I136001a

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Fecha: 19970705

Título: La gracia y la mujer

Original en audio: [15 min. 29 seg.]


Hemos escuchado en la lectura de ayer, donde Abraham coge un sepulcro para Sara, y luego le pide al criado que ayude a escoger esposa para su hijo Isaac, y esta será Rebeca. Y el relato de ayer terminaba diciendo que Isaac encontró en el amor de Rebeca consuelo para la muerte de su madre, de Sara.

Resulta que esta Rebeca tiene sus estrategias, tiene sus preferencias; Sara y Rebeca inauguran los nombres, de las santas mujeres en la Escritura. Así como Abraham e Isaac son los primeros patriarcas con los que Dios hace esta alianza de la que nace un pueblo del que vendrá Cristo, así también Sara y Rebeca.

Estamos acostumbrado a mirar la historia bíblica como una historia de hombres, de varones, y resulta que los varones tienen poco que hacer. En las lecturas, por lo menos de ayer y de hoy, Isaac, ciego, puede ser engañado, y Jacob, que ve más de la cuenta, puede ser liderado, guiado por su mamá, por Rebeca, para realizar este plan, que no lo ha tramado Jacob, sino ciertamente ella.

Cuando una piensa la historia sagrada sólo como una historia de varones, de hombres, le resulta demasiado semejante a la historia de cualquier otro pueblo, todos los pueblos tienen sus grandes guerreros, sus prototipos, sus héroes; y el típico héroes es aquel al que no le importa la mujer, si acaso un poco de compañía, si acaso un poco de placer.

Quién, por ejemplo que haga una de esas grande biografías como la de Simón Bolívar, o de Napoleón, ¿a quién le interesa la mujer? Si más bien estos hombres aparecen como gente resuelta a un proyecto, a una idea, a una empresa. Si alguna mujer aparece está muy a la sombra, y quizá una sombra que no está del todo muy limpia.

Que suceda eso en la historia profana, allá ella, pero si sucede en la historia sagrada, en esta historia, que es la historia del amor de Dios, muchas cosas, muchas promesas, muchas historias sólo se entienden, cuando se leen desde el corazón de la mujer.

Vamos a dar algunos ejemplos, partiendo de Sara, la que fue mencionada ayer: con motivo de la muerte de Sara, Abraham busca sepulcro para su esposa, y le compra a los hititas un sepulcro en Macpela frente a Mambré; pues ese sepulcro de Sara es el comienzo del cumplimiento de la Promesa, ésta tierra será tuya, ése pedacito frente a Mambré, hoy Hebrón, es el comienzo del cumplimiento de la Promesa.

Y la esterilidad de Abraham, esa esterilidad a la que no se le veía puerta ni descendencia, encuentra también su salud en Sara, su sanación en Sara, más curioso es el pasaje que se nos ha presentado el día de hoy.

Aquí es Rebeca la que tiene el papel protagónico; llamando a las cosas por su nombre, Rebeca prefiere que la bendición de Isaac pase a Jacob, la cosa no es tan sencilla como decir que Jacob era el preferido de Rebeca, o como decir que Rebeca sí quería a Jacob y no quería a Esaú.

Ella quiere a sus hijos, pero ella siente en su corazón de madre, ella siente en su corazón de mujer, que esa bendición, que esa extraña bendición que liga a Isaac con Yahvé, debe pasar por su hijo Jacob.

Y así como a veces esas preferencias y escogencias de las mujeres pueden ser vistas como caprichos, así esta especie de capricho de Rebeca, se convierte como en la primera imagen de lo "caprichosa" que es la gracia.

¿Por qué Jacob y por qué no Esaú? Porque la gracia es gracia. Quién lo creyera, un capricho, un capricho de Rebeca se convierte en la primera imagen de que la elección de Dios es gratuita; esta relación entre la gracia y lo femenino, no termina en Rebeca, si luego pensamos en Lía y Raquel, nos encontramos con lo mismo; y si luego recordamos, por ejemplo, a Dalila, nos encontramos con lo mismo.

Allí donde la gracia se gana o se pierde, allí hay una mujer; el corazón femenino de alguna manera es el semáforo de la gracia, es el que de alguna manera indica los caminos de la gracia, sirve como una parábola para bien o para mal; las escogencias, los caprichos, las preferencias, los rechazos, especialmente de la mujer, están allí donde la gracia se gana o se pierde.

Dalila, echa a perder la vocación de forzudo de Sansón; pero por otra parte, una mujer como Judith comprende el plan de Dios, allí donde los ancianos no sabían sino temblar; pero por otra parte, aquella hermosa Betsabé, con la gracia de su belleza echa a perder el corazón de David, pero no del todo, porque de esa misma Betsabé, nace Salomón por quien se prolonga la dinastía mesiánica.

