I154001a
Fecha: 20030717
Título: El Incomparable que nos busca y nos envia
Original en audio: [13 min. 07 seg.]
Parece que en la primera lectura que hemos oído hoy, hay dos frases que son fundamentales. La primera, esa especie de objeción que pone Moisés. Cuando Dios le quiere encomendar esta misión, que no era pequeña, Moisés pone una objeción. Dice: "Yo iré a los israelitas. Si ellos me preguntan cómo se llama este Dios, ¿qué les respondo?" Exodo 3,13. Esa objeción de Moisés es muy importante.
Y la otra frase que quiero destacar, está unos versículos más adelante. Se supone que es lo que Moisés tiene que decirle al faraón: "Nosotros tenemos que hacer un viaje para hacer sacrificios a Dios, Nuestro Señor" Exodo 3,18.
Pienso que estas dos frases nos iluminan mucho lo que nos quiere decir esa primera lectura, porque nos ayudan a entender en qué situación, llamémosla espiritual, se encontraban los hebreos, y en qué situación espiritual se encontraban los egipcios.
La situación espiritual de los hebreos está retratada por la pregunta de Moisés: "¿Bueno, y si yo les digo que me los voy a sacar de Egipto, y ellos me preguntan que cómo se llama ese Dios?" Exodo 3,13. Esa pregunta no había aparecido antes. No había aparecido antes, quiere decir que estamos en el Éxodo, y esa pregunta no había aparecido nunca en la historia de los Patriarcas: "¿Cómo se llama ese Dios?"
Y ¿cómo se llamaba ese Dios, el Dios que se dejaba escuchar de Jacob, el Dios que había bendecido a Isaac, el Dios que le había prometido tantas cosas a Abraham? Ese Dios nunca había dicho su nombre.
Es muy interesante ver, por ejemplo, cómo en una ocasión, Dios se le aparece a Jacob, y no le dice: "Mira, yo me llamo Pepe, o me llamo Segismundo". Dios no se presenta diciendo su nombre, sino se presenta diciendo esto: "Soy el Dios de tus padres" Génesis 46,3. La presentación de Dios siempre era esa: "Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob" Exodo 3,15. Y así se le presentó, de hecho, Dios a Moisés, de esa manera.
Fíjate que eso es lo que escuchábamos el día de ayer. Se presenta Dios en la zarza a Moisés, y ¿qué le dice? No le dice: "Yo me llamo Tolomeo, o yo me llamo Osiris, o yo me llamo Chibchacum". Lo que le dice es: "Yo soy el Dios de tus padres" Exodo 3,6. Eso es muy importante. Dios no decía su nombre.
Los testigos de Jehová viven enamorados del texto que hemos oído en la primera lectura, porque para ellos es el momento en el que Dios dice por fin su nombre. Entonces Dios se llama Jehová, según la manera como ellos leen este nombre hebreo. "¡Ah! ¡Ya sé! Dios se llama Jehová; ya sé cómo se llama".
Yo pregunto una cosa, y es que Dios, ¿amaba poquito a Abraham? ¿Sería que quería tan poquito a Isaac que no le decía el nombre? ¿Sería que era un Dios tan poco cercano a Jacob que no le decía el nombre? ¡Si al contrario, lo que vemos es una dulce intimidad entre Dios y Abraham, entre Dios e Isaac!
El tema del nombre no es un tema que Dios ponga, es un tema que pone Moisés, y lo pone en la tierra de Egipto. ¿Por qué esto es importante? Porque la tierra de Egipto estaba repleta de dioses.
Hubo por allá un rey, un faraón egipcio, que quiso quitar el politeísmo tan salvaje de los egipcios, quiso acabar con eso, y que quedara un sólo dios. Pues esa reforma no pegó, no tuvo fuerza. Eso se tuvo que acabar, y tuvieron que volver a la multiplicación de dioses.
Cuando hay muchos dioses, es necesario saber los nombres. Entonces ellos tenían, que Ra, que Isis, que Osiris, que no sé qué; tenían un poco de dioses. Y la pregunta de Moisés, ¿qué nos está revelando? Que el pueblo hebreo ya estaba con una mentalidad idolátrica. El pueblo hebreo ya estaba en una situación tal, que necesitaba que le dijeran el nombre.
Y ¿qué tiene de malo que Dios haya dicho el nombre? Supongamos que los testigos de Jehová tuvieran razón, y supongamos que el nombre Jehová fuera el gran nombre, como por fin saber que Dios se llama Ernesto, o que Dios se llama como se llame. ¿Qué es lo grave de eso? Que si Moisés llega donde ellos y les dice: "Oiga, que me manda Jehová". "¡Ah! ¡Bueno! Ya tenemos otro: Isis, Osiris, Ra, Jehová, ya tenemos...". Era un nombre más.
Por eso, lo que le dice Dios a Moisés, es muy importante. Realmente, no le responde. Una vez me dijo un profesor de Biblia, sumamente versado, que había más de ciento sesenta interpretaciones de ese versículo, "Dios dijo a Moisés: Soy el que soy" Exodo 3,14.
Hay más de ciento sesenta interpretaciones, desde la interpretación metafísica de Santo Tomás de Aquino, que interpreta esto como: "Deus est ipsum esse" , es el ser en sí mismo, hasta otras, un poco más livianas, menos metafísicas, que dicen: "Mira, Dios realmente lo que le está diciendo es: "Yo soy el que soy" , punto". "Lo que yo soy es asunto mío".
