I133001a
Fecha: 19970702
Título: Llegar al conocimiento de la region de nuestra alma que esta en tinieblas
Original en audio: [26 min. 19 seg.]
Este pasaje que acabamos de escuchar en el Santo Evangelio, nos permite reconocer cuáles son las consecuencias de las tinieblas, cuáles son los frutos del obrar del maligno. Sobresale el miedo. Tiene casi su chiste eso de que no se atrevían a transitar por ese camino donde solían estar los endemoniados. Llega Cristo, vence al demonio, trae la paz, y entonces le piden a Cristo que también se vaya.
Le tienen miedo al demonio y a los endemoniados, y le tienen miedo al que vence al demonio. Una vida bajo el imperio del miedo. Eso es lo que traen las tinieblas, porque, precisamente, los habitantes de esta población habían aprendido a temer.
¿Y de dónde nace ese temor? De sentir que sus intereses, ya fueran sus cerdos, o ellos mismos, estaban en peligro. Tiene miedo el que tiene que defender algo, el que tiene que defenderse a sí mismo. Tiene miedo el que no tiene defensor y tiene que defenderse; y el demonio tiene su imperio, extiende sus fronteras en esa región del alma.
En este sentido, tal vez haya en nuestro corazón una región parecida a esta Gerasa. Más allá, en la otra orilla del mar, no del lado judío, sino en la otra orilla, en el lado pagano. Gerasa.
Tal vez hay en nuestro corazón una especie de Gerasa, una región en la que nos sentimos desprotegidos, amenazados, y donde sentimos que tenemos que protegernos, que no hay quien nos defienda.
En esa Gerasa, en esa región del alma es donde se echan a perder las ilusiones de santidad. En esa región del alma, en esa Gerasa es donde se echan a perder los proyectos de conversión; los buenos propósitos se dañan ahí, en esa Gerasa.
¿Qué será lo que nos ha faltado a nosotros que tenemos buenos proyectos, que hacemos buenos propósitos, que hemos buscado y sabemos cuán bueno y cuán dulce es el Señor, que creemos en Él, y que sin embargo, más pronto de lo que quisiéramos, quebrantamos estos propósitos y echamos a perder esos proyectos?
Tal vez la clave esté en el evangelio de hoy: hay una Gerasa en nuestra alma, hay una región del corazón en la que en el fondo no creemos, hay una región del alma en la que nos sentimos amenazados, y sentimos que nadie nos va a defender, sentimos que a nadie le va a importar, sentimos que nuestros intereses están en juego, están en peligro, y nadie nos va a ayudar.
Cuando esto se dice abiertamente, cuando esto se dice públicamente, quizá nosotros, como los Apóstoles en la Última Cena, nos miraríamos unos a otros diciendo: "-¿Seré yo? ¿Seré yo?" Pues sí, eres tú, y soy yo también.
En nosotros, en cada uno de nosotros hay algo así. Uno tiene dentro del corazón a un pequeño ateo, a un pequeño hereje; uno tiene dentro del corazón esa pequeña o grande región, esa pequeña o grande Gerasa, en la que uno no se atreve a confiar, y en la que en fondo siente miedo.
Será tan grande la desconfianza, que cuando Jesús ha llegado a esa parte de nuestra alma, hemos visto, quizá con gozo, que se acabó el problema del demonio, que se acabó el problema de los endemoniados, "pero, usted, Jesús, váyase también!"
¿Cómo encontrar esa región? ¿Cómo saber cuál es esa parte del alma que es la que no cree? A mí me parece que llegar a ese conocimiento es llegar a lo que Santa Catalina de Siena llamaba: "El conocimiento de sí mismo".
Y ella decía que no había verdadero camino espiritual, que no había verdadera formación en Cristo, diríamos, con un lenguaje más reciente, que tal cosa no puede darse sin el conocimiento de sí mismo.
¿Y qué es conocerse a uno mismo? A parte de saber la estatura, el peso, la edad y esas cosas, conocerse a sí mismo es saber cuál es la Gerasa de uno, o, seguramente, las Gerasas de uno, las regiones en las que uno se asusta, y no cree. Las regiones que Jesús sólo alcanza a visitar como de pasada, porque uno en el fondo tiene miedo, y le tiene miedo también a Él, porque tiene algo que defender.
