I171001a
Fecha: 20030728
Título: El problema de los idolos
Original en audio: [22 min. 10 seg.]
Amados Hermanos:
Quiero referirme a la primera lectura del día de hoy, que está, simplemente, colmada de enseñanzas para nosotros. Es una escena, que tal vez muchos recordamos, por haberla visto en la televisión o en el cine.
Por ejemplo, en esa gran producción de "Los Diez Mandamientos", una de las primeras películas de cine que veía yo en mi infancia, cómo olvidar el gesto de disgusto infinito de Moisés, de tristeza profunda, que marca, que ensombrece su rostro, cuando arroja con santa ira las Tablas de la Ley al pie de la montaña.
Tratemos de comprender qué fue lo que sucedió ahí. La escena es impresionante, pero necesitamos no quedarnos solamente con la impresión, sino tratar de buscar luces, tratar de buscar enseñanzas para nuestra propia vida.
Y lo que encontramos es maravilloso, y es maravilloso por una simple razón, porque este no es un pecado más. Podemos decir, que lo que les pasó a los hebreos en aquella ocasión, hermanos, es lo mismo que nosotros llevamos repitiendo: En el fondo, todos los pecados se parecen; en el fondo, todos los pecados son repetición.
Porque todos son darle la espalda al mandato de Dios, inventarnos disculpas o justificaciones, y poner en lugar de Dios, algo o alguien. Esa es la estructura básica de un pecado y de todos los pecados.
De manera que, tal vez, nosotros no tenemos becerros de oro, físicamente hablando, pero cada uno de nuestros pecados está retratado aquí. Cada uno de nuestros pecados se parece a lo que hemos oído en esa primera lectura.
¿Qué fue lo que sucedió? Empecemos por ahí. Resulta que Moisés ha venido predicando al pueblo, y les ha enseñado que hay un Dios, el Dios de los padres, el Dios de Isaac, Abraham y Jacob, que ha mirado con compasión a su pueblo, y que lo ha sacado con mano poderosa y con brazo extendido.
Pero nadie ha visto nunca a este Dios. Entonces viene el reclamo. Aquí viene, tal vez, la primera enseñanza concreta para nosotros, el reclamo de los hebreos.
Como Moisés se fue allá, a un larguísimo retiro espiritual, más largo que un retiro ignaciano, porque eran cuarenta días, entonces los hebreos no sabían qué hacer. Moisés se fue a retiro, pero no dejó en retiro a los hebreos. Quizás ese es un error, porque a los hebreos ya les pareció, que cuarenta días era demasiado. Y entonces, le dijeron a Aarón, el hermano de Moisés: "Haznos un dios que vaya delante de nosotros, pues a ese Moisés que nos sacó de Egipto, no sabemos qué le ha pasado" Exodo 32,23.
Es decir, es interesante. Ellos no creían que estaban traicionando a Yahvéh. Simplemente buscaban verlo, tenerlo cerca, sentirlo cerca, y también poder llevarlo, poder contar con Él, incluso, poder manejarlo, poder manipularlo.
Ahí está la estructura del pecado, transformar a un dios en un poder que está cerca de mí, y del que yo puedo disponer. Ese es el resumen de la magia. La gran diferencia entre la fe y la magia es, precisamente, esa.
La fe es: "Yo sigo lo que Dios quiere"; la magia es: "Yo pongo el poder en mis manos, yo tengo un Dios conmigo, yo puedo disponer de Dios". En la fe, "Dios me controla a mí"; en la magia, "yo controlo a Dios".
Y los hebreos pasaron el delicado límite entre la fe y la magia. Les pareció muy duro mantenerse bajo el poder de Dios, y les pareció, en cambio, muy amable, porque organizaron festín, cuando pudieron tener a Dios bajo su control. Esa es una enseñanza.
Hay otra enseñanza para nosotros. El pueblo hebreo había visto cosas maravillosas. Si nosotros recordamos el texto del Éxodo, que hemos venido leyendo en esta semana, realmente, lo que había hecho Dios, era simplemente espectacular.
Y por eso es "tan fácil" hacer una película sobre los diez mandamientos, porque es ver todas esas escenas, cuando les mandó mosquitos, cuando les mandó sapos, cuando les mandó tinieblas, o cuando abrió el mar ante ellos: cosas espectaculares.
Pero ninguno de esos espectáculos sirvió para conservar la fe. Esta es la segunda enseñanza. Uno puede haber visto, uno puede haber vivido cosas. Las cosas espectaculares pueden ayudar a despertar la fe, pero las cosas espectaculares no nos ayudan a conservar la fe.