En este momento, yo como que estoy poco metafísico. En este momento yo no estaría demasiado cerca de la interpretación de Santo Tomás. Yo creo que la interpretación que le está diciendo Dios, es más bien esta: "Mira, mi nombre no es para que lo pongas a competir con otros nombres". Como quien dice, "ahora un dios que se llama x, y, z mandó decir... , y toca hacerle caso". Lo que Dios le está diciendo es: "No me compares con nadie".
El tema de los nombres, que tanto le importa a los testigos de Jehová, es un tema de comparaciones. Lo que le está diciendo con "Soy el que soy" Exodo 3,14, sabes ¿cómo se podría traducir? Se podría traducir con un elogio muy lindo que los musulmanes le hacen al que ellos llaman Alá. Ellos hablan de el Incomparable. Lo que Dios le está diciendo es: "Mira, a mí no me vengas a comparar con nadie".
De manera que le respondió, y no le respondió. Porque le dijo: "Soy el que soy. Tú le dirás a los israelitas: "Yo soy" me envía a vosotros" Exodo 3,14. Él es; simplemente eso: Él es. ¿Quién es? No sabemos quién es. No lo podemos encerrar, no lo podemos encapsular, no lo podemos envolver, no lo podemos comprender. Él es el Incomparable. "El Incomparable me ha enviado".
Yo creo que todo misionero, todo sacerdote, todo catequista, debe tener esa misma actitud. Todo papá debe tener esa misma actitud. Pero especialmente los predicadores del Evangelio deben, o debemos tener esa actitud: "Es el Incomparable el que me envía".
Nosotros vivimos en un tiempo, en el que da la impresión que todas las religiones dieran lo mismo. Y hay gente que parece que obrara como si Cristo diera lo mismo que Mahoma, o que diera lo mismo que Buda, o que diera lo mismo que Sai Baba, o el que sea.
"A mí me envía el Incomparable". Ahí está retratada la situación de los hebreos. ¡Cómo estaban de mal, que pretendían un nombre! Pretender un nombre es estado de mala salud.
Y el estado de los egipcios, pues, desde luego, no era mejor. El estado de los egipcios era gravísimo. Fíjate cómo dice Dios por medio de Moisés: "El Señor, Dios de los hebreos, nos ha encontrado" Exodo 3,14. ¡Bonita traducción! Lo que Moisés le tiene que decir al faraón es eso. No es: "Nosotros hemos encontrado a Dios", que esa es la idolatría.
La idolatría es: "Salgo a buscar a Dios; yo salgo a hacer a Dios". En cambio, en nuestra fe es: "Dios me ha encontrado, Dios salió a buscarme". Mira, la Biblia entera es eso: "Dios salió a buscarme". Esa es la Biblia. Toda la Biblia es la historia de un Dios que sale a buscarnos.
Pero lo impresionante, para describir la situación de los egipcios, es lo que sigue: "Tenemos que ir a ofrecer culto a nuestro Dios" Exodo 3,18, y de una vez dice Dios: "Pero el faraón no va a soportar eso" Exodo 3,19.
Eso, ¿qué quiere decir? El faraón, que supuestamente soportaba a todos los dioses, no soporta que se adore al Incomparable, ¿por qué? Porque el mismo faraón se consideraba un dios.
De manera que, todo el drama del Éxodo que vamos a seguir oyendo en la siguiente semana, en los siguientes días, es ese: el drama de un hombre que se cree dios, que es el faraón, que se cree hijo de dioses, que se cree divino, y que opone su creencia en la divinidad a la revelación del verdadero Dios.
Por eso vienen las plagas. El objetivo de las plagas es completamente pedagógico, las plagas contra Egipto, que no fueron siete como todo el mundo dice, sino diez, y no más.
El objetivo de las plagas es mostrar que el camino por el que el hombre pretende endiosarse, es un camino que se vuelve en contra del mismo hombre. Y esto necesitamos hoy aprenderlo más que nunca, porque el hombre se cree Dios.
Toda esa fantasía, a veces ridícula pero siempre satánica, de la Nueva Era es eso: es la pretensión de que a través de mi mente, a través de mis recursos, todo lo puedo. Con mi conocimiento, con mi concentración, con mi relajación, con mi meditación, me hago uno con el universo, saco el dios que llevo por dentro.
Toda esa historia de divinización del hombre por el hombre, es la historia del faraón. Y por eso son necesarias las plagas, para mostrarle a ese hombre que se cree Dios, que no lo puede, que no lo es. Es una historia dramática, y uno no quisiera que las cosas fueran así.
Pero si miramos nuestra propia vida, ¿no es verdad que, muchas veces, hemos tenido que aprender que no somos dioses, cuando encontramos que lo que nosotros queríamos no se logra?
Como le dijo Ezequiel a uno de esos reyes, tal vez a algún rey de Persia que se creía Dios: "Bueno, y ¿tú te vas a seguir llamando Dios, cuando estés delante de los que te van a apuñalear? Ahí también, ¿vas a decir,"soy Dios"?" Ezequiel 28,9.
Cuando las cosas se salen de tu mano, cuando se te acaban las fuerzas, cuando tus deseos no se cumplen, ¿vas a seguir diciendo, "soy Dios"?
Es la triste historia de la rebeldía humana, pero más profundamente, es la hermosa historia de la misericordia divina.