I094001a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19990603

Título: Jesus nos lleva al centro de nosotros mismos, de nuestra vida

Original en audio: [8 min. 39 seg.]


La lectura del Evangelio en estos días nos ha presentado escenas del diálogo entre Jesucristo y los grupos religiosos de su época. Sería muy interesante hacer el mismo ejercicio para nuestra época.

Los grupos de aquella época eran los fariseos, los saduceos y los escribas; los grupos de nuestra época, ¿cuáles podrían ser? Tal vez los ateos, o tal vez la Nueva Era, o tal vez católicos de derecha o de izquierda, o de centro.

Sería muy interesante poner en diálogo a Jesucristo con los grupos de nuestro tiempo; sería maravillosos escuchar la respuesta de Cristo ante los problemas y ante las posturas de nuestra época.

Y muy hermoso ver cómo Jesús, en cada una de estas conversaciones o discusiones, centra a sus oyentes en la verdad fundamental de la revelación del Padre Celestial a través del amor del mismo Jesucristo; cómo ese núcleo del Evangelio Cristo nunca lo pierde de vista. Y desde ese núcleo de la noticia que Él anuncia y que Él es, responde a todos.

Ayer escuchábamos cómo le decía a los saduceos que "Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos" San Marcos 12,27,recordaba la vocación fundamental del ser humano en la gloria del Padre Celestial en los cielos.

Hoy recuerda a los escribas, empezando por este que le habla, que de todos los mandamientos y de todos los preceptos, hay algo que es fundamental: el amor a Dios y el amor al prójimo.

¡Qué bueno que Jesús nos recuerda a nosotros una y otra vez qué es lo esencial dentro de nuestra vida; Jesús tiene una mirada y una palabra que va como al núcleo del asunto; Jesús no nos deja dispersar; acuérdate del caso de la samaritana; la samaritana era a irse por otro lado: que si la Ley, que si el monte, Jerusalén, judíos, samaritanos, hombre, mujer.

Y Jesús va al núcleo del problema: "Si desconoces el don de Dios" San Juan 4,10, yo tengo para ti una oferta nueva". Maravilloso entrar en diálogo con Jesucristo y que Jesús nos lleve al núcleo y a la verdad de nuestra propia vida; esto es lo propio de los que han aceptado a Cristo con todas sus consecuencias; se han sentido confrontados por Jesús.

Decía un Santo padre del desierto, cuando se acercó un candidato a esa vida, que era ardua, y decía este joven candidato: "¿Qué tengo que hacer?" Y respondió el santo monje del desierto: "Obra como si no existieran sino Dios y tú en esta tierra".

Sentirnos así confrontados por Jesús, ponernos solamente ante Él; Jesús nos lleva a la verdad de nuestro corazón, nos lleva a lo esencial de nuestra vida; nos obliga, en ese sentido, a ser verdaderos, a recoger el centro de nosotros mismos.

Porque uno puede estar muy atento a muchas cosas, como este escriba con los seiscientos y pico mandamientos que estaban en sus escuelas rabínicas; uno puede estar atento a demasiadas cosas y a agradarle a demasiada gente y a satisfacer demasiados intereses.

Jesús nos devuelve a la verdad de nosotros mismos. Que Él, con la gracia de su Espíritu, se haga presente como Rey en nuestros corazones y los lleve a esa confrontación sincera, profunda; de ahí sale el verdadero predicador, de ahí sale la persona creíble, porque es una persona que se ha vuelto transparente, una persona que tiene una sola intención.

Precisamente, en estos días de examen para la profesión religiosa, lo que uno más quisiera de uno mismo, y de cada uno de los frailes, es eso: que fueran personas que se hubieran puesto de frente ante el Sol de Jesucristo, hasta que Jesús no les viera sombra ni un doblez; allí donde la tela se dobla, se hacen sombras y la luz no llega.

Que Jesús nos extienda, que no quede ni un pliegue, ni una sombra, ni un doblez; que todo quede iluminado por ÉL, que llegue cada uno a la verdad de sí mismo.

Cuando una persona está así extendida, como el alma de la Santísima Virgen, por ejemplo; cuando una persona está así extendida ante Dios, es una persona sincera, transparente, clara, no tiene nada qué ocultar, se sabe de dónde viene, se sabe para dónde va.

Un alma así transparente, un alma llena de luz tiene también una palabra creíble. Es lo mismo que pasa con una guitarra, si la caja de resonancia tiene algo que no pertenezca a la guitarra, el sonido se daña inmediatamente. Si usted le metiera, por ejemplo, una bufanda, qué sé yo, a la caja de esa guitarra, pues no va a sonar bien, queda con un estorbo, tiene algo ahí que le está estorbando.

Si, en cambio, se saca, se limpia esa caja de resonancia, y está sola la guitarra, entonces su sonido es claro, es brillante, es hermoso.

Que salga de nosotros todo lo que no le pertenezca a Jesucristo, y que haga nuestros corazones así, que cuando suenen, suenen como la guitarra que está limpia y que está afinada, que no haya estorbos por allá.

Porque si tenemos esos otros estorbos y esos otros intereses, cuando suena la voz nuestra, suena hipócrita, suena mentirosa.

Jesús tiene un oído finísimo, acuérdate lo que le pasó con los saduceos, acuérdate lo que le pasó con los fariseos: llegan estos con su gran hipocresía: "Sabemos que tú eres muy sincero, sabemos que tú dices la verdad sin contemplaciones, por eso venimos a preguntarte: ¿Pagamos impuesto o no pagamos impuesto?" San Marcos 12,14.

Jesús capta la hipocresía inmediatamente, les dice: "¿Ustedes por qué me tienden trampas? Yo creo que Jesús, que escucha todas nuestras palabras y todas nuestras predicaciones, también de pronto algunas veces podría interrumpirnos, y podría decir: "No sea hipócrita, usted no tiene que decir eso, a usted le queda grande decir eso, guarde silencio, limpie ese corazón".

Yo creo que Jesús tiene muchas cosas que corregirme a mí, tiene muchas cosas que limpiar en nuestros corazones, hasta que el alma esté sin pliegues, hasta que esté limpia y transparente, y la voz entonces suene cristalina, suene creyente, que cada persona que nos escuche, diga como decía San Pablo: "Aquí hay un administrador de los misterios de Dios" 1 Corintios 4,1 así decía San Pablo.

Que la gente sólo vea en nosotros administradores de los misterios de Dios; eso es tener el alma limpia, la caja de resonancia limpia, y ahí resuena la voz de Dios.

Y, claro, una palabra así hace maravillas, es una palabra que encuentra eco en las últimas fibras del corazón de los oyentes, transforma corazones también y le da la gloria a Dios.