I155002a
Fecha: 20070720
Título: Dios nos toca a traves de dos caminos: la oracion y la misericordia
Original en audio: [34 min. 12 seg.]
Jesús nos dice: “Quiero misericordia y no sacrificios” San Mateo 12,7, aunque en realidad la misericordia misma es una forma de sacrificio, tal vez la forma más perfecta de sacrificio; la misericordia es esa apertura y abertura del corazón, por la cual hacemos que entre en nuestra vida la necesidad del hermano.
Misericordia es dejar que entre el hermano con su necesidad a mi vida, dejar que me perturbe, que cambie mi mundo tranquilo, que altere mis planes, que cuestione mis ideas; misericordia es darle permiso a mi hermano para que él no sea un espectador de mi vida, sino co-protagonista de lo que yo mismo soy.
Para alcanzar la misericordia entonces hay que hacer el supremo sacrificio, porque admitir la fuerza de la misericordia es admitir que otra persona puede alterar mis planes.
Recordemos el ejemplo precioso que nos presenta el Evangelio en el buen samaritano. Este hombre tiene su propio plan, tiene un camino; pero él deja que su plan sea alterado porque encontró a un hombre mal herido, el hombre mal herido entra en la historia del samaritano, le hace cambiar su apretada agenda, le hace cambiar su plan.
Y nuestros planes, nuestros deseos, lo que nosotros queremos hacer con nuestro tiempo, con nuestro dinero, eso lo amamos muchísimo. Ofrecer a Dios un acto de misericordia es ofrecer el sacrificio de eso que amamos tantísimo: el plan que yo tenia, el tiempo que yo había arreglado, las cosas que yo quería hacer.
Hay algo tan místico y tan profundo en esto de la misericordia, que si algo le pido yo a Dios, es que antes de morirme me conceda un corazón genuinamente compasivo, genuinamente misericordioso, y esto místico que tiene la misericordia es que nos permite ser tocados y modelados por Dios.
Nosotros leemos en el libro del Génesis que Dios, -según esa imagen tan hermosa que a veces se interpreta mal-, Dios modeló a Adán del barro de la tierra. De los más hermoso que tiene esa imagen es pensar que los dedos de Dios tocaron la naturaleza de Adán.
Algo parecido reflejó Miguel Ángel, el gran pintor, en ese cuadro inmortal allá en la Capilla Sixtina, donde aparece Dios con su manos extendida y el último de los dedos de Dios se roza con el primero de los dedos de Adán: Dios que toca nuestra vida y la moldea.
Si uno tiene aunque sea un poquitico de fe, mis hermanos, uno quiere ser modelado por Dios, uno quiere que Dios verdaderamente realice en cada uno de nosotros, eso que dice el Génesis, ser imagen suya, ser semejanza suya.
¿Pero cómo me toca Dios? ¿Cómo se mete Dios conmigo? Dios se mete conmigo a través de dos caminos fundamentalmente: uno es el camino de la oración, y otro es el camino de la misericordia.
Cuando abro mi corazón a la oración, le doy permiso a Dios para que entre y organice, para que entre y cambie; Jesús nos dijo en la oración que es modelo de todas las oraciones, el Padre nuestro, que teníamos que repetir: “Padre, hágase tú voluntad”, ahí nos estamos dejando modelar por Dios.
“Hazme como quiera hacerme, cambia lo que tengas que cambiar, ilumina, mueve, quita, pon, sube, baja, haz lo que quieras”. Ese es el Padrenuestro. En la oración le damos permiso a Dios para que nos mueva, para que nos modele, para que nos transforme; ahí Dios nos toca, Dios toca nuestro ser, como los dedos de Dios tocaron el barro de Adán; ahí Dios nos toca y nos modela.
Pero hay otro momento en el que Dios nos modela: cuando damos permiso al hermano, que también es imagen de Dios, que también es semejanza de Dios y que también es instrumento de Dios, para que se meta con nosotros; cuando Dios le cambió la agenda, cuando Dios le cambió los planes al buen samaritano, lo mejoró. Era más perfecto haber gastado esa tarde y parte de esa noche atendiendo a ese enfermo, que haber seguido temprano su camino hasta Jerusalén.