Entonces, ¿cuáles son las características de esa región del corazón, de esa región del alma? Que a veces también es una región geográficamente visible, como esta Gerasa del evangelio; era una región, tal cual, visible con los ojos del cuerpo.
Pero no se nos olvide que las fronteras exteriores y los límites exteriores, esos, primero han existido en el corazón. Primero, yo le dije a mi corazón: "Esto es mío", y luego le pongo una cerca; primero, yo digo: "Aquí no quiero que se me entre nadie", y luego empiezo a defenderme de las otras personas.
Por consiguiente, bastará en esta meditación que nos detengamos en cómo nacen estas fronteras dentro del alma, y las características, según podemos ver, son tres: la primera característica, y la más visible es: algo que defender.
De aquí, que precisamente, la espiritualidad de los votos, en este caso, la del voto de pobreza, por ejemplo, va en contra de esa Gerasa. Algo que defender es algo que nunca hace voto de pobreza.
No importa cuántas veces la persona se haya tirado al suelo, no importa cuántas veces la persona haya dicho, hay una parte del corazón que no ha hecho votos. Voto de pobreza. Algo que defender, algo que quiero que sea mío.
Eventualmente, eso no tiene que ver sólo con la pobreza. A menudo puede ser un afecto que yo quiero manejar a mi manera. Yo le asigno papeles y lugares a las personas: "Usted se va a llamar: "Amigo", ¿cómo se va a llamar usted? Amigo", y usted se va a llamar: "Enemigo", y usted se llama..."
Esos papeles asignados a las personas, hacen que uno mantenga dentro de su corazón la potestad, que no suelta, de entrar o sacar a las personas de sus afectos; en contra de esto, evidentemente, va el voto de virginidad consagrada.
No es simplemente un asunto de abstenerse de pecados sexuales. Estos pecados de todas maneras había que evitarlos, o hay que evitarlos; porque, simplemente, así está desde el principio claro, los mandamientos de la Ley de Dios, que sabemos son como la expresión de nuestra propia naturaleza.
Algo que defender, tal vez, mis decisiones, mi manera de hacer las cosas; no es que esté mal tener una manera de hacer las cosas, todos debemos tener alguna. El problema está cuando uno hace un absoluto de su manera de hacer las cosas, y si no es la voluntad de Dios, peor para Dios.
Eso es lo que está mal, y eso es lo que intenta vencer, precisamente, el voto de obediencia, algo que defender. Ahí empiezan las cosas.
La segunda característica es la incapacidad de confiar: "Yo no creo que este problema le interese realmente a alguien". Cuando uno dice eso, de algo que le está sucediendo a uno, eso se llama Gerasa.
¿Qué puede ser ese algo que no le interese a nadie? Por ejemplo, que soy inútil, o que soy enfermo, o necesito ayuda, necesito cariño, necesito comprensión; normalmente, es algo que necesito, pero que ¡cuánto necesito! Y que siento que en realidad no le interesa a nadie.
Y si alguien pretende acercarse, como este Cristo del evangelio, si alguien pretende acercarse, lo miro como un endemoniado, lo miro con la misma desconfianza con que veía al endemoniado; porque en el fondo, estos gerasenos no les interesaba si el que viene es endemoniado, o si viene lleno de Dios.
No les interesa si viene lleno del demonio o lleno de Dios; el problema es que se va a meter conmigo, ¡ese es el problema! Y como yo no quiero que nadie se meta conmigo, por lo menos en esa parte de mi alma, yo no quiero que nadie se meta conmigo, entonces, ¿qué hay que hacer? Pues, se saca.
No puedo confiar en las personas; no logro confiar que alguien, realmente se interese por ese problema que yo tengo, ¿cuál podrá ser? Seguramente eso cambia, seguramnete esos problemas cambian como cambian las caras o los rostros, o los hocicos de los marranos de este pasaje.