Y por eso no nos extraña, entre los que estamos aquí, cuántas veces hemos visto verdaderos milagros. Yo hablaría, por ejemplo, de lo que conozco de esos congresos de sanación, congresos de evangelización, congresos de adoración, especialmente los organizados por la Renovación Carismática Católica.
A mí me aterra pensar que hay gente que me habla de milagros que han sucedido a través de oraciones mías. Eso es una cosa que a mí me espanta, pero han sucedido, y hay gente que cuenta: "Yo me sané de tal cosa", "a mí me pasó esto...", "yo me curé con sus palabras, con su oración".
O sea que Dios obra, y las cosas espectaculares, no solamente están en las páginas de la Biblia. Dios obra, Dios es capaz de hacer ese tipo de cosas. Y las cosas maravillosas sirven, claro que sirven, sirven para despertar la fe.
Pero pasa el tiempo, y muchas de esas personas que estuvieron en congresos, y que vieron milagros, y que vieron tantas cosas, luego son proclives a enfriarse, a alejarse, vuelven a sus negocios, vuelven a sus asuntos y a veces vuelven, incluso, a sus pecados.
Por tanto, la segunda enseñanza es: La fe puede nacer con cosas espectaculares, pero la fe no se conserva de esa manera. La fe no se conserva con espectáculos.
Y de aquí podemos entender un poco, por qué Nuestro Señor Jesucristo era tan renuente a eso de dar señales cuando se las pidieran. Cuántas veces le dijeron los fariseos: "Bueno, a ver, haga una señal en el Cielo". ¿Era que no podía? Pues claro que podía.
Pero, ¿para qué hacer espectáculos? Los espectáculos tienen su lugar en la vida del cristiano según la providencia de Dios; pero los espectáculos no nos sirven para conservar la fe, y esta es la segunda enseñanza que nos interesa.
¿Qué más podemos aprender de esa lectura? El comportamiento de Moisés es raro. Bueno, uno entiende la ira, pero después hace una cosa rara: Muele el morraco ese, el monstruo ese, o el coso ese que habían hecho, lo muele, lo echa en agua, y se los da a beber.
¿Qué pretendía Moisés con eso? Al parecer, tenía, por lo menos, dos objetivos:
Primero, mostrar que eso no era ningún Dios. Es decir, a veces es necesario destruir el ídolo, para sentir que sólo Dios es Dios; hay que destruir el ídolo, hay que apartarse del ídolo, hay que sentir claramente en el corazón, que eso no es Dios.
Y en segundo lugar, se los dio a beber. ¿Por qué? Pues, para hacerlo desaparecer de sus ojos, y para que nunca más quisieran hacer algo parecido.
Porque, evidentemente, si quedaba ese objeto por ahí, rodando, o si se refundía, no de refundirse, sino de volverse a fundir; si se volvía a fundir para hacer otros objetos, esos otros objetos, igual podían servir para ser un nuevo ídolo.
Bueno, ¿y eso qué nos dice a nosotros? ¿Qué significa eso de destruir el ídolo? Algún protestante, que estuviera oyendo estas palabras, diría: "Ah, pues eso está clarísimo, significa que cada uno tiene que ir a la casa, coger cuanto cuadro encuentre de la Virgen, de la llamada Virgen María", -como dicen ellos-, todos los cuadros que encuentren del llamado Corazón de Jesús, y tienen que destruir eso, hacer hogueras, porque hay que destruir el ídolo".
Y los protestantes, a veces, no todos son así, toman esas actitudes sectarias, esas actitudes durísimas.
Y a nosotros, ¿qué nos dice eso? Nosotros sabemos que la respuesta no es tan sencilla. ¿Qué quiere decir esto de moler el ídolo, y de no hacernos ídolos? Pues repito, no es una cosa tan sencilla como empezar a destruir los muebles de la casa.
Es más bien una actitud del corazón. Es una actitud del corazón, que tiene continuamente que estar vigilando, y que tiene que estarse purificando.
Cuántas veces encuentra uno, que para una persona, sus hijos son un ídolo, el esposo es un ídolo, la amante que tiene es un ídolo. Entonces, ¿tiene que coger a la amante, y matarla, y volverla cenizas? Pues claro que la solución no es esa.
Este punto de la Sagrada Escritura nos invita a estar vigilando, a preguntarnos en la soledad, como hizo Moisés, porque Moisés oraba en soledad y en largo retiro, con mucho amor, con infinita transparencia y sinceridad, ¿qué se me está volviendo ídolo en mi corazón? ¿Qué puede ser un ídolo para mí?
¿Y cómo reconocemos al ídolo? Pues lo reconocemos, porque nos quita el hambre de Dios. Fíjate, lo que les pasó a los hebreos. Ellos estaban como desubicados, se sentían como que se sentían y no se hallaban: "¿Qué nos pasa?"
