.
Hubo Una mujer que ni siquiera era israelita, que miraba a Cristo como un brujo, pero esta mujer estaba enloquecida de dolor, porque una hija de ella estaba poseída por el demonio, y esta mujer andaba buscando tanto brujos como hechiceros, y si hubiera conseguido…, "a ver, si lograba sanar a la niña", y escuchó que había un cierto profeta y que ese profeta lo invitó a otro grupo más, y entonces se fue donde Jesús a decirle que le ayudara, que le ayudara a la niña.
Jesús sabía que ella lo estaba tratando a Él como si fuera un curandero o brujo, como si fuera un mago más. Aunque Cristo aplazó el milagro por razones pedagógicas, finalmente, hasta esa súplica de esa mujer, una mujer sidonia, una mujer que no era israelita, hasta esa súplica de esa mujer se encontró con el Corazón de Cristo.
Esto nos tiene que mover a nosotros a una gran confianza; Cristo Nuestro Señor está dispuesto a acoger hasta lo más pequeño. La felicidad es grande y nuestras ofrendas son pequeñas, pero Cristo esta dispuesto a acoger nuestras pequeñas ofrendas.
Una vez estaban más de cinco mil personas, y esto era sin contar mujeres y niños, de manera que era una multitud de miles y miles de personas en un descampado, no había para darles de comer.
Cristo, precisamente, por su unión con el Padre, hubiera podido pedirle al Padre celestial como Moisés, que cayera como una especie de maná para toda esa gente, pero Cristo no obró como Moisés en ese caso, Cristo no le pidió a Dios un milagro para todos esos, Cristo tomó el poquito que tenía de un muchacho que andaba por ahí, que tenía dos pescaditos y cinco panes, y Cristo no lo despreció y no le dijo: “Mira, como que cinco panes ¿no ves, hombre, no ves?”.
Cristo no humilló al muchacho que tenía cinco panecitos; Cristo no te va a humillar a ti, aunque tu ofrenda sea ridícula; Cristo sabe tomar con cariño los dos pescaditos y sabe bendecirlos, y sabe multiplicarlos, y sabe repartirlos.
Y Cristo se las arregla para ir estirando los panecitos y estirando los pescaditos hasta que alcancen para todo el mundo, porque aunque la necesidad sea extrema, aunque la maldad cunda, y aunque el pan sea tan escaso nosotros no debemos desesperar, nunca, nunca.
Cuánta gente por allá en el descampado seguramente estaba refunfuñando: "Y ahora ni para delante y ni para atrás, lo que se llene...." Esto me llega a la mente porque este pueblo de Israel era un pueblo murmurador, es la gente que refunfuña, la gente que se queja, esos son hebreos de corazón, es gente quejumbrosa, hay gente quejumbrosa, esos son hebreos de corazón, hay que tenerles paciencia, ¿por qué? Porque son Hebreos murmuradores, quejumbrosos, refunfuñones.
Así la gente refunfuñaba, por allá los unos se quejaban de los otros. Yo me imagino las familias y a ese esposo regañando a las señoras: “¿se da cuenta? "A ver, vamos....”
En semejante trance, mientras los unos maldecían y otros lloraban, yo me imagino unos niños llorando de hambre y las madres diciéndole: “No mijito, óigale la predicación al Padre”. En semejante hambruna Cristo apreció los panecitos de este muchacho; Cristo tomará en cuenta cualquier cosita que nosotros hagamos.
Muchas veces en la vida de los santos Cristo ha dado muestra de eso, especialmente con las obras de misericordia. Cristo ha dado señales que aprecia las obras de misericordia infinitamente, un gesto de ternura, una palabra de amor.
Dice la Escritura que incluso pueden ser borrados muchos pecados por las obras de misericordia, a Jesucristo nunca se le olvida una obra buena que tú hayas hecho, Jesucristo tiene una muy buena memoria, pero no una buena memoria de unos esposos que llevan cuentas estrictas para sacar, “el dia 4 de septiembre de 1943 usted me miró feo”; Jesucristo tiene una memoria parecida, pero todo de lo bueno que uno hace.
A Jesús no se le olvida, tanto, que Él toma como hecho a sí mismo todo lo que nosotros hagamos por nuestros hermanos.
Jesucristo anda buscando razones para salvarnos: "Este hombrecito que no hace nada por su vida, ¿cómo le hago para salvarlo? “Yo he venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido” San Mateo 18,11, dice Cristo; Él estaba buscando razones para salvarlo, "a ver, cómo le puedo mejorar la vida a este hebreo amargado? ¿Qué se podrá hacer por él? ¿Qué se puede decir a favor de él?"