Cada uno tiene su tipo de marrano, tiene su tipo de cara, pero cada uno tiene sus propios marranos. Marranos que no quiere que se pierdan acantilado abajo, sino no, mejor conservar los marranitos; algo en lo que no logro confiar.
"Yo no logro confiar en eso, yo no logro soltar ese control, yo no creo que me vayan a entender a fondo. ¡Eso que se va a poder creer en la gente!" Esta es la segunda característica.
Entonces, primera, algo que defender; segunda, imposibilidad de confiar; y tercera, tiniebla, es decir, una parte del alma en donde no termina de entrar la luz, en donde no termino de aclararme.
Seguramente, nosotros somos bastante razonables, o procuramos ser más o menos razonables, sensatos en muchas cosas; pero cuando llega la tentación, por ese lado, por esa Gerasa, cuando llega precisamente por ahí, se pierde el control.
No es tan fácil describir este punto, ¡si Dios me ayudara! Pero la idea va por ahí. Es como una parte del corazón que uno la siente casi como animal, una parte muy cercana a nuestra animalidad.
Es una parte impulsiva, oscura, profunda, fuerte, irracional, de la que parecen brotar como de un pozo, serpientes o dragones enfurecidos. Una parte en la que no se termina de tener como control, como claridad.
De acuerdo con la propia manera de ser, unas personas, por ejemplo, tendrán esa impulsividad o esa oscuridad por el lado de sus iras. Se llega a un momento en el que a la persona se le oscurece el entendimiento, y sólo entiende que tiene que destruir con palabras o incluso con obras a las otras personas. No puede pensar bien.
Tal vez, esta sea la mejor manera de decirlo: es una parte del corazón en la que no puede pensar bien, en la que cuando soy atacado pierdo el control de mi mismo; luego, me arrepiento, seguramente: "¿Yo por qué fui tan agresivo? ¿Yo por qué obré así? ¿Yo por qué pensé así? ¿Yo por qué le doy rienda a esos sentimientos?"
Otro género de personas no se van por el lado de lo que Santo Tomás llamaba el "apetito irascible", sino por el lado del "apetito concupiscible". Entonces, se convierte en una parte del corazón que de pronto atrae irresistiblemente hacia la complacencia, hacia complacerse de alguna manera, con vehemencia, de un modo casi irracional.
Casi siempre, desde luego, salpicando la sensualidad, y a menudo poniendo en peligro o en caída la pureza del alma. La persona siente que como de un pozo oscuro salen fuerzas extrañas, irreprimibles, y no puede conservar el control.
Más o menos sienten lo que los gerasenos sentían con estos endemoniados: "Mientras ellos estén allá lejos, mientras ellos se mantengan allá y yo no me meta por ese camino, -porque era un camino donde nadie se atrevía a caminar-; mientras ellos estén por allá, bueno, ahí está más o menos bajo control, pero si yo pasara por ese camino, si yo me fuera por ese camino, me agarran esos endemoniados y acaban conmigo".
Algo que defender, imposibilidad de confiar y sensación de no poder pensar bien. Yo no puedo pensar bien, cuando eso sucede, se me van las luces, pierdo el control, o por el lado del irascible: destruir, acabar, atacar, herir, no dejarme.
O por el lado del concupiscible: no importarme nada, olvidarme de todo y complacerme de una manera más escandalosa o menos escandalosa, más sensual, o menos sensual, eso cambiará de una persona a otra.
Pero en este segundo caso es como una especie de renuncia a todo. Es un no importarme, cuando llega ese ataque, es como no importarme ni quién soy, ni adónde estoy; es no importarme nada; es desaparecer el resto del universo, y buscar sólo lo que a mí me gustaría, sólo lo que me daría ese placer que espero.
Ahí tenemos tres señales que son como señales de tránsito. Si usted va por la Judea de su alma, y de pronto encuentra una señal grande, un letrero que dice: "Hacia allá, región donde no confío", hacia allá está Gerasa.
De pronto se encuentra otra flecha que dice: "Región donde están mis dominios, lo que no quiero soltar", hacia allá esta Gerasa, y de pronto veo otro letrerito que dice: "Región en tinieblas, región donde a veces no puedo pensar bien", hacia allá está Gerasa.