En ese estado, pueden suceder dos cosas: O que uno viva el hambre de Dios, o que uno reemplace a Dios por un plato de lentejas o por un becerro de oro.
Yo creo que esto es interesante y es profundo. Sentir nostalgia, sentirse un poco desubicado en esta tierra, no necesariamente es malo. Uno puede sentir que nada lo llena. Y eso no es malo, porque ese es el paso previo para percibir el hambre infinita de Dios, el paso para disponernos a que Dios, y solamente Dios, nos llene.
Sentir uno que no llenan las cosas terrenales, sentir uno que no encuentra contentamiento, que no se halla en ninguna de las cosas de esta tierra, eso no es tan malo. ¿Y por qué no es tan malo? Porque esa es la condición previa para sentir hambre de Dios.
Entonces comparemos lo que hacía Moisés, y lo que hacía el pueblo. Moisés tampoco había visto a Yahvéh, el pueblo no había visto a Yahvéh. Pero Moisés no se hace un ídolo, el pueblo sí se hace un ídolo.
Es decir, que el hambre de Dios, ese sentir que me siento y no me hallo, ese sentir que nada me llena, puede conducirme, o al camino de Moisés, que es el camino de la oración, la purificación y la contemplación, o me puede llevar al camino de los hebreos, que es el camino de reemplazar a Dios por cualquier cosa que me brinde un buen rato de danza, de gozo y de desenfreno.
Así puedo identificar entonces a Dios. El Dios verdadero siempre me dejará como una huella de su hambre, una huella de su infinito, una sensación de que "nada me llena"; mientras que el ídolo siempre se presenta con una promesa, falsa, desde luego, "puedo colmar todos tus deseos". Ya se trate de los relatos paganos, o ya se trate de otras religiones, existe siempre esa promesa: "Yo llenaré todos tus deseos".
Evoquemos aquí esa escena de las tentaciones, donde el demonio le habla a Cristo así: "Yo voy a llenar todos tus deseos. Si tienes hambre, haz esto...; si buscas gloria, haz esto...; si quieres poder, haz esto...; yo puedo llenar todos tus deseos". Esa es la voz del demonio, esa es la voz del ídolo: "Yo puedo satisfacerte".
La voz de Dios, en cambio, es: "Yo puedo darte alimento para el camino, pero sólo aquí, sólo junto a mí, sólo más allá del camino de la vida, sólo atravesando el umbral de la muerte, yo puedo ser la plenitud de tu alegría".
De manera que necesitamos aprender qué es un ídolo, y necesitamos, amigos, una actitud fuerte, una actitud de continua purificación.
¿Qué se me está volviendo ídolo? Pueden ser muchas cosas. Ojalá los protestantes tuvieran razón, y rompiendo tres muebles de la casa, quedara uno limpio. ¡Qué más quisiera uno! ¡Bonita gracia! Pero el problema no es romper dos o tres cuadros, el problema es, ¿qué hago con la cantidad de idolatrías del corazón?
Y por eso encontramos, en esos mismos protestantes, que, tal vez, no tienen ni una sola imagen de la Virgen, que era lo que menos daño les podría hacer. Pero por dentro, tienen, por ejemplo, una soberbia infinita. Y ellos, lo mismo que nosotros, tienen que pelear contra ese ídolo.
O sea que el problema de los ídolos, no es un problema de cuadros, ni es un problema de yeso, ni es un problema de madera.
El problema de los ídolos es la búsqueda continua de la pureza del alma, para que sólo Dios reine en nosotros.
Y eso no se soluciona rompiendo muebles de la casa. Eso se soluciona "vigilando y orando" San Mateo 26,41, como dijo Jesús hacia el final del evangelio.
Bueno, ¿y qué más podemos aprender de esta lectura? Digamos una última cosa, aunque tal vez estas palabras se extiendan un poco; ¿Cómo termina Moisés? Moisés se disgusta con el pueblo, pero ayuda a salvar al pueblo. Esto es hermoso, porque esta es la señal del verdadero amor. Moisés se disgusta, pero ayuda a salvar.
Es decir, lo mismo que hace una mamá, por ejemplo. Si una mamá ve que el hijo está obrando mal, se disgusta con el hijo, pero quiere ayudarlo a salir del problema. Ahí hay amor. En cambio, cuando no hay amor hacia el otro, sino amor solamente hacia sí mismo, yo me disgusto con el otro, y corto. "Allá él, que se pudra, que se muera, que se acabe".
Moisés muestra que ya tenía amor de Dios en el alma, un amor de mamá. Porque se disgusta con el pueblo, pero ruega por el pueblo; esta, también, es una enseñanza para nosotros. Realmente, el modelo de amor que nosotros deberíamos tener, es ese.