Darle permiso al hermano para que entre en mi vida y para que la altere, es darle permiso a los dedos de Dios para que me cambien, es ser tocado por Dios mismo; Dios me toca a través de mi hermano, del hermano necesitado.
Uno tiene el pensamiento de que cuando atiende a una persona pobre, a una persona necesitada, enferma, uno piensa que está dando algo, y eso es verdad, pero también está recibiendo y lo que está recibiendo es el toque de Dios.
San Camilo Lelis, el Fundador de los que llamamos Padres Camilos, dedicados al cuidado de los enfermos, entendía esto de una manera tan profunda, que a veces dejaba atónitos a los enfermos porque les pedía la absolución, una cosa loca, una cosa absurda. Le decía al enfermo: "¿Me das la absolución de mis pecados?" Y por supuesto que el enfermo no sabía qué decir.
Lo que sucedía era que Camilo sentía que Dios lo estaba tocando de tal manera, y que Cristo estaba de tal manera ahí presente, que podía perdonarle los pecados.
Necesitamos salir de nuestro caparazón, necesitamos abrirnos, y las dos puertas por las que se abre el corazón humano son la puerta de la oración y la puerta de la misericordia; la sola puerta de la misericordia no funciona.
Cuando uno no tiene la puerta de la oración y trata de ser simplemente bueno, entonces no tiene misericordia, sino tiene lo que se suele llamar filantropía, deseo de hacer el bien, porque hacer el bien es bonito, es bonito ver la cara de un niño agradecido cuando le llevo un juguete.
Pero la filantropía no tiene suficiente fuerza, porque la filantropía no sabe qué hacer cuando se repiten las ingratitudes, cuando llegan los ataques injustos, cuando llega la calumnia. Alguien dijo con ironía pero también con mucha verdad: “Ninguna obra buena queda impune”. Y eso es cierto, cuando uno intenta hacer el bien, muchas veces lo que recibe en retorno no solo no es gratitud, sino que es ataque, calumnia, indiferencia.
Si yo no tengo abierta la llave de la oración, si no tengo abierta esa conexión con el Altísimo y me dedico solamente a hacer misericordia, mi pequeño depósito , de ternura, de amor y de cariño se me agota, se enfría mi amor ante tanta ingratitud, ante tanta dureza de la gente. Y ahí tengo dos posibilidades: o me concentro en hacer el bien a unas pocas personas, o renuncio del todo a la misericordia.
Hacer el bien a unas pocas personas, es como cuando la gente hace fundaciones únicamente para ayudar a niños o únicamente para ayudar ancianos. Pues no está mal, no está tan mal, pero el mundo está lleno de tantas miserias, y suele suceder que las personas que más necesitan ayuda son las que menos la merecen, y las personas que más necesitan una mano extendidas son las que tienen sus puños cerrados y listos a golpear.
De manera que una multiplicación de organizaciones no gubernamentales, ONG´s, una multiplicación de filántropos, una multiplicación de personas que les gusta hacer el bien a los niños, o a los ancianos, o a los indigentes, no está nada mal, está bien; pero eso es terriblemente insuficiente para la necesidad que tiene este mundo. Porque la gente que más necesita ayuda es la que menos la merece, es la gente que ataca más, es la gente que es menos amable, menos simpática.
Hacer bien a los niños es hermosísimo, pero tiene mucha retribución humana; hacerle bien a los que están resentidos, amargados, a los que no agradecen es mucho menos grato y, sin embargo, tal vez es más necesario.
En conclusión, hay dos puertas para el corazón humano: la puerta de la oración y la puerta de la misericordia, y si cierro la puerta de la oración, la misericordia se desdibuja, se destiñe, se encoje, se agota, el mundo nuevamente se vuelve pequeño.
