I156003a
Fecha: 20070721
Título: Algunas veces la gloria de Dios implica soportar, y otra veces implica enfrentar
Original en audio: [20 min. 43 seg.]
Amados Hermanos:
En el breve evangelio que acabamos de oír hay tres contrastes muy grandes, y podemos aprender muchas cosas de esos contrastes.
Empiezo de atrás para adelante. Por un lado, las acciones que se esperan de Jesús son grandiosas, y manifiestan una fuerza, un vigor impresionantes. Estamos hablando de alguien que "va a anunciar el derecho a las naciones" San Mateo 12,21, estamos hablando de alguien que "va a implantar el derecho" San Mateo 12,20,
Son acciones grandes, fuertes, pero al mismo tiempo, de Él se dice: "No gritará, no voceará por las calles" San Mateo 12,19. Es decir, son resultados muy grandes a través de medios muy humildes, son resultados muy fuertes logrados con una gran mansedumbre. Este es el primer contraste.
Usualmente, lo que uno espera es que un resultado grande se consiga a través de medios fuertes, por ejemplo, si va a implantar el derecho, entonces que se imponga.
Pero lo que nos dice el texto de Isaías, divinamente aplicado a Nuestro Señor Jesucristo, es: que los resultados serán grandiosos, pero los medios serán humildes, que será un tremendo despliegue de fuerza, pero también un tremendo despliegue de misericordia, e incluso de ternura.
¿Y cómo se puede tener a la vez tanta misericordia y tanta ternura y lograr cosas grandes? Eso no es lo que uno está acostumbrado a ver, uno lo que ve en esta tierra es que, cuando una persona quiere imponerse a grandes sectores de la población, tiene que volverse implacable.
Tal vez la imagen que tenemos de la gente que quiere cambiar el curso de la historia, es como la de José Stalin, un hombre que mató millones, literalmente millones de seres humanos, porque él quería cambiar el curso de la historia, o Hitler también.
Pero Jesús, se dice aquí, va a lograr algo todavía mayor, pero lo va a lograr por los caminos de la mansedumbre, de la compasión, de la humildad, incluso, de la ternura. ¿Cómo es eso posible? Este es el primer contraste.
Luego tenemos otro contraste, o si quieren llamarlo, otra paradoja. Jesús que cura a la gente, pero que les dice que no lo cuenten, que no lo descubran. Ahí también parece haber como una especie de contradicción.
Uno no termina de entender, si son obras de Dios, ¿por qué no se podían publicar? Además, es muy difícil recibir un milagro de ese tamaño, de los tamaños de los milagros de Jesús, y quedarse uno callado, ¿cómo puede ser eso? Pero Jesús les ordena que no lo descubran.
También aquí hay un contraste, hay una acción fuerte, vigorosa, por ejemplo, la curación de un enfermo, pero va unida a un acto de abajamiento, a un acto de humildad, a un acto de desaparecer. No entendemos del todo; por ahora dejemos simplemente ese contraste.
Y luego, en esta serie que llevamos de atrás para adelante en el texto del evangelio de hoy, Jesús descubre que lo persiguen, y se marcha, ¿por qué se marcha? ¿Tenemos que llamarlo aquí "cobarde"? ¿O tenemos que decir que cuando llegó la hora de la Pasión fue "imprudente"?
¿Qué clases de cosas debe uno soportar sin irse, y qué clase de cosas debe uno irse para no soportar? Es difícil saber cuál es la medida. Pero lo que aparece claramente aquí es que Jesús se marcha.
En nuestra Iglesia Católica recordamos a un santo que le da nombre a un sector de aquí de Bogotá, Cipriano, San Cipriano. Cipriano fue un santo obispo africano, gran hombre; él fue obispo y fue mártir.
Pero lo interesante es que cuando vino una primera oleada de persecución, Cipriano hizo lo mismo que Jesús, al principio lo que hizo fue irse, y después, a un cierto momento, fue atrapado y murió por la causa del Evangelio.
