I106004a
Fecha: 20030614
Titulo: Los criterios humanos.
Original en audio: [18 min. 37 seg.]
Amados Hermanos:
Una de las cosas interesantes que trae la primera lectura, es la superación de los criterios humanos. En otra ocasión, San Pablo llama a esos criterios, "juzgar según la carne". San Pablo dice que la muerte de Cristo nos ha llevado a superar los criterios, a superar ese juicio según la carne.
Esto es muy interesante, porque yo creo que una de las cosas que pueden entorpecer mas el amor a Dios y el seguimiento del amor a Dios, es que uno se la pasa juzgando con criterios humanos, y aunque sólo fuera por el tiempo que perdemos en esos juicios, pues ya tenemos ahí bastante materia para acusarnos y para arrepentirnos.
Obviamente, necesitamos primero entender qué es eso de juzgar por criterios humanos. San Pablo lo conoció muy bien, porque él cuando habla de eso utiliza la primera persona, cierto, él dice: “Si alguna vez juzgamos a Cristo según tales criterios, ahora ya no” 2 Corintios 5,16.
Es decir, que él está hablando de una experiencia que el ha vivido. Él a vivido la experiencia de juzgar según criterios humanos, y también tiene la experiencia de superar esa manera de juzgar, y por eso dice: “Ahora ya no” 2 Corintios 5,16.
Es decir, que la experiencia de San Pablo nos interesa muchísimo, porque tal vez nosotros hemos vivido o estamos viviendo eso de juzgar con criterios humanos, pero ya tenemos a una persona que no dice que ha superado eso. Y que lo a superado en virtud de la muerte y resurrección de Cristo.
Es un tema de máxima importancia, entonces, ¿qué podrá ser eso de juzgar con criterios humanos? Observemos que Pablo, antes de su conversión, era un hombre que tenía muchos juicios en la boca, era un hombre que se creía autorizado para juzgar de muchas personas, y precisamente porque se creía autorizado para juzgar.
Pues efectivamente condenaba a muerte a las personas, las llevaba presas. Cuando él iba camino de Damasco, según cuenta el capítulo noveno de los Hechos de los Apóstoles, a lo que iba era a eso. Él sentía que tenía una claridad total en su mente y que él podía decir: "Este tiene que irse para la cárcel o este tiene que morir a piedra".
Y por eso, cuando apedrearon a Esteban, nos dice el libro de los Hechos de los Apóstoles, que Pablo estuvo ahí, y Pablo aprobaba eso: "Muy bueno, denle su pedrada, traten de acomodarle bien su pedrada entre el ojo y el oído, ojalá bien puesta la pedrada", porque él se sentía autorizado para juzgar, era un hombre que estaba lleno de juicios.
¿Y en que consisten los criterios humanos? Esta es la parte que tal vez nos pueda parecer más interesante. ¿En donde están esos criterios humanos a veces según la carne? Pues mira, que en el fondo, una persona que trata de demostrarse muy segura casi siempre está tratando de mostrar una inseguridad, es una cosa que uno la ve muy frecuente.
Cuando una persona está muy insegura trata de ponerse una coraza de firmeza, o de dureza, o de seguridad.
Por ejemplo, uno como sacerdote, cuando se encuentra un muchacho, -este ejemplo lo he dado muchas veces-, se encuentra uno a esos muchachos que tienen camisetas agresivas, con calaveras, con cadenas, con guadañas, con demonios, con dragones, casi siempre detrás de la camiseta está un chico asustado. Adentro de esas camisetas agresivas lo que hay son niños asustados, niños inseguros.
Algo parecido sucede con los criterios humanos. Casi siempre revestimos de dureza, revestimos de firmeza nuestra debilidad, nuestra fragilidad. Una de las características de los juicios es que uno suele ser más duro en condenar aquello que a uno le tienta más o le puede más, lo que para uno es mayor tentación, lo que para uno ha sido o es ocasión de mayor pecado, eso es lo que uno condena más duramente en las otras personas.
Entonces, por eso se dice que la persona soberbia en todas partes encuentra orgullosos. Porque efectivamente ve retratado en los demás sus propios defectos.
De manera que una de las características de los criterios humanos es esa, que uno realmente está tratando de condenar afuera lo que tiene adentro, y por eso uno utiliza tanta dureza, porque en el fondo lo que quisiera es radicar el problema que tiene adentro, ese es un dato importante.
Otro dato importante es este: como uno está buscando un juicio seguro, porque uno se siente inseguro, los criterios humanos casi siempre descartan la intención de los humanos, pretenden quedarse únicamente con los resultados, y en ese sentido, la Ley de Moisés ayudaba mucho.
Porque la Ley de Moisés era una Ley que decía: "Si el tipo hizo esto, maténlo; si la tipa hizo esto, maténla"; era una Ley muy práctica, porque era una Ley que decía: "A tal acto, tal pena". Eso es típico de los criterios humanos: “A mi no me interesa nada más, sino que hizo esto, luego merece esto”, esos son criterios humanos.