Otras personas, en cambio, cierran la puerta de la misericordia y abran la puerta de la oración, esperan una tremenda perfección espiritual, les atrae la sabiduría que está en los tesoros de la Escritura y en los tesoros de la Iglesia; les atrae la espiritualidad de los llamados libros espirituales y las devociones, tal vez los grupos de oración, incluso. Les gusta lo que se siente cuando uno le canta al Altísimo, eso tampoco esta mal.
Pero si no esta abierta la puerta de la misericordia, todo ese homenaje termina siendo un homenaje al ser humano y no un homenaje a Dios. Cuántas veces pasa que el que habla bien termina saboreando solamente la elocuencia de sus palabras y los aplausos de un publico, ya se le olvida que lo más importante no es conmover un corazón por unos instantes, sino abrirlo para siempre al amor que nunca muere. Y lo mismo con los cantantes, incluyendo los que cantan para Cristo, existe siempre la tentación de quitar a Cristo y ponerse uno.
Si cerramos la puerta de la misericordia, cerramos la puerta a Dios porque Dios se habrá vuelto mi propio yo, yo me habré vuelto un dios para mí mismo y, por supuesto, habré perdido el sentido de la misma oración.
La única solución es mantener abierta las dos: mantener abierta la oración, para admirarnos ante el poder del Altísimo; y mantener abierta la misericordia, para dejar que los dedos del Altísimo se metan con mi barro.
Me gusta la imagen de los dedos de Dios tocando el barro de Adán, porque todos sabemos que cuando se hace esa clase de escultura, los dedos penetran la masa y muchas veces eso es lo que necesitamos, necesitamos ser así perturbados, necesitamos ser desinstalados.
En la Santa iglesia conocemos muchas personas a las que les ha sucedido esto, cómo no recordar, por ejemplo, a la bienaventurada Teresa de Calcuta, ella no llevaba una vida mala, llevaba una vida buena, era una religiosa en una comunidad.
Pero esos indigentes, los indigentes que estaban allí en la calle se le metían en el alma, no se los podía sacar de la cabeza, le dolían por dentro, eran los dedos de Dios diciendo: “Teresa, te quiero para una obra; te quiero cambiar”. Y ella sufrió la tortura de ver que su plan cambiaba, Dios le cambió su plan.
Hermanos, lo mejor que nos puede suceder es que Dios nos cambie nuestros planes, porque Dios todo lo que cambia lo mejora. Tenemos que darle permiso a Dios de que cambie nuestros planes. El mundo actual sufre de dos terribles enfermedades, que resulta que están conectadas: la enfermedad de la soledad y la enfermedad de la depresión, y están sospechosamente conectadas.
La soledad se ve hasta arquitectónicamente: más y más edificios de aparta-estudios, gente que vive sola, come sola, muere sola, pero de vez en cuando duerme acompañada, en una compañía que no es pareja, en una compañía que no es hogar, en una compañía que es una farsa, porque ni él es esposo de ella ni ella es esposa de él, es una mentira que se cuentan muchas veces, muchas parejas, de muchas maneras.
Y en esa soledad repetida, es inevitable que vaya creciendo la otra enfermedad, la enfermedad de la depresión, de la tristeza, el sentir que no se le encuentra sabor a lo que hacemos. La depresión y la tristeza, por un lado; la soledad y el egoísmo, por otro lado, están tremendamente conectados. Y la solución para ambos es abrir las puertas, y abrir las puertas es abrir la puerta de la oración, y abrir la puerta de la misericordia.
No hace mucho estaba en un encuentro al que me invitó al Escuela de Evangelización del Minuto De Dios. Allí me sucedió algo que conmovió profundamente mi alma. Estaba atendiendo a alguna persona en confesión, una persona que sufre de un cáncer, y en medio de su cáncer, -una persona relativamente joven-, entra en un conflicto perfectamente explicable, perfectamente lógico: “¿Por qué esto me toca a mí? ¿Por qué Dios me trata de esta manera?”
Yo creo que si nos sucediera a cualquiera de nosotros, seguramente haríamos las mismas preguntas, pero esta persona, esta dama, estaba completamente ya metida en su caparazón, había hecho una cárcel con esta pregunta: “¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí?"
