I093001a

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Fecha: 19990602

Título: No oramos porque seamos buenos

Original en audio: [12 min. 09 seg.]


Queridos Hermanos:

El episodio del Libro de Tobías, que acabamos de escuchar, nos invita a la oración. La oración, no en primer lugar, como un deber que nosotros nos imponemos, sino como una oportunidad que Dios regala a nuestra vida.

La oración no es, en primer lugar, un propósito nuestro, sino una ocasión, un regalo que Dios concede; no es porque seamos buenos, sino para que podamos mejorar.

A veces uno se pregunta cómo orar y a veces se pregunta qué hacer para mejorar la oración. Nuestro tiempo tiene dificultades para recogerse, para el silencio; las condiciones exteriores apropiadas para la oración no suelen darse, y las condiciones interiores de paz, de confianza tampoco se dan a veces.

Pero yo quiero destacar que nosotros no oramos porque seamos buenos; una oración bine hecha, no es una medalla que se le pone al que se ha portado bien, sino en primer lugar, es una medicina para el que ya no sabe cómo portarse, para el que ya no sabe qué hacer.

Hay un ejemplo de esa oración en este hombre que tenía un niño enfermo, fue donde los Apóstoles y no pudieron sanarlo, fue donde Jesús y Jesús le dice: "Si crees, es posible" San Marcos 9,23.

El Evangelista nos cuenta que aquel hombre gritó: "Yo sí creo, pero ayuda a mi poca fe" San Marcos 9,24.

Esa oración de grito, esa oración de llanto, esa oración que nace de estrellarse uno con las dificultades, con los límites absolutos de uno mismo, esa oración que a veces ni palabras tiene, esa oración profunda, quemante, tiene un inmenso valor ante Dios.

Porque no está el valor de la oración en la elocuencia de las palabras, sino está, en primer lugar, en ese arrojar toda nuestra confianza en el Señor; una oración así logra grandes coas; una oración que se lanza completamente hacia el Señor. Por eso podemos esperar muchos bienes de esa oración.

Nada es difícil para Dios, no sólo no es imposible, sino que nada es difícil; Él es poderoso sin esfuerzo; Dios puede hacer grandes cosas por nosotros; Dios puede liberarnos, puede sanarnos, puede desatarnos de malas costumbres, de vicios, de resentimientos; Dios tiene poder para sacar de nosotros todo poder de las tinieblas.

Y lo que hoy nos ha presentado esa Primera Lectura es un par de personas que hicieron eso ante Dios y a las que Dios escuchó; se lanzaron a ese Dios; botaron, arrojaron toda su confianza en Dios.

Ese verbo arrojar es el mismo que aparece en la Carta de Pedro cuando dice: "Arrojad sobre el Señor todas vuestras preocupaciones" 1 San Pedro 5,7. Una oración así, repleta de confianza es también una oración llena de humildad. Si algo tienen estos dos orantes del Libro de Tobías es una profunda humildad.

Aquel ciego triste no dice: "¡Qué desgracia", o, "¡qué injusticia que yo me haya quedado ciego!", que podría haberlo dicho, lo que dice es: "Soy un pecador, pertenezco a un pueblo de pecadores, pero no puedo más" Tobías 3,3.

Lo mismo sucede a esa Sara, que no podía conocer la alegría del matrimonio; sin comer, sin beber, en ayuno, en silencio, en humillación, no tiene otro refugio que Dios, y se humilla ante Dios y le pide.

Esta oración viene del Espíritu Santo, esta oración se parece a eso que dice San Pablo que: "El Espíritu Santo intercede en nosotros y por nosotros con gemidos inefables" Carta a los Romanos 8,26.

Yo pienso que ansiar la oración, así nos lo enseña San Agustín, ya es orar; tener ganas de ser orantes, muchos no hemos podido, no hemos encontrado camino, muchos quisiéramos llevar verdaderamente una vida de oración, y tal vez encontramos tropiezos, tal vez las palabras de la Escritura quedan ahí como en el papel; tal vez las experiencias de otras personas nos parecen como lejanas, o como fanáticas, o como excesivas, o como acríticas.

