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Fecha: 20030719
Titulo: Nuestro camino hacia la Pascua que no acaba Original en audio: [12 min. 28 seg.]
Queridos Hermanos:
La primera lectura de hoy nos envía a uno de los momentos centrales de todo el Antiguo Testamento. Es la primera Pascua, es el paso fuerte de Dios liberando a su pueblo, sacando a los hebreos del poder de los egipcios.
Esa noche, es la noche más importante del Antiguo Testamento. Y para encontrar otra noche que le supere tenemos que llegar a la muerte de Jesucristo, y tenemos que llegar a la noche santísima de la Resurrección del Señor.
Porque hermanos, si para los israelitas esta noche, que hemos oído en la primera lectura, es la gran noche, para nosotros los cristianos ese titulo ha quedado reservado a la noche de la Resurrección.
Es la noche que cantamos en el pregón de la Pascua, allá en el tiempo de la Semana Santa. Y resulta muy útil comparar esas dos noches, para valorar lo que estaba sucediendo a los israelitas, pero sobre todo para agradecer lo que nos ha sucedido a nosotros por virtud de la Pascua de Jesús.
Miremos que en esa noche de los israelitas, se dio precisamente el éxodo, la palabra éxodo quiere decir la salida. O sea que es muy importante esa lectura que hemos oído, porque es la que le da nombre a todo el libro del Éxodo en la Biblia.
El libro se llama así por esa escena que hemos presentado. Una escena en la que los israelitas salen, en que parten, ¿de dónde salieron? Del poder del Faraón, ¿de dónde sale Jesucristo? Del poder de la muerte.
Los israelitas salen para celebrar Alianza con Dios. Porque ese es el tema que una y otra vez repite Moisés al Faraón: "Deja salir a mi pueblo para que me rinda culto" Exodo 7,26; Exodo 8,16; Exodo 9,1; Exodo 10,3.
Porque en Egipto no se podía rendir verdadero culto a Dios; Egipto era la tierra de la idolatría, la tierra de la confusión. Hay que salir de Egipto para darle culto a Dios.
Así también, según explica la Carta de los Hebreos, Nuestro Señor Jesucristo ofrece su Sangre y ofrece su Cuerpo y ofrece su oración por nosotros, no escondido en el sepulcro sino metido, entrado en el santuario del Cielo. Es allá, en el tiempo celestial, donde Jesús ofrece su oración y es donde da el culto verdadero.
De manera que si los hebreos salieron de Egipto para darle culto a Dios, Jesucristo sale del sepulcro para ofrecer en el cielo el verdadero sacrificio del que nosotros también nos alimentamos por virtud de la Eucaristía que estamos celebrando.
De manera que hay un paralelo completo, perfecto. Los israelitas salieron aprisa de Egipto y así obtuvieron la libertad; Jesucristo sale del sepulcro sin que nadie pueda advertirlo y así obtiene la libertad no sólo para sí mismo, porque San Pablo dice que, "la muerte ya no tiene poder sobre Él" Carta alos Romanos 6,9, sino también para nosotros.
Porque el mismo Pablo dice en la Carta a los Colosenses que, "Jesús ha llevado en cortejo triunfal a todas las huestes, a todas las potestades del cielo, de la tierra, y de más debajo de la tierra" Carta a los Colosenses 1,20.
Es bonito encontrar el sentido a esta Pascua, y es bonito también pensar nuestra vida como una Pascua.
Terminemos nuestras comparaciones. Mira, en Egipto los israelitas vivían como esclavos, pero era una esclavitud que les resolvía muchos problemas. Por eso cuando luego estaban en el desierto, más de una vez sintieron nostalgia y ganas de regresarse a Egipto. Prueba de que en Egipto tenían también cosas favorables, o cosas amables para ellos.
Eso es interesante, Egipto tenía su encanto, Egipto tenía su atractivo, aunque era esclavitud, tenía encanto, y aunque era idolatría, tenía atractivo. Esa es una enseñanza para nosotros, Cristo resucitado, el Cristo de la Pascua, que comulgamos en cada Eucaristía, es el Cristo que nos está invitando a hacer también nosotros nuestro definitivo éxodo.
El camino por el que cristo sale a la gloria del Padre, es el camino de la cruz, la muerte y el sepulcro; y es el mismo camino que Él nos propone cuando nos dice, como nos ha dicho tantas veces en el Evangelio: "El que quiera servirme que tome su cruz y que me siga" San Marcos 8,34. Donde se demuestra que el camino para Jesús es el mismo camino que para nosotros.
Pero así como los israelitas encontraban cierto encanto, así como encontraban cierto gusto en Egipto, así también nosotros, aunque sentimos la voz de Jesús que nos atrae, también nos podemos sentir, y seguramente no hemos sentido seducidos, atraídos, atrapados, por muchas cosas de esta tierra, por muchos afectos, por muchas comodidades, por muchos placeres, por muchas preocupaciones.
Dice San Agustín: "¿Qué clase de discípulos somos nosotros que le pedimos al Señor que venga?" -Fíjate que eso decimos en todas las Misas, casi siempre después de la consagración, la palabra que se repite es: “Ven, Señor Jesús”-.