Había hecho una cárcel en la que cada ladrillo tenía ese letrero: "¿Por qué me pasa esto a mí? ¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí?" De manera que ya no veía nada, ya no oía nada, ya no entendía nada, sino únicamente quería que alguien le respondiera "¿por qué mi?" Perfectamente entendible, repito, y yo dudo mucho de que yo sea mejor que esa persona, seguramente yo obraría del mismo modo o quizás peor.
Pero lo hermoso fue lo que sucedió en el curso de la conversación: en el curso de la conversación esta persona descubre que su dolor puede ser útil para Dios. ¡Esto es impresionante! El dolor puede ser útil para Dios, mi vida, en sufrimiento, puede ser útil para el Señor.
Y entonces le digo yo, en cierto momento de nuestra conversación, le digo que le pido un favor, y ese favor lo pido yo siempre que puedo a la persona que está sufriendo, si me lo puede escuchar, ¿cuál favor?: ”¿Quisieras ofrecer algo de tu dolor, algo de tu dolor, por mi vida y por mi vocación?" Y lo más asombroso sucedió: esta persona que estaba en conflicto, y que estaba en disgusto, y en guerra con la voluntad de Dios, encuentra la paz cuando dice: “Sí, yo voy a ofrecer una parte de mi dolor por usted, Padre, por su sacerdocio”.
La paz vuelve cuando se abre esa puerta de la misericordia, la paz vuelve al alma, lo que muchísima gente necesita es encontrar que puede pronunciar el nombre de Dios pidiendo ayuda, y puede abrir sus manos para ayudar a otros, y cuando esas dos puertas se abren, yo anuncio, yo declaro que la gente cambia, yo declaro que la paz vuelve, yo declaro que la alegría florece.
Yo les aseguro que cuando eso pasa, entonces la soledad desaparece, y entonces la depresión retrocede. “Misericordia quiero y no sacrificios” San Mateo 12,7, dijo Jesús, tal vez porque ningún sacrificio merece ese nombre, sino es el sacrificio perfectísimo de la misericordia misma.
Quiero terminar esta reflexión invitándolos a que no nos dejemos encerrar por los sufrimientos como esa mujer que estaba metida en una cárcel de ladrillos: "Por qué yo? Por qué yo? ¿Por qué yo?" Pero tampoco nos dejamos encerrar en la cárcel dorada de nuestras alegrías o felicidades.
¿Por qué digo esto? Porque muchas veces las familias felices son las familias egoístas, y muchas veces los noviazgos felices son los noviazgos egoístas, y muchas veces las personas satisfechas de sí mismo, las personas felices, son personas egoístas, precisamente porque todo les sale bien, precisamente porque creen que todo está bajo control.
Yo quiero pedir a las personas felices en su noviazgo, quiero pedirles que se hagan esta pregunta: ¿cuál es el lugar de los enfermos, de los niños pobres, y de los ancianos, y los desplazados, y los pecadores, y los confundidos, y los deprimidos, ¿qué lugar tienen ellos en nuestro noviazgo?.
Nada más perfecto que casarse con una persona que no le interesan los enfermos, eso es suicida, si yo me fuera a casar, –que no fue mi vocación, ni es mi vida-, si yo me fuera a casar yo buscaría una mujer que tuviera corazón sensible para los enfermos, ¿y sabe por qué? Porque yo, su esposo, un día voy a estar enfermo, y si a ella no le importan los enfermos, no le va a importar cuando yo sea débil, cuando yo este cansado, cuando yo esté anciano, cuando yo esté enfermo, cuando yo no tenga el atractivo del cuerpo que Dios quiso darme, por ejemplo. (ja..., ja..., ja...).
De manera que por conveniencia propia, si tienes un noviazgo feliz, pregúntate: "Para este hombre, para este novio mío, ¿qué importan los desplazados? ¿Qué importan los ciegos, los sordos, los paralíticos?" Pregúntate eso, porque ése puede ser tu caso: tú puedes estar paralitico o paralitica en unos años, y ahí ¿qué va a pasar contigo?