El criterio real del Espíritu es distinto: “Hizo esto”, pero mira otras dos cosas: con qué intención lo hizo y en qué circunstancias lo hizo”. Esas son dos cosas que uno no suele tener en cuenta cuando se trata de hacer juicios duros, juicios drásticos. Ese dato también es importante, llevamos dos.
El primero es cuidado, porque allí donde uno es más firme, normalmente está tapando una inseguridad de uno, y esto vale para todo, para todo.
Y luego el segundo que hemos dicho que es: normalmente, cuando nosotros estamos haciendo una condena mirando solamente el acto, lo que la persona hizo, estamos juzgando mal; hay que mirar por lo menos otras dos cosas que son la intención y las circunstancias.
Y como uno desconoce la intención muchas veces a fondo, y como uno desconoce muchas veces todas las circunstancias, normalmente una persona sabia tiene muchos buenos juicios, o por lo menos tiene mucho menos dureza, además, de que su propia historia y su propia vida se lo van aplacando.
Uno se ha dado cuenta de todas las incoherencias que uno tiene, de todos los defectos que uno tiene, de todas las contradicciones en que uno a caído, y por eso normalmente uno ya no tiene tanta dureza, sino que esta más dispuesto a perdonar.
Hay otra característica de los criterios humanos, los criterios y juicios según la carne, son para destruir el mal. En cambio, el que juzga según Dios, trata de construir el bien. Claro que las dos cosas se necesitan, hay que quitar el mal y hay que poner el bien.
Pero normalmente la persona que juzga con criterios humanos, le interesa sobre todo, que le llegue castigo al culpable, por eso ya desde antiguo existe un refrán que dice: “Hay más gente interesada en castigar al los culpables que en salvar al los inocentes”, porque gozamos más viendo que al culpable le llego su merecido, que viendo que al inocente le llego su recompensa o le llego su consuelo.
Mire que aquí hay un inocente y está feliz, está tranquilo, está consolado, está fortalecido; no, ese tema es muy aburrido, lo interesante ver es cómo torturan al criminal, cómo tuvo que pagarla.
Esa confusión entre justicia y desquite, o entre justicia y venganza, es muy propia de los criterios humanos, El gran interés es que la pague, y tiene que dolerle. Esto lo revestimos de una cantidad de justificaciones: “No, es que si no le duele, no aprende”; “Tiene que dolerle”.
Y si Dios se la apareciera y le dijera: "Mira, yo puedo cambiar a esa persona sin que le duela tanto”; "no, mejor que le duela, de todas maneras, siempre es bueno que le duela". ¿Sabes por qué uno obra así? Uno obra así porque a uno le duele tratar de ser bueno, uno trata de emparejar el partido.
Si a mí me cuesta tanto trabajo ser bueno, y ahora llega este y la embarra, y la embarra y la embarra, y luego con que perdonado, “no, no, eso no puede ser así”, tiene que haber más o menos una cierta equidad; si a mí me costó tanto trabajo ser bueno y el otro la embarró, pues tiene que cobrársela, de manera que quedemos a par".
Es decir, que si al final vamos a quedar empatados, y a mí me cuesta tanto, que a él también le cueste tanto; como él la embarró y yo no la he embarrado, como él se equivocó y yo no me equivocado, pues tiene que recibir su castigo. Y por eso los criterios humanos tienen mucho que ver con eso, con ese buscar el castigo: "que le duela, tiene que dolerle".
Los criterios humanos se parecen entonces mucho a la famosa ley del Talión, ¿no? “Ojo por ojo, diente por diente”. Los criterios humanos quedaron vencidos en Jesucristo.
Jesucristo, por ejemplo, con eso de la mujer adúltera. "–Hombre, por lo menos si hubiera pedido: "Tírenle al menos unas piedritas chiquitas, ¿no? Pero no, finalmente ni una piedra, pues quedó la gente como aburrida".
"-Pero se convirtió". "-No, pero no es lo mismo que una buena pedrea". "-No, pero se salvó". "-Sí, se salvó, claro, de salvarse, se salvó, pero por lo menos una que otra piedra, eso siempre sirve, eso curte, mejora el carácter". ¡Ay, Dios, somos tan ridículos!
Lo triste de los criterios humanos es que los que condenaron a Cristo creían que estaban haciendo un servicio, creían que estaban haciendo las cosas bien. "No, claro, imagínase lo que va suceder aquí, es decir, si este tipo sigue, vienen los romanos y nos acaban el lugar santo y se acaba todo, ¡no, no, no!" O la verdad: "Sí, hay que acabar con Cristo", y todos estaban muy convencidos y muy serios.
Los criterios humanos son postizos, están llenos de formalidades y conveniencias, están llenos, precisamente, de pactos humanos, de lo que se acostumbra, de lo que se estila, de lo que se suele hacer, de lo que conviene más.