Es decir, estamos reconociendo la muerte de Cristo, estamos proclamando su resurrección, y decimos, "ven, Señor Jesús", y dice San Agustín: "¿Qué clase de discípulos somos que le pedimos a Jesús que venga, pero tampoco tenemos prisa de que venga?" Es algo así como, "ven, pero no tan rápido, pero no tan rápido; tengo que resolver otras cosas".
Los santos, los grandes santos han sentido en su corazón el atractivo de la Pascua definitiva; el Espíritu de Dios se ha apoderado del corazón de estos santos, y ha hecho que ellos se sientan tan enamorados de esa Pascua, tan enamorados de ese culto que se celebra en el cielo, tan enamorados de ese resultado definitivo, que frente a esa grandeza, incluso las cosas más atractivas, más deleitables o aparentemente más necesarias de esta tierracomo que las dejan de lado.
Ahí tenemos a una Santa Teresa de Jesús, fascinada por la Pascua de Cristo, que escribe su poesía y le dice a Dios: “Yo me muero porque no muero”; estaba atraída, estaba fascinada por el cielo. Y Santa Catalina de Siena también le decía a Dios, como quejándose, diciéndole: "Bueno, ¿pero qué falta? ¿Por qué no me puedes llevar ahora? ¿Qué es la demora? ¿Qué pasa? ¿Es un problema en mí? ¿Soy yo la que está retrasando esto?" Es decir, gente con afán.
Bueno, uno podría pensar que esto le sucede a gante que no tiene hijos, pero Santa Mónica, cuando ya vio que su hijos ya estaban orientados hacia Dios, entonces, según cuenta el mismo Agustín en las Confesiones, le dice a Agustín: "Yo ya no sé qué hago en esta tierra; yo lo que quería era que tú te convirtieras, y Dios me lo ha conseguido con creces porque no sólo te has convertido a Cristo, sino que te veo convertido en uno de sus ministros, en uno de sus siervos, ¿entonces qué más hago yo aquí?"
Y esa era una mujer que hacia esa reflexión, no por irresponsabilidad, no por comodidad, sino por ansia del cielo, ansia de la Pascua eterna.
Los israelitas tuvieron que comer un pan sin cuerpo, un pan ácimo. La iglesia Católica en Occidente celebra por eso la Eucaristía con hostias que no tienen levadura, por eso comemos ese tipo de pan, recordando lo que apareció en la primera lectura.
Y ese pan, ese pan ázimo, pues una señal; nos dice el Apóstol San Pablo en algún lugar, es una señal de la pureza y es una señal del desprendimiento: "Comiendo los ácimos de la Pascua, apresuramos nuestra salida y nos orientamos totalmente hacia donde nos está llamando Jesucristo" [[:Categoría: ]].
Bueno, hay que decir una palabrita final sobre ese llamado. Hay gente que opone las dos cosas, es decir, opone la prisa por el cielo, y las obras de amor o misericordia, o de servicio a los hombres en esta tierra.
Es decir, la caridad parece que se orienta a trabajar aquí en la tierra, mientras que este afán místico, contemplativo, como que nos lleva al cielo, y parece haber una oposición entre las dos cosas.
La Constitución Pastoral "Gaudium et Spes" del Concilio Vaticano II, sale al paso de esa objeción, y dice cosas muy hermosas sobre este tema. Cómo en un cristiano, el ansia de cielo, no es una huida de las responsabilidades de esta tierra, sino más bien es trabajar por las cosas de esta tierra sin hacer de ellas dioses; utilizándolas sin dejarnos utilizar por ellas; poseyéndolas, sin dejarnos poseer por ellas.
Evidentemente, todos tenemos que hacer uso de las cosas de esta tierra, aunque sólo fuera el vestido y el alimento. Pero lo importante es que, aunque tengamos que hacer uso de esas cosas, y aunque procuremos que lleguen de la mejor manera a todos los seres humanos, nosotros lo hacemos no solamente por hacerle el bien a los demás, sino sobre todo por apresurar la presencia de Jesucristo en esas vidas. Esta es la verdadera obra de caridad.
Verdadera caridad no es simplemente repartir pan, o repartir medicinas, o repartir vestidos; nosotros repartimos pan, medicinas o vestidos, para facilitar el camino, para quitarle estorbos a la presencia del amor de Dios en una vida.
Es evidente que una persona carente de pan, va estar pensando más en el pan y su hambre que en Cristo. Entonces nosotros tratamos de alguna manera de aliviar la necesidad corporal, para que el corazón quede libre, y pueda percibir su hambre más profunda, que es siempre hambre de Jesucristo. De esa manera, la Iglesia tiene que ser al mismo tiempo servidora de la humanidad y profeta para la humanidad.
La Iglesia es servidora de la humanidad dándole pan, pero es profeta para la humanidad predicándole que más allá de este pan hay un hambre que hay que saber sentir. Y esa hambre nos invita a reconocer en Cristo el Pan del Cielo, y a seguir con Él nuestro camino hacia la Pascua que no acaba.