La única pareja que es de fiar, es la pareja que tiene las dos puertas abierta; si la novia que yo tengo o el novio que yo tengo tiene el corazón abierto hacia Dios, buen punto, eso significa que entonces él no es un dios para sí mismo. No hay nada peor que casarse con una persona que no reconoce al Dios verdadero, eso significa que esa persona espera que yo la adore a ella, esa persona es dios para sí mismo, y si yo me caso con esa persona, esa persona espera que yo todas las mañanas le diga: “sí, amo”, es muy peligroso casarse con una persona así, pero la gente lo hace todo el tiempo.
Casarse con una persona que no vibra por el amor de Dios es peligrosísimo, porque si el amor más grande no le produce nada, ¿será que mis caricias y mis sonrisas y mis abrazos tendrán real poder? ¿o simplemente esta usando de mí?
Eduquen a sus hijos en la escuela de la misericordia, por favor. Es muy peligroso tener hijos que no piensan en la misericordia, pero lamentablemente muchos papás no hacen estas cuentas. La misericordia la ponen en el lugar 148, el número uno es saber inglés, el numero dos es saber computadores, entonces los papás le hacen examen al niño: "A ver, mijo, ¿cual es la diferencia entre Vista y XP?" "-Papá, no sé". "-¿Qué está aprendiendo, hermano?"
El niño tiene que ser experto en computadores, tienen que saber Ingles, y ojalá algún otro idioma, tiene que tener muchísimas matemáticas y los papás..., hay papás que todas las noches van a la cama, donde ya el niño está acostado, y hacen con él este sencillo acto de cariño: limarle las garras para que sean capaces de enfrentarse con lo que sea.
Y el papá va y le lima las garras y se va, luego llega la mamá y le pone los implantes de hierro en los codos para que se abra paso como sea, y después de que han hecho ese tratamiento dieciocho, veinte, veinticinco años con un niño, vienen aquí a llorar, aqí es donde donde el padre, donde el sacerdote: “¡Ay, padre, esos hijos ingratos que yo tengo!”
Toda la vida les enseñaste que se adoraran a sí mismos, toda la vida les enseñaste que lo único que importaba era la voluntad de ellos, que lo único que importaba era su progreso, que lo único que importaba era lograr un titulo como fuera, e irse del país a empezar a ganar ahí si dinero bueno, unos cuantos euros, unos cuantos dólares.
Papás, ¿en qué lugar de su lista está la misericordia? Si el hijo de ustedes nunca ha llorado de dolor por alguien, sientan miedo, papás, porque el día que ustedes estén solos, el día que ustedes estén tristes, ese niño seguramente dirá: “Todavía puedo hacer otro postgrado para que me suban el sueldo”.
Así que hasta por propia conveniencia tenemos que ocuparnos de este tema, porque es el sacrificio supremo; pero por supuesto, las personas que por vocación tenemos que manifestar más claramente y con mayor pureza el milagro de la misericordia somos nosotros los sacerdotes, y por eso necesitamos tanto de la oración y del amor puro de ustedes para manifestar el corazón de Cristo.
De vez en cuando uno encuentra un sacerdote que de veras refleja el corazón de Jesús, y eso trae una alegría inolvidable. Pidamos al Señor que haya muchos como Jesús. ¿Sabe cómo miro yo a Cristo Sacerdote? Como uno que no se dejó achicar el mundo, el mundo de Jesús es siempre más amplio; cuando Él tuvo las primeras actividades apostólicas allá en Galilea y empezaron los enfermos a levantarse, los ciegos veían, los paralíticos caminaban.
Cuando empezaron a suceder los primeros éxitos, Pedro le dice a Jesús: “Todo el mundo te busca” San Marcos 1,37, como quien dice: “¡Éxito, hermano, bingo, por aquí es!”, y Cristo le dice: “ Vámonos a otra parte” San Marcos 1,38. Jesús estaba orando cuando Pedro lo encontró, “vámonos a otra parte, porque tengo que anunciar a otras ciudades, a otros pueblos”
Ya le dolían, estando ahí ya le dolían los enfermos de otras ciudades y pueblos, ya le dolían, ya estaban en su corazón. ¡Dígame si no es bello el corazón de Cristo!