En fin, para decirlo todo junto, los criterios humanos siempre incluyen que al otro se le haga algo que yo no quisiera que me hicieran a mi. Yo quisiera que conmigo existiera misericordia, yo quisiera que conmigo existiera perdón, yo quisiera que conmigo existiera paciencia, pero eso es porque yo aprendo; pero como los demás son tercos, pues con los demás si toca mano dura, a mí con que me expliquen basta, pero como los demás es a rejo, que aprenden, rejo con ellos de manera que puedan aprender.
Los que condenaron a Cristo estaban llenos de criterios humanos, lo que conviene, lo que se puede hacer, lo que se debe hacer; están llenos de gente seria que arrugan la frente y dice: "Tú qué opinas ante este caso?" "Hay que matar a Cristo", "claro matémoslo", "sí, sí matémoslo, todos estamos de acuerdo, es cierto, hay que matarlo".
Cuando muere Cristo, el inocente, se descubre toda esa patraña, se descubre toda esa mentira, se descubre, que con esos juicios, terminamos dañando a los inocentes, salvamos probablemente nuestro pellejo, pero dañamos a los inocentes.
Y por eso, cuando muere Cristo, es cuando uno descubre que por ese camino se llega a la muerte del inocente. Uno dice: "No sigo, por ese camino no es, ya no sigo por ese camino, no es mi camino, tendrá que ser otro".
¿Cual? El de la intercesión, pero eso toca aplicarlo para todo el mundo, porque todos tenemos gente a la que nos cuesta muy poco perdonar y todos tenemos gente a los que nos cuesta mucho perdonar .
Hay veces que perdonar es agradable. Hace unos días unos soldados encontraron una cantidad de dólares, no se cuánta cantidad de dólares y se repartieron la guaca ahí entre ellos y se fueron hacer juerga, y a emborracharse, y hacer barbaridades con su dinero.
Pero hay mucha gente que comprende y dice: "Y al fin y al cabo, la vida de esos pobres soldados..."; hay cosas que son fáciles de perdonar.
Todos tenemos gente a la que nos resulta sencillo perdonar: "El soldado ese, que trato de robarse esa plata"; "hombre, pero al fin y al cabo un pobre soldado de esos"; "sí, pero no estuvo bien echo"; "no, pero...." Y todos tenemos gente a la que nos cuesta mucho trabajo perdonar, mucho trabajo, y es la gente a la que juzgamos más duramente. Tal vez porque están más cercas de nosotros, tal vez porque esperaríamos más de ellos.
Hay gente, por ejemplo, especialista en juzgar con dureza a sacerdote, o juzgar con dureza a la mamá, o en juzgar con dureza al hijo, o al esposo, o a la esposa, o si no encuentran alguien más, a la vecina: "¡Y mire a la vecina, mire, desperdiciando toda esa plata, ¡ay, en esa mascota, en ese gato en ese!....
Todos tenemos personas a las que tendemos a juzgar con criterios humanos, así que no nos creamos muy espirituales, a veces uno tiene una gran indulgencia, incluso por el que es capaz de secuestrar a un bebé: "Sí, tengámosle paciencia"; pero ese mal genio de mi mama: "Ese no, ese sí no, yo creo que no tiene perdón en esta vida ni en la otra"
Por eso, el que quiera verdaderamente amigo de Jesucristo, realmente tiene que revisar mucho el corazón, porque es que perdonar a los que están lejos es fácil, lo difícil a veces es perdonar a los que tenemos cerca, a los que nos han decepcionado y están a un lado de nosotros.
Eso es lo que es difícil; a la gente de la que esperaríamos más tal vez por su cargo: "Es que usted como obispo, usted como párroco, y usted como sacerdote, deberían...."
Todos tenemos gente a la que nos cuesta trabajo perdonar, según lo que nos dice San Pablo, el único camino es meter a esa gente en el corazón de Cristo. Lávalos en la sangre de Cristo, una y otra vez lávalos, lávalos.
Cuando ya los puedas ver recubiertos en la Sangre de Jesucristo, cuando ya los puedas ver bañados en la Sangre de Cristo, vuélvete a preguntar si eres capaz de decir las palabras que antes decías, si logras escuchar en tus oídos lo que te dice Jesús: "Yo lo amo, yo lo perdonó, yo lo entiendo; lo que tú no entiendes, yo sí lo entiendo".
Si después de oír a Jesús decir: "Mira, yo estoy dispuesto a volver a morir por él o por ella", si después de oír eso, eres capaz de repetir tus mismas palabras, pregúntate que corazón tienes.
San Pablo se sanó de sus juicios y de sus criterios humanos. Que Dios, el Señor, por virtud de la Sangre de Cristo, que se hace presente en este altar, que Dios, el Señor, nos sane también a nosotros, porque vamos a tener mucha salud y vamos a irradiar mucho amor y mucha vida.
Amén.