Dice el Evangelio: "Llegó Jesús a la otra orilla" San Mateo 8,28, esta Gerasa está después de un mar, precisamente, el mar de las tormentas, de acuerdo con el pasaje que escuchamos el día de ayer.
Fíjate cómo, la Tierra Santa, sirve para hacer una especie de estudio psicológico. Mira, hay una tierra firme, y de pronto Jesús dice: "Entrémonos en el mar de las tormentas" San Mateo 8,28, y allá se fueron los discípulos con Él, y se dieron el susto de su vida, porque ya se creían morir.
Jesús pacifica las aguas, pero pasa la tormenta a los corazones, porque estos se quedan "admirados" San Mateo 8,27, dice Mateo; "espantados" San Marcos 4,41, dice Marcos. "Espantados, diciendo: "¿Quién es este, hasta el viento y el agua le obedecen?"" San Marcos 4,41,
¿Dónde queda Gerasa? Primero está la tierra firme, luego está el mar, en donde ya no tengo a nadie sino a Jesús; y después de ese mar, donde hay tormentas y donde sólo Él puede traer la paz, se llega a una extraña región, donde realmente están los problemas.
El día en que Jesús termine de exorcizar Gerasa en nuestra alma, ese día se acabará el freno que ha echado a perder tantos proyectos de vida, tantos planes de conversión, tantos propósitos buenos.
Yo esperaría que un cristiano llegara alguna vez en la vida a aburrirse, a fastidiarse de estar haciendo propósitos que no logra cumplir. Yo esperaría que uno, finalmente, se cansara de eso, y dijera: "Debe haber otra clave, debe haber otra manera".
Esa otra manera es la que nos está contando el importantísimo evangelio de hoy; pero ya se ve qué se necesita: Jesús que predica, y hay que escucharlo; Jesús que sana, y hay que dejarse sanar.
Luego un mar de tormentas, en el que sólo Él es la paz; y después, en la otra orilla, un camino donde nadie se atreve a caminar, y en ese camino, esta extraña región, donde sólo Jesús se atreve a andar.
Desde el cementerio, lugar de muerte, dos endemoniados, muertos, muertos, es un lugar de muerte física, de muerte de la gracia, salieron a su encuentro. Tiene que ir Jesús delante.
Yo quisiera terminar con esa advertencia. Pretender uno meterse a esa región, "porque yo tengo ideas claras, porque yo soy una persona ponderada, ecuánime". No te entres por allá fiado de ti. Jesús iba adelante, ¿por qué? Porque a quien se atreva a entrarse a esa región, le va a suceder lo que le sucedió a Cristo, es decir, le salieron al encuentro estos endemoniados.
Y, para ellos, sólo Jesús tiene la gracia, la unción, el poder de vencer. Cuando una persona se mete hacer experimentos: "Y yo voy, y yo voy, porque yo entiendo, porque yo sé, porque yo nunca he cometido faltas, porque yo...." Fiarse de la virtud pasada, ¡oh, Peligro! Irse, pero detrás de Jesús.
¡Acuérdate que es una región de tinieblas. Es una región donde no va a valer la razón. Es una región donde no van a valer los consejos, porque pierde el control. Es una región donde yo mismo podría traicionar a Jesús, porque yo mismo voy a sentir que se está metiendo con mis posesiones.
"¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios?" San Mateo 8,29, le preguntan estos endemoniados, pero comprenden su propia derrota. Sabemos el desenlace: se entran donde los cerdos, y los cerdos se suicidan.
Tenemos el caso de cerdos que se suicidan. Esto significa que algo se va a perder. Cuando se deja que Jesús entre allá, se va a salvar una vida humana, se va a recuperar para Cristo un terreno, pero algo se va a perder.
Y uno tiene que entrar con humildad, con fe, con oración a esa parte del alma, pero sabiendo que algo se va a perder, y hay que dejar que eso se pierda. ¡Hay que dejar que se suiciden los cerdos, que se suiciden, pero que la región, y el corazón, y la vida sean para Cristo![[Categoría:Mateo 008_028|San Mateo 8,28]