Por ejemplo, nosotros podemos disgustarnos porque alguien ha cometido un secuestro, sentir repulsión en el corazón. Pero muchas veces, lo único que se nos ocurre es: "¡Eso no debería suceder! ¡Qué personas desgraciadas! ¡Qué personas infelices, criminales!"
Pero no llegamos a dar el otro paso: "¿Y ahora qué hago? Aunque sea solamente con mi oración", que no es poco tampoco. "¿Qué hago, aunque sea sólo con mi oración, para que esa persona que está cometiendo ese crimen, se salve?"
Porque, si yo no estoy rogando por esa persona que hace eso, lo que estoy demostrando es que me interesa sólo resolver mi problema, y entonces no tengo amor, realmente.
Moisés nos enseña una cosa muy grande hoy, y la manera como intercede es una belleza. Fíjate, cómo Moisés ata su suerte a la suerte del pueblo que lo ha traicionado. Este pueblo ha cometido un pecado gravísimo. Moisés no lo había cometido; es el pueblo.
Pero aunque Moisés no ha cometido el pecado del pueblo, el amor que Moisés le tiene al pueblo, lo ata a la suerte del pueblo. Yo siento aquí, realmente, la voz de Jesús cuando dice Moisés: "Este pueblo ha cometido un pecado gravísimo, pero ahora, o perdonas su pecado, o me borras del libro de tu registro" Exodo 32,31-32.
¡Qué hermosura! Como quien dice: "O nos salvamos todos, o entonces, quítame también a mí". Esa expresión tiene un paralelo con una cosa que dice San Pablo en la Carta a los Romanos, refiriéndose al pueblo judío, cuando dice San Pablo algo que es una locura: "Es que yo quisiera ser hasta maldición, con tal de que se salvaran ellos" Carta a los Romanos 9,3.
Es una cosa absurda, pero es la manera de indicar la intensidad de un amor, que no tolera que se pierda el otro. Esta es la calidad de amor que necesitamos nosotros. Y esto es Jesucristo. Si Moisés, que no era el hijo de Dios vivo; si Moisés pudo orar así, aprendamos de aquí, cómo era la oración de Jesucristo en el huerto, por ejemplo, o en la Cruz.
Fíjate lo que dice Moisés: "O perdonas su pecado, o me borras del libro de tu registro" Exodo 32,32. "O nos salvamos, o me salvas con ellos"; para decir la frase al derecho, "o los salvas a ellos conmigo, o me condenas a mí junto a ellos".
Eso es amar, y esa es la oración de Jesucristo en la Cruz. Claro, con una oración de esas, pues, ¿qué hace el Papá? "Bueno, entonces toca perdonarlos, porque ¿qué hacemos? Toca perdonarlos".
Y así es como ha orado Jesucristo en favor de nosotros, y por eso nosotros somos perdonados. Porque, en realidad, es como si Jesús hubiera dicho: "Bueno, o los salvas a ellos junto a mí, o entonces me pierdo yo con ellos". Es un amor que se une tan completamente: "Es que yo soy uno con ellos. Entonces, si me quieres llevar a mí, los llevas a ellos".
Haciendo una comparación un poco tonta, es como un muchacho que le dijera al papá o a la mamá, o a los papás les dijera: "Sí, yo quiero entrar a mi casa, pero es que tengo unos amigos...". "No, pero es que esos amigos...". "Bueno, o entro con mis amigos, o nos quedamos todos afuera".
Entonces el papá, no es que simpatice demasiado con los amigotes del muchacho, pero dice: "Entre tenerlos a todos en la calle, y aguantárnoslos aquí en la casa, entonces, bueno, entre con sus amigos".
Algo así es como ora Moisés, algo así es como ha orado Jesucristo por nosotros. Y es una cosa maravillosa. Jesús se paró a la puerta del Cielo, y le dijo al Papá: "Yo sí quiero entrar, pero entro con toda esta gente, o ahí verá, nos quedamos afuera". Y claro que eso no tiene opción. Entonces entra con todos, y así fue como nosotros pudimos entrar al Cielo.
Démosle gracias a Jesucristo, que es nuestro gran Moisés, nuestro verdadero Moisés; pero démosle gracias a Dios, también, por este Moisés, que siendo un hombre de carne y hueso como nosotros, y un hombre que apenas estaba anunciando lo que habría de venir después, sin embargo tiene esa calidad de sentimientos.
Yo pienso, que cuando el Espíritu Santo acabe su obra en nosotros, nosotros también seremos así, seremos gente que ora de esta manera: "O me salvas a mí con mis enemigos, o entonces me pierdo yo junto con ellos".
Cuando podamos orar de esa manera, tendremos a Jesús reinando en nuestro corazón.