Pero hay algo, hay un borbotear, hay un murmullo del Espíritu, allá en lo profundo de nuestro corazón, que nos invita, que nos llama a orar; en ese gemido del Espíritu, en ese clamor del Espíritu hay algo, hay una obra de Dios, y esa obra de Dios se puede volver un torrente de oración y esa oración Dios la escucha.

Tenemos en nuestra tradición Dominicana grandes orantes. Cuando Domingo meditaba en Cristo Crucificado, y meditaba en lo que estaba pasando en el mundo, había un momento en que su corazón se rasgaba, estallaba en llanto: "¿Y los pecadores? ¿Y los pecadores? ¿Qué será de los pecadores?"

Más que su razón, más que cualquier libro, más que cualquier palabra, era el Espíritu mismo el que estaba consumiendo en su fuego a Domingo.

Y entonces Domingo, que era un hombre tan respetuoso, tan delicado con sus hermanos, en ese momento como que perdía toda consideración, como que el mundo desaparecía, y quemado por el Espíritu, lanzaba profundos lamentos que llegaban a despertar a los frailes en el convento.

Y algunos, como nos cuentan las crónicas, se iban sigilosamente a expiar la oración de nuestro Padre Domingo, una oración hecha de fuego, una oración hecha de Espíritu.

Y lo mismo podemos decir de Catalina de Siena, cuando la muerte del papá, de Jacobo, Catalina de Siena entra en intercesión, se consumió en un fuego de intercesión por el papá; es una oración que no se mide, es una oración que no se contiene, rogando por la salvación del papá, por la gloria del cielo para el papá.

Y lo mismo por la conversión de los pecadores. En otra ocasión también Catalina, digna hija de Santo Domingo, se pone a orar y le dice a Dios estas palabras con las que yo quiero terminar también mis palabras, le dice a Dios: "Es que tú tienes que escucharme". Los teólogos de pronto pueden decir: "¡Está exagerando!", "¡qué fanatismo!", "¡Qué histeria!"

En esta misma iglesia oí yo una predicación sobre Santa Catalina, y decía el predicador, por el que hay que orar, con fuego, y decía que Catalina de Siena era una histérica. ¡Qué pesar de la Orden Dominicana, si vamos a hablar así!

Pues esta histérica o fanática, o como la quieras llamar, poseída por el Espíritu Santo, decía esa súplica y los que estaban alrededor de ella sentían la misma extrañeza que de pronto podemos sentir nosotros: "¡Cómo se le ocurre decir a esta mujercita que Dios la tiene que escuchar!"

Pero como ella tenía ciencia infusa, agregó estas palabras: "Tú me tienes que oír, porque fuiste tú quien inspiró esta oración y tú no te puedes resistir a ti mismo". ¡Ah!, ahora sí que vengan los teólogos y que me digan si estaba equivocada la Doctora de la Iglesia.

"Me tienes que escuchar". Esa oración, que nace así del Espíritu, esa oración Dios la tiene que escuchar, y con esa oración suceden cosas maravillosas; esa fue la oración con la que Pedro levantó a aquella niña que había muerto; esa fue la oración con que Santo Domingo resucitó a aquel muchacho, el sobrino del Cardenal; esa es la misma oración que salvó a Luis Bertrán del veneno cuando quisieron acabar con él.

Es la oración que nos lleva más allá de nosotros mismos, porque nos hemos puesto más allá de nosotros, en las manos de Dios.

Le pido a Dios que nos regale a todos, yo creo que todos lo necesitamos, uno siempre dice, y es la verdad, yo el primero, que nos regale de esa oración viva, que nos regale de esa oración que quema, que nos lleva más allá de nosotros y que permite, verdaderamente, "gustar y ver lo bueno que es el Señor" Salmo 34,9.