I102001a

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Fecha: 19970610

Título: "Sal de la tierra y luz del mundo"

Original en audio: [6 min. 23 seg.]


"Sal de la tierra y luz del mundo" San Mateo 5,13-14, llama Jesucristo a estos sus discípulos. Y se pone a darles explicaciones de por qué esa comparación.

La sal porque da el sabor, la sal porque impide que se corrompa el alimento; allí donde no se conocen, como no se conocían en tiempo de Cristo los métodos de la refrigeración y de la congelación.

Luz del mundo porque muestra el camino, porque denuncia las tinieblas. Estas palabras las dice el Señor, como sabemos, después de haber proclamado las bienaventuranzas. Por lo menos en la redacción actual del Evangelio, después de esa proclamación de "quiénes son los felices", que les dice que, con esa felicidad, que con ese modo de vida son la sal de la tierra y son la sal del mundo.

Dirán los exégetas que se trata de la última redacción del Evangelio o algo parecido; pero dirá también la Iglesia, que en ese camino redaccional, estuvo también el Espíritu Santo, y por eso podemos decir que es el mismo Espíritu el que ha querido que los textos finalmente lleguen a nosotros como están y el orden en el que están.

Para darle entonces sabor a la tierra se necesita estar un poco en contravía de la felicidad de este mundo; y para dar la luz al mundo se necesita ir un poco en contravía, pero sólo un poco de lo que el mundo espera de sus seguidores, de sus adeptos.

El cristiano, mezclado con el mundo, como la sal con el alimento, en cierto modo desaparece, pero también conserva su identidad. Es lo mismo que nos dirá el evangelio de San Juan y que se aplica especialmente al religioso: "Nosotros estamos en el mundo, pero no somos del mundo" San Juan 17,11-14.

No podemos esperar que el mundo nos dé nuestro sabor, ni podemos esperar que aquellos a quienes queremos iluminar nos den luz.

Luis Bertrán, predicando en alguna ocasión un texto semejante, referido a Juan Bautista, les decía a sus oyentes y a un grupo de frailes: "Del desierto habéis de salir para ser predicadores".

El cristiano no toma su sal del mundo al que tiene que salar, ni toma su luz del mundo al que tiene que iluminar; los toma de esa extraña bienaventuranza que Cristo inauguró con su modo de vida, pero sobre todo con su género de muerte y con su gloriosa Pascua.

Entonces aquí somos nosotros gente que está en el mundo, que participa del destino del mundo, pero gente que es distinta de ese mundo de alguna forma; sobre todo gente que le da su sabor, su color y su luz al mundo, no de lo que ofrece el mismo mundo, sino de Cristo Jesús, sino de su Señor.

De este modo, el discípulo se mantiene como en una continua relación, en una continua dependencia, me atrevo a decir, con Jesucristo; nosotros somos dependientes de Cristo, dependemos de Él para no perder nuestro sabor, dependemos de Él para seguir siendo luz.

¿Y en qué consiste la novedad de Cristo? Pues es sobre todo la novedad de su amor, la novedad del Espíritu que comunica Cristo. Si uno mira bien, milagros como los que hizo Cristo se encuentran en el Antiguo Testamento, hasta ese tan maravilloso que es la resurrección de un muerto.

Y si uno mira bien, las palabras inspiradas de Cristo algún parentesco tienen con las palabras de otros predicadores o maestros; la sal de Cristo no está exactamente ahí, sino está en su Pascua, y concretamente, en la donación de un amor irreversible, inesperado, gratuito, maravilloso.

Venga a nosotros ese don del Espíritu Santo, ese amor inexpresable, ese amor invencible; no esperemos ese amor de las personas a las que queremos servir; el predicador no puede ser un negociante que negocia sus afectos con los de aquel que le escucha, o sus interese con los de aquel que le escucha.

Por lo menos en el ejercicio de su predicación, el predicador necesita regalar, como él mismo ha recibido, gratis.

Y cuando Cristo nos dice que demos gratis lo que hemos recibido gratis, no es solamente que no cobremos, que no hagamos lo que se llama simonía, que demos gratis es también que no negociemos ni con afectos, ni con tiempos, ni con intereses, sino que por lo menos, en este acto de la predicación, seamos tan gratuitos con nuestros hermanos como Dios lo fue con nosotros.

Que el sabor, el estilo del Espíritu Santo; que la gracia y su luz nos acompañen, para ser así "sal de la tierra y luz del mundo" San Mateo 5,13-14.