Pero también aquí hay algo que no entendemos: ¿huir? O ¿resistir? ¿En qué momentos debe uno irse? ¿Y en qué momentos debe uno resistir? Eso tampoco es fácil de responder.
O sea que fíjate que estamos leyendo apenas ocho versículos, y en ocho versículos tenemos tres problemas teológicos bien profundos. ¡Es impresionante la Sagrada Escritura! ¡Todo lo que hay ahí en un texto tan pequeño! Toda la maravilla, toda la enjundia, todo el contenido que brota de la Escritura.
Bueno, y aparte de plantear estas preguntas a ustedes, ¿yo qué más voy a hacer? Sufrir con ustedes por no tener respuestas completas. Pero de pronto sí podemos comentar algo. Sigamos la misma secuencia, el mismo orden en las preguntas, o paradojas, o contrastes.
Jesús que quiere lograr un resultado tan grande, a través de medios tan humildes, un resultado tan fuerte, pero de un modo tan manso, tan compasivo. Pero es que de pronto el contraste no es tan grande, porque quizás la misericordia es la fuerza más fuerte de todas las fuerzas.
De pronto la misericordia es la gran fuerza, de pronto la compasión es más fuerte que las armas, de pronto la mansedumbre es más eficaz que la imposición de un tirano. Lo que se logra a través de la mansedumbre es desarmar a las otras personas, y lo que se logra a través de la compasión es tocar las áreas íntimas, las áreas profundas del corazón del otro. Eso es lo que se logra.
A donde no llegan las armas, a donde no llegan los gritos, a donde no llega la imposición de los tiranos, allá sí llega la misericordia. Porque el corazón humano, cuando se siente amenazado, o se siente utilizado, o se siente agredido, se enconcha, se endurece, se encapsula, se blinda.
La misericordia es tan fuerte que es capaz de derretir el blindaje del corazón humano. Y el blindaje del corazón humano está hecho de muchas cosas: está hecho de ignorancia, está hecho de orgullo, está hecho de resentimiento y está hecho también de todo ese cemento y basura que el demonio echa sobre el alma humana, tratando de que uno no escuche la Palabra de Dios y no la obedezca.
Y toda esa coraza la penetra la misericordia, entonces la misericordia es tremendamente poderosa; la misericordia logra lo que no logra la fuerza. O sea que lo que nos parece una contradicción no es tal contradicción.
En realidad la única manera de conquistar las naciones, la única manera de ser Señor de señores, la única manera de ser Rey de todos los pueblos, es ser Príncipe de paz. Y estos son los nombres, los apelativos, los títulos de Cristo .
La única manera de llegar a todas las vidas, la única manera de conquistarlos a todos es amándolos a todos. La única manera de ser el Señor de todos es ser el servidor de todos y ser el Redentor de todos. Bueno, ahí algo podemos entender de ese contraste o de esa paradoja.
Vamos con la segunda. "Él los curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran" San Mateo 12,15-16. Este es uno de los misterios grandes del Evangelio. Y hay varias teorías al respecto de por qué Jesús le decía a la gente que no contaran que habían sido sanados, por ejemplo.
Para no hacer una larga explicación aquí, permítanme sólo resumir la conclusión con la que yo personalmente me quedo.
Jesús obra en distintos niveles, lo más superficial es lo que todo el mundo puede ver, por ejemplo, que el que era sordo ahora oye, o el que era paralítico ahora camina. Ese es el nivel más evidente, es el nivel superficial. Pero Jesús quiere obrar no solamente a ese nivel, más bien, ese nivel de lo evidente, es apenas una señal de la obra profunda que Él quiere hacer.
Con esto quiero decir, el hecho de que una persona recupere la vista, es una gran señal, pero no es todo lo que Cristo quiere hacer; el hecho de que un paralítico pueda caminar, es una gran señal, pero no es todo lo que Cristo quiere hacer.
A ver, Jesús no sólo quiere que el paralítico camine, sino que sus caminos sean buenos; Jesús no sólo quiere que el sordo oiga, sino que oiga la Palabra de Dios; Jesús no quiere sólo que el mudo hable, sino que ahora hable palabras que edifiquen a otros.
