I132004a

De Wiki de FrayNelson
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El Evangelio del día de hoy está tomado del capítulo octavo de San Mateo. Es una de esas escenas que después que uno ha leído o ha escuchado en la Misa, ya no se le olvidan.

Cristo que duerme en una barca; la barca entra en una terrible tormenta, las olas amenazan con hacer naufragar la barca, los discípulos despiertan al Señor llenos de angustia, de preocupación; “Sálvanos” dice el texto de hoy. El pasaje paralelo en el Evangelio de San Marcos añade algo más: “¿no te importa que nos hundamos?” (4,39), Cristo entonces increpó al viento y al mar, y viene una gran calma; pero esa calma exterior va acompañada de una nueva tormenta, esta vez dentro de los discípulos, ellos se quedan maravillados y se preguntan: “¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Mc 4,41). Una escena fácil de grabar en nuestra memoria, rica en enseñanzas, no la perdamos.

Por ejemplo, uno puede preguntarse cómo es posible que Cristo estuviera durmiendo, es decir, físicamente hablando parece muy difícil; cómo dormir, cómo descansar en medio de toda esa agitación, ese subir y bajar, ese salpicar de agua y el ruido del viento y del mar; cómo es que nada de eso despierta a Cristo. Hay dos explicaciones y ambas son muy bellas y este es el corazón de lo que quisiera que compartiéramos hoy como enseñanza.

En primer lugar, desde el punto de vista puramente físico, biológico, nos comentan los evangelistas que el Señor estaba terriblemente agotado. Una vez más debo apelar al texto paralelo del Evangelio de San Marcos, que nos dice que llevaron a Cristo a la barca tal como estaba (cf. Mc 4,36); éste es un hombre exhausto, es un hombre que ha entregado todo, toda su fuerza que tenía que ser muchísima se ha gastado sirviendo, amando, escuchando, compadeciéndose, orando por los pequeños, expulsando demonios, enseñando a las multitudes.

No pensemos hermanos que Cristo empezó a entregar su vida el día en que fue prendido en el huerto de Getsemaní, y luego torturado y triste y dramáticamente crucificado. Cristo entrega su vida también cuando su piel está entera y cuando no han empezado ni los golpes ni las espinas; de hecho la vida de Cristo fue dar vida. Lo que hizo Cristo en su vida fue entregar vida, esa fue su ofrenda, su modo de amar al Padre y su modo de entregarse por nosotros, es decir que la primera respuesta a cómo es posible que Cristo duerma, es porque ha entregado todo, porque el grado de su agotamiento es total, que casi deberíamos considerarlo como alguien que se ha desmayado por haber llegado al límite de sus fuerzas.

La segunda explicación tiene que ver con lo que hemos oído en el Evangelio: Cristo critica la falta de fe; y como nos enseña el Papa Benedicto, una dimensión que une a Cristo con nosotros, es que en nosotros y en Él, existe esa palabra maravillosa: “confianza”. Una de las dimensiones de la fe en nosotros los seres humanos, es precisamente la capacidad de confiar.

Cristo no tiene exactamente fe en el sentido nuestro, en el sentido de desconocimiento de la verdad de Dios; no es ese el sentido en el que Cristo tiene fe. Como Hijo de Dios, como Dios verdadero y hombre verdadero, en Cristo existe una claridad de visión, como nos lo enseña Santo Tomás, que hace que nosotros no podamos hablar propiamente de fe en el caso de Cristo, porque Él ve claramente; nosotros en cambio andamos como en la penumbra y nos guiamos, nos dice San Pablo, como por un espejo borroso (cf 1Cor 13,12).

Pero en Cristo y en nosotros si hay algo que se parece y es la palabra “confianza”; y ese Cristo que está en la barca en medio de la tormenta, es el Cristo que confía profundamente, y por eso su reproche a los discípulos: “¿ustedes no tienen esa clase de confianza?” (cf. Mc 4,40), una pregunta que también tenemos que hacernos nosotros, porque en esa confianza está el comienzo de una verdadera y madura fe, la certeza de que Dios más allá de toda tormenta me sostiene, me cuida y me guía.