I125001a

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Fecha: 19970627

Título: "Señor, si quieres, puedes sanarme"

Original en audio: [5 min. 15 seg.]


"Al bajar Jesús del monte,..." San Mateo 8,1. Se trata de ese monte en el que el Evangelista Mateo sitúa el largo sermón que empieza con las Bienaventuranzas, y que precisamente conocemos como Sermón del Monte, o Sermón de la Montaña.

Después de esa predicación, que tal vez no se diera toda en el mismo día, pero en todo caso, después de ella, Jesús pasa a la sanación.

Con sus palabras vence nuestra ignorancia, así como con su poder vence nuestras enfermedades. Y es que en verdad, la ignorancia es como la enfermedad del alma. Y en verdad, sanando nuestras enfermedades, manifiesta también la verdad de sus divinas palabras.

Presentándose así, como médico, muestra hasta dónde es Médico de nuestro entendimiento; es decir, hasta dónde es realmente Maestro nuestro.

Por otra parte, la humilde súplica que hace el leproso, es como un modelo de lo que es la verdadera oración de petición, de aquella que pone toda su confianza en el poder del Señor, de aquella que no oculta la herida, de aquella que no teme el ridículo ni se detiene por respetos humanos.

Miremos lo que ha hecho el leproso, y encontraremos ahí todo un modelo para nuestra propia vida.

"Lo siguió muchísima gente" San Mateo 8,1. Sabemos que los leprosos estaban excluidos de las multitudes. Incluso de acuerdo con alguno de los textos de la Ley, tenían que ir gritando: "¡Impuro! ¡Impuro!", para que se alejara la gente, para que no estuvieran con él.

Pero, este hombre, llevando la Ley a su plenitud, movido de profunda confianza en quien puede sanarlo, se acerca. Y así dice el evangelio: "Se le acercó un leproso" San Mateo 8,2.

No le importa la gente, no le importa lo que digan los demás. Él sabe lo que necesita, y por eso se acerca donde Aquel que puede sanarlo. "Se arrodilla" San Mateo 8,2; este es el gesto de humildad, el gesto de humillación.

Expresa su súplica, convierte en palabra su dolor: "Señor" San Mateo 8,2, le llama a Cristo; es la apelación de aquel que se reconoce siervo.

"Si tú quieres,..." San Mateo 8,2; con estas palabras, pone toda su confianza en la voluntad de Dios y no alega mérito alguno. No reniega de su suerte, no maldice de lo que le ha sucedido, no le echa la culpa a nadie.

Simplemente, se pone en manos del que puede hacerle bien, sin importarle quién le haya hecho mal. "Si quieres, puedes limpiarme" San Mateo 8,2.

¡Esta es la súplica! "Si quieres, puedes limpiarme" San Mateo 8,2. ¡Venga a nosotros el mismo Espíritu que movió a este leproso a suplicar y a obtener sanación!

Cada uno de nosotros sabe de qué tiene que ser curado. Cada uno de nosotros, si no lo sabe, pues, sepa entonces, que en primer lugar tiene que ser curado de la ceguera, porque no está viendo de qué tiene que ser sanado.

Si alguien no encuentra de qué necesite ser curado, entonces ruegue sanación para su ceguera. Y si ya sabe de qué necesita ser sanado, imite la humildad, la fe, la perseverancia, incluso la alabanza que lleva esta súplica.

Porque, en efecto, la gloria fue para Dios en este milagro, el beneficio para este hombre, y el testimonio para todos. Así nos lo conceda el Señor.

¡Que venga ese Espíritu! Que nosotros podamos decir en esta Eucaristía: "Señor, si quieres, puedes sanarme. Si quieres, puedes limpiarme".

Un momento, un instante que Jesús tocó al leproso, sirvió para su sanación. Es el mismo Cristo que nos toca, y no por un instante, puesto que, "su gracia está impuesta en el alma", según dijo Dios a Catalina de Siena.

¡Ahí quedará Dios! Él está dispuesto a tocarnos, está dispuesto a hacerse uno con nosotros en la Eucaristía. Por tanto, es el momento de decirle: "Señor, para esa herida que tú conoces, si quieres, puedes sanarme".