Entonces el milagro externo, la superficie del milagro es todavía algo muy pequeño, y la multitud, es decir, el común de las personas, suele quedarse sólo en esa superficie.
En esa superficie se queda la gente, y en esa superficie se queda cuando se empieza a contar a todo el mundo: "Ay, mira, yo soy ciego y ahora veo; mira, mira, puedo ver", y todo se queda en el nivel de lo anecdótico.
¿Y cuántas personas van a retiros espirituales, cuántas personas van a cursos, seminarios, talleres y se quedan también el el nivel de lo anecdótico? Jesús siempre quiere ir más hondo, Jesús quiere llegar más profundamente.
Porque Jesús sabe que únicamente, en la última profundidad del ser humano, en esa profundidad que se llama el corazón, ahí donde uno se queda a solas con Dios, ahí es donde se decide la eternidad del hombre, y es ahí a donde Él quiere llegar.
Entonces cuando Jesús dice a las personas, después de curarlas: "Mira, no lo cuentes, les está diciendo por lo menos tres cosas: primero, les está diciendo: "No te quedes en el nivel superficial; segundo, les está diciendo: "Profundiza hasta que el milagro toque lo profundo de tu corazón, hasta que el milagro llegue adonde yo quiero que llegue, porque no se trata sólo de que puedas abrir los ojos del cuerpo, si sigues ciego en tu corazón, si sigues ciego en tu alma".
Y en tercer lugar, Jesús manda a la gente a que calle para que sean las obras las que griten. Y esto también es muy importante. Ya que vivimos en un mundo donde se promete mucho y se cumple poco, Jesús quiere enviar a la gente curada, mostrando mucho y hablando poco.
Que vaya por delante la canción de las obras, que vaya por delante la canción de los milagros, que vayan por delante los prodigios, eso tendrá un efecto profundo.
Porque de nuevo, lo que Jesús quiere en los corazones, no es solamente la anécdota, lo extraño, lo raro; lo que Jesús quiere es que la vida, en su profundidad más honda, se abra en obediencia, y en amor, y en adoración al Creador.
Bueno, eso creo que ayuda a entender un poco la segunda paradoja, o el segundo contraste, en el orden que llevamos de atrás para adelante, Mateo 12,14-21.
Nos falta la última, que aquí aparece de primera. ¿Por qué Jesús huye? A veces uno piensa: "Bueno, como Jesús era valiente, -porque evidentemente lo era-, pues Él ha debido quedarse y resistir, y si lo matan, lo matan". Ese es un modo de pensar.
Pero a ver, ¿es que Jesús tenía como objetivo de su vida demostrar que Él era valiente? No. Su objetivo no es ese, Jesús no es alguien que corre detrás de la muerte, Jesús es alguien que corre para dar la vida. Son dos cosas diferentes. Una cosa es morir y otra cosa es dar la vida. Son dos cosas diferentes.
Y hay algo muy interesante. Según los estudiosos de la Biblia, el último evangelio en ser escrito fue el evangelio según San Juan. Usualmente hay acuerdos en que los Evangelios fueron escritos más o menos en este orden: Marcos, Mateo, Lucas y Juan.
Juan, supuestamente el cuarto evangelio, fue escrito en la última década del primer siglo, año noventa y tanto. Y lo interesante, digo, es porque los demás Evangelistas, o sea, Mateo, Marcos y Lucas, cuando hablan dé la Pasión de Cristo, dicen que Jesús murió, en cambio Juan, cuando describe el último momento de cristo, dice: "Entregó el espíritu" San Juan 19,30. Eso es interesante.
Suele mirarse al Evangelista Juan como el Evangelista teólogo, como el Evangelista contemplativo.
El hecho mismo de que él escribió cuando los otros textos ya eran conocidos, hace suponer que él está escribiendo lo que podríamos llamar un "Meta Evangelio", no un evangelio distinto, por supuesto, sino una especie de profundización, si lo quieres mirar así, es el Evangelio con su cimiento, o si lo quieres mirar de otro modo, es el Evangelio con el techo que lo corona.