Con esta noticia maravillosa por el verdadero rostro de Jesucristo, hay que complementarla con el evangelio de hoy. Hay un camino para encontrarse con Cristo, ¿y cuál es ese camino? Casi cualquier cosa que uno haga por buscar a Cristo, Él se la tomará en cuenta.
Pero hay un camino para perderse de las obras de Cristo y este es el camino que aparece aquí, “no hizo muchos milagros porque les faltaba fe”, ¿y por que les faltó fe? Porque sentían mucha confiancita a Cristo, como le conocían toda la parentela, creían que ya le conocían.
Hay una manera de encontrarse con Cristo, sí, no una, millones de maneras, casi cualquier cosa que hagas por buscar a Cristo, Él te la tomará en cuenta, pero hay también una manera de perderse de Cristo, y esa manera ¿cuál es? Lo que dice en el evangelio, creer que uno ya lo conoce, creer que uno ya lo entiende, creer que uno ya sabe quien es Él, creer que uno ya puede explicarlo, creer que uno ya pasó por ahí, y esto fue le que le sucedió a estos vecinos de Cristo.
Ellos que estaban tan cerca no lo pudieron ver pasar, como cuando uno tiene un libro pegado a la nariz y no lo podemos leer, así les pasó a estos pobres hombres, tuvieron tan cerca la oferta de Dios y no pudieron leerla, no pudieron encontrarla.
La mamá de un fraile dominico, que hoy es sacerdote, cuando este fraile no era fraile sino era un niño pequeño y no encontraba las cosas, cuando le mandaban esas tareas de las casas, la mamá le decía: “Bueno, pero usted no encuentra ni al mundo”. Así estamos nosotros a veces, no encontramos ni al mundo.
Estaba Cristo repartiendo amor y misericordia y señales por todas partes, y hay gente que todavía no se convenció y ahora hagan unos milagros del cielo.
Mis hermanos y amigos, cualquier cosa que hagamos por Cristo, Él la toma en cuenta, cualquier búsqueda, una invocación que hagamos por Cristo, Él la toma en cuenta; pero hay una manera de perderse de Cristo, Dios nos libre, creer que ya lo conocemos, creer que ya lo entendemos, creer que no merece nuestra confianza, creer que ya hicimos la prueba de ser cristianos.
Pero esto de encontrarse con Cristo.... Hay una historia conmovedora, una historia maravillosa que conocí hace poco y que tuve el agrado y el gusto de publicarlo para unos amigos a través del servicio del Internet.
Hay un muchacho que era atleta del trampolín, él practicaba con frecuencia porque iba a participar en unas olimpiadas, un muchacho ateo que tenía sin embargo un amigo cristiano, entiendo yo que no católico, y este amigo le hablaba mucho de Dios, de Jesucristo.
Y el ateo este, más o menos oía a su amigo cristiano como por interés, él tenía otro interés por su arte, por su competición, pertenecía ese muchacho ateo a una inmensa universidad norteamericana, de esas que tienen grandes gimnasios, grandes centros deportivos y entre ellos una inmensa piscina para practicar clavados, como es frecuente en estos universidades.
Entonces estaba abierto el gimnasio y también la piscina para servicio a los estudiantes, prácticamente en todas las horas del día.
Y ya, en la noche, el muchacho ateo fue a practicar a la piscina, y aunque las luces no estaban encendidas, los reflectores de afuera hacían suficiente luz.
De manera que el muchacho se subió al trampolín más alto para practicar su salto, extendió sus brazos y resulta que unos de los reflectores de afuera, iluminando su cuerpo, proyectó la figura de la cruz en la pared, el hombre vio la figura de la cruz y se acordó de tantos sermones que le daba su amigo protestante y se arrodilló un momento, ahí en el trampolín, a unos cuantos metros de altura, y le dijo a Cristo: “Si tú existes, yo quisiera encontrarme contigo”
Fíjate, una frase dicha así por un muchacho, pues en ese momento dio la casualidad que entró uno de los dependientes, encargado del mantenimiento de la piscina y encendió las luces y resulta que la piscina la habían desocupado para mantenimiento, cuando este hombre se levanta, entonces entendió lo que iba a suceder.
Eso fue el principio de la conversión de este atleta; Cristo mira hasta eso, hasta este momento, hasta esa súplica hecha de prisas por un hombre que tal vez todavia no tenía fe.
¡No nos perdamos la oportunidad maravillosa de encontrarnos con Jesucristo! Aunque sea sólo una súplica dicha así, eso puede transformar nuestra vida.