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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20010606

Título: Purificacion a traves del dolor: un camino cierto hacia un cristianismo maduro y una verdadera conversion.

Original en audio: [23 min. 56 seg.]


En la primera lectura hemos venido escuchando esta semana el libro de Tobías. El libro de Tobías es como una pequeña novela, es muy agradable su lectura, tiene enseñanzas claras y bellas, y realmente considero que nos hará mucho bien, tomar el texto íntegro en nuestras casas, leerlo completo.

Hoy, por ejemplo, hemos visto el caso de dos personas llenas de dolor, llenas de desesperación, dos personas que ya no saben qué hacer, ya no saben a quién acudir, Tobías incluso llega a desearse la muerte, y no es el único caso. En la Biblia tenemos también el caso de Job, que se deseó la muerte, tenemos el caso de Elías, que se deseó la muerte, y debe haber otros.

Primera enseñanza para nosotros: tenemos que tener una profunda comprensión y un profundo respeto ante el dolor humano.

Realmente, lo que dice el refrán es cierto: Nadie sabe la sed con la que otro camina". El dolor, qué fácil explicar el dolor cuando le pasa a otras personas, qué difícil afrontarlo cuando es en carne propia. Necesitamos un gran respeto frente al dolor y frente a los que sienten dolor.

Esas oraciones, hechas al borde de la desesperación y deseándose la muerte, Dios las escuchó, Dios no agarró a palmadas y a azotes a estos pobres, a Tobías y a Sara; Dios sabe lo que es un corazón atribulado. Nosotros hemos de tener un profundo respeto frente al dolor humano.

A veces, cuando hemos tenido una experiencia del amor del Señor, tomamos actitudes facilistas y cómodas frente al dolor de los demás, y a veces lo que hacemos es empeorarle la herida a la persona.

Se cuenta de un señor que se enfermó de una gripe, y se le agravó de tal manera que terminó muriendo, y fueron a darle el pésame a la viuda y le decían: "-¿Y de qué murió el compadre?" "-De una gripe no más". "-Ahh, bueno, menos mal no fue nada grave".

Hay que tener cuidado, porque a veces, las palabras de un consuelo fácil, lo que hacen es empeorar el dolor de la persona y no sirven a Cristo.

Una persona que lleva meses y meses sin conseguir un buen trabajo, una persona que tiene a un pariente secuestrado o enfermo, lleva una carga de dolor muy grande, y eso no se soluciona con dos frases fáciles que le digamos: "Déjele todo al Señor que Dios va a hacer una obra grande ahí".

Es posible que sí, pero la persona que sufre, primero necesita sentir un corazón que su atribulado, alguien se lo recibe.

Ejemplo nos da el profeta Ezequiel, que cuando fue llevado de una manera prodigiosa donde estaban los desterrados, colmados, embriagados de dolor, el profeta Ezequiel, según nos cuenta el libro que lleva ese nombre, dice: "Y estuve siete días acompañándolos en silencio, porque vi que era muy profundo su dolor" Categoría:Ezequiel , eso está en la Sagrada Escritura.

Sepamos primero acompañar, sepamos primero recibir el dolor que tiene la persona, sólo cuando la persona se sienta realmente acogida en su dolor por nosotros, le podremos decir una palabra que esa persona entienda, lo además a veces lo que causa es más dolor, e incluso, conflicto con la Iglesia, con la fe, conflicto con la Renovación Carismática.

Pues bien, acogiendo el dolor hacemos un camino con la persona que sufre. Y esa es la primera enseñanza para el día de hoy.

Pero luego, observemos, Tobías se siente abrumado con su pena y le dice a Dios: "Manda que me quiten la vida para que yo desaparezca de este mundo" Tobías 3,6, pero no toma la justicia por su mano, y esa también es enseñanza.

La Biblia nos cuenta que es posible llegar a esos extremos en que la persona se desea la muerte, nos cuenta, pero nos muestra también que el verdadero siervo de Dios, aún en ese caso extremo, deja todo a Dios, deja todo al Señor, y eso es ejemplos van también para nosotros.

La venganza, el suicidio, la blasfemia, el renegar de Dios, nunca van a arreglar nada, finalmente, el camino siempre llegará a través del Señor, por su palabra, por su voluntad. Por decirlo de otra manera, Dios nos autoriza a sentirnos tristes; hay momentos en que la tristeza nos visita, un canto muy lindo que nos gusta a todos dice: "Hay una fiesta continuamente en mí".

Eso es cierto en la medida en que Dios habita en el corazón de los justos, y Dios es la raíz de la alegría, de la felicidad y de la paz, pero ¡cuidado! No significa eso, que Dios desconozca que también la tristeza por los pecados cometidos, como le sucedió a Tobías, o la tristeza por las faltas contra Dios o por otras desgracias lleguen a nuestra vida.