Es el Evangelio con una profundidad adicional, con una perspectiva adicional, ese es juan. Y Juan, cuando habla de la muerte de Cristo, dice que "Cristo entregó el espíritu" San Juan 19,30.
Entonces no debemos imaginar a Cristo como uno que está danzando con la muerte, o jugando con la muerte, o provocando su propia muerte. La muerte para Cristo no es ni un accidente que le sobreviene, ni una decisión de sus enemigos, ni una fatalidad de las circunstancias.
La muerte, en el caso de Cristo, es la última y mejor de sus parábolas; la muerte, en el caso de Cristo, es el último y mejor de sus de sus discursos; la muerte, en el caso de Cristo, el el último y más perfecto de los exorcismos; la muerte, en el caso de Cristo, es la última y más perfecta de las sanaciones, eso es la muerte.
Entonces Cristo no está simplemente muriendo, no está simplemente peleando con la muerte, discutiendo con la muerte, o jugando con la muerte. Dice el mismo Cristo en el evangelio de Juan: "A mí la vida no me la quitan, yo la doy" San Juan 10,17, y por eso es Él quien decide el momento de su muerte.
Y yo creo que esto nos ayuda a comprender un poco ese contraste entre el Jesús que huye y el jesús valiente. ¿Al fin era un valiente? ¿O al fin estaba huyendo? Y la respuesta es: ninguna de las dos cosas.
No tenía que demostrar ni que era valiente, ni tenía que tener miedo para huir, simplemente, Él estaba aprovechando las circunstancias, escribiendo, en el renglón de unas circunstancias que no eran las suyas, el lenguaje de una revelación de amor, de una revelación de salvación, que es en la que nosotros vivimos.
¿Y qué nos dice entonces todo este Evangelio con lo que hemos podido aprender hoy? ¿Cómo podemos aplicarlo a nuestra vida? Pues nosotros podemos hacer lo mismo, podemos aprender mucho. A ver, ahora ya vayamos en el orden natural de las preguntas: ¿qué tengo yo que hacer, huir o sufrir? Tengo que buscar la gloria de Dios.
Algunas veces la gloria de Dios implica soportar, y otra veces implica enfrentar. Si mi criterio está orientado por la búsqueda de la gloria de Dios para que también mi vida sea parábola de su gracia, entonces encontraré que en algunas circunstancias hago unas cosas y en otras hago otras.
Y con respecto a aquello de los milagros y de no descubrir a Cristo, es decir, de no andar pregonando la obra de Cristo, eso parece como contradictorio, especialmente en el ambiente de la Renovación Carismática, donde tenemos fresco el recuerdo de grandes hombres con ministerio de sanación, diciendo en un estadio: "Aquí hay alguien que ha sido sanado", y aparece la persona sanada, y el pueblo enardecido aclama la gloria de Dios.
Digamos que eso no está mal, digamos que eso tiene también su lugar, pero digamos que esa no es la historia completa. Digamos que la historia completa está en dejar que la moneda preciosa que Jesús ha dejado caer en el pozo de nuestro corazón, y baje, y baje, y baje, hasta que toque la última profundidad de mi alma, allí donde estoy a solas con mi Creador.
Allí donde no tengo que convencer a nadie de nada, allí donde sólo Él y yo estamos, hasta allá tiene que llegar la obra de Jesús en mi vida.
Y sobre lo otro también lo podemos aplicar a nuestra vida, yo creo. Andamos buscando instrumentos fuertes para cambiar a las otras personas; a veces se nos olvida que una mirada, capaz de entender la miseria del otro, es la manera más eficaz de saber llegar un día a ese corazón y ayudar a transformarlo.
Señor Jesús, que el encanto, la belleza de tu Evangelio nos cautive y nos transforme. Y recibe hoy nuestra alabanza, por ser quien eres, por todo lo que has hecho por nosotros. A ti el honor y el amor por los siglos eternos.
Amén.