Y este Jesús no se deja encerrar, es verdad que Él se sabe llamado a predicar a la casa de Israel, pero prepara a sus Apóstoles para que vayan mucho más allá: “Vayan anuncien el Evangelio a todas las naciones” San Marcos 16,15, todas las naciones, a todas partes, a todas las culturas, hay que llegar a todos.
El Cristo Sacerdote que a mí me enamora, es el Cristo sin fronteras, el que no se deja encerrar, porque si la soledad y la depresión vienen de encerrarse uno en una cárcel, la libertad llega y la alegría y el Evangelio son eso que vemos en Jesús: un horizonte que nunca termina, amplio como la mirada de Papá Dios.
Y cuando está en la Última Cena, cuando sabe lo que viene encima, ¿qué hace Jesús? No se concentra en sí mismo, ora, puerta abierta, y en su oración ¿qué dice? Le dice al Padre Celestial: “No te pido solo por éstos, sino por los que van a creer por la palabra de éstos" San Juan 17,20. ¡Eso es lindísimo!
Ya Jesús estaba mirando más allá de ese momento, miraba más allá de su propio dolor, miraba más allá de su grupo de amigos, miraba lo que nadie más estaba viendo. “Los que van a creer por la palabra de éstos” San Juan 17,20. Y como ya me habrán oído en otras ocasiones en fraynelson.com, ahí Jesús oró por ti y oró por mí. Ya Jesús me estaba viendo.
Y luego en la Cruz, lo están torturando de tantas maneras, pero Jesús se resiste a encerrarse en su dolor, tiene el cuerpo convertido en una sola llaga y se resiste a encerrarse en su dolor, resiste la tentación de la autocompasión, tiene todavía ojos para mirar el dolor del otros que está al lado, ese que llamamos “el buen ladrón”, y tiene una palabra de cariño y de esperanza para él: “Hoy vas a estar conmigo en el Paraíso” San Lucas 23,43.
Jesús no se deja encerrar, y luego resucita el Señor y sopla el Espíritu Santo sobre ellos, y les invita a esperar la promesa del Padre, y el Espíritu lanza a esos discípulos a todos los confines de la tierra.
Hermanos y amigos, este es Nuestro Señor Jesucristo, el hombre del corazón sin fronteras, el hombre que ya en Getsemaní podía derramar una lágrima, por lo menos una lágrima por mí; el hombre que en el Gólgota, ya podía derramar una gota de sangre, aunque fuera una gota por mí; el Jesús del corazón inmenso, el Jesús del corazón sin limites, el Jesús que tiene todas las puertas abiertas, así como está abierto su costado.
Jesús dice: “Misericordia quiero” San Mateo 12,7, porque en verdad quiere ese perfectísimo sacrificio. Pidamos al Señor que haga una operación quirúrgica con nuestros corazones y los ensanche; que nuestras vidas salgan de su corto, pobre y miope egoísmo; que nuestras familias salgan de esa parálisis de miedo en el que nos hemos metido porque este es un país inseguro; que nuestra clase social o nuestra empresa salga de esa cárcel, de ese temor, de ese corsé tan terrible que es únicamente buscar la propia ganancia.
Que los novios salgan de esa cárcel, que para ellos es tan perfumada y tan dulce, de sus solos abrazos; que salgan de esa cárcel porque, aunque no lo entiendan, ya es una cárcel. Tiene que haber tiempo para el cariño, pero tiene que haber tiempo para entender de qué está hecho el corazón de esta mujer, de qué está hecho el corazón de este hombre.
Que Dios ensanche así nuestros corazones, que estemos así abiertos a la acción de su gracia por la oración y al poder de sus manos, entrando en nuestro barro y cambiándonos a través del dolor de los hermanos.