I132001a

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Fecha: 19970701

Título: Solamente agradar a Dios permanece por los siglos

Original en audio: [4 min. 38 seg.]


La destrucción de estas dos ciudades que son como la imagen del pecado en el Antiguo Testamento, Sodoma y Gomorra, queda profundamente grabada en el corazón de Abraham y en el corazón de todo el pueblo de Dios.

Abraham quería que se salvara la ciudad, si había en ella siquiera diez justos, diez personas que agradaran a Dios. Parece que no alcanzó a haber ese número.

Sin embargo, Dios, atendiendo a la petición de Abraham, no destruyó al justo con el culpable, sino que sacó de estas ciudades a aquellos que encontró conformes con su voluntad, es decir, a Lot y a su familia.

Abraham pensaba en la conservación de la ciudad terrena en atención a los justos. Dios encontró otra solución: conservar a los justos, así se perdiera la ciudad terrena.

Y esa enseñanza queda para todas las edades. El orden temporal no es un bien definitivo en sí mismo; es un instrumento, es un camino, pero no es definitivo.

Y la razón última de nuestra fe, de nuestra oración, de nuestro esfuerzo, no es el lograr una perfecta ciudad en esta tierra, una ciudad que permanezca por los siglos de los siglos, sino lograr en esta tierra, -sabemos en el Nuevo Testamento que con el auxilio de su gracia-, aquella justicia, aquella vida grata a Él, porque esa es la vida que permanecerá.

La mujer de Lot está pendiente del destino de la ciudad terrena. La mujer de Lot no termina de desprenderse de esa ciudad. Y por eso, aunque se haya salvado del castigo, de alguna manera se ve sujeta al mismo castigo. Porque, de acuerdo con el relato, "queda convertida en estatua" Génesis 19,26.

Su mirada hacia la ciudad terrena, que no quería que se destruyera, o que quería saber cómo se iba a destruir, hace que ella permanezca, pero permanezca amarrada a la tierra, permanezca atada a la tierra.

Todo el pasaje, pues, es una invitación a "tomar en serio nuestro proceder en esta vida" 1 San Pedro 1,17, como dirá el Apóstol San Pedro.

Nosotros tenemos razones adicionales para cumplir con esa exhortación del Apóstol. En efecto, nos dice él, que, "hemos sido comprados, no a precio de oro o plata, sino a precio de la Sangre del Cordero sin mancha" 1 San Pedro 1,18-19.

¡Aprender a tratar las cosas, todas las cosas, sabiendo que serán purificadas a fuego! ¡Saber tratar las cosas como despidiéndose de ellas, y saber que todo, todo cuanto nos rodea y seguramente muchas de las personas que nos rodean, están sólo de paso en nuestra vida!

Destino definitivo no tenemos aquí, ni nuestro último propósito es la construcción de una ciudad, de una institución, de algo que permanezca para siempre aquí.

Sólo la justicia es inmortal, sólo agradar a Dios permanece por los siglos. Sólo estar en su presencia tiene como Él, su mismo carácter de eternidad.