No olvidemos la expresión de Jesús a las puertas de su pasión: "Triste está mi alma hasta la muerte" San Mateo 26,38. Hay que darle también ese espacio a la tristeza, sin dejarnos dominar por la tristeza; pero saber sentir tristeza, también nos hace madurar y también nos hace sabios.

Porque casi siempre, la persona que sabe aconsejar, es la persona que ha pasado por el dolor; el que no ha pasado por el dolor, el que siempre le saca el cuerpo al dolor, el que se esconde, el que se fuga, el que huye de su propio dolor, tampoco sabe acoger el dolor del hermano.

Y ejemplo nos da la Sagrada Escritura, de cómo hay días y cómo hay circunstancias en que hay que vivir la humillación. San Pablo decía alguna vez a los discípulos: "Es que hay que pasar por muchas cosas para ser verdaderos discípulos, para entrar en el Reino de Dios" Hechos de los Apóstoles 14,22; hay que saber pasar por la contradicción, por la humillación, por el desconcierto, por la soledad.

Me cuentan que hubo un predicador que dijo, que desde que uno se convertía ya no había más desierto, ¡falso! El primero que entró en el desierto fue Cristo, Él va delante de todos nosotros, tremenda efusión del Espíritu Santo en su bautismo y nos dice San Lucas: "El Espíritu lo empujó al desierto" San Lucas 4,1.

La prueba, la tentación, el dolor, el desconcierto, el fracaso, el sufrimiento, la contradicción, la humillación, el regaño, la exhortación, ¡todo eso lo necesitamos!

Leamos el capitulo doce de la Carta a los Hebreos, ¡qué importancia la que tiene que haya alguien que nos pueda corregir! Y allá no dice corregir, dice "regañar" Hebreos 12,6, y dice "castigar" Hebreos 12,10.

Hay que pasar por eso, porque si no, uno no se forma nunca, si no, uno hace siempre lo que se le da la gana y cree que siempre va bien huyendo del dolor, y por eso ese cristianismo superficial que no convence a nadie, y que tampoco sirve para acoger el dolor de los pobres.

Hay que saber pasar también por el momento de la prueba, por el momento del dolor, ¿quien más amada que María? ¿De quien se ha dicho lo que se ha dicho de Ella? "Has hallado gracia ante Dios"? San Lucas 1,30, imagínate, ¡semejante elogio! "Has hallado gracia ante Dios" San Lucas 1,30.

Y a esa Santísima Señora, de todos modos, Dios la condujo al dolor inconmensurable de la Cruz: "Una espada te va a atravesar el corazón" Categoría: San Lucas 2,35; la misma mujer a la que Dios le dijo: "Has hallado gracia ante mí", esa misma mujer tuvo que oír: "Una espada te atravesará el alma" San Lucas 2,35.

Es decir que el discípulo tiene que vivir todas estas cosas, y sólo el que ha vivido todo esto, sabe acoger a su hermano, sabe entender a su hermano, sabe guiar a su hermano.

Me parece que el texto que dice esto de manera más clara, está en la Carta a los Hebreos, ustedes buscarán la cita: "Cristo, siendo hijo, aprendió sufriendo a obedecer, y se ha convertido en causa de salvación para los que lo obedecen" Hebreos 5,8.

De manera, hermanos, que dejemos ese cristianismo, si lo teníamos, ese cristianismo de "dopping", ese cristianismo de fuga, ese cristianismo de superficialidad; siempre llegan días en que uno se queda sin respuesta.

Les cuento sólo una historia: ustedes saben, mis hermanos, que Dios en su bondad, ha tenido piedad conmigo, me ha ayudado inmensamente en el ministerio de la predicación, y a veces uno cree que uno puede predicar casi en cualquier circunstancia, no es cierto, soberbia se llama eso.

Estaba visitando yo a una vecina de nuestro convento en Bogotá, señora que padecía un doloroso cáncer, fui yo a visitarla, a orar por ella, a llevarle una palabra, y efectivamente llegué y empecé a compartir algún testimonio con ella.

Manifestó una alegría muy grande, me agradeció la visita, me dijo que se sentía muy feliz, que sentía la presencia de Dios y empezó a gritar, y no a gritar de alabanza, se le despertó no sé que dolor, duró quince minutos bramando de dolor, y ahí estaba Nelson Medina frente a ella, callado, sin poder decir, lo mismo que Ezequiel, sin poder decir una sola palabra.

Trataban de aplicarle unos calmantes, parece que ya nada le estaba obrando; creo que es de las ocasiones en mi vida en que me he sentido más impotente ante el dolor físico.

Y eso, mis hermanos, no es sino el cumplimiento de lo que dice la Escritura en varios lugares, por ejemplo, en el profeta Zacarías: "Quedarán estupefactos, mirarán al que traspasaron" Zacarías 12,9.

Frente al dolor supremo, frente al dolor total y al amor total de la Cruz, uno se queda sin palabras.

