I172001a
Fecha: 20070731
Título: Trae el juicio de Dios sobre ti y no sobre los demás
Original en audio: [7 min. 40 seg.]
Vemos, mis hermanos, cómo Jesús se adapta a la realidad de sus oyentes y hace hablar a las cosas; esto es algo que siempre le he admirado a Él.
Él es la Palabra, y Dios nos habla en Cristo, pero lo más hermoso es que esa realidad de palabra, Él la transmite a las cosas mismas, de manera que las cosas empiezan a hablar, adquieren un lenguaje cuando son tocadas por el lenguaje de Jesús.
Él es la palabra, y como dice alguna poesía de la Liturgia de las Horas, "palabra las cosas", hace que la cosas se vuelvan palabra, que nos hablen.
Y yo quiero pedirle al Señor que nos conceda esa gracia, esa gracia de sentir el lenguaje sencillo, pero tan elocuente, tan poderoso de las cosas.
Antes de salir a predicar por las calles, por los campos; antes de salir a contarnos tantas cosas tan bellas y tan profundas, podemos estar seguros de una cosa: que Jesús tenía esa mirada que podemos llamar de poeta, esa mirada que podemos decir, mirada mística sobre el mundo; ya la tenía Él.
Antes de hablarnos del sembrador o del hijo pródigo; antes de hablarnos de la dracma perdida o del buen pastor, los ojos de Jesús habían aprendido a mirar el mundo y habían aprendido a encontrar el lenguaje de Dios ahí. De manera que Cristo pudo reconocer, aún en las cosas más elementales, el lenguaje de su Padre Dios, que también es nuestro Padre, y luego en la predicación, lo que Él hace es dirigir nuestros ojos, para que también aprendamos a mirar así el mundo.
Y digo yo, bienaventurados los ojos que son bendecidos por estos ojos de Cristo, bienaventurada la mirada que se deja educar por la mirada de Cristo, bienaventurados aquellos, que con estas predicaciones tan sencillas, con estas parábolas que están al alcance de todo el mundo, son capaces de encontrar los misterios del Reino y la presencia del Padre Celestial.
Por ejemplo, eso de hoy, la cizaña que se parece tanto al trigo, y cuánto nos enseña eso tan sencillo, porque nosotros muchas veces quisiéramos ser drásticos, ¿no? Quisiéramos acabar con todo lo que vemos que se opone al plan de Dios, entonces si hay un criminal, pues hay que acabar con él, y si hay un adúltero, hay que apedrearlo, y si hay un blasfemo, hay que condenarlo a muerte.
Y tomo estos ejemplos deliberadamente para destacar que ese "experimento", el experimento de acabar con el pecado a través se acabar con el pecador, ese "experimento" ya está en la Biblia, esa es la Ley de Moisés, y ese experimento no funciona, porque la manera de acabar con la maldad no es acabar con los malos, sino es convirtiéndolos.
Podemos acabar con la maldad, podemos pretender acabar con la maldad acabando con los malos, pero hay otra forma: convirtiendo a los malvados para que sean buenos.
Y Jesús tomo ese camino, aparentemente absurdo, indudablemente penoso, de buscar la conversión del malvado. En esto no estaba haciendo otra cosa sino siguiendo lo que dice el profeta: "Por mi vida, dice el Señor, no me complazco en la muerte del pecador, sino que se convierta y viva" (véase Ezequiel 33,11).
Es decir, que ya desde el antiguo Testamento uno ve que lo que Dios quiere es eso.Pero la parábola de hoy también nos enseña que hay un límite, que hay un juicio último, hay un final en el cual tiene que aparecer la verdad, como dice nuestro mismo Cristo en otras partes: "No hay nada oculto que no salga a la luz" (véase San Mateo 10,26). Tiene que salir a la luz la verdad de los corazones.
De manera que esta misma parábola, en su sencillez, por lo menos nos enseña dos cosas: no anticiparnos al juicio de Dios, porque la conversión siempre será posible en los demás y en nosotros mismos, pero por otra parte, anticipar ese juicio sobre nosotros, sabiendo que todo lo que somos, lo que en realidad somos, tendrá que salir a la luz.
O sea que hay hay un modo muy bonito de resumir esta parábola: lo de los demás, déjalo a Dios; lo tuyo, enfrentalo con Dios, míralo a la luz de Dios. O todavía dicho de otra manera: no traigas el juicio de Dios ahora sobre los demás, tráelo, en cambio, sobre ti mismo.
Traer el juicio de Dios sobre ti mismo, es traer la luz de Él, esa luz que ilumina tu conciencia, a lo más profundo de tu ser; tráela.
Decía San Luis Bertrán: "Limpiame ahora, purifícame ahora; quema lo que haya que quemar, opera lo que haya que operar". San Luis Bertrán era uno de aquellos que no quería ir al Purgatorio, y por eso, San Luis Bertrán quería anticipar el juicio de Dios sobre sí mismo, para que su corazón fuera realmente transparente, realmente verdadero, luminoso ante Dios.
Trae ese juicio de Dios ahora, pero sobre ti, no sobre los demás; de los demás ¿tú qué sabes?
Que Cristo nos enseñe a mirar el mundo, para que las cosas nos hablen, nos hablen de Dios; y que Cristo mismo nos ayude a cumplir con el significado más profundo de esta parábola.
Así sea para gloria de su nombre.
Amén.