I171002a
Fecha: 20030728
Título: El Dios humilde entre nosotros era necesario
Original en audio: [4 min. 08 seg.]
Podemos aprender del libro del Éxodo por qué Jesús hablaba en parábolas. Ese es el experimento que vamos a hacer.
En el libro del Éxodo, Dios mostró su poder abiertamente, pero no sirvió para mucho porque no corrigió la rebeldía del corazón humano.
Un Dios escondido no nos sirve, porque si no lo conocemos no podemos obedecerlo, amarlo, servirlo. ¡Un Dios escondido no sirve! Pero, un Dios que muestra toda su majestad, que muestra todo su poder, que muestra toda su sabiduría, un Dios así, tampoco.
Porque, un Dios así es un Dios que aterra con su grandeza, que nos asusta con sus juicios sin que llegue a convertirnos. Un Dios que se muestra tanto, no sirve, porque con su grandeza nos asusta y con su pureza nos aleja.
Un Dios que no se muestra, tampoco sirve, porque si no lo conocemos no lo servimos. Mostrarse demasiado no le sirvió a Dios; esconderse no nos sirve a nosotros.
Entonces, necesitábamos un Dios que medio se mostrara y medio no se mostrara. Es un Dios que nos atrae, es un Dios que nos seduce. La seducción es éso; seducir es éso, mostrarse y esconderse.
En esto se parece lo que hace la mujer cuando quiere interesarle a un hombre. Si una mujer quiere interesarle a un hombre, se esconde. El primer deber de una mujer enamorada, es huir. El primer deber de un hombre enamorado, es hacer el ridículo.
Así funciona el amor, ella escondiéndose para que él corra. Por eso, la famosa definición de noviazgo: un noviazgo es un hombre que persigue a una mujer hasta que ella lo atrapa.
De igual manera ha hecho Dios con nosotros, nos ha seducido. Las parábolas son éso, las parábolas son claroscuro; sugieren, encantan, mas no aplastan. No son evidentes; apenas dejan brillar un poquito la luz.
Con eso, el que quiere encontrar, el que tiene hambre, el que está en el momento, encuentra todo. El que quiere endurecerse, el que no quiere entender, no encuentra nada.
Las parábolas juzgan nuestro corazón. De ahí que la llegada de Dios en Cristo a nuestros corazones, es una llegada humilde. Jesús llega de manera humilde como la semilla de mostaza, llega como la levadura. Jesús es Dios humilde entre nosotros.
Mientras que el Éxodo nos presenta un Dios de brazo extendido, un Dios potente, éso no sirve. Mejor dicho, sirvió en ese momento como un momento, como un paso dentro de la historia de la salvación.
Sin embargo, no sirve, porque vemos a Dios tan poderoso y nos asustamos, lo vemos tan puro y nos alejamos. ¡Así no sirve! Necesitábamos al Dios humilde, necesitábamos a Jesucristo.
Así es también la Eucaristía. La Eucaristía es así, tan pequeñita que cualquiera puede despreciarla, tan grande que nadie puede entenderla.
¡Así es la Eucaristía! La Eucaristía es la última y la máxima parábola de Jesús, y es lo que estamos celebrando.