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El Evangelio del día de hoy está tomado del capítulo 12 de San Mateo, es un breve diálogo entre un grupo de fariseos y Nuestro Señor Jesucristo; la petición de ellos es muy concreta: “queremos ver un signo tuyo”, como si le dijeran: “queremos que demuestres que eres poderoso, grande, que Dios está contigo, que eres quien dices ser”. Esta petición aparece en este capítulo 12 y algo muy notable es que si revisamos los capítulos anteriores de San Mateo nos damos cuenta que Jesús ha colmado de signos y señales poblaciones enteras, no hace mucho escuchábamos sobre aquellas ciudades donde Cristo había hecho la mayor parte de sus milagros, singularmente Cafarnaún, Betsaida, Corozaín.
Cristo ha dado muchos signos, pero aquí le están exigiendo un signo; estos dos verbos nos dan la clave del diálogo de hoy; Cristo da señales, ahora llegan estos fariseos y le exigen una señal; cuál es la gran diferencia entre estas dos acciones, entre la señal exigida y la señal dada. Las señales que Cristo da son dadas en libertad, en donde Él permanece como Señor y como dueño, por otro lado cuando se le exige una señal, aquellos fariseos o también nosotros cuando obramos de esa manera, pretenden tener el control, es decir: “aquí en este laboratorio donde tengo control de todos los parámetros, donde mi mente está a cargo de todo, aquí haz ahora un milagro, yo controlo, vigilo, soy el criterio y ahora quiero que tu hagas tu milagro”.
En el fondo la diferencia entre estas dos acciones está en donde queremos que esté el señorío y el control. Señales es lo que Dios nos ha dado desde siempre: la majestad del cosmos, la belleza de las leyes de la naturaleza, el ansia de infinito en el corazón humano, santidad de tantas personas que Dios ha regalado a nuestra historia. El mundo rebosa de señales, hay muchísimas pero son las que Dios ha dado; en el momento que pretendemos exigirle a Dios, tomar el control, ser señores y que Él pase a ser nuestro vasallo. Cristo no se presta a ese juego: “señales doy muchas, pero no eres tu quien quien me va a condicionar a mi cuando y como hay que dar las señales”; porque el que es Señor es Dios no eres tu.
Consecuencia práctica para nosotros: abramos los ojos a las inmensas bondades, a la inmensa dulzura, a la generosidad incontenible, a la infinita hermosura del obrar divino y con esa gratitud y alabanza nuestra, tenemos más que suficiente para reconocer quién es Él y cuánto bien quiere para nosotros.