O sea que si uno se queda sólo con este episodio aislado de cómo Rebeca urde toda una trama de cómo engañar a su propio esposo, si uno se queda sólo con esta escena, uno dice: "Vieja marrullera", y de ahí no pasa la cosa.

Pero si uno lo mira más en el conjunto, uno descubre que allí donde la gracia se pierde o se gana, allí está la mujer, desde Eva, no sólo porque en ella se pierda la justicia original, sino que a través de ella, como ya lo dice el Génesis, se promete esa descendencia que va a pisotear la descendencia de la serpiente.

Y es que ¿por qué acechó la serpiente a la mujer? La serpiente acecha a la mujer porque la mujer es ministra de la vida, y porque la serpiente no le interesa hacerle daño ni a un hombre ni a una pareja, le interesa echar a perder la obra de Dios.

Y puesto que la obra de Dios sólo puede existir a través del corazón y de las entrañas de una mujer, por eso la serpiente acecha y ataca a la mujer, porque logrando que la mujer se pierda, se pierde la sociedad, porque logrando que la mujer pierda su gracia ante Dios, así gane cualquier otra gracia, se pierde lo que nace de ella.

Y su corazón así perverso servirá para que la descendencia, para que la estirpe humana se pierda; y por eso dar lo que Dios le dice a la serpiente allá en el Génesis: "Pues no, la estirpe de la mujer, la descendencia de la mujer va a vencer sobre ti" Génesis 3,15.

¿Por qué le dice eso Dios a la serpiente? Porque eso era lo que la serpiente quería, lo que la serpiente pretendía era dañar la estirpe de la mujer, no sólo a una mujer; cuando Dios le dice: "La estirpe de la mujer, va a vencer a su descendencia" Génesis 3,15, con esto lo que le está diciendo es: ”Y lo que tú querías no se va a lograr”.

Lo que tenemos entonces es: que este acontecimiento casi folclórico, un engaño doméstico allá entre una mamá y dos hijos, y un esposo ciego, se enmarca en un conjunto muchísimo más amplio que nos hace relacionar la gracia y la mujer.

Allí donde la gracia crece o decrece, cambia su rumbo; allí donde la vida crece o decrece, florece o se marchita; allí hay siempre un corazón femenino.

Desde luego, estas reflexiones encuentran su culminación en aquella mujer, María, que es la Llena de Gracia; el sí del corazón de María, devuelve el curso del río de la vida, del río de la gracia a esta tierra.

Ese río, esa fuente viva vendrá con Cristo, pero Cristo viene a nuestra vida, llega a nosotros como parte de la estirpe humana, y no podía ser hermano nuestro, no podía participar de nuestra misma dependencia en plenitud sino era a través de un corazón que cambiara el curso de la historia.

Astuta, sagaz, más que Rebeca, esta mujer, María, la cual comprende el designio de Dios, la cual siente, presiente en su corazón lleno de vida por dónde va el plan de Dios; porque realmente lo que sucede aquí, lo que sucede en este pasaje familiar con Rebeca, Esaú y Jacob es eso.

En Rebeca se presiente por dónde va el hilo del amor, el hilo de la promesa; Rebeca no es aquí simplemente la que se sale con la suya, -¡la mañosa, la marrullera Rebeca¡-, no.

Rebeca es aquí aquella mujer que presiente el curso del plan de Dios, que presiente el hilo del amor porque ella, como toda mujer, tiene dentro de sí una capacidad de vida, una fuente de vida, unas ganas de dar vida, unas ganas de ser vida.

Y por eso dentro del corazón femenino hay una huella del darse mismo de Dios, una huella que nosotros los hombres tardamos bastante tiempo en comprender y que muchas mujeres no valoran en sí mismas.

En la fecundidad de la mujer, que no fue destruida por el pecado original, ahí hay una especie de arroyo, una especie de manantial en el que surgen voces y esas voces, cuando la persona busca el plan de Dios, le dan a la mujer una sensibilidad especial sobre por dónde se va el plan, por dónde va el hilo del amor, por dónde se va a cumplir la promesa.

Y por eso debemos estar agradecidos de Rebeca, porque ella tuvo esa sensibilidad. Si en los patriarcas Abraham, Isaac, Jacob, brilla sobre todo la fe, en estas mujeres, de otro modo, en otra clave, en otra tonalidad, brilla ese amor sensible que va descubriendo el plan de Dios.

Y así, a través de esta fe de ellos y de este amor y de esta sensibilidad de ellas, se va preparando la llegada de es mujer que cambiará el curso de la historia, dando al mundo el fruto de nuestra salvación, Cristo, nuestro Señor.

¡A quién sea la gloria por los siglos!

Amén.