I144002a
Fecha: 19990708
Título: La presencia majestuosa de Jesucristo muestra la belleza incomparable del Padre Dios
Original en audio: [8 min. 09 seg]
Queridos Hermanos:
Nuestro Señor Jesucristo realizó multitud de curaciones. Cuando ya no le alcanzaron las manos, Él extendió su poder, trasmitió su poder a sus Apóstoles y a otros discípulos, para que ellos fueran las manos de Cristo.
Recordemos un poco las lecturas de esta semana: hace dos días, el martes, estábamos proclamando en el Evangelio, que Jesús al ver a las gentes, se compadecía de ellas por que estaban extenuadas y abandonadas como ovejas que no tienen pastor.
Y por eso dijo que: "La mies era abundante y que los obreros eran pocos" San Lucas 10,2 y que "había que pedirle al dueño de la mies que llegaran más obreros"San Lucas 10,2.
Y si luego avanzamos en este evangelio de San Mateo, que vamos leyendo pasito a pasito cada día, la lectura de ayer, ¿qué nos estaba diciendo? Que Jesús llamó a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia.
Observemos: el martes nos encontramos a Cristo compadecido por el dolor de la gente, seguimos leyendo el evangelio y nos encontramos a Cristo dándole autoridad a los discípulos para que sanen toda enfermedad y para que expulsen a los demonios, y hoy escuchamos lo que dice Cristo a los apóstoles: “Id y proclamad que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, expulsad demonios" San Mateo 10,7-8.
Exactamente lo mismo que Él venía haciendo. Son tres pasos: primero la compasión de Cristo, segundo la autoridad de Cristo y tercero, el envío de Cristo.
Cristo se compadece del pueblo que no tiene pastor, que está extenuado, que está abandonado; Cristo llama a sus discípulos y les da autoridad y, tercero, Cristo envía a sus discípulos con esa autoridad.
Quedémonos con esas tres palabras: compasión, autoridad, envío. Esas son las mismas palabras que Cristo quiere hacer realidad en mí, en esta noche y en cada uno de ustedes en esta noche. Quiere que nosotros participemos de de su compasión, para participemos de su autoridad, para que participemos de su envío.
En el Evangelio de Juan nos encontramos esta palabra sorprendente: "Así como el Padre me ha enviado a mí, así os envío yo a vosotros" San Juan 13,20.
De manera que Cristo es el Enviado, y en otro lugar, dice Cristo: “He recibido todo poder en el cielo y en la tierra” San Mateo 28,18, como si dijera: "He recibido toda autoridad"; y en otro lugar dice: “El Padre mismo os ama, el Padre mismo os quiere” San Juan 16,27..
De manera que esta es como una escalera maravillosa que viene del Padre Celestial, el Padre Celestial que es rico en misericordia, le ha comunicado su misericordia, su compasión a su hijo, Nuestro Señor Jesucristo.
Nuestro Señor Jesucristo tiene esa compasión, la misma compasión del Padre Celestial; y este es el milagro vivo del Corazón de Cristo, del Sagrado Corazón de Jesús, que en ese corazón palpitó la misma compasión del Padre Celestial.
Cristo se compadece de nosotros, Cristo tiene misericordia de nosotros con la misma compasión con que Dios Padre, con que Papá Dios se compadece de nosotros.
El Padre Celestial le dio autoridad a Cristo, por eso dice Cristo en el evangelio de Juan: "Yo no hago nada por mi cuenta, lo que yo veo hacer a mi Padre, eso es lo que yo hago" San Juan 16,27.
El Padre Celestial le dio autoridad a Jesucristo, a su hijo; le dio potestad, y por eso en la humanidad Santísima de Jesucristo está toda la potencia de Papá Dios, por eso la figura de Cristo es majestuosa, hermosa, poderosa.
Iba Cristo caminando por un lugar de paganos, por tierra de paganos, y un par de endemoniados, que vivían entre los cementerios, salieron a su encuentro, eran gente tan pavorosa que no podían amarrarlos ni con cadenas.
Eran gente terrible. Cuando salieron al encuentro de Jesús, se desarmaron ante Él, y salieron con miedo los demonios: "¿A qué has venido? ¿A atormentarnos antes de tiempo?" San Mateo 8,29. Jesucristo, con su presencia, realiza el exorcismo.
La presencia majestuosa de Jesucristo muestra la belleza incomparable del Padre Dios, y en esa belleza incomparable, los corazones humanos y toda criatura racional siente que se deshace, que se derrumba porque es incomparable, porque es inagotable, porque es grande y es eterna su misericordia.