I126001a

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Fecha: 19970628

Titulo: Dios nos llama al cambio

Original en audio: [3 min. 46 seg.]


Cambia la lectura que traíamos de la semana pasada. Estábamos escuchando al Apóstol San Pablo en su Segunda Carta a los Corintios. En esta semana nos vamos al libro del Génesis, concretamente, a la llamada que Dios le hace a Abraham.

Así obra la Iglesia, para que alternando la lectura del Antiguo y del Nuevo Testamento, podamos reconocer cómo Dios es poderoso para prometer, pero sobre todo poderoso para cumplir.

Para que veamos cómo lo que ahora existe como realidad, fue primero figura, y para que descubramos, cómo todo lo que fue figurado, ahora se ha convertido en realidad.

En ese continuo pasar del Antiguo al Nuevo Testamento, la Iglesia está invitando, también a nuestros corazones, para que, como Abraham, estén en perpetua peregrinación. Para que también nosotros pasemos completamente al Nuevo Testamento.

Alguien podría decir: "¿Por qué se siguen leyendo estos pasajes si pertenecen al Antiguo Testamento, que ha quedado superado por la Pascua de Cristo?"

Eso es cierto, pero ¿acaso la Pascua de Cristo ha desplegado ya toda su bondad, su belleza y su poder en nosotros? ¿No será que queda mucho de Antiguo Testamento en nosotros?

No hay que renegar de eso, sino conocerlo, admitirlo, purificarlo en la Cruz de Cristo, llevarlo al altar, para que sea consagrado por el Espíritu que ungió a Jesús y lo hizo Cristo.

De manera que también nosotros, reconociéndonos en estas lecturas del Antiguo Testamento, veamos cuánto hay de realidad y cuánto hay de figura en nosotros, hasta dónde nosotros tenemos ya lo que Dios ha prometido y hasta dónde sigue siendo promesa.

Porque me parece que solamente conseguiremos plenamente las realidades que Dios nos ha prometido cuando el Espíritu de santidad haya concluido su obra en nosotros. Y sin duda, eso no se ha realizado, todavía estamos lejos de eso.

Por eso, que resuenen una y otra vez estos textos del Antiguo Testamento, para que conozcamos y palpemos nuestros propios corazones, para que, en nuestras realidades, descubramos lo que todavía es figura y para que descubramos lo que todavía es promesa y no se ha cumplido en nuestras vidas.

Así, insistiremos en la plegaria y rogaremos y nos pondremos en peregrinación y encontraremos al Señor en el altar, y en ese altar también la gracia de Espíritu, que transforme nuestras vidas y que las haga a imagen de Jesucristo.

Así lo conceda Dios, a quien sea la gloria y el honor por los siglos.

Amén.