Puede parecer un poco extraño que una jornada de predicación y de evangelización en la Renovación Carismática, tenga tantos dolores como estos que tiene esta predicación, pero mis hermanos, es que precisamente a veces me parece, que en la Renovación Carismática, quizá por esa raíz un poquito protestante que tiene, que no es del todo mala, se nos ha entrado o se nos puede entrar una cierta superficialidad.

Y Dios quiere cristianos alegres, pero cristianos profundos, gente que sepa hablar, gente que sepa callar. Hay momentos en que lo único que podemos hacer, y díganmelo a mí, es callar, cerrar los ojos, pedir misericordia y decir: "Ahora mismo estoy como ante Cristo crucificado".

Tercer punto: Dios escucha la oración. Cómo es difícil decir esto, cuando muchas veces experimentamos el silencio de Dios, eso sí que es duro, el silencio de Dios.

Entre las cosas más fuertes que anuncia el libro del Deuteronomio para el pueblo de Dios, una es ésta: "Y los cielos se volverán de bronce para ti" Deuteronomio 28,23, ¡qué duro! Y eso es lo que sentimos en los momentos más crueles, y en los momentos de mayor soledad, como si el cielo fuera de bronce, el silencio de Dios.

¡Los grandes santos han pasado por ahí! San Juan de la Cruz, por ejemplo, nos habla de "la noche oscura del alma", el silencio de Dios, donde no nos queda sino la fe; el silencio de Dios, como el de Cristo en la Cruz, ese silencio, explica San Juan de la Cruz, es el que deja desnuda al alma.

Cristo en la Cruz está desnudo, Cristo es el esposo del alma, y el alma tiene que desnudarse también ante Cristo; Cristo quiere unirse con el alma y la desnudez de Cristo tiene que unirse a la desnudez del alma, pero al alma sólo la desnuda y sólo la purifica este momento último de silencio.

Nos enseñan los grandes doctores místicos, los grandes santos que son referencia para todos nosotros, nos enseñan que hay una purificación fuerte, dura, que es como esos cielos de bronce de los que habla el libro del Deuteronomio.

Sara, la mujer de la que nos habla la primera lectura, había perdido toda esperanza de felicidad, deseaba matrimonio, y el número siete indica en la Biblia totalidad; siete veces fracasó en el matrimonio, es decir, fracaso total, y encima la humillación de una criada, tres días y tres noches sin comer ni beber, tres días y tres noches de silencio de Dios, tres días y tres noches de soledad y de purificación.

El número tres también es simbólico en la Biblia, el número indica el período para que se resuelva una situación. Y termina diciéndonos la lectura de hoy: "Llegaron al mismo tiempo las oraciones de los dos a la presencia gloriosa del Dios Altísimo, y Él envió a su Santo Ángel Rafael a curar a los dos" Tobías 16,17.

¡Qué bello cuando al fin empieza a amanecer después de la larga espera! ¡Qué bello si el alma sabe sostenerse sola, con frío, desnuda, desposeída, despojada de todo! ¡Qué bello! ¿Sabe por qué? Porque en ese momento estamos amando a Dios sólo porque es Dios, no por lo que nos da.

¡Y ese es el cristiano perfecto! Ese es el perfecto carismático! ¡Y esa es la mejor manera de cumplir una jornada de evangelización! ¡Es ahí, en la soledad, en la noche, en el frío, en la desnudez, cuando nada parece responder, cuando Dios parece esconderse, es ahí donde amamos a Dios solamente porque Dios es Dios!

Y en ese amor tan puro que nace ahí, en ese amor tan puro queda una lamparita, que es la que anuncia la llegada de la respuesta divina.

Hermanos míos, que Dios, que nos ha otorgado la gracia de creer en Él, nos conduzca, según su providencia, a madurar en la fe.

Porque un cristiano que depende de los estados de ánimo, un cristiano que sólo sea cristiano cuando le llegan los consuelos divinos, y cuando está rodeado y apoyado de mucha gente, y todo le sale bien, un cristiano que sólo conoce las oraciones respondidas y no sabe lo que es el silencio de Dios, es un cristiano que puede caer en cualquier momento, es un cristiano que puede ser engañado.

Pero el cristiano que ha pasado por ese desposeimiento, por ese despojo, por esa soledad, por ese llanto de Sara, tres días, tres noches, el cristiano que ha pasado por eso, ese cristiano sabe lo que es el primer mandamiento de la ley de Dios: "Amar a Dios por encima de todo".

"Si me das, bien, si no me das, también; si callas, bien, si hablas, bien", ese es el cristiano que necesitamos, ese es el cristiano que va a estar firme, ese es el cristiano al que Cristo puede llamar a cualquier hora del día o de la noche y decirle: "Ahora mismo te necesito para esta misión, para este encargo, para que me acompañes a velar una hora".

¡Ese es el cristiano que necesitamos! ¡Ese es el cristiano maduro! ¡Ese es el que lleva en sí el Espíritu Santo! ¡Ese es el verdadero carismático!